Domingo IV de adviento

(663 507) Mt 1,18-25 (1,18-24 lectura dominical) Códice Beza 1,18Sin embargo, la génesis del Mesías[1] fue de esta manera: Estando, en efecto, María desposada con José, antes de vivir juntos, se encontró que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo. 19Pero José, su marido, que era justo y no quería difamarla, resolvió repudiarla en secreto. 20Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños diciendo: «José, hijo de David, no tengas miedo de tomar contigo a Mariam,[2]  tu mujer, porqué lo que ha sido engendrado en ella es obra del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús,[3] porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22Todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que fue dicho por el Señor por medio del profeta Isaías[4] cuando dice: 23 «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). 24Habiéndose despertado José de su sueño, hizo tal como le ha­bía ordenado el ángel del Señor y tomó con él a su mujer. 25 Y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús.[5] La genealogía de Jesús no concuerda del todo con la genealogía del Mesías Un gravísimo lapsus en la transmisión del texto de Mateo ha contribuido a confundir la genealogía de Jesús Mesías, con la que Mateo iniciaba su Evangelio (Mt 1,1-17: 42 nombres distribuidos en 3 grupos de 14), con «la génesis del Mesías» que describe a continuación (1,18-25), conectada a la anterior precisamente mediante una conjunción adversativa: «Sin embargo, la génesis del Mesías fue de esta manera…» Esta lección variante, conservada tan solo por el Códice Beza y por todas las antiguas versiones latinas anteriores a la Vulgata, desautoriza cualquier interpretación literal de la concepción de Jesús, como si fuera físicamente obra del Espíritu Santo. De hecho, Jesús no hará la experiencia de ser el Mesías de Israel hasta que alcance la madurez, a los 30 años (Lc 3,23). Un rabino judío, como Mateo, no interpretaría nunca esta escena como la leemos nosotros. Todo el anuncio angélico tiene lugar «en sueños» hasta que José «se despertó de su sueño», evitando así nuestra tendencia historicista de dar un lugar preeminente a la historia en la explicación de los hechos. Utilizando este registro, empleado frecuentemente en la Escritura, se anticipa «en sueños» (5 veces en este largo contexto: exilio a Egipto, matanza de los inocentes, etc.) el rechazo del que será objeto el Mesías cuando se presente a Israel. Más que excluir la acción humana de José, se enfatiza la predilección divina por este niño, antes ya de su concepción y nacimiento: «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). Dios se ha hecho cercano en la persona de Jesús, habitando entre nosotros y acomodándose a nuestro lenguaje. Su padre José será quien le pondrá el nombre —Isaías y el ángel coinciden en este punto, según el Códice Beza; el texto usual, en cambio, dice: «y le pondrán el nombre»—, que definirá su misión salvadora: «Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Jesús, en hebreo, significa «Yahveh salva». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos leen «Jesús Mesías»; el Códice Vaticano, «Mesías Jesús»; el Washingtoniano, «Jesús»; Beza y las antiguas versiones latinas, «Mesías». De hecho, Mateo acaba de enumerar la «génesis de Jesús Mesías, hijo de David, hijo de Abrahán», partiendo de Abrahán hasta «Jesús, el llamado Mesías» (Mt 1,1-16); ahora pasa a describirnos la «génesis del Mesías» (función), no la génesis de Jesús (persona). [2] El narrador Mateo emplea siempre el nombre grecizado «María», mientras que el ángel, cuando se dirige a José, utiliza, según el Códice Beza, del nombre hebreo «Mariam», el antiguo nombre de María antes de que el ángel le anunciara que sería la madre del Mesías. Lucas utiliza también esta doble denominación, «Mariam», referida a su pasado judío, y «María», en referencia al cambio profundo que ha tenido lugar en ella. [3] «Jesús» (hebreo Yehosu῾a) quiere decir «Jahveh salva». [4] Sorprende que la mayoría de manuscritos omitan aquí, la primera vez que lo cita, el nombre de «Isaías», limitándose a decir «por medio del profeta». El Códice Beza, avalado por todas las antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, así como por Ireneo, conserva aquí el nombre de Isaías por tratarse de la primera vez que lo cita; en las dos subsiguientes citas (2,5.15) Mateo se lo ahorrará, mientras que cuando citará a Jeremías (2,17) y volverá a citar a Isaías (3,3; 4,14) aducirá los nombres respectivos. [5] El último versículo: «y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús» (v. 25) no lo leeremos hoy, no fuera que anticipásemos la Navidad.

Domingo I de Adviento

(660 504) Mt 24,37-44 Códice Beza 24,37Como[1] en los días de Noé, así será también la llegada del Hijo del hombre. 37Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el día mismo en que Noé entró en el arca, 39 y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre. 40Entonces, dos estarán en el campo: uno será llevado y el otro dejado; 41 dos moliendo en el molino: una será llevada y la otra dejada; dos en un mismo diván: uno será llevado y el otro dejado.[2] 42 Velad, pues, porque no sabéis qué día llega vuestro Señor. 43Entendedlo bien, sin embargo: si el amo de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche llega el ladrón, habría velado y no habría dejado que le horadasen[3] su casa. 44Por eso, estad preparados tam­bién vosotros, porque a la hora que menos os pen­séis llega el Hijo del hombre. «Estad preparados, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del Hombre» El pasaje que leemos este primer domingo de Adviento presupone el exordio de la respuesta que dio Jesús a la primera de las dos preguntas que le formularon los discípulos sobre la futura destrucción del Templo («Dinos cuando sucederá eso», Mt 24,3), mientras estaba sentado en el Monte de los Olivos, a modo de cátedra magistral enfrentada con el Monte del Templo: «En lo referente al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). Jesús se esfuerza por instruirlos sobre cómo entiende él que se realizará la llegada del Hijo del hombre: «Por­que como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el mismo día en que Noé entró en el arca, y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre.» Mateo reitera que la llegada del Hijo del hombre (cuatro menciones) será del todo imprevisible, imprevisión que nos obliga a estar siempre vigilando, no fuera que no nos encontrará preparados en aquel momento. A fin de ilustrarlo, apunta tres breves escenas de la vida cotidiana: una tiene lugar en el campo, la otra en el molino y una tercera en la casa. Esta última tan solo se conserva en el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas. En cada una de ellas sitúa dos personas: dos hombres, en la primera y la tercera; dos mujeres, en la central. Según se hayan preparado o no para la venida del Hijo del hombre, uno de ellos, hombre o mujer, será llevado con él, mientras que el otro será abandonado a su suerte. La comunidad está invitada a velar día y noche. Para evitar que se adormezcan, pone el ejemplo del dueño de la casa que ha de estar siempre en vela, no sea que viniese el ladrón a cualquier hora de la noche y le horadase la casa con un butrón. Es, preciso, pues, que estemos siempre preparados porque, como ha dicho antes, «no sabéis qué día llega vuestro Señor, «porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre.» Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La comparación que encabeza el pasaje que leemos este primer domingo de Adviento estaba precedida por el exordio de la respuesta de Jesús a la primera de las dos preguntas sobre la futura destrucción del Templo que le habían formulado los discípulos (24,3: «Dinos cuando sucederá eso»), mientras él estaba sentado en el monte de los Olivos: «Por lo que se refiere al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). La Vulgata, amparándose en una serie de mss. mayúsculos y minúsculos, ha eliminado «ni el Hijo», por escrúpulos teológicos. El Padre, recalcará Jesús resucitado a los Once, se ha reservado bajo su autoridad todo lo que hace referencia a los tiempos y momentos propicios (ver Hch 1,6).  [2] El Códice Beza, con el aval de las antiguas traducciones latinas, conserva también aquí una tercera pareja, como podemos comprobar en Lucas 17,34-36, si nos atenemos a la versión del Códice Beza. Tanto en Mt como en Lc el texto alejandrino enumera tan solo dos parejas. Para que una descripción sea completa, son necesarios tres elementos. [3]  El butrón, orificio hecho en una pared para robar, ya se utilizaba en tiempos de Jesús, y probablemente con frecuencia, pues las paredes eran de barro o de arcilla. Jesús, artesano constructor de casas, era bien consciente de este método.

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