Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

(679 523) Mt 28,1-10 Códice Beza 28,1Pasado el sábado, cuando resplandecía el primer día de la semana, fue María Magdalena y la otra María a observar el sepulcro. 2De pronto se produjo un gran terremoto: es que un ángel del Señor, que había bajado del cielo, se acercó, hizo rodar la losa y se sentó sobre ella. 3Su aspecto era como de un relámpago y su vestido, blanco como la nieve. 4Atemorizados, los guardias se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. 5El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Dejad de tener miedo vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. 6No está aquí, pues se ha levantado, tal como había dicho. Venid, mirad el lugar donde el Señor[1] había sido puesto. 7 Y ahora id de prisa a decirlo a sus discípulos: “Se ha levantado y os precede a Galilea, allí lo veréis.” Os lo tengo dicho.»[2] 8 Ellas salieron[3] a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a sus discípulos. 9En esto, Jesús fue al encuentro[4]de ellas y las saludó diciendo: «¡Salve!». Ellas se acercaron, se le abrazaron a sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dice: «No tengáis miedo; id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea. Y allí me veréis.»[5] Jesús dice a las mujeres: «anunciad a mis hermanos que se vayan a galilea y allí me veréis» El Domingo de Pascua más extraño e inesperado de mi vida, me encontró confinado en la Ermita de St. Pere de Reixac. Hoy —me decía entonces— no subirá nadie a compartir la Eucaristía. Sin embargo, estaremos en conexión, Carme y yo, con todos vosotros que tenéis el espíritu bien abierto para sintonizar con Jesús resucitado. Esta sintonía no conoce ningún tipo de fronteras, raciales, políticas, religiosas, económicas, ni de contagios: es la sintonía del mismo Espíritu que hizo que Jesús se levantara de entre los muertos. Aquella mañana, ‘cuando resplandecía el sol del primer día de una nueva semana’, no fuimos al sepulcro, como hicieron María Magdalena y María, la madre de Jesús, porque aquel sepulcro había quedado vacío para siempre. Pero el mismo ángel del Señor que hizo rodar la losa del sepulcro, hizo rodar la que pesaba sobre nuestras cabezas y se ha sentado sobre ella para impartirnos una lección. Igual que se dirigió a aquellas mujeres espantadas, como portavoz de Jesús resucitado nos serena en estos momentos en que seguimos estresados por tantas y tan malas noticias que no paran de contar muertos o personas infectadas por un virus diminuto que ha cuestionado nuestras seguridades. Lo mismo que dijo a las mujeres nos lo anuncia también a nosotros: ‘Dejad de tener miedo vosotras, ya sé que buscabais a Jesús, el Crucificado. No está aquí en el sepulcro donde pusieron al Señor’, que también está bien confinado. Tampoco nos dice que ‘vayamos a Galilea’, sino a cualquier lugar de la tierra donde haya gente abierta que esté esperando esta buena noticia. Es preciso que ‘salgamos deprisa’ del mundo de las seguridades tras el cual nos habíamos parapetado, para ‘ir al encuentro’ del otro, como hizo Jesús con las mujeres. Él nos saludará diciendo: «¡Salve!», y nosotros ‘nos acercaremos y abrazaremos sus pies para adorarlo’. ‘No tengáis miedo’, nos repite, iros de este lugar de muerte ‘y anunciad a mis hermanos’, a todas y cada una de las personas con las que conectéis en el espíritu, que «allá me veréis», sin moveros de vuestras casas. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Los códices Sinaítico y Vaticano, con algunos otros manuscritos, omiten «el Señor», y así consta en la edición crítica más moderna, una lección que nos han conservado, en cambio, el Códice Beza y la mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, así como las antiguas versiones latinas y siríacas. En boca del ángel, «el Señor» no se puede referir sino a Yahveh, con quien Jesús se identificaba con frecuencia cuando afirmaba «Yo Soy…», consciente de que él era su representante en la tierra. Les habrá sonado demasiado duro que «el sepulcro» fuera «el lugar donde había sido puesto el Señor», Yahveh. [2] Ver Mt 26,32. [3] Los códices Sinaítico y Vaticano, con otros tres manuscritos mayúsculos, cambian el verbo «salir», muy bien atestiguado por el Códice Beza y por la mayoría de manuscritos, por el verbo «irse», un verbo que no tiene ninguna connotación de éxodo personal, «el éxodo» precisamente que hacen de inmediato María Magdalena y la otra María, la madre de Jesús (ver Mt 27,56.61), distanciándose del sepulcro, por eso de inmediato Jesús «va al encuentro» de ellas. [4] Los mismos manuscritos que han cambiado el verbo «salir» por «irse», consecuentemente cambian el verbo «fue al encuentro» (apêntêsen), que connota voluntariedad y proximidad, por el verbo «salir al paso» (hypêntêsen), más distante. [5] El Códice Beza emplea la misma expresión, «y allí me veréis», que más arriba «un ángel del Señor» había anunciado a María Magdalena y a la madre de Jesús para que lo comunicasen a los discípulos de Jesús, pero ahora Jesús en persona lo repite a las mujeres. En cambio, el texto usual cambia la segunda persona del plural por la tercera, «y allí me verán», refiriéndolo a los discípulos. El machismo ha impuesto sus leyes prontamente en la iglesia primitiva, privándonos de la invitación que Jesús dirigía a las mujeres para que también ellas fuesen a Galilea para verle resucitado. Es el mismo ardid que podemos comprobar en Mc 16,7, donde el Códice Beza ponía en boca del «joven revestido de una vestidura blanca», símbolo del Resucitado, el anuncio que las mujeres habían de repetir a los discípulos de Jesús y a Pedro, en particular, a saber, que les precede a Galilea y que «allí me veréis», expresión esta última que la gran mayoría de manuscritos han cambiado por «allí me verán».
Domingo V de Cuaresma // Jn 11,1-45 Códice Beza

(677 521) Jn 11,1-45 Códice Beza 11,1Había cierto enfermo, Lázaro de Betania, de la aldea de la María y de la Marta,[1] su hermana. 2 María[2] era la que ungió al Señor con perfume y secó sus pies con sus cabellos: el hermano de la cual precisamente, Lázaro, estaba enfermo. 3Sus hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, mira, aquél a quien tu quieres está enfermo.» 4 Jesús, al oírlo, dijo: «Esta su enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» 5 Jesús quería[3]a Marta, a su hermana y a Lázaro.[4] 6 Cuando oyó que estaba enfermo, entonces Jesús se quedó en aquel lugar dos días. 7 Seguidamente, después de esto, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.» 8 Sus discípulos le recuerdan: «Rabí, hace poco los Judíos te querían apedrear, ¿y vas de nuevo allí?». 9 Jesús respondió: «¿No tiene doce horas el día? Si uno camina durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero si uno camina durante la noche, tropieza, porque no hay luz en ella.» 11Dijo esto, y a continuación les dice: «Lázaro, nuestro amigo, duerme;[5] pero voy a despertarlo.» 12 Los discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» 13 Jesús lo había dicho referente a su muerte; ellos, en cambio, creyeron que hablaba del dormir del sueño. 14 Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro, nuestro amigo, se ha muerto, 15 y me alegro por vosotros, a fin de que creáis, que no haya estado allí; pero vayamos a encontrarlo.» 16 Dijo entonces Tomás, el llamado Mellizo, a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.» 17 Jesús, pues, llegó a Betania y se encontró que aquél hacía cuatro días que estaba en el sepulcro. 18 Betania estaba cerca de Jerosólima unos quince estadios. 19Muchos de los jerosolimitanos habían venido a casa de Marta y Mariam, a fin de consolarlas por la muerte de su hermano. 20Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, le salió al encuentro; María, en cambio, estaba sentada en casa. 21 Marta dijo dirigiéndose a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; 22 pero incluso ahora, yo sé que todo lo que pidas a Dios, te lo concederá.» 23 Jesús le dice: «Tu hermano resucitará.» 24 Marta le dice: «Sé que resucitará en la resurrección, el último día.» 25 Jesús le dijo: «Yo Soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; 26 y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Cree esto?». 27Dice: «Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Ungido, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo.» 28 Habiendo dicho esto, se fue y llamó a su hermana Mariam diciéndole en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» 29 Ella, al oírlo, se levantó corriendo y fue a encontrar-lo. 30 Jesús aún no había llegado a la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había salido al encuentro. 31 Los Judíos que estaban con ella en la comunidad consolándola, cuando vieron a Mariam que se levantaba de un salto y salía, la siguieron, pensándose que iba al sepulcro a llorar allí. 32 María, cuando llegó donde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» 33 Jesús entonces, al ver que ella lloraba y que lloraban los Judíos, los que habían venido junto con ella, se conturbó en el espíritu como quien se ha conmovido profundamente 34 y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le dicen: «Señor, ven y lo verás.» 35 Y Jesús se puso a llorar. 36Los Judíos entonces decían: «¡Mira cómo le quería!». 37Pero algunos de ellos replicaron: «¿No habría podido este que abrió los ojos del ciego hacer que también este no muriera?». 38 Jesús entonces, nuevamente conmovido en su interior, llega al sepulcro. Era una cueva y una losa estaba puesta encima. 39Dice Jesús: «¡Alzad la losa!». Le dice Marta, la hermana del finado: «Señor, ya huele mal: es el cuarto día.» 40 Jesús le dice: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». 41Cuando, pues, hubieron alzado la losa, también Jesús alzó sus ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. 42 Yo sabía que tú siempre me escuchas, pero a causa de la multitud que me rodea lo he dicho, para que crean que tú me has enviado.» 43 Habiendo dicho esto, con voz poderosa gritó: «¡Lázaro, sal afuera!». 44 E inmediatamente salió el difunto, atado de pies y manos con vendas y su cara envuelta con un sudario. Les dice Jesús: «Desatadlo y dejad que se vaya.» 45Muchos de los Judíos que habían venido al encuentro de Mariam, habiendo visto lo que Jesús había hecho, creyeron en él.[6] Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarlo Me quisiera fijar hoy en la profunda amistad que había entre Jesús y Lázaro, «nuestro amigo» (recalcado por el Códice Beza: «Lázaro, nuestro amigo, se ha muerto»). La relación de Jesús con la comunidad de Betania era de una gran amistad: «Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: “Señor, mira, aquel a quien tu quieres está enfermo”»; «Jesús quería a Marta y a su hermana y a Lázaro»; «Mira cómo le quería», decían los Judíos. A pesar de esta estrecha relación de amistad, sus miembros, como los judíos en general, creían que la muerte era ya un estado definitivo. Como mucho hablaban de una vida umbrátil en el Hades, la región subterránea de los muertos. Jesús quiere impartirles una lección sobre la muerte. Por eso no acude inmediatamente a Betania cuando le anuncian que estaba enfermo. Espera que pasen cuatro días para presentarse, cuando todos creían que la muerte ya era definitiva: «Señor, ya huele mal es el cuarto día», le reprochó Marta. Como mucho se
Domingo I de Cuaresma // Mt 4,1-11 Códice Beza

(673 517) Mt 4,1-11 Códice Beza 4,1Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo. 2Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches,[1] al final tuvo hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: «Si Hijo eres de Dios, di que estas piedras se vuelvan panes.» 4 En respuesta Jesús dijo: «Está escrito, “el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra[2] de Dios.”» 5 Entonces el diablo se lo llevó a la ciudad santa, lo puso de pie en el pináculo del Templo 6 y le dice: «Si Hijo eres de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles dará órdenes acerca de ti”[3] y: “Te sostienen con las palmas de las manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.”[4]» 7 Jesús le contestó: «De nuevo está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios.”[5]» 8 Nuevamente el diablo se lo llevó a un monte extraordinariamente alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria 9 y le dijo: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.»[6] 10 Entonces Jesús le dice: «Vete detrás de mí,[7] Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y tan solo a él darás culto.”[8]» 11 Entonces el diablo lo dejó y hete aquí que se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle. Vete detrás de mí, Satanás Empezamos la Cuaresma comentando las tentaciones a que Jesús fue sometido por el diablo en el desierto. La iniciativa, sin embargo, la había tomado el Espíritu Santo: «Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo.» El Espíritu, que acababa de ungirlo Mesías de Israel, se quiere asegurar de que no se repetirá el fiasco del pueblo de Israel durante los cuarenta años de su paso por el desierto. Mateo lo pone de relieve: «Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches, al final tuvo hambre.» Las tres pruebas hacen referencia a tres situaciones de aquel paso por el desierto. La primera actualiza la escena del maná, poniendo en boca de Jesús el dicho de Dt 8,3: «El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra de Dios», donde la palabra de Dios supera ampliamente el prodigio de convertir las piedras en panes. La prueba central tiene lugar en la ciudad santa, donde el diablo «lo pone de pie en el pináculo del Templo» y le invita a tirarse abajo para que demuestre que es el Hijo de Dios llevado por los ángeles para que no tropiece con ninguna piedra. Moisés puso a prueba a Yahvé en la escena de Meribá, golpeando dos veces la roca con la vara (Nm 20,11-13). Jesús contesta al diablo aduciendo aquella misma Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16). La tercera prueba actualiza la escena del Becerro de oro: nuevamente el diablo se lo lleva a un monte extraordinariamente alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria y le dice: «Todo esto daré si postrándote me adoras.» Jesús no solamente supera la prueba, sino que, según el Códice Beza, invita al diablo a ponerse detrás de él y a emprender el seguimiento como discípulo. Es la misma invitación que hará a Pedro, cuando este se atreva a lanzarle un conjuro para disuadirlo de hablar de su muerte violenta: «Vete detrás de mí, Satanás» (Mt 16,23). El texto usual ha obviado este paralelismo omitiendo «detrás de mí» en la referencia al diablo. El papel que se le atribuye en las tres tentaciones anticipa la manera de pensar de Pedro sobre el Mesías poderoso. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Notad el quiasmo con el que el Códice Beza da relevancia al número «cuarenta». [2] El códice Vaticano y la mayoría de manuscritos completan la cita: «que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). [3] Sl 90 (91),11a lxx. [4] Sl 90 (91),12a lxx. [5] Dt 6,16 lxx. [6] Este verbo denota un acto de sumisión total. [7] El Códice Beza, avalado por algunos unciales y por la mayoría de minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, conserva la expresión «detrás de mí», que la edición crítica de NA28 considera que se trata de una lección influida por el paralelo de Mt 16,23; Mc 8,33, donde esta misma expresión, empleada siempre (Mc 4×; Mt 6×; Jn 3×; Lc-Hch 3×) para indicar el seguimiento de un discípulo, hace referencia a Pedro (!): «Vete detrás de mí, Satanás.» Muy probablemente constaba aquí en el original de Mateo, según el cual el papel atribuido al diablo en las tres tentaciones anticiparía la manera de pensar de Pedro, el líder de los Doce. El texto alejandrino habría considerado que era impropio que Jesús invitase aquí «al diablo – Satanás» a seguirlo. [8] Dt 6,13 lxx.
Bautismo del Señor

(666 510) Mt 3,13-17 Códice Beza 3,13Entonces Jesús llegando de Galilea se presentó en el Jordán donde estaba Juan el Bautista, para hacerse bautizar por él. 14Pero Juan se lo impedía diciendo: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». 15En respuesta Jesús le dijo: «Déjame hacer, ahora. Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia.» Entonces se lo permitió. 16Y Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del agua. Y he aquí que se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu[1] de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él. 17Y he aquí una voz que desde el cielo decía dirigiéndose a él: «Tú[2] eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Después del paréntesis de las fiestas navideñas, retomamos el hilo del Adviento, tiempo durante el cual Juan Bautista predicaba al pueblo de Israel la necesidad de un bautismo de conversión ante la inminente llegada del Mesías que los liberaría de la dominación de los romanos. El pueblo en masa acudía al rio Jordán para hacerse bautizar por él. En esta ocasión, Jesús, un hombre maduro que ya había alcanzado la edad de treinta años, la misma que tenía David cuando empezó a reinar sobre Israel, viniendo de Galilea se presentó también él, para hacerse bautizar por Juan. Mateo conserva un detalle sorprendente: Juan habría intentado disuadir a Jesús de hacerse bautizar por él sabiendo proféticamente que era el Mesías tan esperado. Pero Jesús no lo consintió; quiso solidarizarse con todos los que confesaban sus pecados y acudían a bautizarse: «Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia», remarcando así su fidelidad total al designio de Dios. Juan le deja hacer. Una vez bautizado, Jesús salió inmediatamente del agua, impulsado por una fuerza superior que lo situaba en pleno desierto. Fue en aquel momento, y no dentro del agua, como se suele interpretar, cuando tuvo una experiencia desconcertante: «Se abrieron para él los cielos», que desde tiempo inmemorial habían quedado cerrados, como respuesta a su total apertura al plan de Dios, «y vio al Espíritu de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él.» El Códice Beza subraya (en cursiva) que se trata de una experiencia única y muy personal de Jesús que reconduce toda su vida. El Espíritu de Dios que planeaba desde el inicio sobre las aguas primordiales, ha encontrado finalmente en Jesús la persona sobre la cual podía reposar, como la paloma del post-diluvio. Seguidamente percibió que una voz desde el cielo se dirigía a él: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» El texto usual lo formula en forma indicativa: «Este es mi Hijo…», como si se dirigiera a Juan. El Espíritu ha ungido a Jesús como Mesías de Israel. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En griego, el término pneûma, espíritu, es neutro, pero el Códice Beza lo hace concertar en masculino, resaltando así el matiz personal. [2] En tres ocasiones, el Códice Beza precisa: 1. que «los cielos se abrieron para él», a Jesús, de par en par por primera vez; 2. que «El Espíritu de Dios bajaba del cielo como una paloma e iba hacia él», señalando así la persona en quien de ahora en adelante permanecería permanentemente, como nos informa Juan en su escrito, cuando pone en boca de Juan Bautista estas palabras: «El que me envió a bautizar con agua, él me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, este es el que bautiza en Espíritu Santo”»; y 3. que «una voz desde los cielos decía dirigiéndose a él», dándole el ‘tú’: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Los otros mss. lo consignan en forma indicativa: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido», dirigiéndose por tanto la voz, no a Jesús, sino a Juan Bautista, testigo presencial de esta experiencia de Jesús.
Domingo IV de adviento

(663 507) Mt 1,18-25 (1,18-24 lectura dominical) Códice Beza 1,18Sin embargo, la génesis del Mesías[1] fue de esta manera: Estando, en efecto, María desposada con José, antes de vivir juntos, se encontró que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo. 19Pero José, su marido, que era justo y no quería difamarla, resolvió repudiarla en secreto. 20Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños diciendo: «José, hijo de David, no tengas miedo de tomar contigo a Mariam,[2] tu mujer, porqué lo que ha sido engendrado en ella es obra del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús,[3] porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22Todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que fue dicho por el Señor por medio del profeta Isaías[4] cuando dice: 23 «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). 24Habiéndose despertado José de su sueño, hizo tal como le había ordenado el ángel del Señor y tomó con él a su mujer. 25 Y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús.[5] La genealogía de Jesús no concuerda del todo con la genealogía del Mesías Un gravísimo lapsus en la transmisión del texto de Mateo ha contribuido a confundir la genealogía de Jesús Mesías, con la que Mateo iniciaba su Evangelio (Mt 1,1-17: 42 nombres distribuidos en 3 grupos de 14), con «la génesis del Mesías» que describe a continuación (1,18-25), conectada a la anterior precisamente mediante una conjunción adversativa: «Sin embargo, la génesis del Mesías fue de esta manera…» Esta lección variante, conservada tan solo por el Códice Beza y por todas las antiguas versiones latinas anteriores a la Vulgata, desautoriza cualquier interpretación literal de la concepción de Jesús, como si fuera físicamente obra del Espíritu Santo. De hecho, Jesús no hará la experiencia de ser el Mesías de Israel hasta que alcance la madurez, a los 30 años (Lc 3,23). Un rabino judío, como Mateo, no interpretaría nunca esta escena como la leemos nosotros. Todo el anuncio angélico tiene lugar «en sueños» hasta que José «se despertó de su sueño», evitando así nuestra tendencia historicista de dar un lugar preeminente a la historia en la explicación de los hechos. Utilizando este registro, empleado frecuentemente en la Escritura, se anticipa «en sueños» (5 veces en este largo contexto: exilio a Egipto, matanza de los inocentes, etc.) el rechazo del que será objeto el Mesías cuando se presente a Israel. Más que excluir la acción humana de José, se enfatiza la predilección divina por este niño, antes ya de su concepción y nacimiento: «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). Dios se ha hecho cercano en la persona de Jesús, habitando entre nosotros y acomodándose a nuestro lenguaje. Su padre José será quien le pondrá el nombre —Isaías y el ángel coinciden en este punto, según el Códice Beza; el texto usual, en cambio, dice: «y le pondrán el nombre»—, que definirá su misión salvadora: «Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Jesús, en hebreo, significa «Yahveh salva». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos leen «Jesús Mesías»; el Códice Vaticano, «Mesías Jesús»; el Washingtoniano, «Jesús»; Beza y las antiguas versiones latinas, «Mesías». De hecho, Mateo acaba de enumerar la «génesis de Jesús Mesías, hijo de David, hijo de Abrahán», partiendo de Abrahán hasta «Jesús, el llamado Mesías» (Mt 1,1-16); ahora pasa a describirnos la «génesis del Mesías» (función), no la génesis de Jesús (persona). [2] El narrador Mateo emplea siempre el nombre grecizado «María», mientras que el ángel, cuando se dirige a José, utiliza, según el Códice Beza, del nombre hebreo «Mariam», el antiguo nombre de María antes de que el ángel le anunciara que sería la madre del Mesías. Lucas utiliza también esta doble denominación, «Mariam», referida a su pasado judío, y «María», en referencia al cambio profundo que ha tenido lugar en ella. [3] «Jesús» (hebreo Yehosu῾a) quiere decir «Jahveh salva». [4] Sorprende que la mayoría de manuscritos omitan aquí, la primera vez que lo cita, el nombre de «Isaías», limitándose a decir «por medio del profeta». El Códice Beza, avalado por todas las antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, así como por Ireneo, conserva aquí el nombre de Isaías por tratarse de la primera vez que lo cita; en las dos subsiguientes citas (2,5.15) Mateo se lo ahorrará, mientras que cuando citará a Jeremías (2,17) y volverá a citar a Isaías (3,3; 4,14) aducirá los nombres respectivos. [5] El último versículo: «y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús» (v. 25) no lo leeremos hoy, no fuera que anticipásemos la Navidad.
Domingo II de Adviento

(661 505) Mt 3,1-12 Códice Beza 3,1Por aquellos días se presentó Juan, el Bautista, proclamando en el desierto de Judea 2 y diciendo: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los cielos.» 3 Este, en efecto, es aquel de quien habla el profeta Isaías cuando dice: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanadle sus senderos.» 4 Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero entorno de sus lomos; su alimento era de langostas y miel silvestre. 5Acudía entonces junto a él gente de Jerusalén, toda la Judea y toda la región circundante del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el Jordán, a medida que confesaban sus pecados. 7Pero viendo él que muchos de los fariseos y saduceos venían a su bautismo, les dijo: «¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escaparos del juicio inminente? 8Dad, pues, un fruto digno de conversión, y no os fieis diciendo en vuestro interior: “¡Tenemos por padre a Abraham!”; porque yo os digo que Dios puede de estas piedras suscitar hijos a Abraham. 10Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles: todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. 11Yo, por mi parte, os bautizo con agua, pero el que viene[1] es más fuerte que yo, de quién no soy digno de llevarle las sandalias: él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 12Ya tiene en su mano el bieldo para ventar la batida; reunirá su trigo en el granero,[2] pero la paja la quemará con un fuego que no se apaga.» ¡Raza de víboras! no os podréis escapar del juicio inminente Por estos días nuestros se presenta también Juan proclamando un bautismo de conversión en el desierto de nuestra sociedad de consumo y recuerda a los olvidadizos que ya «ha llegado el Reino de los cielos». ¿Pero dónde está? ¿Dónde se hace palpable su llegada? ¿En los templos y rascacielos de los poderosos que intentan tocar el cielo? Por eso su clamor continúa resonando «en el desierto», para que «preparemos el camino al Señor y le allanemos los senderos», hoy más que nunca llenos de obstáculos interpuestos por nosotros mismos y de todo tipo de fronteras que hemos levantado para aislarnos de los que huyen de las guerras y de la miseria, en pateras o a pie y descalzos. Juan intenta sacudir nuestras conciencias adormiladas, insensibles al clamor de los marginados. Pero atención, no nos fiemos diciéndonos también nosotros que «¡Tenemos por padre a Abraham!», incapaces de ver como Dios, «de las piedras» de nuestras seguridades occidentales, continúa suscitando «hijos a Abraham», gente de todos los colores y todo tipo de voluntarios. Ya hace tiempo que «el hacha está puesta a la raíz de los árboles» que no dan buen fruto, para que puedan germinar y crecer frutos de solidaridad de tanta gente sencilla que abren la mano y se presentan en las situaciones más insospechadas. A Juan le hicieron callar, decapitándolo, porque molestaba a los poderosos. Al Señor, que él anunciaba, lo colgaron de un patíbulo para que apareciese a los ojos de la historia como un sedicioso que se había alzado contra el Imperio. Pero aquella muerte tan ignominiosa no lo ha podido retener, y él se ha levantado de entre los muertos con la fuerza de su Espíritu. Juan continúa pregonando que él nos «bautizará en Espíritu Santo y fuego» y nos invita, así, a hacer la misma experiencia liberadora que hizo él «congregando su trigo en el granero» abierto a todos los pueblos y «quemando la paja» de tanta hojarasca mediática que nos impide ver la realidad. Ojalá que «no se apague nunca el fuego» que arde en los corazones de tantas y tantas personas conscientes. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El texto alejandrino añade «detrás de mí», como hace Mc 1,7. [2] El Códice Vaticano lee «en su granero», dando a entender que hay otros muchos «graneros». Los códices Beza y Sinaítico hablan de un único «granero», donde el Mesías había de reunir todas las naciones.
Domingo I de Adviento

(660 504) Mt 24,37-44 Códice Beza 24,37Como[1] en los días de Noé, así será también la llegada del Hijo del hombre. 37Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el día mismo en que Noé entró en el arca, 39 y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre. 40Entonces, dos estarán en el campo: uno será llevado y el otro dejado; 41 dos moliendo en el molino: una será llevada y la otra dejada; dos en un mismo diván: uno será llevado y el otro dejado.[2] 42 Velad, pues, porque no sabéis qué día llega vuestro Señor. 43Entendedlo bien, sin embargo: si el amo de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche llega el ladrón, habría velado y no habría dejado que le horadasen[3] su casa. 44Por eso, estad preparados también vosotros, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre. «Estad preparados, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del Hombre» El pasaje que leemos este primer domingo de Adviento presupone el exordio de la respuesta que dio Jesús a la primera de las dos preguntas que le formularon los discípulos sobre la futura destrucción del Templo («Dinos cuando sucederá eso», Mt 24,3), mientras estaba sentado en el Monte de los Olivos, a modo de cátedra magistral enfrentada con el Monte del Templo: «En lo referente al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). Jesús se esfuerza por instruirlos sobre cómo entiende él que se realizará la llegada del Hijo del hombre: «Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el mismo día en que Noé entró en el arca, y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre.» Mateo reitera que la llegada del Hijo del hombre (cuatro menciones) será del todo imprevisible, imprevisión que nos obliga a estar siempre vigilando, no fuera que no nos encontrará preparados en aquel momento. A fin de ilustrarlo, apunta tres breves escenas de la vida cotidiana: una tiene lugar en el campo, la otra en el molino y una tercera en la casa. Esta última tan solo se conserva en el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas. En cada una de ellas sitúa dos personas: dos hombres, en la primera y la tercera; dos mujeres, en la central. Según se hayan preparado o no para la venida del Hijo del hombre, uno de ellos, hombre o mujer, será llevado con él, mientras que el otro será abandonado a su suerte. La comunidad está invitada a velar día y noche. Para evitar que se adormezcan, pone el ejemplo del dueño de la casa que ha de estar siempre en vela, no sea que viniese el ladrón a cualquier hora de la noche y le horadase la casa con un butrón. Es, preciso, pues, que estemos siempre preparados porque, como ha dicho antes, «no sabéis qué día llega vuestro Señor, «porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre.» Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La comparación que encabeza el pasaje que leemos este primer domingo de Adviento estaba precedida por el exordio de la respuesta de Jesús a la primera de las dos preguntas sobre la futura destrucción del Templo que le habían formulado los discípulos (24,3: «Dinos cuando sucederá eso»), mientras él estaba sentado en el monte de los Olivos: «Por lo que se refiere al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). La Vulgata, amparándose en una serie de mss. mayúsculos y minúsculos, ha eliminado «ni el Hijo», por escrúpulos teológicos. El Padre, recalcará Jesús resucitado a los Once, se ha reservado bajo su autoridad todo lo que hace referencia a los tiempos y momentos propicios (ver Hch 1,6). [2] El Códice Beza, con el aval de las antiguas traducciones latinas, conserva también aquí una tercera pareja, como podemos comprobar en Lucas 17,34-36, si nos atenemos a la versión del Códice Beza. Tanto en Mt como en Lc el texto alejandrino enumera tan solo dos parejas. Para que una descripción sea completa, son necesarios tres elementos. [3] El butrón, orificio hecho en una pared para robar, ya se utilizaba en tiempos de Jesús, y probablemente con frecuencia, pues las paredes eran de barro o de arcilla. Jesús, artesano constructor de casas, era bien consciente de este método.