Domingo III de Cuaresma /// Jn 4,5-42

(675 519) Jn 4,4-7.9-26.28-30.39-42 Códice Beza (primera redacción)[1] (4,4 Era necesario que Jesús pasara a través de Samaría.) 4,5Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: 6 estaba allí el manantial de Jacob. Jesús, que estaba cansado por la caminata, se había sentado junto al manantial: la hora era precisamente la sexta.[2] 7 Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Mujer dame de beber.» 4,8Es que sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar víveres. 4,9La mujer samaritana le dice: «Tu, que eres judío, ¿cómo es que me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?».[3] 10 Jesús respondió y le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» 11 La mujer le dice: «Señor, ni tan solo tienes pozal y el pozo es profundo, ¿de dónde obtienes el agua viva? 12 ¿Es que tú eres más grande que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo y en él bebieron él mismo y sus hijos y el ganado?». 13 Jesús respondió y le dijo: «Todo el que bebe de esa agua, volverá a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más; al contrario, el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial de agua que salta hacia una vida eterna.» 15 La mujer le dice entonces: «Señor, dame de esa agua, a fin de que no tenga más sed ni tenga que venir aquí a sacarla.» 16 Jesús le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve aquí.» 17 La mujer respondió y dijo: «Marido, no tengo ninguno.» Jesús le dice: «Has dicho bien que no tienes ningún marido, 18 porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.» 19 La mujer le dice: «Señor, estoy viendo que eres un profeta. 20Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerosólima está el lugar donde hay que adorar.» 21 Jesús le dice: «Mujer, créeme a mí, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerosólima adoraréis al Padre. 22Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23Al contrario, llega la hora y ya es ahora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre busca a estos que le adoren. 24 Dios es espíritu, y los adoradores es preciso que le adoren en espíritu y verdad.» 25 La mujer le dice: «Sé que ha de venir un tal Mesías, el llamado Ungido; cuando venga él, nos lo anunciará todo.» 26 Jesús le dice: «Yo Soy, el que está hablando contigo.» 4,27Y en esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que hablase con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: «¿Qué pretendes?» o bien: «Qué es lo que hablas con ella?». 4,28Dejó la mujer su jarra privada[4] y se va a la ciudad a decir a los hombres: 29 «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?». 30 Salieron de la ciudad y se dirigieron hacia él. 4.31 Mientras tanto, los discípulos le rogaban diciendo: «Rabí, come.» 32 Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis.» 33 Los discípulos se decían entre ellos: «¿No será que alguien le ha traído de comer?». 34 Jesús les dice: «Mi alimento es que haga la voluntad del que me ha enviado y que lleve a término su obra. 35No decís vosotros: “¿Cuatro meses más y llega la siega?”. Pues bien, yo os digo: “Alzad los ojos y contemplad los campos que ya blanquean para la siega. 36Ya el segador recibe el salario y recoge el fruto para una vida eterna, a fin de que tanto el sembrador como el segador se alegren juntos. 37Porque en eso consiste el dicho verdadero: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ 38 Yo os envié a segar: vosotros no os habéis fatigado; otros se han fatigado y vosotros os habéis aprovechado de su fatiga.”» 4,39De aquella ciudad muchos creyeron en él de entre los samaritanos por la palabra de la mujer que testificaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» 40 Cuando los samaritanos llegaron donde estaba él, le rogaban que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. 41Aún muchos más creyeron por su palabra; 42 pero iban diciendo a la mujer: «Por tu testimonio ya no creemos, porque lo hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo, el Ungido.»[5] Era necesario, según el designio divino, que Jesús pasara por Samaría El título lo he tomado de un versículo que no leeremos este domingo, pero que contiene precisamente el móvil que motivó a Jesús a recuperar la etnia samaritana como parte integrante de Israel. En el seno del diálogo de Jesús con la Samaritana, el lector podrá separar fácilmente tres referencias a los discípulos quienes no entrarán nunca en contacto con la Samaritana y que, además, interrumpen el hilo de la secuencia. Comentaré, tan solo la secuencia principal. La composición de lugar es determinante: Sicar, una ciudad de Samaría, «cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: estaba allí el manantial de Jacob». Jesús, cansado del camino, «se había sentado junto al manantial», como un maestro que, sediento a la vista de la situación de Samaría, quiere impartir una lección a una mujer samaritana que había ido a sacar agua del pozo. Él no tiene pozal y el pozo es profundo, pues contiene toda la sabiduría de los samaritanos. Jesús la quiere poner a prueba «Mujer dame de beber.» No consiente que haya fronteras infranqueables
Domingo II de Cuaresma // Mt 17,1-9 Códice Beza

(674 518) Mt 17,1-9 Códice Beza 17,1Y sucedió que, al cabo de seis días, Jesús tomó consigo a Pedro y a Santiago y a Juan, su hermano, y les hace subir a un monte extremamente alto.[1] 2 Jesús se transfiguró en presencia de ellos, su rostro brilló como el sol, mientras que sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. 3En esto, se les aparecieron Moisés y Elías en compañía de él conversando. 4 Pedro reaccionó y dijo a Jesús: «Señor, es bueno que nosotros estemos aquí: si quieres haremos aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y una para a Elías.» 5 Mientras él aún hablaba, he aquí que una nube luminosa los iba cubriendo con su sombra, y salió una voz de la nube que decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido; ¡escuchadlo a él!». 6Los discípulos, al oírlo, cayeron rostro a tierra y tuvieron muchísimo miedo. 7 Jesús se acercó, los tocó[2] y les dijo: «Levantaos y dejad de tener miedo.» 8 Habiendo ellos alzado los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús. 9 Mientras bajaban del monte, Jesús les dio una orden: «No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre se haya levantado[3] de entre los muertos.» Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y les hace subir a un monte extremamente alto El «monte extremamente alto», a donde el diablo transportó a Jesús para ofrecerle todos los reinos del mundo, a condición de que lo adorase, es el mismo, según el Códice Beza (variantes en cursiva), donde tendrá lugar la transfiguración. Entonces, Jesús invitó al diablo a hacerse discípulo suyo: «¡Vete detrás de mí, Satanás!» (Mt 4,8-10 D); ahora, Jesús, que acaba de invitar a Pedro, después de que este le lanzara un conjuro para disuadirlo de hablar de su fracaso como Mesías, a hacerse discípulo suyo: «¡Vete detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo» (16,22-23), toma con él, «seis días después» de esto, a Pedro, Santiago y Juan, «y les hace subir a un monte extremamente alto», donde se transfigura en presencia de ellos: «su rostro brilló como el sol, mientras que sus vestidos quedaron blancos como la nieve». En este momento se aparecieron a los tres discípulos Moisés y Elías en compañía de Jesús conversando entre ellos. Pedro pretende retener la visión. Propone hacer allí tres tiendas: en el centro estaría Moisés, flanqueado por Jesús y Elías respectivamente. Pero en el cielo no piensan así: «Mientras él aún hablaba, he aquí que una nube luminosa les iba cubriendo con su sombra.» La nube, símbolo de la presencia de Dios, interrumpe a Pedro y a la vez les proporciona cobertura para que puedan escuchar la voz de Jesús que, en contra de lo que Pedro proponía, era a quien debían escuchar, y no a Moisés ni a Elías: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido; ¡escuchadlo a él!». Jesús se acerca a los discípulos, llenos de miedo, y los toca invitándoles a levantarse. Al alzar ellos los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús. Se había desvanecido la visión. Bajando del monte, les ordenó que no contaran a nadie la visión, hasta que, después de su muerte violenta en manos de los dirigentes de Israel, hubiera resucitado de la muerte, repitiéndoles lo que Pedro, con un conjuro, considerando que estaba endemoniado, había querido evitar que sucediese. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En la escena de la transfiguración, en el texto usual no figura el adverbio «extremamente», adverbio que sí se presentaba en todos los mss. en la tercera tentación del diablo (ver Mt 4,8). Desgraciadamente, sin este adverbio, se pierde inexorablemente la conexión entre las dos escenas, más aún si se tiene en cuenta que en la respuesta de Jesús a la proposición del diablo no figuraba tampoco invitación alguna de Jesús a hacerse discípulo suyo: «¡Vete, Satanás!», según leemos en el texto usual, y sí, en cambio, en el Códice Beza: «¡Vete detrás de mí, Satanás!», avalado por muchos mss. unciales y casi por todos los minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, que lo habían leído en su ejemplar griego. [2] El gesto de Jesús de «tocarlos» con frecuencia pasa desapercibido a los comentaristas. Nos encontramos de lleno dentro de la visión. En Cesarea de Filipo, Pedro había intentado, con un conjuro, disuadir a Jesús de hablar de su previsible muerte violenta en manos de los sumos sacerdotes, de los ancianos y de los letrados (16,21-23). En la presente escena, Dios ha desautorizado a los tres discípulos indicándoles que a quien deben «escuchar» es a Jesús, i no a Moisés ni a Elías. Al prestar ellos oídos a la voz del cielo (lit. «habiendo escuchado»), «cayeron rostro a tierra y tuvieron muchísimo miedo». Jesús, cuyo «rostro brillaba como el sol», se acerca a ellos y «los toca», igual como había «tocado» al leproso (Mt 8,3), a la suegra de Pedro con fiebre (8,15) y a los dos ciegos (9,29; 20,34), y los invita a «levantarse», saltándose Jesús las prescripciones de la Ley que prohibían «tocar» personas impuras. [3] El Códice Sinaítico y la gran mayoría de mss. emplean aquí el verbo anístêmi, resucitar, mientras que únicamente los códices Beza y Vaticano emplean el verbo egeirein, levantarse, con el mismo significado, en principio, si bien los traductores suelen traducir ambos verbos griegos con el verbo resucitar. Habrá que profundizar en este uso diversificado.