Domingo XXX del tiempo ordinario

(707 551) Mt 22,34-40 Códice Beza 22,34Los fariseos, al enterarse de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se congregaron frente a él.[1] 35 Y uno de ellos, un jurista, lo interrogó poniéndolo a prueba diciendo: 36 «Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la Ley?». 37 Jesús le respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. 38Este es el gran y primer mandamiento. 39Pero el segundo es semejante a éste:[2] Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» 40 De estos dos mandamientos penden la entera Ley, así como los Profetas.»[3] Jesús sitúa en el mismo plano el amor que se debe a Dios y el que se debe al prójimo Los fariseos no estaban presentes cuando los saduceos propusieron a Jesús un caso de moral para ridiculizar su creencia en la resurrección. Cuando se enteraron de que los había hecho callar, «se congregaron frente a él», según el Códice Beza (según el texto usual, en cambio, se habrían reunido «con el mismo propósito» para deliberar qué estrategia habían de seguir), y un miembro cualificado de su partido, un jurista, lo interrogó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la Ley?». La pregunta hecha por el jurista tiene muy mala intención: quiere poner a prueba a Jesús para ver si recita correctamente la Torá o, más aún, si acepta la Ley como la Constitución básica del pueblo de Israel. Si se lo pregunta, podemos deducir que no le constaba que hablara de ello. La respuesta de Jesús es la que daría todo judío piadoso, conocida por las dos palabras con las que comienza: «Shemá Israel» («Escucha, Israel»). Jesús lo recita tal como se formula en el Deuteronomio (Dt 6,5), citándolo según la antigua versión griega de los Setenta: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con tota tu alma y con toda tu mente.» Y añade, repitiendo la pregunta del jurista y agregando «primero»: «Este es el gran y primer mandamiento», para poder introducir de inmediato: «Pero, el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo», un mandamiento que se encuentra en el Levítico (Lv 19,18). Notemos la manera enfática como Beza introduce el segundo mandamiento, con la adversativa «Pero el segundo…», a diferencia de los códices Vaticano y Sinaítico que se limitan a decir: «El segundo, de manera semejante.» Jesús une estos dos mandamientos, que estaban dispersos en la Torá (Levítico y Deuteronomio), poniéndolos en el mismo plano. Más incisivo aún es el comentario que hace a continuación: «De estos dos mandamientos pende la entera Ley, así como los Profetas.» Además de situarlos en el mismo plano, Jesús considera que uno y otro son el eje sobre el cual se apoya toda la Escritura. No se atreven a hacerle más preguntas.   Josep Rius-CampsTeólogo y biblista                                            [1] El Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, lee: «frente a él», mientras que el resto de manuscritos leen: «con el mismo propósito». Según el texto usual, se habrían reunido antes con un propósito común, es decir, para deliberar qué estrategia seguirían; según Beza y versiones antiguas, se habrían «congregado» para enfrentarse a Jesús, dado que no estaban presentes cuando hizo callar a los saduceos y se habían enterado por algunos espías. Las multitudes que habían asistido al debate establecido entre Jesús y los saduceos, al oír la respuesta de Jesús, «quedaron impresionadas por su enseñanza» (Mt 22,33). Los fariseos habrían tomado el relevo para continuar el debate y poner a Jesús en evidencia. [2] Mateo, según el Códice Beza, pone un «pero» entre el primer mandamiento y el segundo: «Pero el segundo es semejante a este», llamando así la atención a sus oyentes judíos sobre el segundo mandamiento y situando uno y otro mandamiento en el mismo plano. [3] Desgraciadamente ni este domingo ni el próximo domingo leeremos la respuesta de Jesús a la acometida de los fariseos: «Estando congregados los fariseos, Jesús les interrogó diciendo: “¿Que pensáis vosotros sobre el Mesías? ¿De quién es hijo?”. Le responden: “De David.” Les pregunta de nuevo: “¿Cómo es, pues, que David inspirado por el Espíritu le llama Señor, cuando dice: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies’ (Sl 109 [110],1 lxx). Si, pues, David inspirado por el Espíritu le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?”. Y ninguno fue capaz de responderle nada, ni nadie ya no se atrevió a partir de aquel momento a interrogarlo» (Mt 22,41-46). Esta omisión no es casual. Tanto en nuestra liturgia como en muchas de nuestras homilías Jesús continúa siendo invocado como el Mesías davídico: «Hijo de David, ¡ten compasión de nosotros!» (9,27) u otras invocaciones parecidas. No hemos renunciado jamás al Me­sías davídico que tanto esperaba el pueblo judío. Nos costará mucho asimilar que el Mesías tan esperado fue clavado en un patíbulo con un rótulo encima escrito en hebreo, latín y griego: «Jesús el Nazoreo, el Rey de los judíos» (Jn 19,19-20).

Domingo XXIX del tiempo ordinario

(706 550) Mt 22,15-21 Códice Beza 22,15Entonces los fariseos se fueron y celebraron un consejo sobre la forma en que lo desacreditarían en alguna palabra. 16Y le envían sus discípulos, juntamente con los par­tidarios de Hero­des, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios realmente y que no te importa la opinión de nadie, porque no haces distinción de personas. 17Qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?». 18 Mas Jesús, conocien­do su malicia, dijo: «¿Por qué me ponéis a prueba, hipócritas? 19Mostradme la moneda del tributo.» Ellos le presentaron un denario. 20 Jesús les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». 21Le dicen: «Del César.» Entonces les dice: «Devolved[1] lo que es del César al César, y lo que es de Dios a Dios.» 22 Al oírlo, se sorprendieron y, dejándolo, se fueron.[2] Devolved al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios El enfrentamiento de Jesús con los dirigentes judíos va subiendo de tono. Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo le habían requerido sobre la autoridad con que actuaba, pero no les dio ninguna respuesta, pues ellos se habían guardado bien de reconocer que el bautismo de Juan era obra de Dios, en quien ellos jamás habían creído (I); se identificaron con el hijo menor de la parábola, orgullosos de haber aceptado el encargo de ir a trabajar a la viña, minimizando que después no fueron (II); evitaron asumir que serían ellos los viñadores homicidas que asesinarían a los sirvientes del Señor de la viña y matarían al heredero, su Hijo, para quedarse con la herencia (III); finalmente, habían quedado en evidencia, con  la parábola del rey que celebraba la boda de su hijo: ellos, los primeros en ser llamados a la boda, se habían hecho indignos, pasando a ser los invitados a la boda los marginados de Israel, diseminados por los cruces de los caminos (IV). Los fariseos, al darse cuenta de que las parábolas que Jesús les había dirigido los desacreditaban delante del pueblo, deciden pillarlo en alguna expresión comprometedora. Van a buscarlo del brazo de los partidarios de Herodes, el brazo secular destinado a denunciar al César las palabras hostiles que esperaban que Jesús pronunciaría. Le halagan para que se pronuncie en un tema muy delicado: si se pronunciaba a favor de pagar el tributo al César, perdía el fervor del pueblo; si se negaba, los herodianos lo denunciarían como un sedicioso. Al pedirles él que le muestren la moneda de curso legal con el que se pagaba el tributo, los ha puesto entre la espada y la pared. No se dan cuenta de que, al presentarle un denario, la moneda del tributo, han aceptado en la práctica la autoridad del César, en perjuicio de la autoridad debida solamente a Dios. Jesús se les escapa cambiando el verbo «pagar», esgrimido por ellos, por el de «retornar»: «Devolved lo que es del César al César, y lo que es de Dios a Dios», manteniendo separadas las dos esferas. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Para interpretar correctamente la respuesta de Jesús, se debe tener en cuenta el verbo empleado por sus adversarios, «dar, pagar», un verbo simple en griego (didômi), y el verbo con el que Jesús responde al callejón sin salida planteado por aquellos, «devolver, pagar lo debido», el correspondiente verbo compuesto (apo-didômi). No es lo mismo decir: «Dad/pagad lo que es del César al César, y lo que es de Dios a Dios», que decirles: «Devolved/pagad lo que se le debe al César, etc.» Al César se le ha de pagar lo que se le debe, con la moneda que lleva su efigie, pues es él quien la ha acuñado; a Dios se le ha de devolver la autoridad que los dirigentes judíos, en su propio nombre, le han usurpado, intentando atrapar a su enviado y poderlo acusar de sedicioso delante del César de Roma. [2] Con este pasaje, en el que Jesús responde una vez más a los ataques de los dirigentes de Israel, se cierra el círculo de los intentos sutiles de sorprenderle en el quebrantamiento de la Ley. Recordando la unidad vigente entre las tres homilías precedentes y la presente, os invito a una lectura seguida de todas cuatro.

Domingo XXVIII del tiempo ordinario

(705 549) Mt 22,1-14 Códice Beza (21,45-46) Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, al darse cuenta de que la parábola de los viñadores homicidas se refería a ellos, intentaron prender a Jesús, pero tenían miedo del pueblo. 22,1 Jesús reaccionó y les habló de nuevo en parábolas, diciendo: 2 «El Reino de los cielos es semejante a un hombre[1] rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. 3Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron ir. 4Nuevamente envió a otros siervos a decirles: “Decid a los invitados: Mirad, ya tengo preparado mi banquete, mis terneros y los animales cebados ya han sido degollados y todo está preparado: venid a la boda.” 5 Pero ellos, sin hacerle caso, se fueron, los unos, a su propio campo; los otros, a sus negocios; 6 el resto, cogieron a sus siervos y los maltrataron y mataron. 7El rey aquel, al oírlo, se airó y, habiendo enviado su tropa, exterminó a aquellos asesinos y quemó su ciudad.[2] 8 Entonces dice a sus siervos: «La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. 9Id, pues, a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis invitadlos a la boda.» 10 Sus siervos salieron por los caminos y congregaron a todos los que encontraron, tanto malos como buenos, y la boda se llenó de los comensales.[3] 11 Al entrar el rey para ver a los comensales, se dio cuenta de que había allí un hombre que no llevaba vestido de boda, 12 y le dice: «Amigo, ¿cómo es que has venido aquí sin vestido de boda?». Pero él se quedó mudo. 13Entonces el rey dijo a los siervos: «Cogedlo por los pies y las manos y lanzadlo a la tiniebla más foránea; allí habrá llanto y rechinar de dientes. 14Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.»[4] El Reino de Dios tiene cierta semejanza con un hombre rey que celebró el banquete de bodas de su hijo «Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, al darse cuenta de que la parábola de los viñadores homicidas se refería a ellos, intentaron prender a Jesús, pero tenían miedo del pueblo» (21,45-46). «Jesús reaccionó y les habló de nuevo en parábolas.» Es la tercera de un conjunto de parábolas destinadas a los dirigentes de Israel, en el marco del Templo. Las tres tienen como protagonista a «un hombre que tenía dos hijos» (I), «un hombre dueño de la casa que plantó una viña» (II), y «un hombre rey» (III), donde «hombre» figura siempre al principio para mostrar la humanidad de Dios con quien se le compara. Las dos primeras tienen como tema central «la viña»: en un principio Dios la habría confiado a toda la humanidad, pero, al rehusar ésta de trabajarla, la confió a Israel quien, a pesar de que aceptó la Ley, no le fue fiel, hasta el punto de que los recaudadores y las prostitutas le han tomado la delantera (I); Dios mimó la viña de Israel, esperando que le aportase frutos, pero los viñadores mataron a sus siervos cuando fueron a recogerlos (II). La tercera parábola (III) está centrada en el banquete de bodas que Dios prepara para su Hijo, a quien habían matado los viñadores: ahora prepara el banquete de bodas definitivo, pero los primeros invitados no se han hecho dignos de ello. Sin inmutarse, a diferencia de «el rey aquel que, al oírlo, se airó y, habiendo enviado su tropa, exterminó a los asesinos», envía de nuevo a sus sirvientes para que vayan «por los cruces de los caminos» del mundo e inviten a todos los que encuentren, malos y buenos, a las bodas de su Hijo. El banquete se está llenando de comensales: «pobres, inválidos, ciegos y cojos», como detallará Lucas (Lc 14,21). Para poder participar en él, pone una sola condición, que lleven «el vestido de boda» que cada uno habrá adquirido con las buenas obras. Lucas se abstiene de transcribir esta observación. A Mateo le encanta todo lo que hace referencia al juicio final. Concluye las tres semblanzas con un dicho que nos invita a reflexionar: «Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.» Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En el conjunto de tres parábolas destinadas a dar una lección a los dirigentes de Israel, tan satisfechos de ser el pueblo elegido, figura en el encabezamiento el término «hombre»: «Un hombre tenía dos hijos» (Mt 21,28), todas las naciones, el hijo mayor, e Israel, el menor (I); «Había un hombre dueño de la casa que plantó una viña», la viña de Israel, en la que los viñadores homicidas, después de matar a los Profetas, mataron también a su Hijo (II); «un hombre rey que celebró el banquete de bodas de su hijo» (III). Notemos que cuando el rey fue a ver a los comensales que los sirvientes habían encontrado «en los cruces de los caminos» del mundo, como no podía ser de otra manera, vio «un hombre que no llevaba vestido de boda». La época del Mesías que Israel esperaba ha quedado clavada en el rótulo de la cruz. Los nuevos invitados no son los que se consideraban justos y menospreciaban al resto de los hombres, sino los «hombres», la humanidad entera. Incluso al «hombre que no llevaba vestido de boda» le dice «amigo», como había dicho también a los que  murmuraban porque solo habían recibido el jornal convenido (20,13): el Dios, Padre de Jesús, trata como él con los más marginados de la sociedad, representados por los cobradores de tributos y las prostitutas, confía la viña a los que le reporten frutos y no a los que tan solo observan la Ley de palabra y son infructíferos, va por los caminos de su creación buscando por todas partes a los pobres, los inválidos, los ciegos y los cojos. Jesús no para de mostrarnos la cara amable de Dios, no la que han creado, para sus intereses inconfesables, los poderosos del mundo.

Domingo XXVII del tiempo ordinario // Mt 21,33-43 Códice Beza

(704 548) Mt 21,33-43 Códice Beza (Jesús continúa interpelando a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:) 21,33Escuchad otra parábola: «Había un hombre amo de la casa que plantó una viña, la rodeó con una cerca, excavó en ella un lagar, edificó una torre de guardia, la arrendó a unos viñadores y se ausentó. 34Pero, cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus sirvientes a los viñadores, a fin de recibir sus frutos. 35Los viñadores, habiendo cogido a sus sirvientes, a uno lo apalearon, a otro lo mataron, a otro lo apedrearon. 36De nuevo, pues, envió a otros sirvientes, e hicieron con ellos lo mismo. 37Más tarde, sin embargo, les envió a su hijo diciéndose: “A mi hijo, lo respetarán.” 38 Pero, al ver los viñadores al hijo, se dijeron entre ellos: “Este es el heredero. Venga, matémoslo y quedémonos con su herencia.” 39 Y agarrándolo, lo mataron y lo sacaron fuera de la viña.[1] 40 “Cuan­do venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará con aquellos viñadores?”. 41Le responden: “A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros viñadores que le reporten los frutos a su respectivo tiempo.” 42 Jesús les dice: “¿No habéis leído nunca en las Escrituras: ‘La piedra que los constructores rechazaron, esta ha llegado a ser la piedra angular? ¡De parte del Señor ha sucedido eso y es extraño a vuestros ojos!’”.[2] 43 Por eso os digo: “El Reino de Dios os será quitado, y será dado a un pueblo que lo haga fructificar.”»[3] Lo mataron y lo sacaron fuera de la viña Jesús continúa interpelando a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo aduciéndoles una segunda parábola, la de los viñadores homicidas. Se trata de una parábola entremezclada de trazos alegóricos donde cada trazo tiene su significado: el «hombre dueño de la casa» y «señor de la viña» es Dios; «la viña» es Israel, el primer pueblo elegido a quien se la arrendó para que le diese sus frutos; «los sirvientes», enviados unos tras otros, son los Profetas; «su hijo», Jesús, a quien «lo mataron y lo sacaron fuera de la viña», como conserva aún el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas e Ireneo, y no como reza el texto usual: «lo sacaron fuera de la viña y lo mataron», es decir, le dieron muerte fuera de las murallas de Jerusalén, una interpretación historicista que Lucas conscientemente hará suya en la Demostración a Teófilo, ex-sumo sacerdote. Los «viñadores» homicidas representan a los dirigentes religiosos («sumos sacerdotes») y políticos («ancianos del pueblo») del pueblo elegido; los «otros viñadores» a quienes «arrendará la viña» son ahora «los que le reportan los frutos a su respectivo tiempo», todas las personas libres que trabajan la tierra, la «nación que la hace fructificar». La «cerca», el «lagar» y la «torre de guardia» han sido destruidos; «la viña» ya no tiene fronteras: cuando, después de matarlo, «lo sacaron fuera de la viña», Jesús hizo que la viña extendiera sus sarmientos por todo nuestro planeta. El Dios Padre de Jesús, no guarda ningún tipo de venganza como hizo el «señor de la viña»: Jesús ha dejado de lado el lenguaje reivindicativo y ha hecho suyo el lenguaje del amor, del amor desinteresado, que Dios esperaba que algún día el Hijo del hombre, ya maduro, lleno de Espíritu Santo, llegara a expresar, encarnando enteramente su proyecto creador. Por eso el Códice Beza ha cambiado el tono del Salmo 117,23: «¡De parte del Señor ha sucedido eso y es extraño a vuestros ojos!», a los ojos de los dirigentes judíos y de todos los que pretenden aún hoy apoderarse de la viña. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos (entre ellos los códices Vaticano y Sinaítico) leen, cambiando el orden de las palabras: «lo sacaron fuera de la viña y lo mataron», como una especie de excomunión que culmina en la muerte. Como comentaré en la homilía, se ciñen al sentido histórico de los términos «sacar fuera» y «matar», como si fueran dos acciones consecutivas. El Códice Beza, avalado por un códice mayúsculo, las antiguas versiones latinas anteriores a la Vulgata, Ireneo y Lucífero de Cagliari, y siguiendo de cerca Mc 12,9 entiende que no se contentaron con la acción física de matarlo, sino que moralmente expulsaron su nombre fuera de Israel para que nadie pudiera reivindicar la herencia. Es el equivalente a una excomunión o a una declaración de alguien como hereje post mortem. [2] El cambio del pronombre «nosotros» por «vosotros» del Salmo 117,23 lxx por el Códice Beza y otros manuscritos y antiguas versiones coptas, cambia el tono de la frase al tomar el termino griego thaumastós en mal sentido, anticipar el interrogante al término del versículo precedente y poner una admiración al final de este versículo (en la antigua escritura no había interrogantes ni admiraciones): «¡De parte del Señor ha sucedido eso y es extraño a vuestros ojos!”. Jesús, así, lo echaría en cara a los dirigentes de Israel. [3] La mayoría de manuscritos (entre ellos los códices Vaticano y Sinaítico) añaden una glosa, tomada sin duda de Lc 20,18: «Todo el que caiga sobre aquella piedra será destrozado, pero sobre quien caiga, lo aplastará» (v. 44). El Leccionario litúrgico, con buen criterio, no la ha propuesto para la lectura de este domingo; nos ha escamoteado, sin embargo, la conclusión de las parábolas, donde se nos informa sobre quienes las estaban escuchando: «Al oír sus parábolas, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataron de detenerlo, pero tuvieron miedo a las multitudes, porque lo tenían como un profeta» (vv. 45-46).

Domingo XXVI del tiempo ordinario // Mt 21,28-32 Códice Beza

(703 547) Mt 21,28-32 Códice Beza (Jesús interpela en el Templo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:) 21,28 «¿Qué os parece?[1] Dos hijos tenía un hombre. Acercándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.” 29 Él respondió: “No quiero.” Pero, más tarde, se arrepintió y fue a la viña. 30Acercándose al otro, le dijo lo mismo. Pero él respondió diciendo: “Yo, señor, voy allí en seguida.” Y no fue. 31 “¿Cuál de estos dos, les pregunta, hizo la voluntad del Padre?”. Le responden: “El último.”»[2] Jesús les dice: «En verdad os digo que los recaudadores de tributos y las prostitutas os toman la delantera en el Reino de Dios. 32 Porque vino Juan hasta vosotros por el camino de la justicia, y no creísteis en él, mientras que los recaudadores y las prostitutas creyeron en él. Vosotros, sin embargo, al verlo, ¿acaso os habéis arrepentido más tar­de hasta creer en él?».[3] ¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del padre, el primero o el último? Una perícopa muy breve, de la que tenemos tres versiones, indicio de que a lo largo de su transmisión se han introducido correcciones deliberadas que han cambiado el sentido. Como siempre, sigo la versión del Códice Beza, y no el usual, que se basa hoy en el Sinaítico y no, como de costumbre, en el Vaticano. Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo habían requerido a Jesús para que les dijera con qué autoridad actuaba, y éste les habría hecho una contrapregunta; si la respondían, les diría cómo actúa él: «El bautismo de Juan ¿era del cielo u obra de los hombres?». Dándose cuenta de que si respondían que era obra de Dios, les objetaría: «¿Por qué no le creyeron?» y que si decían que era cosa humana, se exponían al rechazo del pueblo, respondieron que no lo sa­bían. Hoy Jesús nos invita a reflexionar: «¿Qué os parece? Dos hijos tenía un hombre. Acercándose al primero le dijo: “Hijo, ve hoy, trabaja en la viña.” Él respondió: “No quiero.” Más tarde, sin embargo, se arrepintió y fue a la viña. Acercándose al otro dijo lo mismo. Él, sin embargo, respondió diciendo: “Yo, señor, voy allí en seguida.” Y no fue. “¿Cuál de estos dos, les pregunta, hizo la voluntad del Padre?”. Le responden: “El último.”». Según esto, los dirigentes judíos habrían admitido que habían secundado la voluntad de Dios solo de boquilla, pero que de hecho no habían ido a trabajar a la viña. De esta manera ha­brían salvado el tipo, afirmando que desde un principio ellos, los representantes de Israel habían aceptado plenamente la Torá, si bien, debido a la fragilidad humana, le habrían sido infieles. Jesús no se muerde la lengua: «En verdad os digo que los recaudadores de tributos y las prostitutas os toman la delantera en el Rei­no de Dios. Porque vino Juan hasta vosotros por el camino de la justicia, y no creísteis en él, mientras que los recaudadores y las prostitutas creyeron en él.» Y de inmediato remacha el clavo: «Vosotros, sin embargo, al verlo, ¿por ventura os habéis arrepentido más tarde hasta creer en él?». No hay más preguntas. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Parábola de los dos hijos, en tres versiones diferentes: Códice Beza «¿Qué os parece? Dos hijos tenía un hombre. Acercándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.” Él respondió: “No quiero.” Pero, más tarde, se arrepintió y fue a la viña. Acercándose al otro, le dijo lo mismo. Pero él respondió diciendo: “Yo, señor, voy allí en seguida.”   Y no fue. “¿Cuál de estos dos, les pregunta, la voluntad del Padre hizo?”. Le responden: “El último.”» Códice Sinaítico «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy, trabaja en la viña.” Él respondió: “No quiero.”  Pero, más tarde, se arrepintió y fue. Acercándose al otro, le dijo lo mismo. Pero él respondió diciendo: “Yo, señor, voy allí.”   Y no fue. “¿Cuál de estos dos, les pregunta, hizo la voluntad del Padre?”. Le responden: “El primero.”» Códice Vaticano «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy, trabaja en mi viña.” Él respondió: “Yo, señor, voy allí.”   Y no fue. Acercándose al segundo, le dijo lo mismo. Pero él respondió diciendo: “No quiero.” Pero, más tarde, se arrepintió y fue. “¿Cuál de estos dos, les pregunta, hizo la voluntad del Padre?”. Le responden: “El postrero.”» [2] El Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas y siríacas, lee: «El último», que representa, en cuanto a hijo menor, Israel, dispuesto desde un principio a secundar la voluntad de Dios, a pesar de que después no fue fiel a ella; «el primero», en cambio, representaría a todas las naciones paganas, excepto Israel, que si bien en un principio se negaron en redondo a ir a trabajar en la viña, después se lo repensaron y fueron. El texto oficial que leeremos hoy, basado esta vez en el Códice Sinaítico y en buena parte de los mss. unciales y minúsculos, lee: «El primero», considerando que Israel, representado aquí per los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (21,23), a pesar de que en un principio se había negado a ir a la viña, más tarde se lo repiensa y fue, mientras que el segundo hijo, que representaría a las naciones paganas, dijeron solo de boquilla que iban, pero no fueron a trabajar nunca en la viña. Finalmente, el Códice Vaticano, que generalmente lleva la voz cantante, con unos cuantos mss., invierte del todo el orden de la frase: «Acercándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy, trabaja en mi viña.” Él respondió: “Yo, señor, voy allí.” Y no fue. Acercándose al segundo le dijo lo mismo. Pero él respondió diciendo: “No quiero.” Más tarde se arrepintió y fue. “¿Cuál de estos dos, les pregunta, hizo la voluntad del padre?”. Le responden: “El postrero.”» Según este

Domingo XXV del tiempo ordinario // Mt 20,1-16 Códice Beza

(702 546) Mt 20,1-16 Códice Beza 20,1Se asemeja el Reino de los cielos a un hombre dueño de la casa que salió de buena mañana a contratar trabajadores para su viña. 2Habiendo convenido con los trabajadores por un denario al día, los envió a su viña. 3 Al pasar, hacia la hora tercia encontró a otros que estaban en la plaza parados. 4También a estos les dijo: «Id también vosotros a la viña, y lo que sea justo os lo daré.» 5 Ellos se fueron. Nuevamente, habiendo salido hacia la hora sexta y nona, hizo lo mismo. 6Hacia la undécima salió y encontró a otros que estaban allí y les dice: «¿Por qué estáis aquí todo el día parados?». 7Le responden: «Es que nadie nos ha contratado.» Les dice: «Id también vosotros a mi viña.» 8 Cuando se hizo oscuro, dice el señor de la viña a su administrador: «Llama a los trabajadores y págales el jornal comenzando por los últimos hasta los primeros.» 9 Llegaron, pues, los de la undécima hora y recibieron un denario cada uno. 10Cuando llegaron los primeros, se pensaban que cobrarían mucho más, pero recibieron también ellos un denario cada uno. 11Al recibirlo, murmuraron contra el dueño de la casa 12 diciendo: «Estos, los últimos, no han hecho más que una hora, y los has hecho igual a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor.» 13Pero él contestó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No has convenido conmigo en un denario? 14Toma lo que es tuyo y vete. Quiero, sin embargo, dar al último ese lo mismo que a ti. 15 ¿No me es posible[1] hacer lo que quiero con mis cosas? ¿O va a ser malo tu ojo porque yo soy bueno?». 16Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.[2] Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos La parábola de los trabajadores de la viña está enmarcada por la misma máxima: «Los últimos serán primeros y los primeros últimos», repetida al final de la secuencia del hombre rico y al final de la parábola. Pero el Códice Beza y la gran mayoría de manuscritos conservan otra máxima puesta como conclusión. Yo la he puesto como título de la homilía, contra el parecer de la mayoría que considera que ha sido tomada de Mt 22,14, pero no como conclusión de la parábola, sino de todo el grupo de enseñanzas que Jesús acaba de impartir a sus discípulos (19,3–20,16). A continuación, Jesús emprenderá la subida a Jerusalén. De hecho, son máximas del judaísmo que Jesús ha hecho suyas, y esta última es el remate. Jesús utiliza con frecuencia, según Mateo, el género parabólico, porque ya se entiende de por sí. La viña es figura de Israel y «el dueño de la casa», de Yahveh. Pero Mateo lo compara con «un hombre dueño de la casa», «el señor de la viña», y subraya su magnificencia y el hecho de que «la recompensa por el trabajo que han hecho en la viña es igual para todos, un denario cada uno.» No se debe interpretar la parábola, como hacemos frecuentemente, juzgando la actitud «del dueño de la casa» según nuestros criterios crematísticos, preguntándonos si es justo o no lo que él hace: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No has convenido conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero, sin embargo, dar al último ese lo mismo que a ti.» ¿No será nuestro «ojo», nuestra mirada pervertida por la so­ciedad de consumo, el que es «malo»? Deberíamos ser más prudentes cuando hablamos de Dios y de su manera de obrar, pues invierte nuestra escala de valores: «Los últimos serán primeros y los primeros últimos.» Nos hemos hecho un dios a nuestra medida, omnipotente como lo son nuestros poderosos. Jesús pone letra a las mociones del Espíritu de Dios a partir de la experiencia que tuvo en el Jordán, en pleno desierto. De aquí que ponga con frecuencia delante de los discípulos, que solo piensan en grandezas, «al criadito» que servía y que él ponía en el medio de los Doce y lo hacía sentar a la mesa. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Tan solo el original del Códice Beza conserva la construcción impersonal griega simple (estin moi) que significa posibilidad: «¿No me es posible hacer…?», mientras que todos los otros manuscritos, incluido el cor­rector de Beza, usan la compuesta (exestin moi) que básicamente significa licitud: «¿No me es licito hacer…», si bien se puede traducir también por posibilidad: «¿No puedo hacer…?». [2] Omiten este semiversículo (v. 16b) los códices Vaticano y Sinaítico y algunos otros, pero constaba en la mayoría de manuscritos griegos y en todas las versiones antiguas en latín, siríaco y copto. Los editores de la última edición crítica de Mateo lo han omitido también ellos en el texto, al considerar que ha sido tomado de Mt 22,14.

Domingo XXIII del tiempo ordinario // Mt 18,15-20 Códice Beza

(700 544) Mt 18,15-20 Códice Beza 18,15 «Si tu hermano tiene una ofensa contra ti, ve y repréndelo estando solo con él; si te escucha, te habrás ganado a tu hermano. 16Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o dos más, porque toda situación se ha de resolver por la declaración de dos o tres. 17Si tampoco les hace caso, dilo a la comunidad. Y si ni tan solo hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o como el recaudador de tributos. 18En verdad os digo: lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. 19Nuevamente os digo: si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cuestión que quieran pedir, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. 20En efecto, no hay dos o tres que estén reunidos en mi nombre, entre los que no esté yo en medio de ellos.» Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, estoy yo en medio de ellos Siempre que dos o tres estén reunidos en su nombre, Jesús se hace presente, también hoy capeando la pandemia. Las recomendaciones que Jesús hace a sus discípulos no se mueven en el ámbito jurisdiccional, hasta llegar incluso al Santo Oficio. Jesús se mueve en el ámbito de la persona y de las relaciones con la comunidad creyente con la que está relacionada. Mateo propone la regla de oro de la corrección fraterna, considerando todos los casos que se pueden dar entre los hermanos que forman parte de la comunidad. Si hay una ofensa grave que afecta a uno de los miembros, propone como base la corrección fraterna: habla de tú a tú con el hermano que te haya ofendido. Si no te hace ningún caso, que lleve con él uno o dos más como testigos, a fin de que «toda la cuestión quede resuelta por la declaración de dos o tres testigos», como dice el Deuteronomio(Dt 19,15). Si no hace ningún caso, propón que se hable en el seno de la comunidad reunida. Ahora bien, si hace caso omiso también de la comunidad reunida, la ekklesia, ya que ha roto el ligamen que le unía con los otros miembros, se han de comportar con él, no como si fuera un hermano, sino como si fuera un pagano o un recaudador de tributos, que casi casi sería lo mismo. Notemos que la potestad que leíamos hace dos domingos que Jesús atribuía a Simón Pedro, ahora la aplica a toda la comunidad de discípulos. Jesús no quiere entrar nunca en el marco jurídico. Del perdón de las ofensas Mateo-Beza pasa a hablar de la manera de orar, subrayando al máximo la fuerza de la comunidad reunida en oración: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cuestión que quieran pedir, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos.» Y Jesús lo corrobora con su presencia: «En efecto, no hay dos o tres que estén reunidos en mi nombre, entre los que no esté yo en medio de ellos.» El texto usual lo interpreta como si se hablara de su presencia física; el Códice Beza lo entiende de la presencia real de Jesús, no necesariamente física, entre los que invocan su nombre. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista

Domingo XXII del tiempo ordinario // Mt 16,21-27 Códice Beza

(699 543) Evangelio acturalizado según el Códice Beza // Josep Rius-Camps 543es_ DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO Mt 16,21-27 Códice Beza 16,21 Desde entonces Jesús comenzó a manifestar a sus discípulos que es preciso que él vaya a Jerosólima y que padezca mucho por causa[1] de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados y sea ejecutado, y que al cabo de tres días resucite. 22 Pedro, habiéndolo tomado aparte, comenzó a conjurarlo[2] diciéndole: «¡Lejos de ti, Señor! ¡Eso no te pasará jamás a ti!». 23 Él, habiéndose girado hacia atrás,[3] dijo a Pedro: «¡Vete detrás de mí, Satanás![4] ¡Escándalo eres para mí, porque no piensas a la manera de Dios, sino del hombre!». 24 En­tonces Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que reniegue de sí mismo, tome su cruz y me siga. 25 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la encontrará. 26 En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? 27 Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre en compañía de sus santos ángeles, y entonces pagará a cada uno según sus obras.» «TU ERES PIEDRA» O «VETE DETRÁS DE MÍ, SATANÁS», ¿en qué quedamos? Mateo ha pasado de alabar la confesión de Simón: «Tú eres el Mesías del Dios que libera», a ponerle el sobrenombre de Kefas: «Tu eres Piedra…» y a tildarlo de secuaz del mismo Satanás: «¡Vete detrás de mí, Satanás!». ¿Cómo se entiende este cambio tan brusco? Jesús acababa de manifestar a sus discípulos por primera vez que su función como Mesías de Israel será un fracaso estrepitoso. Entonces Pedro se lo lleva aparte y se atreve a «conjurarlo», convencido de que la idea que Jesús introduce sobre el Mesías sufriente no formaba parte en absoluto del plan de Dios sobre el Mesías glorioso que los había de liberar de los romanos: «¡Lejos de ti, Señor! ¡Eso no te pasará jamás a ti!». Jesús, que había alabado su confesión, lo censura ahora por su fanatismo satánico: «¡Escándalo eres para mí, porque no piensas a la manera de Dios, sino del hombre!». La pretensión de Pedro de interponerse en el camino que Dios había trazado para el Me­sías («es preciso que… sufra mucho… y sea ejecutado…») representa para Jesús un «escándalo», una «piedra de tropiezo» que se interpone en el camino, sentido originario del término griego skandalon. Jesús no se deja intimidar por Pedro, personificación del mismo Satanás, y lo invita a ponerse «detrás de él», como corresponde a un discípulo, y no delante, como cuando pretendía capitanear la insurrección de los «cinco mil hombres adultos» en el desierto (14,21). El adverbio detrás de mí que presidía la escena, se repite ahora cuando Jesús pone nuevas y durísimas condiciones para ser discípulo suyo: «Entonces dice a sus discípulos: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que reniegue de sí mismo, tome su cruz y me siga”», como si volviese a comenzar desde un buen principio. La expresión que sigue juega, paradójicamente, con las dos etapas de la vida humana, presente y futura. La gloria del Hijo del hombre está reservada para la vida futura, cuando venga «en compañía de sus santos ángeles», momento en que, «entonces, pagará a cada uno según sus obras.» [1] Un cambio casi imperceptible de una sola vocal de la prep. griega hypo, por causa de (Códice Beza y un códice minúsculo D 1071), por la prep. apo, de parte del (Códice Vaticano y el resto de mss., una variante que ni tan siquiera está señalada en la edición crítica del Nestle-Aland), minimiza la responsabilidad de los dirigentes judíos en la muerte de Jesús: «los ancianos, sumos sacerdotes y letrados», los tres estamentos enlazados con un solo artículo, son el sujeto agente tanto del sufrimiento del Mesías como de su ejecución.  [2] El Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas, repite la construcción verbal comenzó a + inf. del principio, «Jesús comenzó a manifestar a sus discípulos», contraponiéndole la que Pedro emplea a continuación: «empezó a conjurarlo», cosa que evita el texto usual diciendo sencillamente «conjurándolo». En el preciso momento en que Jesús revela la condición del Mesías sufriente, Pedro se le opone frontalmente. [3] El texto usual se limita a utilizar el part. del verbo simple strapheis, «habiéndose vuelto», mientras que Beza y muchos otros manuscritos emplean el part. del verbo compuesto epi-strapheis, «habiéndose girado hacia atrás», marcando la dirección hacia donde debería encontrarse Pedro e indicándole que se ponga detrás de él, como buen discípulo. [4] Esta misma invitación al seguimiento, Jesús la había hecho al diablo en la escena de las tentaciones, según el texto conservado por el Códice Beza y muchísimos manuscritos y por las antiguas versiones en latín, siríaco y copto: «Entonces Jesús le dice (al diablo): “Vete detrás de mí, Satanás» (Mt 4,10). En el texto consensuado per la mayoría de editores se suprime «detrás de mí», privandonos de enlazar la tercera tenta­ción con el escándolo que Simón habría significado para Jesús, si éste no le hubiese parado los pies.

Domingo XXI del tiempo ordinario // Mt 16,13-20 Códice Beza

(698 542) Mt 16,13-20 Códice Beza 16,13Al llegar Jesús al término de Cesarea de Filipo, iba preguntando a los discípulos diciendo: «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre?». 14Ellos respondieron: «Juan el Bautista»; otros: «Elías»; otros, en cambio: «Jeremías» o «Uno de los profetas.» 15 Les dice: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?». 16En respuesta Simón Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios[1] que libera.» 17 Replicó Jesús diciendo: «Dichoso eres Simón, hijo de Juan, porque ni carne ni sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos. 18Yo, por mi parte, te digo: “Tú eres Piedra,[2] y sobre esta Roca[3] edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades[4] no prevalecerán contra ella. 19 A ti te daré las llaves del Reino de los cielos: lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos.”» 20 Entonces conjuró a los discípulos que no dijesen a nadie: «¡Este es el Mesías, Jesús!».[5] Tu eres piedra (petros) y sobre esta roca (petra) edificaré mi iglesia Jesús había mantenido en Magdala (Magadan) un durísimo debate con los fariseos y saduceos que le exigían una señal del cielo que avalase su pretensión de enviado de Dios. Entonces se llevó a sus discípulos en la barca a la otra orilla del mar de Galilea y, a pie, les hizo llegar hasta Panias, rebautizada por el tetrarca Filipo con su propio nombre, Cesarea de Filipo. ¿Por qué razón les ha hecho hacer esta larguísima caminata (unos 50 km. en línea recta hacia el norte)? En Panias estaba el santuario del dios Pan y una infinidad de nichos excavados en la gran mole rocosa que la preside. Cuando Anna y yo fuimos allí en un coche privado, pudimos distinguir todavía muchos nichos, así como la gran caverna llamada ‘Puerta del Hades’. Jesús plantea a sus discípulos la pregunta crucial: «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre?». Hay respuestas para todos los gustos: que si Juan Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas. Pero él quiere que sean ellos quienes se pronuncien: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro, el más atrevido, responde como líder del grupo: «Tu eres el Mesías, el Hijo del Dios que libera.» En principio, la respuesta es muy correcta. De aquí el gran elogio que hace Jesús de su confesión. Pero de inmediato, haciendo un juego de palabras en griego con su nombre, «Simón», y el seudónimo que él mismo le impuso, «Cefas/Petros», en español «Pedro», fijando la mirada en la enorme mole rocosa del paganismo que tenían frente a frente, les revela que ésta será en el futuro la base de su Iglesia: «Tu eres Piedra (petros), y sobre esta Roca (petra) edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.» Esta es la única explicación que da razón de este larguísimo viaje hacia el norte pagano, del juego de palabras Piedra-Roca y de la presencia de las Puertas del Hades. La explicación que os he dado, si bien no es la usual, es la que mejor explica esta ida y vuelta a Cesarea de Filipo, sin entrar en contacto en ningún momento con la gente del país ni realizar allí ninguna señal, como le pedían. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Mesías e Hijo de Dios aparecen juntos aquí y en 26,63, en boca del sumo sacerdote: «Te conjuro por el Dios que vive que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.» Mateo pone en labios de uno y otro la misma expresión (empleando dos verbos equivalentes) en un tono positivo y no belicoso, que Jesús acepta. [2] El término griego petros o su correspondiente arameo Kefa (‘piedra’) no se utilizaba como un nombre propio de persona. Jesús fue quien le dio ese apodo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan, tú te llamarás Cefas —que quiere decir ‘Piedra’» (Jn 1,42). Mateo hará el juego de palabras petros (masc.) / ’piedra’ y petra (fem.)/ ’roca’, un juego de palabras que tan solo es posible en griego, mostrando así que Jesús quiere edificar en el futuro su Iglesia sobre la «roca», la enorme mole de Panias que todos ellos tienen delante, que simboliza el paganismo, una vez liberada de los condicionamientos religiosos del judaísmo. [3] La preposición griega epi, ‘sobre/encima’, se puede construir, entre otras, en dativo o en acusativo. Todos los manuscritos retienen la construcción en dat., que le confiere sentido local; el Códice Beza, en cambio, conserva la construcción en ac., que le da sentido metafórico. [4] Precisamente en Cesarea de Filipo hay todavía restos del Templo del dios pagano Pan: se conservan las hornacinas de dioses paganos excavadas en la roca; en la base de la montaña aparece la gran gruta de «las Puertas del Hades» que no prevalecerán contra las puertas del cielo cuyas «llaves» Jesús ha confiado a Pedro. [5] La mayoría de manuscritos lo presentan en discurso indirecto: «que no dijeran a nadie que él, Jesús, es el Mesías»; el Códice Beza lo pone en discurso directo, en forma de grito ensordecedor.

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