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	<title>Arxius de Còdex Beza - Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</title>
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		<title>Domingo de Pentecostés // Jn 20,19-23 Còdice Beza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 May 2026 05:53:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>(686 530) Jn 20,19-20a.20b-23 Còdice Beza 20,19Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los Judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». 20a Y, habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. 20b Sus discípulos,[1] entonces, se alegraron de haber visto al Señor. 21Él, a su vez, los salu­dó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os envío[2] a vosotros.» 22 Y habiendo dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: 23 Si a algu­nos perdonáis los pecados, les quedarán perdonados, si a algunos se los retuvierais, quedarán retenidos.» Jesús resucitado insufla Espíritu Santo sobre sus discípulos Si comparamos «el primer día de la semana después del sábado judío, cuando María Magdalena fue de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, al sepulcro» (Jn 20,1) con &#160;«el atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, cuando estaban las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los Judíos» (20,19), comprobaremos la distancia abismal que mediaba, de la mañana al atardecer del día en que se inauguraba la nueva creación, entre el circulo femenino, representado por María Magdalena, la primera que reconoció la presencia del Resucitado cuando la llamó por su nombre, «¡María!» (20,14-16), y el circulo masculino que había cerrado y barrado las puertas por miedo de que los dirigentes judíos los detuvieran, como habían hecho con «los otros dos sediciosos que llevaron también para que fueran ejecutados con Jesús» (Lc 23,32). Jesús resucitado se ha aparecido, en primer lugar, a «los discí­pu­los», en general, deseándoles que tuvieran paz, «¡Paz a vosotros!», y mostrándoles las manos y el costado abierto, para que comprobaran que era el mismo a quien habían crucificado. No consta, sin embargo, reacción alguna de «los discípulos». A renglón seguido, en cambio, aparecen «sus discípulos», según precisa el Códice Beza mediante el pronombre griego autou, diferenciando netamente dos grupos de discípulos. Jesús los ha saludado a su vez: «¡Paz a vosotros!», pues se habían alegrado de haber visto al Señor. La experiencia del Resucitado no se puede visualizar ni se puede expresar con palabras ni conceptos; tan solo el lenguaje metafórico se le puede acercar. No se trata de una experiencia puntual, que se hace de una vez para siempre: se ha de ir profun­dizando, a medida que uno le abre «las puertas». Una vez estos hicieron la experiencia plena del Resucitado, Jesús los puede ya «enviar a misión», según precisa de nuevo el Códice Beza utilizando el mismo verbo apostellein las dos veces: «Tal como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros.» La misión que recibimos nosotros es la misma que Jesús recibió del Padre. No distingue entre una y otra misión. Para poderla llevar a término, es preciso que se produzca un cambio cualitativo en nosotros, los enviados. Cuando Dios modeló al hombre con el polvo de la tierra, «insufló sobre su rostro un aliento de vida»; Jesús reemprende y acaba la obra del Creador: «insufló sobre ellos y les dice: “Recibid Espíritu Santo”». El «aliento de vida» del Dios Creador produjo un «ser vivo» (Gn 2,7); el «Espíritu Santo» que Jesús insufla en sus discípulos los capacita para la misión. Jesús continúa insuflando «Espíritu Santo» en todos aquexllos a quienes envía a la misión por tota la tierra y los capacita así para que hagan la misma experien­cia del Espíritu Santo que hizo él en el Jordán. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego autou/autois: 20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discí­pulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24). &#160; [2] El Vaticano y la gran mayoría de manuscritos usan aquí dos verbos distintos cuando hacen referencia al Padre que ha enviado (verbo apostellô) a su Hijo y cuando es el Hijo quien, a su vez, envía (verbo pempô) a los discípulos para una determinada misión, como si se tratara de dos misiones distintas. El Códice Beza, avalado por algunos unciales, utiliza el mismo verbo (apostellô) para ambas misiones, sin hacer distinción alguna entre una y otra.</p>
<p>L'entrada <a href="https://codexbeza.org/es/2026/05/domingo-de-pentecostes/">Domingo de Pentecostés // Jn 20,19-23 Còdice Beza</a> ha aparegut primer a <a href="https://codexbeza.org/es/codice-beza-rius-camps/">Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</a>.</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(686 530) <em>Jn 20,19-</em>20a.20b<em>-23 Còdice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>20,19</sup>Al atardecer de aquel mismo día, el primer día <em>después del</em> <em>sábado,</em> y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los Judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». <sup>20a </sup>Y, habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>20b </sup><em>Sus</em> discípulos,<a id="_ednref1" href="#_edn1">[1]</a> entonces, se alegraron de haber visto al Señor. <sup>21</sup>Él, a su vez, los salu­dó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os <em>envío<a id="_ednref2" href="#_edn2"><strong>[2]</strong></a></em> a vosotros.» <sup>22 </sup>Y habiendo dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: <sup>23 </sup><em>Si a algu­nos perdonáis</em> los pecados, les <em>quedarán perdonados</em>, si <em>a algunos se</em> <em>los retuvierais</em>, quedarán retenidos.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Jesús resucitado insufla Espíritu Santo sobre sus discípulos</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Si comparamos «el primer día de la semana después del sábado judío, cuando María Magdalena fue de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, al sepulcro» (Jn 20,1) con &nbsp;«el atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, cuando estaban las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los Judíos» (20,19), comprobaremos la distancia abismal que mediaba, de la mañana al atardecer del día en que se inauguraba la nueva creación, entre el circulo femenino, representado por María Magdalena, la primera que reconoció la presencia del Resucitado cuando la llamó por su nombre, «¡María!» (20,14-16), y el circulo masculino que había cerrado y barrado las puertas por miedo de que los dirigentes judíos los detuvieran, como habían hecho con «los otros dos sediciosos que llevaron también para que fueran ejecutados con Jesús» (Lc 23,32). Jesús resucitado se ha aparecido, en primer lugar, a «los discí­pu­los», en general, deseándoles que tuvieran paz, «¡Paz a vosotros!», y mostrándoles las manos y el costado abierto, para que comprobaran que era el mismo a quien habían crucificado. No consta, sin embargo, reacción alguna de «los discípulos». A renglón seguido, en cambio, aparecen «<em>sus</em> discípulos», según precisa el Códice Beza mediante el pronombre griego <em>autou</em>, diferenciando netamente dos grupos de discípulos. Jesús los ha saludado a su vez: «¡Paz a vosotros!», pues se habían alegrado de haber visto al Señor. La experiencia del Resucitado no se puede visualizar ni se puede expresar con palabras ni conceptos; tan solo el lenguaje metafórico se le puede acercar. No se trata de una experiencia puntual, que se hace de una vez para siempre: se ha de ir profun­dizando, a medida que uno le abre «las puertas». Una vez estos hicieron la experiencia plena del Resucitado, Jesús los puede ya «enviar a misión», según precisa de nuevo el Códice Beza utilizando el mismo verbo <em>apostellein</em> las dos veces: «Tal como el Padre me envió, también yo os <em>envío</em> a vosotros.» La misión que recibimos nosotros es la misma que Jesús recibió del Padre. No distingue entre una y otra misión. Para poderla llevar a término, es preciso que se produzca un cambio cualitativo en nosotros, los enviados. Cuando Dios modeló al hombre con el polvo de la tierra, «insufló sobre su rostro un aliento de vida»; Jesús reemprende y acaba la obra del Creador: «insufló sobre ellos y les dice: “Recibid Espíritu Santo”». El «aliento de vida» del Dios Creador produjo un «ser vivo» (Gn 2,7); el «Espíritu Santo» que Jesús insufla en sus discípulos los capacita para la misión. Jesús continúa insuflando «Espíritu Santo» en todos aquexllos a quienes envía a la misión por tota la tierra y los capacita así para que hagan la misma experien­cia del Espíritu Santo que hizo él en el Jordán.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego <em>autou/autois: </em>20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discí­pulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24). &nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> El Vaticano y la gran mayoría de manuscritos usan aquí dos verbos distintos cuando hacen referencia al Padre que ha enviado (verbo <em>apostellô</em>) a su Hijo y cuando es el Hijo quien, a su vez, envía (verbo <em>pempô</em>) a los discípulos para una determinada misión, como si se tratara de dos misiones distintas. El Códice Beza, avalado por algunos unciales, utiliza el mismo verbo (<em>apostellô</em>) para ambas misiones, sin hacer distinción alguna entre una y otra.</p>
<p>L'entrada <a href="https://codexbeza.org/es/2026/05/domingo-de-pentecostes/">Domingo de Pentecostés // Jn 20,19-23 Còdice Beza</a> ha aparegut primer a <a href="https://codexbeza.org/es/codice-beza-rius-camps/">Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</a>.</p>
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		<title>Ascensión del Señor // Mt 28,16-20 Códice Beza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 14 May 2026 05:47:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>(685 529) Mt 28,16-20 Códice Beza 28,16Los Once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había ordenado. 17Al verlo, le adoraron; pero algunos, dudaron. 18Acercándose a ellos, Jesús les habló diciendo: «Me ha sido dada plena autoridad en los cielos y sobre la tierra. 19Id ahora,[1] haced discípulos míos[2] en todas las naciones[3] después de bautizarlos en el nombre del Padre y el Hijo y del Espíritu Santo,[4] 20 enseñándoles a guardar todo lo que yo os he prescrito. Y he aquí que Yo Soy en compañía de vosotros día tras día, hasta el fin del mundo. El monte Sinaí y el monte innominado de Jesús Por la fiesta de la Ascensión leemos el final de Mateo. Jesús había prometido a sus discípulos, cuando todavía eran Doce, que después de su resurrección les precedería a Galilea (Mt 26,32) y se lo hizo recordar por medio de las mujeres a quienes se manifestó por primera vez (28,7.10). Pero ahora, después de la defección de Judas, tan solo son Once. Han perdido la representatividad que les había conferido sobre Israel. Finalmen­te, dudando algunos de ellos que realmente hubiera resucitado, acceden a irse a Galilea, «al monte que Jesús les había ordenado». Es la cuarta vez que Mateo menciona este «monte», siempre con el artículo referencial al Monte paradigmático del Sinaí (5,1; 14,23; 15,29, 28,16), pero deliberadamente inno­minado. La primera vez que se menciona, Jesús inaugura la enseñanza sobre el Reino de Dios, no basada en el Decálogo del Sinaí, sino en las bienaventuranzas. Las dos menciones intermedias tienen lugar en las dos multiplicaciones de los panes que sirvieron para saciar 5.000 y 4.000 hombres adultos (sin mujeres ni niños), respectivamente, y que movieron a Jesús a retirarse a «el monte» él solo, para evitar que le hicieran rey (Jn 6,21), la primera, o para curar todo tipo de achaques y enfermedades, la segunda. La última mención concluirá su presencia terrenal entre sus discípulos y servirá para mostrar a los Once el cambio radical de planes que ha concebido, a resultas de su fracaso como Mesías de Israel: a partir de ahora han de dirigirse a todas las naciones paganas y hacer discípulos en «el nombre» del Padre, del suyo y del Espíritu Santo, de un Padre cercano y familiar que ha derramado su Espíritu sobre la creación para que ésta le procure hijos e hijas, y no de un Dios omnipotente que inspira temor y dicta leyes. Los Once han de continuar las enseñanzas que él había iniciado en «el monte» de las bienaventuranzas, «enseñándoles a guardar todo lo que yo os he prescrito», y les asegura su presencia constante en medio de ellos. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El Códice Beza lo expresa en tono imperativo y, en lugar de la conjunción «pues», que presentan muchísimos manuscritos y el texto usual, conserva el adverbio «ahora», subrayando el tono de la orden terminante también en imperativo que hace Jesús a los Once: «Id ahora, haced discípulos míos en todas las naciones.» [2] La lengua helenística tiene la tendencia, en su evolución, a usar verbos intransitivos como transitivos, como es el caso del verbo mathêteuein, «ser discípulo»,que ha pasado aser tomado en el sentido de «hacer discípulos» (Mt 12,52; 27,57; 28,19; Hch 14,21). [3] El evangelista emplea el pronombre personal masc. pl., autous, aunque hace referencia a ta ethnê, neutro pl., porque tiene la mente puesta en las personas que conforman las naciones paganas. [4] Es probable que esta fórmula bautismal refleje más bien el uso litúrgico que hizo más tarde la iglesia primitiva. En un principio, el bautismo se administraba, según recalca el Códice Beza (= D), «en el nombre del Señor Jesús Mesías» (Hch 2,38 D; 8,16 D; 10,48 D).</p>
<p>L'entrada <a href="https://codexbeza.org/es/2026/05/ascension-del-senor/">Ascensión del Señor // Mt 28,16-20 Códice Beza</a> ha aparegut primer a <a href="https://codexbeza.org/es/codice-beza-rius-camps/">Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</a>.</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(685 529) <em>Mt 28,16-20 Códice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>28,16</sup>Los Once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había ordenado. <sup>17</sup>Al verlo, le adoraron; pero algunos, dudaron. <sup>18</sup>Acercándose a ellos, Jesús les habló diciendo: «Me ha sido dada plena autoridad en <em>los cielos</em> y sobre la tierra. <sup>19</sup><em>Id ahora,</em><a id="_ednref1" href="#_edn1">[1]</a> haced discípulos míos<a id="_ednref2" href="#_edn2">[2]</a> en todas las naciones<a id="_ednref3" href="#_edn3">[3]</a> después de bautizarlos en el nombre del Padre <em>y</em> <em>el</em> Hijo y del Espíritu Santo,<a id="_ednref4" href="#_edn4">[4]</a> <sup>20 </sup>enseñándoles a guardar todo lo que yo os he prescrito. Y he aquí que Yo Soy en compañía de vosotros día tras día, hasta el fin del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El monte Sinaí y el monte innominado de Jesús</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Por la fiesta de la Ascensión leemos el final de Mateo. Jesús había prometido a sus discípulos, cuando todavía eran Doce, que después de su resurrección les precedería a Galilea (Mt 26,32) y se lo hizo recordar por medio de las mujeres a quienes se manifestó por primera vez (28,7.10). Pero ahora, después de la defección de Judas, tan solo son Once. Han perdido la representatividad que les había conferido sobre Israel. Finalmen­te, dudando algunos de ellos que realmente hubiera resucitado, acceden a irse a Galilea, «al monte que Jesús les había ordenado». Es la cuarta vez que Mateo menciona este «monte», siempre con el artículo referencial al Monte paradigmático del Sinaí (5,1; 14,23; 15,29, 28,16), pero deliberadamente inno­minado. La primera vez que se menciona, Jesús inaugura la enseñanza sobre el Reino de Dios, no basada en el Decálogo del Sinaí, sino en las bienaventuranzas. Las dos menciones intermedias tienen lugar en las dos multiplicaciones de los panes que sirvieron para saciar 5.000 y 4.000 hombres adultos (sin mujeres ni niños), respectivamente, y que movieron a Jesús a retirarse a «el monte» él solo, para evitar que le hicieran rey (Jn 6,21), la primera, o para curar todo tipo de achaques y enfermedades, la segunda. La última mención concluirá su presencia terrenal entre sus discípulos y servirá para mostrar a los Once el cambio radical de planes que ha concebido, a resultas de su fracaso como Mesías de Israel: a partir de ahora han de dirigirse a todas las naciones paganas y hacer discípulos en «el nombre» del Padre, del suyo y del Espíritu Santo, de un Padre cercano y familiar que ha derramado su Espíritu sobre la creación para que ésta le procure hijos e hijas, y no de un Dios omnipotente que inspira temor y dicta leyes. Los Once han de continuar las enseñanzas que él había iniciado en «el monte» de las bienaventuranzas, «enseñándoles a guardar todo lo que yo os he prescrito», y les asegura su presencia constante en medio de ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> El Códice Beza lo expresa en tono imperativo y, en lugar de la conjunción «pues», que presentan muchísimos manuscritos y el texto usual, conserva el adverbio «ahora», subrayando el tono de la orden terminante también en imperativo que hace Jesús a los Once: «Id ahora, haced discípulos míos en todas las naciones.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> La lengua helenística tiene la tendencia, en su evolución, a usar verbos intransitivos como transitivos, como es el caso del verbo <em>mathêteuein, </em>«ser discípulo»,que ha pasado aser tomado en el sentido de «hacer discípulos» (Mt 12,52; 27,57; 28,19; Hch 14,21).</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref3" id="_edn3">[3]</a> El evangelista emplea el pronombre personal masc. pl., <em>autous</em>, aunque hace referencia a <em>ta ethnê</em>, neutro pl., porque tiene la mente puesta en las personas que conforman las naciones paganas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref4" id="_edn4">[4]</a> Es probable que esta fórmula bautismal refleje más bien el uso litúrgico que hizo más tarde la iglesia primitiva. En un principio, el bautismo se administraba, según recalca el Códice Beza (= D), «en el nombre del Señor Jesús Mesías» (Hch 2,38 D; 8,16 D; 10,48 D).</p>
<p>L'entrada <a href="https://codexbeza.org/es/2026/05/ascension-del-senor/">Ascensión del Señor // Mt 28,16-20 Códice Beza</a> ha aparegut primer a <a href="https://codexbeza.org/es/codice-beza-rius-camps/">Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</a>.</p>
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		<title>Domingo VI de Pascua // Jn 14,15-21 Códice Beza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2026 05:42:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>(684 528) Jn 14,15-21 Códice Beza 14,15Si de veras me amáis, ¡guardad mis mandamientos!,[1] 16 y yo, a mi vez, rogaré al Padre y os dará otro Paráclito,[2] a fin de que permanezca para siempre con vosotros,[3] 17 el Espíritu de la verdad,[4] a quien el mundo no puede acoger, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, ya que permanece con vosotros y está en vosotros. 18No os dejaré huérfanos, vuelvo a vosotros. 19Aún falta un poco, y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros viviréis. 20Aquel día, conoceréis vosotros que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros. 21El que retiene mis mandamientos y los guarda, este es el que me ama; ahora bien, el que me ama, será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré yo mismo a él. Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca siempre con vosotros El pasaje que leemos hoy enlaza con el del domingo pasado. Nos hemos saltado, dos versículos donde Jesús nos recalcaba: «Todo aquello que pidierais en mi nombre, yo lo haré, a fin de que sea glorificado el Padre en el Hijo. Todo lo que pidierais en mi nombre, yo lo haré» (vv. 13-14). De aquí que continúe con un imperativo: «Si de veras me amáis, ¡guar­dad mis mandamientos!». Los mandamientos que Jesús nos manda guardar no son, pues, los de la Ley mosaica. Han de estar presididos por el amor a su persona, a su «nombre». Si hay esta sintonía, «yo, a mi vez, rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, que permanecerá para siempre con vosotros». Es la primera vez que Jesús, en su discurso de despedida, habla del Espíritu Santo con la denominación del «Pará­clito», de un abogado defensor que, como él («otro Paráclito»), permanezca de ahora en adelante para siempre al lado de sus discípulos. «El mundo», casi siempre negativo en este escrito, el dominio de los poderosos no tiene ni idea de ello, porque solo se mueve en categorías de poder. Una vez que los dirigentes religiosos y políticos lo hayan eliminado, «el mundo ya no me verá», pero ase­gura que nosotros sí que lo veremos, «porque yo vivo y vosotros viviréis». «Aquel día» es el primer día de la nueva semana que comienza en el día de su resurrección. Si hacemos la experiencia del Resucitado, «conoceréis vosotros que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros». Es la sintonía total con el proyecto de Dios que Jesús ha encarnado. El período concluye como se había iniciado: «El que retiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama.» El secreto para poderlo «ver», es el amor que crea unos nuevos vínculos indestructibles por cualquier tipo de poder: «el que me ama, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré yo mismo a él». Esta es la experiencia personal del Discípulo, a quien Jesús amaba, el que ha escrito este libro. Es su autorretrato. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El Códice Beza, avalado por muchos manuscritos, conserva el verbo guardar en imperativo aoristo, «guardad», en lugar del futuro «guardaréis», de los códices Vaticano y Sinaítico, entre otros. [2] El tema del Paráclito se presenta 4× en este escrito, en *Jn 14,16.26, de la primera redacción, y en **Jn 15,26 y 16,7, de la segunda. En los Sinópticos no aparece este personaje. En el resto de escritos del Nuevo Testamento lo encontraremos en 1Jn 2,1. Deriva del verbo parakaleô, «llamar, llamar hacia ti, convocar, exhortar, fortalecer», usado con frecuencia por los Sinópticos, sobre todo por Lucas-Hechos, pero nunca por Juan. La mejor presentación nos la ofrece *Jn 14,26: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará mi Padre en mi nombre, él os lo enseñará todo y os recorda­rá todo lo que yo os haya dicho.»&#160; En los dos pasajes de primera redacción es enviado por el Padre a petición de Jesús; en los dos de segunda redacción es Jesús mismo quien lo envía: «Cuando venga el Paráclito, que os voy a enviar yo desde cerca de mi Padre, el Espíritu de la verdad, que procede de mi Padre, él dará testimonio de mi» (**15,26). En la última aparición, substituido por el pronombre dos veces, nos ofrece el mejor resumen: «Cuando venga aquel (el Paráclito), el Espíritu de la Verdad, él os guiará hasta la verdad completa: no hablará, en efecto, por su cuenta, sino que hablará de lo que ha oído y os anunciará lo que vendrá. Aquel manifestará mi gloria, ya que tomará de lo mío y os lo interpretará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso he dicho: “Toma de lo mío y os lo interpretará”» (**16,13-15). [3] El texto usual cambia el orden de las palabras y el verbo, «a fin de que con vosotros esté siempre»; Beza, en cambio, subrayaba la permanencia poniendo el verbo permanecer en la primera posición. [4] El termino griego pneûma es del género neutro, pero el Códice Beza lo hará concertar por tres veces seguidas con el pronombre en masculino, para dejar bien claro, saltándose las leyes de la gramática, que se trata del propio Espíritu personal de Dios.</p>
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<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img decoding="async" width="1024" height="575" src="https://codexbeza.org/wp-content/uploads/2023/10/geralt-25757-imatges-Pixbay-dove-g3206ee932_1920-1024x575.jpg" alt="" class="wp-image-12516" style="aspect-ratio:1.7808695652173914;width:632px;height:auto" srcset="https://codexbeza.org/wp-content/uploads/2023/10/geralt-25757-imatges-Pixbay-dove-g3206ee932_1920-1024x575.jpg 1024w, https://codexbeza.org/wp-content/uploads/2023/10/geralt-25757-imatges-Pixbay-dove-g3206ee932_1920-300x168.jpg 300w, https://codexbeza.org/wp-content/uploads/2023/10/geralt-25757-imatges-Pixbay-dove-g3206ee932_1920-768x431.jpg 768w, https://codexbeza.org/wp-content/uploads/2023/10/geralt-25757-imatges-Pixbay-dove-g3206ee932_1920-1536x862.jpg 1536w, https://codexbeza.org/wp-content/uploads/2023/10/geralt-25757-imatges-Pixbay-dove-g3206ee932_1920-1320x741.jpg 1320w, https://codexbeza.org/wp-content/uploads/2023/10/geralt-25757-imatges-Pixbay-dove-g3206ee932_1920.jpg 1920w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption">Foto: geralt / 25757 imatges Pixbay dove-g3206ee932_1920</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">(684 528) <em>Jn 14,15-21 Códice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>14,15</sup>Si de veras me amáis, <em>¡guardad</em> mis mandamientos!,<a id="_ednref1" href="#_edn1">[1]</a> <sup>16 </sup>y yo, a mi vez, rogaré al Padre y os dará otro Paráclito,<a id="_ednref2" href="#_edn2">[2]</a> a fin de que <em>permanezca para siempre con vosotros</em>,<a id="_ednref3" href="#_edn3">[3]</a> <sup>17 </sup>el Espíritu de la verdad,<a id="_ednref4" href="#_edn4">[4]</a> a quien el mundo no puede acoger, porque no <em>lo</em> ve ni <em>lo</em> conoce; vosotros, <em>en cambio</em>,<em> lo</em> conocéis, ya que permanece con vosotros y está en vosotros. <sup>18</sup>No os dejaré huérfanos, vuelvo a vosotros. <sup>19</sup>Aún falta un poco, y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros <em>viviréis</em>. <sup>20</sup>Aquel día, <em>conoceréis vosotros</em> que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros. <sup>21</sup>El que retiene mis mandamientos y los guarda, este es el que me ama; ahora bien, el que me ama, será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré yo mismo a él.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca siempre con vosotros</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El pasaje que leemos hoy enlaza con el del domingo pasado. Nos hemos saltado, dos versículos donde Jesús nos recalcaba: «Todo aquello que pidierais en mi nombre, yo lo haré, a fin de que sea glorificado el Padre en el Hijo. Todo lo que pidierais en mi nombre, yo lo haré» (vv. 13-14). De aquí que continúe con un imperativo: «Si de veras me amáis, ¡guar­dad mis mandamientos!». Los mandamientos que Jesús nos manda guardar no son, pues, los de la Ley mosaica. Han de estar presididos por el amor a su persona, a su «nombre». Si hay esta sintonía, «yo, a mi vez, rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, que permanecerá para siempre con vosotros». Es la primera vez que Jesús, en su discurso de despedida, habla del Espíritu Santo con la denominación del «Pará­clito», de un abogado defensor que, como él («otro Paráclito»), permanezca de ahora en adelante para siempre al lado de sus discípulos. «El mundo», casi siempre negativo en este escrito, el dominio de los poderosos no tiene ni idea de ello, porque solo se mueve en categorías de poder. Una vez que los dirigentes religiosos y políticos lo hayan eliminado, «el mundo ya no me verá», pero ase­gura que nosotros sí que lo veremos, «porque yo vivo y vosotros viviréis». «Aquel día» es el primer día de la nueva semana que comienza en el día de su resurrección. Si hacemos la experiencia del Resucitado, «conoceréis vosotros que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros». Es la sintonía total con el proyecto de Dios que Jesús ha encarnado. El período concluye como se había iniciado: «El que retiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama.» El secreto para poderlo «ver», es el amor que crea unos nuevos vínculos indestructibles por cualquier tipo de poder: «el que me ama, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré yo mismo a él». Esta es la experiencia personal del Discípulo, a quien Jesús amaba, el que ha escrito este libro. Es su autorretrato.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> El Códice Beza, avalado por muchos manuscritos, conserva el verbo <em>guardar</em> en imperativo aoristo, «guardad», en lugar del futuro «guardaréis», de los códices Vaticano y Sinaítico, entre otros.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> El tema del Paráclito se presenta 4× en este escrito, en *Jn 14,16.26, de la primera redacción, y en **Jn 15,26 y 16,7, de la segunda. En los Sinópticos no aparece este personaje. En el resto de escritos del Nuevo Testamento lo encontraremos en 1Jn 2,1. Deriva del verbo <em>parakaleô</em>, «llamar, llamar hacia ti, convocar, exhortar, fortalecer», usado con frecuencia por los Sinópticos, sobre todo por Lucas-Hechos, pero nunca por Juan. La mejor presentación nos la ofrece *Jn 14,26: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará mi Padre en mi nombre, él os lo enseñará todo y os recorda­rá todo lo que yo os haya dicho.»&nbsp; En los dos pasajes de primera redacción es enviado por el Padre a petición de Jesús; en los dos de segunda redacción es Jesús mismo quien lo envía: «Cuando venga el Paráclito, que os voy a enviar yo desde cerca de mi Padre, el Espíritu de la verdad, que procede de mi Padre, él dará testimonio de mi» (**15,26). En la última aparición, substituido por el pronombre dos veces, nos ofrece el mejor resumen: «Cuando venga aquel (el Paráclito), el Espíritu de la Verdad, él os guiará hasta la verdad completa: no hablará, en efecto, por su cuenta, sino que hablará de lo que ha oído y os anunciará lo que vendrá. Aquel manifestará mi gloria, ya que tomará de lo mío y os lo interpretará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso he dicho: “Toma de lo mío y os lo interpretará”» (**16,13-15).</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref3" id="_edn3">[3]</a> El texto usual cambia el orden de las palabras y el verbo, «a fin de que con vosotros esté siempre»; Beza, en cambio, subrayaba la permanencia poniendo el verbo <em>permanecer</em> en la primera posición.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref4" id="_edn4">[4]</a> El termino griego <em>pneûma</em> es del género neutro, pero el Códice Beza lo hará concertar por tres veces seguidas con el pronombre en masculino, para dejar bien claro, saltándose las leyes de la gramática, que se trata del propio Espíritu personal de Dios.</p>
<p>L'entrada <a href="https://codexbeza.org/es/2026/05/domingo-vi-de-pascua/">Domingo VI de Pascua // Jn 14,15-21 Códice Beza</a> ha aparegut primer a <a href="https://codexbeza.org/es/codice-beza-rius-camps/">Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</a>.</p>
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		<title>Domingo V de Pascua // Jn 14,1-12 Códice Beza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 29 Apr 2026 04:35:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>(683 527) Jn 14,1-12 Códice Beza 14,1Entonces dijo a sus discípulos:[1] «Que no se inquiete vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. 2En la comunidad de mi Padre hay muchas moradas; si no, ¿os habría dicho que voy a prepararos un lugar? 3Y cuando me haya ido a prepararos un lugar, vendré de nuevo y os llevaré conmigo, a fin de que allí donde estoy yo, estéis también vosotros. 4Y allí donde voy, ya lo sabéis y sabéis el camino.» 5Le dice Tomás, al que llaman Mellizo[2]: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, podremos saber el camino?». 6 Jesús le responde: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. 7Si me conocéis a fondo, conoceréis también a mi Padre; por tanto, desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» 8Le dice Felipe[3]: «Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta.» 9 Jesús le responde: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Y ¿cómo es que tú dices: “Muéstranos al Padre”? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que yo os he dicho, no las digo por mi cuenta; es el Padre que está en mi quien hace sus obras. 11Creedme: el Padre está en mí y yo estoy en el Padre; si no,creed por las obras mismas. 12En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, también él las hará, y aún las hará más grandes, porque yo me voy al Padre.» Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, sabremos el camino? El inciso inicial: «Entonces dijo a sus discípulos» (*14,1), con­servado tan solo por el Códice Beza, enlazaba, en la primera redacción de este escrito, con la enseñanza que Jesús acababa de impartir sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Una vez remodelada la obra, con la denuncia de un traidor, «Judas, hijo de Simón, de Cariot», y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, pasajes todos ellos insertados por el autor en segunda redacción (**13,18-38), eliminaron este inciso (no lo encontraréis, por tanto, en el texto usual), considerando que era superfluo. De hecho, Jesús iniciaba con él el relati­vamente breve Discurso de despedida que concluye con una intimación: «Llega el Príncipe de este mundo&#8230; Levantaos, ¡vámonos de aquí!» (*14,30-31). La despedida de Jesús ha sido interrumpida por tres intervenciones de miembros de los Doce: Tomás, Felipe y Judas, no el de Cariot. Las tres empiezan de la misma manera, con el verbo «decir» en tiempo presente: «Le dice», enfatizando el título con el que los discípulos se dirigen a Jesús como «Señor». Las dos primeras respuestas empiezan también de la misma manera, en tiempo presente: «Le dice Jesús»; la tercera es muy solemne, en tiempo pasado: «Jesús respondió y dijo.» En lo que se refiere a la primera intervención, el nombre de «Tomás» va seguido, casi siempre, sobre todo según el Códice Beza, de una explicación-traducción del nombre arameo, «al que llaman (activa­do, en tiempo presente) Mellizo», reactivando así la primera pareja de mellizos de la Biblia (Gn 25). Tomás repre­senta aquí el papel del incrédulo Esaú: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, podremos saber el camino?», y Jesús el de Jacob: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida.» En lo que se refiere a la segunda, Felipe pregunta a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre», y Jesús le reprocha: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe?». En este «vosotros» Jesús, hoy, nos ha inclui­do a todos nosotros, los creyentes. La tercera intervención la tendremos que suplir en privado (14,22-24). Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La revelación de que uno del grupo sería un traidor, con la consiguiente salida de Judas del grupo, y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, ampliaciones de segunda redacción (**Jn 13,18-38), habían interrumpido la enseñanza que Jesús había iniciado sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Con este inciso, conservado tan solo por el Códice Beza, pero presente ya en algunas antiguas versiones latinas y siríacas, Jesús inicia el discurso de despedida alentando a sus discípulos.&#160; [2] Según el Códice Beza, de esta explicación-traducción del nombre de Tomás, presente otras tres veces en pasajes pertenecientes a la segunda redacción (**Jn 11,16; 20,24 y 21,2), habría constancia ya aquí, en la primera redacción. La insistencia (4× en total), sin que se revele el nombre del otro mellizo, a un judío buen conocedor de la Torá le traerá a la memoria los primeros mellizos que se mencionan en la Biblia, Génesis 25, Esaú y Jacob: «Hay dos naciones en tu vientre (de Rebeca); dos pueblos nacerán de tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, el mayor servirá al pequeño»: Esaú fue el primero en salir, pero vendió su derecho a la primogenitura por un plato de lentejas. Si repasamos la historia de Israel, Jacob fue el antepasado del pueblo de Israel, mientras que Esaú lo fue de los Edomitas. En el Cuarto Evangelio, Tomás interpretará el papel de Esaú y Jesús el de Jacob. Esto requeriría una larguísima explicación. [3] Felipe, en contraste con el incrédulo Tomás, fue el primer discípulo a quien Jesús invitó al seguimiento (Jn 1,43-44). Juntamente con Andrés, dos nombres griegos, naturales ambos de Betsaida, ellos serán quienes presentaron a Jesús unos paganos de lengua griega que lo querían ver (12,20-23).</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(683 527) <em>Jn 14,1-12 Códice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>14,1</sup><em>Entonces dijo a sus discípulos</em>:<a href="#_edn1" id="_ednref1">[1]</a> «Que no se inquiete vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. <sup>2</sup>En la comunidad de mi Padre hay muchas moradas; si no, ¿os habría dicho que voy a prepararos un lugar? <sup>3</sup>Y cuando me haya ido <em>a prepararos</em> un lugar, vendré de nuevo y os llevaré conmigo, a fin de que allí donde estoy yo, <em>estéis </em>también vosotros. <sup>4</sup>Y allí donde voy, <em>ya lo sabéis</em> <em>y</em><em> sabéis el camino</em>.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>5</sup>Le dice Tomás, <em>al que llaman Mellizo</em><a href="#_edn2" id="_ednref2">[2]</a>: «Señor, no sabemos adónde vas, <em>¿cómo, pues, podremos saber el camino?</em>». <sup>6 </sup>Jesús le responde: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. <sup>7</sup>Si me conocéis a fondo, <em>conoceréis</em> también a mi Padre; por tanto, desde ahora lo conocéis y <em>lo </em>habéis visto.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>8</sup>Le dice Felipe<a id="_ednref3" href="#_edn3">[3]</a>: «Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta.» <sup>9 </sup>Jesús le responde: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. <em>Y</em> ¿cómo es que tú dices: “Muéstranos al Padre”? <sup>10 </sup>¿No <em>crees</em> que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que yo os he dicho, no las digo por mi cuenta; es el Padre que está en mi quien hace sus obras. <sup>11</sup>Creedme: <em>el Padre está en mí y yo estoy en el Padre; </em>si no,creed por las obras <em>mismas</em>. <sup>12</sup>En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, también él las hará, y aún las hará más grandes, porque yo me voy al Padre.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, sabremos el camino?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El inciso inicial: «<em>Entonces dijo a sus discípulos</em>» (*14,1), con­servado tan solo por el Códice Beza, enlazaba, en la primera redacción de este escrito, con la enseñanza que Jesús acababa de impartir sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Una vez remodelada la obra, con la denuncia de un traidor, «Judas, hijo de Simón, de Cariot», y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, pasajes todos ellos insertados por el autor en segunda redacción (**13,18-38), eliminaron este inciso (no lo encontraréis, por tanto, en el texto usual), considerando que era superfluo. De hecho, Jesús iniciaba con él el relati­vamente breve Discurso de despedida que concluye con una intimación: «Llega el Príncipe de este mundo&#8230; Levantaos, ¡vámonos de aquí!» (*14,30-31). La despedida de Jesús ha sido interrumpida por tres intervenciones de miembros de los Doce: Tomás, Felipe y Judas, no el de Cariot. Las tres empiezan de la misma manera, con el verbo «decir» en tiempo presente: «Le dice», enfatizando el título con el que los discípulos se dirigen a Jesús como «Señor». Las dos primeras respuestas empiezan también de la misma manera, en tiempo presente: «Le dice Jesús»; la tercera es muy solemne, en tiempo pasado: «Jesús respondió y dijo.» En lo que se refiere a la primera intervención, el nombre de «Tomás» va seguido, casi siempre, sobre todo según el Códice Beza, de una explicación-traducción del nombre arameo, «al que llaman (activa­do, en tiempo presente) Mellizo», reactivando así la primera pareja de mellizos de la Biblia (Gn 25). Tomás repre­senta aquí el papel del incrédulo Esaú: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, podremos saber el camino?», y Jesús el de Jacob: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida.» En lo que se refiere a la segunda, Felipe pregunta a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre», y Jesús le reprocha: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe?». En este «vosotros» Jesús, hoy, nos ha inclui­do a todos nosotros, los creyentes. La tercera intervención la tendremos que suplir en privado (14,22-24).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="(683 527) Domingo V de pascua // Jn 14,1-12 Códice Beza" width="800" height="450" src="https://www.youtube.com/embed/i2jpMjkWJFI?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> La revelación de que uno del grupo sería un traidor, con la consiguiente salida de Judas del grupo, y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, ampliaciones de segunda redacción (**Jn 13,18-38), habían interrumpido la enseñanza que Jesús había iniciado sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Con este inciso, conservado tan solo por el Códice Beza, pero presente ya en algunas antiguas versiones latinas y siríacas, Jesús inicia el discurso de despedida alentando a sus discípulos.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> Según el Códice Beza, de esta explicación-traducción del nombre de Tomás, presente otras tres veces en pasajes pertenecientes a la segunda redacción (**Jn 11,16; 20,24 y 21,2), habría constancia ya aquí, en la primera redacción. La insistencia (4× en total), sin que se revele el nombre del otro mellizo, a un judío buen conocedor de la Torá le traerá a la memoria los primeros mellizos que se mencionan en la Biblia, Génesis 25, Esaú y Jacob: «Hay dos naciones en tu vientre (de Rebeca); dos pueblos nacerán de tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, el mayor servirá al pequeño»: Esaú fue el primero en salir, pero vendió su derecho a la primogenitura por un plato de lentejas. Si repasamos la historia de Israel, Jacob fue el antepasado del pueblo de Israel, mientras que Esaú lo fue de los Edomitas. En el Cuarto Evangelio, Tomás interpretará el papel de Esaú y Jesús el de Jacob. Esto requeriría una larguísima explicación.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref3" id="_edn3">[3]</a> Felipe, en contraste con el incrédulo Tomás, fue el primer discípulo a quien Jesús invitó al seguimiento (Jn 1,43-44). Juntamente con Andrés, dos nombres griegos, naturales ambos de Betsaida, ellos serán quienes presentaron a Jesús unos paganos de lengua griega que lo querían ver (12,20-23).</p>
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		<title>Domingo IV de Pascua // Jn 10,1-10 Códice Beza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Apr 2026 06:43:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciclo A 2025-2026]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>(682 526) Jn 10,1-10 Códice Beza (Parábola del pastor y las ovejas dirigida por Jesús a los fariseos:) 10,1 «En verdad, en verdad os digo:[1] el que no entra por la puerta al atrio[2] de las ovejas, sino que sube por otro lado,[3] este es un ladrón y un salteador; 2 en cambio, el que entra por la puerta, este es el pastor de las ovejas. 3A este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz; llama a las ovejas que le son propias[4] por su nombre y las hace salir. 4Y, cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz;[5] 5 a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» 6Esta parábola les expuso Jesús, pero ellos no comprendieron de qué cosas les hablaba. 7Nuevamente, pues, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: Yo Soy la puerta de las ovejas. 8Cuantos[6] vinieron antes de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon. 9Yo Soy la puerta: si uno entra a través de mí, se salvará; entrará y sal­drá y encontrará pasto. 10 El ladrón no viene sino a robar, sacrificar[7] y destruir; yo, en cambio,[8] he venido para que tengan vida.»[9] El que entra por la puerta al atrio de las ovejas, ese es el pastor de las ovejas La parábola del pastor y las ovejas que Jesús ha hecho suya constituye la respuesta que lanza a los fariseos que le habían cuestionado su proceder, en un día de reposo sabá­tico, día en que había hecho fango y había abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Para entender el abasto de la parábola, la debemos situar en el marco del Templo de Jerusalén, donde había una puerta, llamada la Ovejera (Jn 5,2), por donde introducían las ovejas destinadas a los sacrificios. En esta «puerta» había un «portero», que hasta aquel momento no había dejado entrar jamás a nadie, ya que, cuando les solicitaba el santo y seña, le respondían siempre que venían a sacrificarlas. Pero, cuando, ha llegado Jesús y le ha declarado que venía a dar la vida por sus ovejas, «a este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz». Había dos maneras de acceder a las ovejas: entrando por la puerta o saltando por algún otro lado, como hacen los ladrones y salteadores. Jesús, apenas el portero le ha dejado entrar, «llama a las ovejas que le son propias por su nombre». No todas las ovejas tienen nombre, solo las suyas, las que han ido toman­do consciencia de que son personas. «Y las hace salir» del «atrio del sumo sacer­dote» (Jn 18,15; Mc 14,54 y par.), para darles plena libertad. Jesús aún va más allá. Emplean­do dos veces el nombre de Yahveh, «Jo Soy la puerta de las ovejas», califica de «ladrones y salteadores a cuantos han llegado antes que él, pero las ovejas no los escucharon». Y da un nuevo paso: «Cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús se lleva sus ovejas a un campo abierto, sin rediles ni cercas, donde él es «la Puerta» a través de la cual entrarán y saldrán las personas libres y encontrarán pas­tos. A diferencia de «el ladrón que no viene sino a robar, sacrificar y destruir; yo, en cambio, he venido para que tengan vida». Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Les dos veces que Jesús emplea esta doble fórmula de afirmación, anticipa el pronombre, poniendo énfasis en las personas, los fariseos, a quienes se dirige; el Códice Vaticano, apoyado la primera vez por un manuscrito minúsculo y la segunda por el Códice Corideti que se encuentra en Tiflis, capital de la Georgia, invierte los términos las dos veces, dándole gran solemnidad al dicho de Jesús: «En verdad, en verdad digo a vosotros.» [2] El termino aulê, «atrio», lo emplean tanto los Sinópticos (Mt 26,3.58.69; Mc 14,54.66; 15,1 D.16; Lc 11,21; 22,55) como Juan (Jn 18,15) para designar «el atrio del sumo sacerdote», Anás, a donde llevaron a Jesús atado. [3] El Códice Beza es el único manuscrito que anticipa el adverbio «por otro lado» al verbo «subir», dándole mucha importancia: los dirigentes judíos sabían muy bien que «el portero» que guarda el atrio de las ovejas, cuando les pidiera el santo y seña, y ellos respondieran que venían a sacrificarlas, no les dejaría entrar por la puerta; de aquí que «suban» al Templo «por otro lado», por done acceden los sumos sacerdo­tes cuando van a sacrificarlas, como los identificará Jesús en la explicación de la parábola: «El ladrón no viene sino a robar, sacrificar y destruir.» [4] Nuevamente, con un cambio de orden inusual, el Códice Beza subraya quienes son las ovejas que son propie­dad del pastor, a saber, las que tienen nombre. [5] Por cuarta vez, en este pasaje tan breve, el Códice Beza anticipa el pronombre, «su voz», la del pastor que las conoce por su nombre y que ellas, al reconocerlo, se ponen a seguirlo. [6] El texto usual implica a todos los anteriores dirigentes, «todos cuantos», sin excepción; Jesús no absolu­tiza el número de los que llegaron antes que él. [7] Con frecuencia los traductores no respetan el sentido fuerte del verbo griego thyein, «sacrificar, ofrecer en sacrificio», tan solo analógicamente «degollar, matar», y traducen simplemente por «matar». El contexto, «atrio de las ovejas», «puerta de las ovejas» (ver «la Ovejera» de Jn 5,2), «portero», responsable de vigilar para que no roben las ovejas y las destinen a ser sacrificadas en el Templo, exige que se respete este sentido peculiar del verbo. [8] Tan solo el Códice Beza emplea la partícula conectiva adversativa, contraponiendo la actitud de Jesús a</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(682 526) <em>Jn 10,1-10 Códice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">(Parábola del pastor y las ovejas dirigida por Jesús a los fariseos:)</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>10,1 </sup>«En verdad, en verdad <em>os digo</em>:<a href="#_edn1" id="_ednref1">[1]</a> el que no entra por la puerta al atrio<a href="#_edn2" id="_ednref2">[2]</a> de las ovejas, sino que <em>sube por otro lado</em>,<a href="#_edn3" id="_ednref3">[3]</a> este es un ladrón y un salteador; <sup>2 </sup>en cambio, el que entra por la puerta, <em>este</em> es <em>el</em> pastor de las ovejas. <sup>3</sup>A este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz; llama <em>a las ovejas que le son propias</em><a href="#_edn4" id="_ednref4">[4]</a> por su nombre y las hace salir. <sup>4</sup><em>Y</em>, cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen <em>su voz</em>;<a href="#_edn5" id="_ednref5">[5]</a> <sup>5 </sup>a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>6</sup>Esta parábola les expuso Jesús, pero ellos no comprendieron de qué cosas les hablaba. <sup>7</sup>Nuevamente, pues, Jesús <em>les</em> dijo: «En verdad, en verdad <em>os digo</em>: Yo Soy la puerta de las ovejas. <sup>8</sup><em>Cuantos</em><a id="_ednref6" href="#_edn6">[6]</a> vinieron antes de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon. <sup>9</sup>Yo Soy la puerta: si uno entra a través de mí, se salvará; entrará y sal­drá y encontrará pasto. <sup>10 </sup>El ladrón no viene <em>sino</em> a robar, <em>sacrificar</em><a id="_ednref7" href="#_edn7">[7]</a> y destruir; yo, <em>en cambio,</em><a id="_ednref8" href="#_edn8">[8]</a> he venido para que tengan vida.»<a id="_ednref9" href="#_edn9">[9]</a></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El que entra por la puerta al atrio de las ovejas, ese es el pastor de las ovejas</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La parábola del pastor y las ovejas que Jesús ha hecho suya constituye la respuesta que lanza a los fariseos que le habían cuestionado su proceder, en un día de reposo sabá­tico, día en que había hecho fango y había abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Para entender el abasto de la parábola, la debemos situar en el marco del Templo de Jerusalén, donde había una puerta, llamada la Ovejera (Jn 5,2), por donde introducían las ovejas destinadas a los sacrificios. En esta «puerta» había un «portero», que hasta aquel momento no había dejado entrar jamás a nadie, ya que, cuando les solicitaba el santo y seña, le respondían siempre que venían a sacrificarlas. Pero, cuando, ha llegado Jesús y le ha declarado que venía a dar la vida por sus ovejas, «a este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz». Había dos maneras de acceder a las ovejas: entrando por la puerta o saltando por algún otro lado, como hacen los ladrones y salteadores. Jesús, apenas el portero le ha dejado entrar, «llama a las ovejas que le son propias por su nombre». No todas las ovejas tienen nombre, solo las suyas, las que han ido toman­do con<strong>s</strong>ciencia de que son personas. «Y las hace salir» del «atrio del sumo sacer­dote» (Jn 18,15; Mc 14,54 y par.), para darles plena libertad. Jesús aún va más allá. Emplean­do dos veces el nombre de Yahveh, «Jo Soy la puerta de las ovejas», califica de «ladrones y salteadores a cuantos han llegado antes que él, pero las ovejas no los escucharon». Y da un nuevo paso: «Cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús se lleva sus ovejas a un campo abierto, sin rediles ni cercas, donde él es «la Puerta» a través de la cual entrarán y saldrán las personas libres y encontrarán pas­tos. A diferencia de «el ladrón que no viene <em>sino</em> a robar, <em>sacrificar</em> y destruir; yo, <em>en cambio,</em> he venido para que tengan vida».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> Les dos veces que Jesús emplea esta doble fórmula de afirmación, anticipa el pronombre, poniendo énfasis en las personas, los fariseos, a quienes se dirige; el Códice Vaticano, apoyado la primera vez por un manuscrito minúsculo y la segunda por el Códice Corideti que se encuentra en Tiflis, capital de la Georgia, invierte los términos las dos veces, dándole gran solemnidad al dicho de Jesús: «En verdad, en verdad <em>digo a vosotros.</em>»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> El termino <em>aulê</em>, «atrio», lo emplean tanto los Sinópticos (Mt 26,3.58.69; Mc 14,54.66; 15,1 D.16; Lc 11,21; 22,55) como Juan (Jn 18,15) para designar «el atrio del sumo sacerdote», Anás, a donde llevaron a Jesús atado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref3" id="_edn3">[3]</a> El Códice Beza es el único manuscrito que anticipa el adverbio «por otro lado» al verbo «subir», dándole mucha importancia: los dirigentes judíos sabían muy bien que «el portero» que guarda el atrio de las ovejas, cuando les pidiera el santo y seña, y ellos respondieran que venían a sacrificarlas, no les dejaría entrar por la puerta; de aquí que «suban» al Templo «por otro lado», por done acceden los sumos sacerdo­tes cuando van a sacrificarlas, como los identificará Jesús en la explicación de la parábola: «El ladrón no viene <em>sino</em> a robar, <em>sacrificar</em> y destruir.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref4" id="_edn4">[4]</a> Nuevamente, con un cambio de orden inusual, el Códice Beza subraya quienes son las ovejas que son propie­dad del pastor, a saber, las que tienen nombre.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref5" id="_edn5">[5]</a> Por cuarta vez, en este pasaje tan breve, el Códice Beza anticipa el pronombre, «<em>su</em> voz», la del pastor que las conoce por su nombre y que ellas, al reconocerlo, se ponen a seguirlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref6" id="_edn6">[6]</a> El texto usual implica a todos los anteriores dirigentes, «todos cuantos», sin excepción; Jesús no absolu­tiza el número de los que llegaron antes que él.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref7" id="_edn7">[7]</a> Con frecuencia los traductores no respetan el sentido fuerte del verbo griego <em>thyein</em>, «sacrificar, ofrecer en sacrificio», tan solo analógicamente «degollar, matar», y traducen simplemente por «matar». El contexto, «atrio de las ovejas», «puerta de las ovejas» (ver «la Ovejera» de Jn 5,2), «portero», responsable de vigilar para que no roben las ovejas y las destinen a ser sacrificadas en el Templo, exige que se respete este sentido peculiar del verbo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref8" id="_edn8">[8]</a> Tan solo el Códice Beza emplea la partícula conectiva adversativa, contraponiendo la actitud de Jesús a la del ladrón.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref9" id="_edn9">[9]</a> El Códice Beza, reforzado por el Papiro 66 y algún manuscrito minúsculo, no comparte esta glosa: «y la tengan en abundancia», que consta en todos los otros manuscritos.&nbsp;</p>
<p>L'entrada <a href="https://codexbeza.org/es/2026/04/domingo-iv-de-pascua/">Domingo IV de Pascua // Jn 10,1-10 Códice Beza</a> ha aparegut primer a <a href="https://codexbeza.org/es/codice-beza-rius-camps/">Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</a>.</p>
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		<title>Domingo III de Pascua // Lc 24,13-35 Códice Beza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Apr 2026 18:39:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciclo A 2025-2026]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>(681 525) Lc 24,13-35 Códice Beza 24,13Había dos que se iban del grupo[1], aquel mismo día, hacia una aldea que distaba sesenta esta­dios de Jerusalén, de nombre Ulammaús.[2] 14 Conversaban entre ellos sobre todos estos sucesos. 15 Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos. 16Sus ojos estaban retenidos, de modo que no lo recono­cían. 17Él dijo: «¿Cuáles son estas palabras que os intercambiáis entre vosotros mientras camináis abatidos?». 18Replicó uno de ellos que tenía por nombre Cleopás[3] y le dijo: «¿Tú eres el único forastero en Jerusalén? ¿No te has enterado de lo que ha ocurrido estos días?». 19 Él le preguntó: «¿De qué?». «El caso de Jesús el Nazoreo,[4] que fue un hombre profeta poderoso de palabra y de obra ante Dios y ante todo el pueblo: 20 como a éste lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros dirigentes para que fuera senten­cia­do a muerte, y lo crucificaron. 21Nosotros, sin embargo, esperábamos que él sería el que había de liberar a Israel. Mientras que ahora, además de todo eso, hace ya tres días con el de hoy desde cuando han pasado estas cosas. 22 Y, lo que es más, algunas mujeres nos han aterrorizado: fueron muy de mañana al sepulcro 23 y, no habiendo encontrado su cuerpo, han vuelto diciendo haber visto una aparición de ángeles, que aseguran que él vive. 24Han ido algunos de los nuestros al sepulcro y lo han encontrado talmente como habían dicho las mujeres; pero a él no lo hemos visto.»[5] 25 Él, empero, les reprochó: «¡Oh insensatos y lentos de corazón en relación con todo aquello que anunciaron los Profetas, 26 a saber, que tenía que padecer todo esto el Mesías y así entrar en su gloria!». 27Y empe­zó, a partir de Moisés y todos los profetas, a interpretarles en las Escrituras lo que se refería a él. 28Mientras tanto, se acercaron a la aldea a donde se dirigían; y él fingió ir más allá. 29Ellos le presionaron diciendo: «Quédate con nosotros que al atardecer ha declinado ya el día.» Y entró para quedarse en compañía de ellos. 30Sucedió que, cuando estaba él reclinado a la mesa, tomando un pan pronunció la bendición y lo compartió con ellos. Al tomar ellos el pan de sus manos, 31 se les abrieron los ojos[6] y lo reconocieron; él desapareció de su vista. 32Ellos, se dijeron entre sí: «¿No esta­ba nuestro corazón completamente velado,[7] mientras nos hablaba por el camino, cuando nos abría las Escrituras?». 33Se levantaron entristecidos[8] y, en aquel preciso instante, re­gre­saron a Jerusalén; encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos 34 y les referían:[9] «Realmente se ha levantado el Señor y se ha aparecido a Simón.» 35 Y ellos mismos contaban lo que había ocurrido por el camino y que se les había dado a conocer en la fracción del pan. ¿Emaús o Ulammaús, el antiguo nombre de Betel? Empezando por el nombre «Ulammaús», y no el archiconocido «Emaús», toda la esce­na suena de otra forma si la leemos siguiendo la versión que nos ofrece el Códice Beza. Los cambios que se han ido introduciendo en las sucesivas copias que se han ido inter­cambiado las grandes iglesias del arco mediterráneo, presentan la escena en términos muy positivos, que ocultan una serie de rasgos muy críticos que Lucas intencionada­mente le habría imprimido. Desde nuestra toma de conciencia moderna, donde la razón todo lo domina, leemos con mentalidad racional escritos del primer siglo donde todavía predominaba la conciencia mítica. De aquí que, a partir de nuestras sofistica­das técnicas de interpretación, hayamos llegado a convencernos de que lo hemos entendido, sin habernos sumergido en el lenguaje mítico que empleó Lucas. La escena nos recuerda la huida de Jacob después de que se apoderase fraudulentamente de la primogenitura de su hermano Esaú. Ulammaús era el antiguo nombre de Betel, del Santuario del norte que Jacob plantó durante su huida de las iras de su hermano, a partir de la piedra que le había servido de cabezal y había plantado y consagrado ungiéndola con aceite (leed Gn 27,10-19). Nuestros dos discípulos &#8211; uno de ellos sería Simón bajo el pseudónimo de Cleopás &#8211; huían de Jerusalén después de lo que había ocurrido. Jesús les ha salido al encuentro e intenta recuperarlos. A pesar de que se les abrieron los ojos y lo reconocieron al tomar ellos el pan de sus manos, se levantaron entris­te­cidos ya que, mientras Jesús hacía el camino con ellos, su corazón estaba comple­tamente velado cuando les abría el sentido de las Escrituras. No han entendido la aparición de Jesús a guisa de un forastero que se les ha acercado y se ha puesto a caminar con ellos, si bien se han dado cuenta, mientras compartían el pan, de que Jesús había resucitado. Cuando desaparece de nuevo, piensan que lo han perdido para siempre. En todos los relatos de apariciones de Jesús encontramos incoherencias, miedos, incredulidad. Nosotros lo hemos suplido con grandes manifestaciones glorio­sas. Pero, entonces, no pode­mos reconocer su presencia constante caminando a nuestro lado. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El texto usual dice simplemente: «Y he aquí que dos de ellos», mientras que según el Códice Beza, estos «dos que se iban del grupo», se han separado del grupo de los discípulos. [2] En lugar de este nombre, presentado como un nombre propio, «de nombre Ulammaús», el texto usual lo suple por un seudónimo, «que tenía por nombre Emaús». «Ulammaús» se señala en Gn 28,19 lxx, como el antiguo nombre de Betel. Según esto, los dos discípulos, decepcionados por lo que había pasado, estarían rehaciendo el camino de Jacob —quien, después de haberse apoderado fraudulentamente de la bendición que correspondía a su hermano Esaú, tuvo que huir lejos de él (Gn 27–28). Así también, los discípulos de Jesús, que le habían traicionado/negado, huyen lejos de Jerusalén cuando vieron las consecuencias. [3] Según el texto usual, se trataría de un nombre real, «de nombre</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(681 525) <em>Lc 24,13-35 Códice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>24,13</sup><em>Había dos que se iban del grupo</em><a href="#_edn1" id="_ednref1">[1]</a><em>, aquel mismo día</em>, hacia una aldea que distaba sesenta esta­dios de Jerusalén, <em>de nombre Ulammaús.</em><a href="#_edn2" id="_ednref2">[2]</a> <sup>14 </sup>Conversaban entre ellos sobre todos estos sucesos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>15 </sup>Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, Jesús <em>en persona</em> se les acercó y se puso a caminar con ellos. <sup>16</sup>Sus ojos estaban retenidos, de modo que no lo recono­cían. <sup>17</sup><em>Él dijo</em>: «¿Cuáles son estas palabras que os intercambiáis <em>entre vosotros</em> mientras camináis abatidos?». <sup>18</sup>Replicó uno de ellos <em>que tenía por nombre Cleopás</em><a href="#_edn3" id="_ednref3">[3]</a> y le dijo: «¿Tú eres el único forastero en Jerusalén? ¿No te has enterado de lo que ha ocurrido estos días?». <sup>19 </sup>Él <em>le preguntó</em>: «¿De qué?». «El caso de Jesús el <em>Nazoreo</em>,<a href="#_edn4" id="_ednref4">[4]</a> que fue un hombre profeta poderoso de palabra y de obra <em>ante</em> Dios y ante todo el pueblo: <sup>20 </sup><em>como a éste</em> lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros dirigentes para que fuera senten­cia­do a muerte, y lo crucificaron. <sup>21</sup>Nosotros, sin embargo, esperábamos que él <em>sería</em> el que había de liberar a Israel. Mientras que ahora, además de todo eso, hace ya tres días <em>con el de hoy</em> desde cuando han pasado estas cosas. <sup>22 </sup>Y, lo que es más, <em>algunas</em> mujeres nos han aterrorizado: fueron muy de mañana al sepulcro <sup>23 </sup>y, no habiendo encontrado su cuerpo, han vuelto diciendo haber visto una aparición de ángeles, que aseguran que él vive. <sup>24</sup>Han ido algunos <em>de los nuestro</em>s al sepulcro y lo han encontrado talmente <em>como</em> habían dicho las mujeres; pero a él no <em>lo hemos visto.</em>»<a href="#_edn5" id="_ednref5">[5]</a> <sup>25 </sup>É<em>l, empero,</em> les reprochó: «¡Oh insensatos y lentos de corazón <em>en relación con</em> todo aquello que anunciaron los Profetas, <sup>26 </sup><em>a saber, que</em> tenía que padecer todo esto el Mesías y así entrar en su gloria!». <sup>27</sup>Y <em>empe­zó</em>, a partir de Moisés y todos los profetas, <em>a interpretarles</em> en las Escrituras lo que se refería a é<em>l</em>. <sup>28</sup>Mientras tanto, <em>se acercaron</em> a la aldea a donde se dirigían; y él fingió ir más allá. <sup>29</sup>Ellos le presionaron diciendo: «Quédate con nosotros que <em>al atardecer</em> ha declinado ya el día.» Y entró para quedarse <em>en compañía de ellos</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>30</sup>Sucedió que, cuando estaba <em>él</em> reclinado a la mesa, tomando <em>un</em> pan pronunció la bendición y lo <em>compartió</em> con ellos. <em>Al tomar ellos el pan de sus manos</em>, <sup>31 </sup><em>se les abrieron</em> los ojos<a id="_ednref6" href="#_edn6">[6]</a> y lo reconocieron; él desapareció de su vista. <sup>32</sup><em>Ellos, </em>se dijeron <em>entre sí</em>: «¿No esta­ba <em>nuestro corazón completamente velado</em>,<a id="_ednref7" href="#_edn7">[7]</a> mientras nos hablaba por el camino, cuando nos <em>abría</em> las Escrituras?». <sup>33</sup>Se levantaron <em>entristecidos</em><a id="_ednref8" href="#_edn8">[8]</a> y, en aquel preciso instante, re­gre­saron a Jerusalén; encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos <sup>34 </sup>y <em>les referían</em>:<a id="_ednref9" href="#_edn9">[9]</a> «Realmente se ha levantado el Señor y se ha aparecido a Simón.» <sup>35 </sup>Y ellos mismos contaban lo que había ocurrido por el camino y <em>que</em> se les había dado a conocer en la fracción del pan.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Emaús o Ulammaús, el antiguo nombre de Betel?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Empezando por el nombre «Ulammaús», y no el archiconocido «Emaús», toda la esce­na suena de otra forma si la leemos siguiendo la versión que nos ofrece el Códice Beza. Los cambios que se han ido introduciendo en las sucesivas copias que se han ido inter­cambiado las grandes iglesias del arco mediterráneo, presentan la escena en términos muy positivos, que ocultan una serie de rasgos muy críticos que Lucas intencionada­mente le habría imprimido. Desde nuestra toma de conciencia moderna, donde la razón todo lo domina, leemos con mentalidad racional escritos del primer siglo donde todavía predominaba la conciencia mítica. De aquí que, a partir de nuestras sofistica­das técnicas de interpretación, hayamos llegado a convencernos de que lo hemos entendido, sin habernos sumergido en el lenguaje mítico que empleó Lucas. La escena nos recuerda la huida de Jacob después de que se apoderase fraudulentamente de la primogenitura de su hermano Esaú. Ulammaús era el antiguo nombre de Betel, del Santuario del norte que Jacob plantó durante su huida de las iras de su hermano, a partir de la piedra que le había servido de cabezal y había plantado y consagrado ungiéndola con aceite (leed Gn 27,10-19). Nuestros dos discípulos &#8211; uno de ellos sería Simón bajo el pseudónimo de Cleopás &#8211; huían de Jerusalén después de lo que había ocurrido. Jesús les ha salido al encuentro e intenta recuperarlos. A pesar de que se les <em>abrieron </em>los ojos y lo reconocieron <em>al tomar ellos el pan de sus manos</em>, se levantaron <em>entris­te­cidos</em> ya que, mientras Jesús hacía el camino con ellos, su corazón estaba <em>comple­tamente velado</em> cuando les <em>abría</em> el sentido de las Escrituras. No han entendido la aparición de Jesús a guisa de un forastero que se les ha acercado y se ha puesto a caminar con ellos, si bien se han dado cuenta, mientras compartían el pan, de que Jesús había resucitado. Cuando desaparece de nuevo, piensan que lo han perdido para siempre. En todos los relatos de apariciones de Jesús encontramos incoherencias, miedos, incredulidad. Nosotros lo hemos suplido con grandes manifestaciones glorio­sas. Pero, entonces, no pode­mos reconocer su presencia constante caminando a nuestro lado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> El texto usual dice simplemente: «Y he aquí que dos de ellos», mientras que según el Códice Beza, estos «dos que se iban del grupo», se han separado del grupo de los discípulos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> En lugar de este nombre, presentado como un nombre propio, «de nombre Ulammaús», el texto usual lo suple por un seudónimo, «que tenía por nombre Emaús». «Ulammaús» se señala en Gn 28,19 lxx, como el antiguo nombre de Betel. Según esto, los dos discípulos, decepcionados por lo que había pasado, estarían rehaciendo el camino de Jacob —quien, después de haberse apoderado fraudulentamente de la bendición que correspondía a su hermano Esaú, tuvo que huir lejos de él (Gn 27–28). Así también, los discípulos de Jesús, que le habían traicionado/negado, huyen lejos de Jerusalén cuando vieron las consecuencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref3" id="_edn3">[3]</a> Según el texto usual, se trataría de un nombre real, «de nombre Cleopás», mientras que el Códice Beza y otros muchos manuscritos lo presentan como un seudónimo, «que tenía por nombre Cleopás».</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref4" id="_edn4">[4]</a> El Códice Beza ciñe la pregunta de Jesús, en sg., a Cleopás:&nbsp; «¿De qué?» y, a continuación, sin introducir la respuesta de Cleopás, prosigue asindéticamente refiriendo lo que pasó. El texto alejandrino formula la pregunta en pl., refiriéndola a los discípulos, y de inmediato introduce la respuesta: «El les preguntó: “¿Que ha pasado?”. Ellos, empero, le dijeron: “El caso de Jesús el Nazareno&#8230;”»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref5" id="_edn5">[5]</a> Según el Códice Beza, Cleopás acaba su relato de una manera sorprendente diciendo en nombre del grupo: «a él no lo hemos visto» (primera persona pl.); en cambio, según el texto alejandrino, los discípulos de Emaús lo refieren a otros: «a él no lo han visto» (tercera persona pl.).</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref6" id="_edn6">[6]</a> El texto alejandrino dice simplemente que «se les abrieron los ojos», sin ponerlo en relación con la acción de tomar el pan de las manos de Jesús, que omiten.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref7" id="_edn7">[7]</a> El texto alejandrino los califica positivamente: «¿No estaba nuestro corazón abrasado, mientras nos hablaba por el camino?».</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref8" id="_edn8">[8]</a> Consecuente con la manera positiva tal como los acaba de presentar, el texto alejandrino omite «entris­tecidos», como ya había hecho en la escena de la presencia del niño Jesús en el Templo (Lc 2,48), privándonos de una marca que permite, entre otras, relacionar ambas escenas. Las variantes de Beza en esta escena presentan a los discípulos sin que hayan asimilado la aparición del Resucitado; se han dado cuenta, sí, mientras compartían el pan con él, que había resucitado, pero cuando desaparece de nuevo, piensan que lo han perdido verdaderamente, puesto que aún no habían llegado a entender la enseñanza que Jesús, según este manuscrito, apenas había iniciado (ver v. 32: «¿No estaba <em>nuestro corazón completa­mente velado</em>, mientras nos hablaba por el camino, cuando nos <em>abría</em> las Escrituras?»).</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref9" id="_edn9">[9]</a> Según el Códice Beza, son los mismos discípulos de Ulammaús los que hablan (participio pr. en nomi­nativo pl.). Según esto, bajo el seudónimo de Cleopás (notad la asonancia con el sobrenombre arameo de Pedro, <em>Kefás</em>, de Jn 1,42), se escondería su nombre real, Simón.</p>
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		<title>Domingo II de Pascua // Jn 20,19-31 Códice Beza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Apr 2026 18:15:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciclo A 2025-2026]]></category>
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		<category><![CDATA[Còdex Beza]]></category>
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		<category><![CDATA[Rius Camps]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>(680 524) Jn 20,19-31 Códice Beza 20,19Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». 20a Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. 20bSus[1] discípulos entonces, se alegraron de haber visto al Señor. 21Él, a su vez, los salu­dó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros.» 22 Y ha­bien­do dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: 23 Si a algu­nos perdonáis los pecados, les quedarán perdonados, si a algunos se los retuvierais, quedarán retenidos.» 24Sin embargo, Tomás, uno de los Doce, el llamado Mellizo, no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús. 25Entonces, los otros discípulos le remarcaban: «¡Hemos visto al mismo Señor!». Pero él les replicó: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mis manos en su costado y no meto mi dedo en la marca de los clavos, no creeré en absoluto.» 26Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro y Tomás en compañía de ellos. Jesús llega entonces, estando las puertas cerradas, se puso en el medio y saludó: «¡Paz a voso­tros!». 27Después dice a Tomás: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y deja de ser descreído sino creyente.» 28 Tomas repli­có y le dijo: «Señor mío y Dios mío.» Jesús lo pone en cuarentena: «¿Porque me has visto, has creído? 29Dichosos los que, sin haber visto, han creído.» 20,30Muchas por cierto y otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no han sido escritas en este libro. 31Estas, sin embargo, han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida eterna en su nombre. Estas señales han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios El segundo domingo de Pascua leemos el relato de las apa­riciones de Jesús resucitado a sus discípulos que tuvieron lugar el primer domingo: «Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado&#8230;» (Jn 20,19-23) y, a continuación, «Ocho días des­pués», la aparición personal de Jesús a «Tomás, uno de los Doce que no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús» (20,24-29). Jesús se apareció en primer lugar a «los discípulos», quienes tenían las puertas cerradas por el miedo a los Judíos, los salu­dó y, sin más, «les mostró las manos y el costado», sin que se mencione reacción alguna por parte de ellos. «Sus discípulos, entonces, se alegraron de haber visto al Señor.» Son sus discípulos preferidos quienes han reaccionado con gran alegría. Jesús insufló sobre ellos el don del Espíritu Santo, como había hecho Yahveh el día sexto de la creación, cuando modeló al hombre con polvo de la tierra e insufló en sus narices un aliento de vida (Gn 2,7). Jesús acababa así la obra de la creación. &#160; Me fijaré hoy en el Colofón (20,30-31), ya que tiene una variante del Códice Beza que afecta a la finalidad de todo el escrito. Según el texto usual, el objetivo del Cuarto Evangelio sería: «para que lleguéis a creer que Jesús es el Ungido, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.» Según esto, los vv. 30-31 contendrían una declaración de la doble finalidad de la obra, a saber, que la comunidad lectora llegase a creer que Jesús es el Ungido Mesías y, en segundo lugar, que es el Hijo de Dios. Sorprende que, después del fiasco total del proyecto, se haya de creer en Jesús como Mesías de Israel. En cambio, según la versión del Códice Beza, el único objetivo del libro es que la comu­nidad creyente, que había aceptado ya plenamente que Jesús era el Mesías crucificado, dé un nuevo paso y llegue a creer que «Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios», la confesión precisamente que hizo el centurión romano cuando Jesús expiró en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39), en representación del paganismo. Y Beza en ese mismo momento remacha el clavo: «y para que, creyen­do, tengáis vida eterna en su nombre». El texto usual habla solo de «tener vida en su nombre».&#160; Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego autou/autois: 20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discí­pulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24).</p>
<p>L'entrada <a href="https://codexbeza.org/es/2026/04/domingo-ii-de-pascua/">Domingo II de Pascua // Jn 20,19-31 Códice Beza</a> ha aparegut primer a <a href="https://codexbeza.org/es/codice-beza-rius-camps/">Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</a>.</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(680 524) <em>Jn 20,19-31 Códice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>20,19</sup>Al atardecer de aquel mismo día, el primer día <em>después del</em> <em>sábado,</em> y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». <sup>20a </sup>Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>20b</sup><em>Sus</em><a href="#_edn1" id="_ednref1">[1]</a> discípulos entonces, se alegraron de haber visto al Señor. <sup>21</sup>Él, a su vez, los salu­dó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os <em>envío</em> a vosotros.»<sup> 22</sup> Y ha­bien­do dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: <sup>23</sup> <em>Si a algu­nos perdonáis</em> los pecados, les <em>quedarán perdonados</em>, si <em>a algunos se</em> <em>los </em><em>retuvierais</em>, quedarán retenidos.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>24</sup>Sin embargo, Tomás, uno de los Doce, el llamado Mellizo, no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús. <sup>25</sup>Entonces, los otros discípulos le remarcaban: «¡Hemos visto al mismo Señor!». Pero él les replicó: «Si no veo <em>en</em> sus manos la marca de los clavos y <em>no meto mis manos en su costado y no meto mi dedo en la marca de los clavos</em>, no creeré en absoluto.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>26</sup>Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro y Tomás en compañía de ellos. Jesús llega <em>entonces</em>, estando las puertas cerradas, se puso en el medio y saludó: «¡Paz a voso­tros!». <sup>27</sup>Después dice a Tomás: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y deja de <em>ser</em> descreído sino creyente.» <sup>28</sup> Tomas repli­có y le dijo: «Señor mío y <em>Dios</em> mío.» Jesús lo pone en cuarentena: «¿Porque me has visto, has creído? <sup>29</sup>Dichosos los que, sin haber visto, han creído.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>20,30</sup>Muchas por cierto y otras señales hizo Jesús en presencia de <em>sus</em> discípulos que no han sido escritas en este <em>libro. </em><sup>31</sup><em>E</em>stas, sin embargo, han sido escritas para que <em>lleguéis a creer </em>que Jesús, <em>el Ungido, es el Hijo de Dios</em> y para que, creyendo, tengáis vida <em>eterna</em> en su nombre.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Estas señales han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El segundo domingo de Pascua leemos el relato de las apa­riciones de Jesús resucitado a sus discípulos que tuvieron lugar el primer domingo: «Al atardecer de aquel mismo día, el primer día <em>después del sábado&#8230;</em>» (Jn 20,19-23) y, a continuación, «Ocho días des­pués», la aparición personal de Jesús a «Tomás, uno de los Doce que no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús» (20,24-29). Jesús se apareció en primer lugar a «los discípulos», quienes tenían las puertas cerradas por el miedo a los Judíos, los salu­dó y, sin más, «les mostró las manos y el costado», sin que se mencione reacción alguna por parte de ellos. «<em>Sus</em> discípulos, entonces, se alegraron de haber visto al Señor.» Son sus discípulos preferidos quienes han reaccionado con gran alegría. Jesús insufló sobre ellos el don del Espíritu Santo, como había hecho Yahveh el día sexto de la creación, cuando modeló al hombre con polvo de la tierra e insufló en sus narices un aliento de vida (Gn 2,7). Jesús acababa así la obra de la creación. &nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me fijaré hoy en el Colofón (20,30-31), ya que tiene una variante del Códice Beza que afecta a la finalidad de todo el escrito. Según el texto usual, el objetivo del Cuarto Evangelio sería: «para que <em>lleguéis a creer</em> que Jesús es el Ungido, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.» Según esto, los vv. 30-31 contendrían una declaración de la doble finalidad de la obra, a saber, que la comunidad lectora llegase a creer que Jesús es el Ungido Mesías y, en segundo lugar, que es el Hijo de Dios. Sorprende que, después del fiasco total del proyecto, se haya de creer en Jesús como Mesías de Israel. En cambio, según la versión del Códice Beza, el único objetivo del libro es que la comu­nidad creyente, que había aceptado ya plenamente que Jesús era el Mesías crucificado, dé un nuevo paso y llegue a creer que «Jesús, <em>el Ungido, es el Hijo de Dios»</em>, la confesión precisamente que hizo el centurión romano cuando Jesús expiró en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39), en representación del paganismo. Y Beza en ese mismo momento remacha el clavo: «y para que, creyen­do, tengáis vida <em>eterna</em> en su nombre». El texto usual habla solo de «tener vida en su nombre».&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



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<iframe title="(680 524) Domingo II de pascua // Jn 20,19-31 Códice Beza" width="800" height="450" src="https://www.youtube.com/embed/WWIG2DHGgOM?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego <em>autou/autois: </em>20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discí­pulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24).</p>
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		<title>Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Apr 2026 06:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciclo A 2025-2026]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>(679 523) Mt 28,1-10 Códice Beza 28,1Pasado el sábado, cuando resplandecía el primer día de la semana, fue María Mag­dale­na y la otra María a observar el sepulcro. 2De pronto se produjo un gran terremoto: es que un ángel del Señor, que había bajado del cielo, se acercó, hizo rodar la losa y se sentó sobre ella. 3Su aspecto era como de un relámpago y su vestido, blanco como la nieve. 4Atemorizados, los guardias se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. 5El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Dejad de tener miedo vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. 6No está aquí, pues se ha levantado, tal como había dicho. Venid, mirad el lugar donde el Señor[1] había sido puesto. 7 Y ahora id de prisa a decirlo a sus discípulos: “Se ha levantado y os precede a Galilea, allí lo veréis.” Os lo tengo dicho.»[2] 8 Ellas salieron[3] a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a sus discípulos. 9En esto, Jesús fue al encuentro[4]de ellas y las saludó diciendo: «¡Salve!». Ellas se acercaron, se le abrazaron a sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dice: «No tengáis miedo; id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea. Y allí me veréis.»[5] Jesús dice a las mujeres: «anunciad a mis hermanos que se vayan a galilea y allí me veréis» El Domingo de Pascua más extraño e inesperado de mi vida, me encontró confinado en la Ermita de St. Pere de Reixac. Hoy —me decía entonces— no subirá nadie a compartir la Eucaristía. Sin embargo, estaremos en conexión, Carme y yo, con todos vosotros que tenéis el espíritu bien abierto para sintonizar con Jesús resucitado. Esta sintonía no conoce ningún tipo de fronteras, raciales, políticas, religiosas, económicas, ni de conta­gios: es la sintonía del mismo Espíritu que hizo que Jesús se levantara de entre los muertos. Aquella mañana, ‘cuando resplandecía el sol del primer día de una nueva semana’, no fuimos al sepulcro, como hicieron María Magdalena y María, la madre de Jesús, porque aquel sepulcro había quedado vacío para siempre. Pero el mismo ángel del Señor que hizo rodar la losa del sepulcro, hizo rodar la que pesaba sobre nuestras cabezas y se ha sentado sobre ella para impartirnos una lección. Igual que se dirigió a aquellas mujeres espantadas, como portavoz de Jesús resucitado nos serena en estos momentos en que seguimos estresados por tantas y tan malas noticias que no paran de contar muertos o personas infectadas por un virus diminuto que ha cuestionado nues­tras seguridades. Lo mismo que dijo a las mujeres nos lo anuncia también a nosotros: ‘Dejad de tener miedo vosotras, ya sé que buscabais a Jesús, el Crucificado. No está aquí en el sepulcro donde pusieron al Señor’, que también está bien confinado. Tampoco nos dice que ‘vayamos a Galilea’, sino a cualquier lugar de la tierra donde haya gente abierta que esté esperando esta buena noticia. Es preciso que ‘salgamos deprisa’ del mundo de las seguridades tras el cual nos habíamos parapetado, para ‘ir al encuentro’ del otro, como hizo Jesús con las mujeres. Él nos saludará diciendo: «¡Salve!», y nosotros ‘nos acercaremos y abrazaremos sus pies para adorarlo’. ‘No tengáis miedo’, nos repite, iros de este lugar de muerte ‘y anunciad a mis hermanos’, a todas y cada una de las personas con las que conectéis en el espíritu, que «allá me veréis», sin moveros de vuestras casas. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Los códices Sinaítico y Vaticano, con algunos otros manuscritos, omiten «el Señor», y así consta en la edición crítica más moderna, una lección que nos han conservado, en cambio, el Códice Beza y la mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, así como las antiguas versiones latinas y siríacas. En boca del ángel, «el Señor» no se puede referir sino a Yahveh, con quien Jesús se identificaba con frecuencia cuando afirmaba «Yo Soy&#8230;», consciente de que él era su representante en la tierra. Les habrá sonado demasiado duro que «el sepulcro» fuera «el lugar donde había sido puesto el Señor», Yahveh. [2] Ver Mt 26,32. [3] Los códices Sinaítico y Vaticano, con otros tres manuscritos mayúsculos, cambian el verbo «salir», muy bien atestiguado por el Códice Beza y por la mayoría de manuscritos, por el verbo «irse», un verbo que no tiene ninguna connotación de éxodo personal, «el éxodo» precisamente que hacen de inmediato María Magdalena y la otra María, la madre de Jesús (ver Mt 27,56.61), distanciándose del sepulcro, por eso de inmediato Jesús «va al encuentro» de ellas. [4] Los mismos manuscritos que han cambiado el verbo «salir» por «irse», consecuentemente cambian el verbo «fue al encuentro» (apêntêsen), que connota voluntariedad y proximidad, por el verbo «salir al paso» (hypêntêsen), más distante. [5] El Códice Beza emplea la misma expresión, «y allí me veréis», que más arriba «un ángel del Señor» había anunciado a María Magdalena y a la madre de Jesús para que lo comunicasen a los discípulos de Jesús, pero ahora Jesús en persona lo repite a las mujeres. En cambio, el texto usual cambia la segunda persona del plural por la tercera, «y allí me verán», refiriéndolo a los discípulos. El machismo ha impuesto sus leyes prontamente en la iglesia primitiva, privándonos de la invitación que Jesús dirigía a las mujeres para que también ellas fuesen a Galilea para verle resucitado. Es el mismo ardid que podemos comprobar en Mc 16,7, donde el Códice Beza ponía en boca del «joven revestido de una vestidura blanca», símbolo del Resucitado, el anuncio que las mujeres habían de repetir a los discípulos de Jesús y a Pedro, en particular, a saber, que les precede a Galilea y que «allí me veréis», expresión esta última que la gran mayoría de manuscritos han cambiado por «allí me verán».</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(679 523) <em>Mt 28,1-10 Códice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>28,1</sup>Pasado el sábado, cuando resplandecía el primer día de la semana, fue María Mag­dale­na y la otra María a observar el sepulcro. <sup>2</sup>De pronto se produjo un gran terremoto: es que un ángel del Señor, que había bajado del cielo, se acercó, hizo rodar la losa y se sentó sobre ella. <sup>3</sup>Su aspecto era como de un relámpago y su vestido, blanco como la nieve. <sup>4</sup>Atemorizados, los guardias se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. <sup>5</sup>El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Dejad de tener miedo vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. <sup>6</sup>No está aquí, pues se ha levantado, tal como había dicho. Venid, mirad el lugar donde <em>el Señor</em><a id="_ednref1" href="#_edn1">[1]</a> había sido puesto. <sup>7 </sup>Y ahora id de prisa a decirlo a sus discípulos: “Se ha levantado y os precede a Galilea, allí lo veréis.” Os lo tengo dicho.»<a id="_ednref2" href="#_edn2">[2]</a> <sup>8 </sup>Ellas<em> salieron<a id="_ednref3" href="#_edn3"><strong>[3]</strong></a></em> a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a sus discípulos. <sup>9</sup>En esto, Jesús <em>fue al</em> <em>encuentro</em><a id="_ednref4" href="#_edn4">[4]</a>de ellas <em>y</em> las saludó diciendo: «¡Salve!». Ellas se acercaron, se le abrazaron a sus pies y le adoraron. <sup>10 </sup>Entonces Jesús les dice: «No tengáis miedo; id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea. Y allí me <em>veréis.</em>»<a id="_ednref5" href="#_edn5">[5]</a></p>



<h4 class="wp-block-heading">Jesús dice a las mujeres: «anunciad a mis hermanos que se vayan a galilea y allí me veréis»</h4>



<p class="wp-block-paragraph">El Domingo de Pascua más extraño e inesperado de mi vida, me encontró confinado en la Ermita de St. Pere de Reixac. Hoy —me decía entonces— no subirá nadie a compartir la Eucaristía. Sin embargo, estaremos en conexión, Carme y yo, con todos vosotros que tenéis el espíritu bien abierto para sintonizar con Jesús resucitado. Esta sintonía no conoce ningún tipo de fronteras, raciales, políticas, religiosas, económicas, ni de conta­gios: es la sintonía del mismo Espíritu que hizo que Jesús se levantara de entre los muertos. Aquella mañana, ‘cuando resplandecía el sol del primer día de una nueva semana’, no fuimos al sepulcro, como hicieron María Magdalena y María, la madre de Jesús, porque aquel sepulcro había quedado vacío para siempre. Pero el mismo ángel del Señor que hizo rodar la losa del sepulcro, hizo rodar la que pesaba sobre nuestras cabezas y se ha sentado sobre ella para impartirnos una lección. Igual que se dirigió a aquellas mujeres espantadas, como portavoz de Jesús resucitado nos serena en estos momentos en que seguimos estresados por tantas y tan malas noticias que no paran de contar muertos o personas infectadas por un virus diminuto que ha cuestionado nues­tras seguridades. Lo mismo que dijo a las mujeres nos lo anuncia también a nosotros: ‘Dejad de tener miedo vosotras, ya sé que buscabais a Jesús, el Crucificado. No está aquí en el sepulcro donde pusieron al Señor’, que también está bien confinado. Tampoco nos dice que ‘vayamos a Galilea’, sino a cualquier lugar de la tierra donde haya gente abierta que esté esperando esta buena noticia. Es preciso que ‘salgamos deprisa’ del mundo de las seguridades tras el cual nos habíamos parapetado, para ‘ir al encuentro’ del otro, como hizo Jesús con las mujeres. Él nos saludará diciendo: «¡Salve!», y nosotros ‘nos acercaremos y abrazaremos sus pies para adorarlo’. ‘No tengáis miedo’, nos repite, iros de este lugar de muerte ‘y anunciad a mis hermanos’, a todas y cada una de las personas con las que conectéis en el espíritu, que «allá me veréis», sin moveros de vuestras casas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>Teólogo y biblista</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> Los códices Sinaítico y Vaticano, con algunos otros manuscritos, omiten «el Señor», y así consta en la edición crítica más moderna, una lección que nos han conservado, en cambio, el Códice Beza y la mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, así como las antiguas versiones latinas y siríacas. En boca del ángel, «el Señor» no se puede referir sino a Yahveh, con quien Jesús se identificaba con frecuencia cuando afirmaba «Yo Soy&#8230;», consciente de que él era su representante en la tierra. Les habrá sonado demasiado duro que «el sepulcro» fuera «el lugar donde había sido puesto<em> el Señor»</em>, Yahveh.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> Ver Mt 26,32.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref3" id="_edn3">[3]</a> Los códices Sinaítico y Vaticano, con otros tres manuscritos mayúsculos, cambian el verbo «salir», muy bien atestiguado por el Códice Beza y por la mayoría de manuscritos, por el verbo «irse», un verbo que no tiene ninguna connotación de éxodo personal, «el éxodo» precisamente que hacen de inmediato María Magdalena y la otra María, la madre de Jesús (ver Mt 27,56.61), distanciándose del sepulcro, por eso de inmediato Jesús «va al encuentro» de ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref4" id="_edn4">[4]</a> Los mismos manuscritos que han cambiado el verbo «salir» por «irse», consecuentemente cambian el verbo «fue al encuentro» (<em>apêntêsen</em>), que connota voluntariedad y proximidad, por el verbo «salir al paso» (<em>hypêntêsen</em>), más distante.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref5" id="_edn5">[5]</a> El Códice Beza emplea la misma expresión, «y allí me <em>veréis</em>», que más arriba «un ángel del Señor» había anunciado a María Magdalena y a la madre de Jesús para que lo comunicasen a los discípulos de Jesús, pero ahora Jesús en persona lo repite a las mujeres. En cambio, el texto usual cambia la segunda persona del plural por la tercera, «y allí me verán», refiriéndolo a los discípulos. El machismo ha impuesto sus leyes prontamente en la iglesia primitiva, privándonos de la invitación que Jesús dirigía a las mujeres para que también ellas fuesen a Galilea para verle resucitado. Es el mismo ardid que podemos comprobar en Mc 16,7, donde el Códice Beza ponía en boca del «joven revestido de una vestidura blanca», símbolo del Resucitado, el anuncio que las mujeres habían de repetir a los discípulos de Jesús y a Pedro, en particular, a saber, que les precede a Galilea y que «allí me <em>veréis</em>», expresión esta última que la gran mayoría de manuscritos han cambiado por «allí me verán».</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
<p>L'entrada <a href="https://codexbeza.org/es/2026/04/domingo-de-pascua-de-la-resurreccion-del-senor/">Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor</a> ha aparegut primer a <a href="https://codexbeza.org/es/codice-beza-rius-camps/">Evangeli Actualizat segon el Còdex Beza</a>.</p>
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		<title>Domingo V de Cuaresma // Jn 11,1-45 Códice Beza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Mar 2026 04:27:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciclo A 2025-2026]]></category>
		<category><![CDATA[Textos ciclo A 2025-2026]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>(677 521) Jn 11,1-45 Códice Beza 11,1Había cierto enfermo, Lázaro de Betania, de la aldea de la María y de la Marta,[1] su hermana. 2 María[2] era la que ungió al Señor con perfume y secó sus pies con sus cabe­llos: el hermano de la cual precisamente, Lázaro, estaba enfermo. 3Sus hermanas envia­ron a decir a Jesús: «Señor, mira, aquél a quien tu quieres está enfermo.» 4 Jesús, al oírlo, dijo: «Esta su enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» 5 Jesús quería[3]a Marta, a su hermana y a Lázaro.[4] 6 Cuan­do oyó que estaba enfermo, entonces Jesús se quedó en aquel lugar dos días. 7 Segui­damente, después de esto, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.» 8 Sus discípulos le recuerdan: «Rabí, hace poco los Judíos te querían apedrear, ¿y vas de nuevo allí?». 9 Jesús respondió: «¿No tiene doce horas el día? Si uno camina durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero si uno camina durante la noche, tropieza, porque no hay luz en ella.» 11Dijo esto, y a continuación les dice: «Lázaro, nuestro amigo, duerme;[5] pero voy a desper­tarlo.» 12 Los discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» 13 Jesús lo había dicho refe­rente a su muerte; ellos, en cambio, creyeron que hablaba del dormir del sueño. 14 En­ton­ces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro, nuestro amigo, se ha muerto, 15 y me alegro por vosotros, a fin de que creáis, que no haya estado allí; pero vayamos a encontrarlo.» 16 Dijo entonces Tomás, el llamado Mellizo, a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.» 17 Jesús, pues, llegó a Betania y se encontró que aquél hacía cuatro días que estaba en el sepulcro. 18 Betania estaba cerca de Jerosólima unos quince estadios. 19Muchos de los jero­solimitanos habían venido a casa de Marta y Mariam, a fin de consolarlas por la muerte de su her­mano. 20Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, le salió al encuentro; María, en cam­bio, estaba sentada en casa. 21 Marta dijo dirigiéndose a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; 22 pero incluso ahora, yo sé que todo lo que pidas a Dios, te lo concederá.» 23 Jesús le dice: «Tu hermano resucitará.» 24 Marta le dice: «Sé que resucitará en la resurrección, el último día.» 25 Jesús le dijo: «Yo Soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; 26 y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Cree esto?». 27Dice: «Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Ungido, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo.» 28 Habiendo dicho esto, se fue y llamó a su hermana Mariam diciéndole en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» 29 Ella, al oírlo, se levantó corriendo y fue a encontrar-lo. 30 Jesús aún no había llegado a la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había salido al encuentro. 31 Los Judíos que estaban con ella en la comunidad consolándola, cuando vieron a Mariam que se levan­taba de un salto y salía, la siguieron, pensándose que iba al sepulcro a llorar allí. 32 María, cuando llegó donde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» 33 Jesús entonces, al ver que ella llora­ba y que lloraban los Judíos, los que habían venido junto con ella, se conturbó en el espíritu como quien se ha conmovido profundamente 34 y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le dicen: «Señor, ven y lo verás.» 35 Y Jesús se puso a llorar. 36Los Judíos entonces decían: «¡Mira cómo le quería!». 37Pero algunos de ellos replicaron: «¿No habría podido este que abrió los ojos del ciego hacer que también este no muriera?». 38 Jesús entonces, nuevamente conmovido en su interior, llega al sepulcro. Era una cueva y una losa estaba puesta encima. 39Dice Jesús: «¡Alzad la losa!». Le dice Marta, la hermana del finado: «Señor, ya huele mal: es el cuarto día.» 40 Jesús le dice: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». 41Cuando, pues, hubieron alzado la losa, también Jesús alzó sus ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escu­chado. 42 Yo sabía que tú siempre me escuchas, pero a causa de la multitud que me rodea lo he dicho, para que crean que tú me has enviado.» 43 Habiendo dicho esto, con voz poderosa gritó: «¡Lázaro, sal afuera!». 44 E inmediatamente salió el difunto, atado de pies y manos con vendas y su cara envuelta con un sudario. Les dice Jesús: «Desatadlo y dejad que se vaya.» 45Muchos de los Judíos que habían venido al encuentro de Mariam, habiendo visto lo que Jesús había hecho, creyeron en él.[6] Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarlo Me quisiera fijar hoy en la profunda amistad que había entre Jesús y Lázaro, «nuestro amigo» (recalcado por el Códice Beza: «Lázaro, nuestro amigo, se ha muerto»). La relación de Jesús con la comunidad de Betania era de una gran amistad: «Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: “Señor, mira, aquel a quien tu quieres está enfermo”»; «Jesús quería a Marta y a su hermana y a Lázaro»; «Mira cómo le quería», decían los Judíos. A pesar de esta estrecha relación de amistad, sus miembros, como los judíos en general, creían que la muerte era ya un estado definitivo. Como mucho hablaban de una vida umbrátil en el Hades, la región subterránea de los muertos. Jesús quiere impartirles una lección sobre la muerte. Por eso no acude inmediatamente a Betania cuando le anuncian que estaba enfermo. Espera que pasen cuatro días para presentarse, cuando todos creían que la muerte ya era definitiva: «Señor, ya huele mal es el cuarto día», le reprochó Marta. Como mucho se</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(677 521) <em>Jn 11,1-45 Códice Beza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>11,1</sup>Había cierto enfermo, Lázaro de Betania, de la aldea de <em>la</em> María y de <em>la</em> Marta,<a href="#_edn1" id="_ednref1">[1]</a> su hermana. <sup>2 </sup><em>María</em><a href="#_edn2" id="_ednref2">[2]</a> era la que ungió al Señor con perfume y secó sus pies con sus cabe­llos: el hermano de la cual <em>precisamente</em>, Lázaro, estaba enfermo. <sup>3</sup><em>Sus</em> hermanas envia­ron a decir <em>a Jesús</em>: «Señor, mira, aquél a quien tu quieres está enfermo.» <sup>4 </sup>Jesús, al oírlo, dijo: «Esta <em>su</em> enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» <sup>5 </sup>Jesús <em>quería</em><a href="#_edn3" id="_ednref3">[3]</a>a Marta, a su hermana y a Lázaro.<a href="#_edn4" id="_ednref4">[4]</a> <sup>6 </sup>Cuan­do oyó que estaba enfermo, entonces <em>Jesús</em> se quedó <em>en aquel </em>lugar dos días. <sup>7 </sup><em>Segui­damente</em>, después de esto, dice a <em>sus</em> discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.» <sup>8 </sup><em>Sus </em>discípulos le recuerdan: «Rabí, hace poco los Judíos te querían apedrear, ¿y vas de nuevo allí?». <sup>9 </sup>Jesús respondió: «¿No tiene doce <em>horas el día</em>? Si uno camina durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; <sup>10 </sup>pero si uno camina durante la noche, tropieza, porque no <em>hay</em> luz en ella.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>11</sup>Dijo esto, y a continuación les dice: «Lázaro, nuestro amigo, <em>duerme</em>;<a href="#_edn5" id="_ednref5">[5]</a> pero voy <em>a desper­tarlo.</em>» <sup>12 </sup><em>Los discípulos le</em> dijeron: «Señor, si <em>duerme</em>, se curará.» <sup>13 </sup>Jesús lo había dicho refe­rente a su muerte; ellos, en cambio, creyeron que hablaba del dormir del sueño. <sup>14 </sup>En­ton­ces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro, <em>nuestro amigo</em>, se ha muerto, <sup>15 </sup>y me alegro por vosotros, a fin de que creáis, que no haya estado allí; pero vayamos a encontrarlo.» <sup>16 </sup>Dijo entonces Tomás, el llamado Mellizo, a <em>sus </em>condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>17 </sup>Jesús, pues, <em>llegó</em> <em>a Betania</em> <em>y </em>se encontró que aquél hacía cuatro días que <em>estaba en el sepulcro</em>. <sup>18 </sup>Betania estaba cerca de Jerosólima <em>unos</em> quince estadios. <sup>19</sup>Muchos de los <em>jero­solimitanos</em> habían venido a casa de Marta y Mariam, a fin de consolarlas por la muerte de su her­mano.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>20</sup>Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, le salió al encuentro; María, en cam­bio, estaba sentada en casa. <sup>21 </sup>Marta dijo dirigiéndose a Jesús: «<em>Señor</em>, si hubieras estado aquí,<em> mi hermano no habría muerto</em>; <sup>22 </sup><em>pero</em> incluso ahora, yo sé que todo lo que pidas a Dios, te lo concederá.» <sup>23 </sup>Jesús le dice: «Tu hermano resucitará.» <sup>24 </sup>Marta le dice: «Sé que resucitará en la resurrección, el último día.» <sup>25 </sup>Jesús le dijo: «Yo Soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; <sup>26 </sup>y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Cree esto?». <sup>27</sup><em>Dice</em>: «Sí, Señor, yo creo <em>firmemente</em> que tú eres el Ungido, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo.» <sup>28 </sup>Habiendo dicho esto, se fue y llamó <em>a su hermana </em>Mariam diciéndole <em>en voz baja</em>: «El Maestro está aquí y te llama.» <sup>29 </sup><em>Ella</em>, al oírlo, se levantó corriendo y <em>fue a encontrar</em>-lo. <sup>30 </sup><em>Jesús aún no había llegado a la aldea</em>, sino que estaba en el lugar donde Marta le había salido al encuentro. <sup>31 </sup>Los Judíos que estaban con ella en la comunidad consolándola, cuando vieron a Mariam que se levan­taba de un salto y salía, la siguieron, pensándose que iba al sepulcro a llorar allí.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>32 </sup><em>María,</em> cuando llegó donde estaba Jesús, al ver<em>lo</em>, cayó <em>a sus pies</em> diciendo: «Señor, si <em>hubieras estado aquí</em>,<em> mi hermano no habría muerto.</em>» <sup>33 </sup>Jesús entonces, al ver que ella llora­ba y que lloraban <em>los</em> Judíos, <em>los que</em> <em>habían venido junto con ella</em>, <em>se conturbó</em> <em>en el espíritu como quien se ha conmovido profundamente</em> <sup>34 </sup>y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le dicen: «Señor, ven y lo verás.» <sup>35 </sup><em>Y</em> Jesús se puso a llorar. <sup>36</sup>Los Judíos entonces decían: «¡Mira cómo le quería!». <sup>37</sup>Pero <em>algunos de ellos</em> replicaron: «¿No habría podido este que abrió los ojos del ciego hacer que también este no muriera?».</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>38 </sup>Jesús entonces, nuevamente conmovido en su interior, llega <em>al</em> sepulcro. Era una cueva y una losa estaba puesta encima. <sup>39</sup>Dice Jesús: «¡Alzad la losa!». Le dice <em>Marta, la hermana del finado</em>: «Señor, ya huele mal: <em>es el cuarto día.</em>» <sup>40 </sup>Jesús le dice: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». <sup>41</sup>C<em>uando</em>, pues, hubieron alzado la losa, <em>también</em> Jesús alzó <em>sus</em> ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escu­chado. <sup>42 </sup>Yo sabía que tú siempre me escuchas, pero a causa de la multitud que me rodea lo he dicho, para que crean que tú me has enviado.» <sup>43 </sup>Habiendo dicho esto, con voz poderosa gritó: «¡Lázaro, sal afuera!». <sup>44 </sup><em>E inmediatamente</em> salió el difunto, atado de pies y manos con vendas y su cara envuelta con un sudario. <em>Les dice Jesús</em>: «Desatadlo y dejad que se vaya.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>45</sup>Muchos de los Judíos <em>que habían venido al encuentro de</em> Mariam, <em>habiendo vist</em>o lo que <em>Jesús</em> había hecho, creyeron en él.<a id="_ednref6" href="#_edn6">[6]</a></p>



<h4 class="wp-block-heading">Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarlo</h4>



<p class="wp-block-paragraph">Me quisiera fijar hoy en la profunda amistad que había entre Jesús y Lázaro, «nuestro amigo» (recalcado por el Códice Beza: «Lázaro, <em>nuestro amigo</em>, se ha muerto»). La relación de Jesús con la comunidad de Betania era de una gran amistad: «Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: “Señor, mira, aquel a quien tu quieres está enfermo”»; «Jesús <em>quería</em> a Marta y a su hermana y a Lázaro»; «Mira cómo le quería», decían los Judíos. A pesar de esta estrecha relación de amistad, sus miembros, como los judíos en general, creían que la muerte era ya un estado definitivo. Como mucho hablaban de una vida umbrátil en el Hades, la región subterránea de los muertos. Jesús quiere impartirles una lección sobre la muerte. Por eso no acude inmediatamente a Betania cuando le anuncian que estaba enfermo. Espera que pasen cuatro días para presentarse, cuando todos creían que la muerte ya era definitiva: «Señor, ya huele mal es el cuarto día», le reprochó Marta. Como mucho se había ido introduciendo en el mundo judío la cre­encia en una muy lejana resurrección futura: Marta dice a Jesús: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día.» Jesús, sin embargo, habla en el presente de Yahveh: «Jo Soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?», le pregunta. Marta responde: «Sí, Señor, yo creo <em>firmemente</em> que tú eres el Ungido, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo.» Jesús, no realizará ningún milagro. En primer lugar, la comunidad debe retirar la losa que habían puesto sobre el difunto: «¡Alzad la losa!». <em>Cuando</em> hubie­ron alzado la losa, <em>también</em> Jesús alzó <em>sus</em> ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado.» El milagro ya se ha producido. Des­pués grita: «¡Lázaro, sal afue­ra!». Pero salió como si fuera una momia: «atado de pies y manos con vendas y su cara envuelta con un sudario». Es la comunidad quien lo debe liberar de la muerte: «Desa­tadlo y dejad que se vaya» por su propio pie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> El Códice Beza pone el artículo delante de María y de Marta la primera vez que las menciona, dando a entender el autor del IV Evangelio que «la aldea de <em>la</em> Marta y <em>la</em> María», Betania, era bien conocida de sus lectores.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> Como ya hemos podido comprobar en otras ocasiones, el Códice Beza distingue con mucha precisión entre la grafía hebrea del nombre de María, «Mariam», y la griega, «María». Cuando se relaciona con los judíos, en concreto con Marta, emplea la grafía hebrea: «Muchos de los <em>jerosolimitanos </em>habían venido a casa de Marta y Mariam» (11,19); Marta «llamó <em>a su hermana </em>Mariam<em>»</em> (11,28); «los Judíos que estaban con ella en la comunidad consolándola, cuando vieron a Mariam que se levantaba de un salto y salía, la siguieron» (11,31); «Muchos de los Judíos <em>que habían ido a consolar a</em> Mariam» (11,45). En cambio, cuando se relaciona con Jesús, emplea siempre la grafía griega: «La aldea de <em>(la)</em> María y de (<em>la)</em> Marta, su hermana. <em>María </em>era la que ungió al Señor con perfume» (11,1-2 D); «María estaba sentada en la casa» (11,20); «<em>María,</em> cuando llego donde estaba Jesús» (11,32). El Códice Vaticano y la mayoría de manuscritos confunden ambas grafías, como si fueran intercambiables. Para los judíos, el cambio de un nombre indicaba un cambio profundo en la personalidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref3" id="_edn3">[3]</a> Todos los mss. emplean aquí el verbo griego <em>êgapa, amaba, </em>excepto el Códice Beza que emplea el verbo griego <em>ephilei, quería</em>, que sorprendentemente emplean tres de las más antiguas versiones latinas anteriores a la Vulgata (Ítala y Afra). El Evangelio de Juan utiliza el verbo <em>agapan, amar</em>, cuando hace referencia al Discípulo «a quien Jesús amaba» (Jn 20,2 <em>diligebat</em> Beza latín; 13,23; 19,26; 21,7.20), mientras que en el relato de Lázaro utiliza el verbo <em>philein, querer</em> (11,3.5 Beza.36), o el termino <em>philos, amigo </em>(11,11.14 Beza). La dife­rencia entre los dos verbos y los respectivos substantivos es sólo de matiz: <em>querer</em> y <em>amigo </em>hacen referencia a las relaciones de amistad entre personas humanas; <em>amar</em> y <em>dilección,</em> al amor espiritual entre Dios Padre y su Hijo Jesús o entre Jesús y el Discípulo amado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref4" id="_edn4">[4]</a> Marta, María y Lázaro, probablemente por este orden, forman una familia especial situada en la Betania cercana a Jerusalén. (Había otra Betania, en el Jordán, donde Juan, primeramente (Jn 1,28 [después bautizará en Enon, junto a Salín, 3,23]), y Jesús, más tarde (3,22), bautizaban. La amistad de Jesús hacia cada uno de los componentes de esta comunidad era muy estrecha: «Las hermanas de Lázaro enviaron a decir <em>a Jesús</em>: “Señor, mira, aquel a quien tú quieres está enfermo”» (11,3); «Jesús quería a Marta y a su hermana y a Lázaro» (11,5); «Lázaro, nuestro amigo, duerme» (11,11); «Lázaro,<em> nuestro amigo</em>, se ha muerto» (11,14 D); «¡Mira como le quería!» (11,36). La muerte de Lázaro le afectó profundamente: «Jesús entonces, al ver que ella lloraba y que lloraban <em>los</em> Judíos, <em>los que habían venido junto con ella, se conturbó en el espíritu como quien se ha conmovido profundamente</em>» (11,33); «<em>Y</em> Jesús se puso a llorar» (11,35); «Jesús entonces, nuevamente conmovido en su interior» (11,38).</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref5" id="_edn5">[5]</a> Excepto el Códice Beza, que emplea dos veces el pr. p. del verbo griego <em>koimaomai</em>, <em>dormir</em>, refiriéndose a la situación de Lázaro, <em>koimatai</em>, <em>se ha dormido, dormir </em>(11,11.12), todos los otros mss. utilizan dos veces también el pf. p. <em>kekoimatai</em>, <em>se ha quedado dormido</em> definitivamente (11,11.12). La forma de pr., tanto en labios de Jesús como de los discípulos, da a enten­der que se despertará más tarde; en cambio, la forma de pf. indicaría que ya ha muerto definitivamente, cosa que Jesús mismo revelará poco después: «Lázaro,<em> nuestro amigo</em>, se ha muerto», siempre en tiempo pr.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref6" id="_edn6">[6]</a> El relato de la resurrección de Lázaro no acaba aquí, sino que continúa: «Pero algunos de entre ellos se fueron en busca de los fariseos y les dijeron <em>lo que</em> Jesús había hecho» (11,46). La consiguiente reunión del Sanedrín (11,47-52) forma parte aún de este relato paradigmático. La omisión del v. 46 confiere triun­falismo a la resurrección de Lázaro y nos priva de saber el triste desenlace: «A partir de aquel día, (los dirigentes judíos) decidieron que lo matarían» (11,53).</p>
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		<title>Domingo III de Cuaresma /// Jn 4,5-42</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josep Rius-Camps]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 03 Mar 2026 19:13:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciclo A 2025-2026]]></category>
		<category><![CDATA[Textos ciclo A 2025-2026]]></category>
		<category><![CDATA[Còdex Beza]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>(675 519) Jn 4,4-7.9-26.28-30.39-42 Códice Beza (primera redacción)[1] (4,4 Era necesario que Jesús pasara a través de Samaría.) 4,5Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: 6 estaba allí el manantial de Jacob. Jesús, que estaba cansado por la cami­nata, se había sentado junto al manantial: la hora era precisamente la sexta.[2] 7 Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Mujer dame de beber.» 4,8Es que sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar víveres. 4,9La mujer samaritana le dice: «Tu, que eres judío, ¿cómo es que me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?».[3] 10 Jesús respondió y le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» 11 La mujer le dice: «Señor, ni tan solo tienes pozal y el pozo es profun­do, ¿de dónde obtienes el agua viva? 12 ¿Es que tú eres más grande que nuestro padre Ja­cob, que nos dio el pozo y en él bebieron él mismo y sus hijos y el ganado?». 13 Jesús respondió y le dijo: «Todo el que bebe de esa agua, volverá a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más; al contrario, el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial de agua que salta hacia una vida eterna.» 15 La mujer le dice entonces: «Señor, dame de esa agua, a fin de que no tenga más sed ni ten­ga que venir aquí a sacarla.» 16 Jesús le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve aquí.» 17 La mujer respondió y dijo: «Marido, no tengo ninguno.» Jesús le dice: «Has dicho bien que no tienes ningún marido, 18 porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.» 19 La mujer le dice: «Señor, estoy viendo que eres un profeta. 20Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerosólima está el lugar donde hay que adorar.» 21 Jesús le dice: «Mujer, créeme a mí, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerosólima adoraréis al Padre. 22Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23Al contrario, llega la hora y ya es ahora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre busca a estos que le ado­ren. 24 Dios es espíritu, y los adoradores es preciso que le adoren en espíritu y ver­dad.» 25 La mujer le dice: «Sé que ha de venir un tal Mesías, el llamado Ungido; cuando venga él, nos lo anunciará todo.» 26 Jesús le dice: «Yo Soy, el que está hablando contigo.» 4,27Y en esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que hablase con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: «¿Qué pretendes?» o bien: «Qué es lo que hablas con ella?». 4,28Dejó la mujer su jarra privada[4] y se va a la ciudad a decir a los hombres: 29 «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?». 30 Salie­ron de la ciudad y se dirigieron hacia él. 4.31 Mientras tanto, los discípulos le rogaban diciendo: «Rabí, come.» 32 Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis.» 33 Los discípulos se decían entre ellos: «¿No será que alguien le ha traído de comer?». 34 Jesús les dice: «Mi alimento es que haga la voluntad del que me ha enviado y que lleve a término su obra. 35No decís vosotros: “¿Cuatro meses más y llega la siega?”. Pues bien, yo os digo: “Alzad los ojos y contemplad los campos que ya blanquean para la siega. 36Ya el segador recibe el salario y recoge el fruto para una vida eterna, a fin de que tanto el sembrador como el segador se alegren juntos. 37Porque en eso consiste el dicho verda­dero: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ 38 Yo os envié a segar: vosotros no os habéis fatigado; otros se han fatigado y vosotros os habéis aprovechado de su fatiga.”» 4,39De aquella ciudad muchos creyeron en él de entre los samaritanos por la palabra de la mujer que testificaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» 40 Cuando los samaritanos llegaron donde estaba él, le rogaban que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.    41Aún muchos más creyeron por su palabra; 42 pero iban diciendo a la mujer: «Por tu testimonio ya no creemos, porque lo hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo, el Ungido.»[5] Era necesario, según el designio divino, que Jesús pasara por Samaría  El título lo he tomado de un versículo que no leeremos este domingo, pero que contiene precisa­mente el móvil que motivó a Jesús a recuperar la etnia samaritana como parte inte­grante de Israel. En el seno del diálogo de Jesús con la Samaritana, el lector podrá separar fácilmente tres referencias a los discípulos quienes no entrarán nunca en contacto con la Samaritana y que, además, interrum­pen el hilo de la secuen­cia. Comentaré, tan solo la secuencia principal. La composición de lugar es determi­nante: Sicar, una ciudad de Samaría, «cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: estaba allí el manantial de Jacob». Jesús, cansado del camino, «se había sentado junto al manantial», como un maestro que, sediento a la vista de la situación de Samaría, quiere impartir una lección a una mujer samaritana que había ido a sacar agua del pozo. Él no tiene pozal y el pozo es profundo, pues contiene toda la sabiduría de los samaritanos. Jesús la quiere poner a prueba «Mujer dame de beber.» No consiente que haya fronteras infranqueables</p>
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<p class="wp-block-paragraph">(675 519) <em>Jn 4,4-7.9-26.28-30.39-42 Códice Beza (primera redacción)<a id="_ednref1" href="#_edn1"><strong>[1]</strong></a></em></p>



<p class="wp-block-paragraph">(<sup>4,4 </sup>Era necesario que Jesús pasara a través de Samaría.)</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>4,5</sup>Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: <sup>6 </sup>estaba allí el manantial de Jacob. Jesús, que estaba cansado por la cami­nata, se había sentado junto al manantial: la hora era precisamente la sexta.<a href="#_edn2" id="_ednref2">[2]</a> <sup>7 </sup>Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Mujer dame de beber.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>4,8</sup>Es que sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar víveres.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>4,9</sup>La mujer samaritana le dice: «<em>Tu, que eres judío, ¿cómo es que</em> me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?».<a href="#_edn3" id="_ednref3">[3]</a> <sup>10 </sup>Jesús respondió y le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» <sup>11 </sup><em>La mujer</em> le dice: «Señor, ni tan solo tienes pozal y el pozo es profun­do, ¿de dónde <em>obtienes el agua viva</em>? <sup>12 </sup>¿Es que tú eres más grande que nuestro padre Ja­cob, que nos dio el pozo y en él bebieron él mismo y sus hijos y el ganado?». <sup>13 </sup>Jesús respondió y le dijo: «Todo el que bebe de esa agua, volverá a tener sed; <sup>14 </sup>pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más; al contrario, el agua que <em>yo</em> le daré se convertirá en él en un manantial de agua que salta hacia una vida eterna.» <sup>15 </sup>La mujer le dice entonces: «Señor, dame de esa agua, a fin de que no tenga más sed ni <em>ten­ga que venir</em> aquí a sacarla.» <sup>16 </sup><em>Jesús</em> le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve aquí.» <sup>17 </sup>La mujer respondió y dijo: «<em>Marido, no tengo ninguno.</em>» Jesús le dice: «Has dicho bien que no <em>tienes</em> ningún marido, <sup>18 </sup>porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.» <sup>19 </sup>La mujer le dice: «Señor, estoy viendo que eres un profeta. <sup>20</sup>Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerosólima está el lugar donde hay que adorar.» <sup>21 </sup>Jesús le dice: «<em>Mujer, créeme a mí</em>, llega la hora en que ni en <em>este monte</em> ni en Jerosólima adoraréis al Padre. <sup>22</sup>Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. <sup>23</sup>Al contrario, llega la hora y ya es ahora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre busca a estos que le ado­ren. <sup>24 </sup>Dios es espíritu, y los adoradores <em>es preciso que le adoren</em> en espíritu y ver­dad.» <sup>25 </sup>La mujer le dice: «Sé que ha de venir un tal Mesías, el llamado Ungido; cuando venga él, nos lo <em>anunciará</em> todo.» <sup>26 </sup>Jesús le dice: «Yo Soy, el que está hablando contigo.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>4,27</sup>Y en esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que hablase con una mujer; sin embargo, ninguno <em>le</em> dijo: «¿Qué pretendes?» o bien: «Qué es lo que hablas con ella?».</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>4,28</sup><em>Dejó la mujer su</em> jarra <em>privada<a href="#_edn4" id="_ednref4"><strong>[4]</strong></a> y</em> se va a la ciudad a decir a los hombres: <sup>29 </sup>«Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será <em>éste</em> el Mesías?».<sup> 30 </sup>Salie­ron de la ciudad y se dirigieron hacia él.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>4.31 </sup>Mientras tanto, los discípulos le rogaban diciendo: «Rabí, come.» <sup>32 </sup>Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis.» <sup>33 </sup>Los discípulos se decían <em>entre ellos</em>: «¿No será que alguien le ha traído de comer?». <sup>34 </sup>Jesús les dice: «Mi alimento es que haga la voluntad del que me ha enviado y que lleve a término su obra. <sup>35</sup>No decís vosotros: “¿Cuatro meses <em>más </em>y llega la siega?”. Pues bien, yo os digo: “Alzad los ojos y contemplad los campos que ya blanquean para la siega. <sup>36</sup>Ya el segador recibe el salario y recoge el fruto para una vida eterna, a fin de que <em>tant</em>o el sembrador <em>como</em> el segador <em>se alegren juntos</em>. <sup>37</sup>Porque en eso <em>consiste el dicho verda­dero</em>: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ <sup>38 </sup>Yo os envié a segar: vosotros no <em>os habéis fatigado</em>; otros <em>se han fatigado </em>y vosotros os habéis aprovechado de su fatiga.”»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><sup>4,39</sup>De aquella ciudad muchos creyeron en él de entre los samaritanos por la palabra de la mujer que testificaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» <sup>40 </sup>Cuando los samaritanos llegaron <em>donde estaba él</em>, le rogaban que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.    <sup>41</sup>Aún muchos más creyeron por su palabra; <sup>42 </sup><em>pero</em> iban diciendo a la mujer: «<em>Por tu testimonio</em> ya no creemos, porque <em>lo hemos</em> oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo, <em>el Ungido.</em>»<a id="_ednref5" href="#_edn5">[5]</a></p>



<h4 class="wp-block-heading"><strong>Era necesario, según el designio divino, que Jesús pasara por Samaría </strong></h4>



<p class="wp-block-paragraph">El título lo he tomado de un versículo que no leeremos este domingo, pero que contiene precisa­mente el móvil que motivó a Jesús a recuperar la etnia samaritana como parte inte­grante de Israel. En el seno del diálogo de Jesús con la Samaritana, el lector podrá separar fácilmente tres referencias a los discípulos quienes no entrarán nunca en contacto con la Samaritana y que, además, interrum­pen el hilo de la secuen­cia. Comentaré, tan solo la secuencia principal. La composición de lugar es determi­nante: Sicar, una ciudad de Samaría, «cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: estaba allí el manantial de Jacob». Jesús, cansado del camino, «se había sentado junto al manantial», como un maestro que, sediento a la vista de la situación de Samaría, quiere impartir una lección a una mujer samaritana que había ido a sacar agua del pozo. Él no tiene pozal y el pozo es profundo, pues contiene toda la sabiduría de los samaritanos. Jesús la quiere poner a prueba «Mujer dame de beber.» No consiente que haya fronteras infranqueables entre judíos y samaritanos. Una vez ya se ha ganado su confianza, le hace entender que «Todo el que bebe de esa agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.» Ahora es la mujer quien se la pide. Jesús le deja bien claro que llegará la hora, y es ahora, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre, pero no en este monte (Garizim) ni en Jerosólima (Sión), sino en espíritu y verdad, y se le revela como el Mesías que todos esperaban: «Yo Soy (el nombre de Yahveh), el que está hablando contigo.» La acción de la mujer al abandonar «su jarra <em>privada</em>» muestra que ha asimilado la lección y tiene prisa por ir a comunicársela a sus compatriotas. Gracias a «la palabra de la mujer», muchos creyeron en Jesús de entre los samaritanos. Sin embargo, cuando llegaron donde estaba él, muchos más creyeron «por su palabra», la de Jesús, e iban diciendo a la mujer: «Por tu testimonio ya no creemos, porque le hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo, el Mesías.»</p>



<p class="wp-block-paragraph">Josep Rius-Camps<br>​Teólogo y biblista</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[1]</a> En el Calendario litúrgico de este domingo se nos propone leer Jn 4,5-42 o bien más breve: 4,5-15.19b-26.40-42). Después de haber analizado a fondo esta secuencia, nos hemos apercibido de la existencia de dos redacciones con distintos personajes: en la primera redacción, Jesús trataba tan solo con la Samaritana y los samaritanos (*4,5-7.9-26.28-30.39-42); en la segunda, el mismo autor ha insertado tres referencias a los discípulos de Jesús, sin que en ningún momento interfieran con la Samaritana (**4,8.27.31-38).</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref2" id="_edn2">[2]</a> La que en principio tenía la apariencia de ser una precisión temporal, «la hora era precisamente la sexta», reaparecerá en la escena en que Pilato accederá, ante el griterío de los dirigentes judíos, a entregarlos Jesús para que fuese crucificado como el rey de los judíos: «La hora era precisamente la sexta» (Jn 19,14). La hora sexta era nuestro mediodía: a plena luz, Pilato emitió la sentencia condenatoria del rey de los judíos que se habría levantado contra el César de Roma, la misma hora en que Jesús se reveló a los samaritanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref3" id="_edn3">[3]</a> El texto usual añade una explicación que no era necesaria cuando se redactó el escrito, pero que se hace imprescindible más tarde cuando los creyentes se hubieron alejado del judaísmo: «Es que los judíos no se tratan con los samaritanos.»</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref4" id="_edn4">[4]</a> Todos los mss. hablan de «la jarra de ella» (lit.), con el pronombre <em>autês</em>, mientras que el Códice Beza precisa más: «la jarra propia de ella» (lit.), mediante el pronombre reflexivo, <em>heautês</em>, «su <em>propia</em> jarra». Esta variante no figura en la edición crítica de Nestle-Aland.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref5" id="_edn5">[5]</a> En el texto mayoritario no figura «el Ungido».</p>
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