Domingo XVII del tiempo ordinari // Mt 13,44-52 Códice Beza

(694 538) Evangelio acturalizado según el Códice Beza // Josep Rius-Camps Mt 13,44-52 Códice Beza 13,44 «El Reino de los cielos es semejante (a) a un tesoro escondido en un campo que alguien, al encontrarlo, lo esconde otra vez y, por la alegría que le entra, se va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. 45 Nuevamente, el Reino de los cielos es semejante a un hombre mercader que busca perlas finas; 46 habiendo encontrado una perla de gran valor, se marchó, vendió lo que tenía y la compró. 47 Nuevamente, el Reino de los cielos es semejante a una red lanzada al mar y que congregó peces de toda especie. 48 Pero cuando se hubo llenado, tiraron de ella hasta la playa, se sentaron y escogieron los mejores en los cestos; los malos, en cambio, los echaron fuera. 49 Así será al fin del mundo (b): saldrán los ángeles, separarán los malvados de entre los justos 50 y los echarán al horno de fuego; allá habrá el llanto y el rechinar de dientes. 51 ¿Habéis comprendido todo esto?». Le dijeron: «Sí». 52 Él les dice: «Por eso, todo escriba que se ha hecho discípulo en el Reino de los cielos se asemeja a un hombre cabeza de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas». El Reino de los cielos es semejante a algo muy valioso escondido en el corazón humano Mateo continúa la enseñanza mediante parábolas con dos más que no necesitan explicación y una tercera que explica brevemente. Por lo que se deduce del conjunto de seis parábolas, las dos que explica Jesús en privado a los discípulos —la del trigo y la cizaña, y la de la red repleta de peces buenos y malos— hacen referencia a graves situaciones conflictivas que han surgido en el seno de la comunidad mateana y que la podrían poner en peligro. El evangelista es muy prudente y aplaza simplemente la clarificación entre justos y malvados «al fin del mundo». En un principio, su enseñanza constaba tan solo de las cuatro parábolas positivas: la pareja hombre-mujer, que manipula el grano de mostaza y el fermento, y el dúo alguien-un hombre mercader, que adquiere el tesoro y la perla de gran valor. Son de por sí tan evidentes que tan solo se requiere que quien las recibe «tenga oídos para escuchar»: tanto la mostaza y el fermento como el tesoro y la perla de gran valor ilustran a la perfección la manera sencilla como Jesús entendía que se debía construir el Reino de Dios. «Escuchar» quiere decir activar la capacidad de acoger cosas nuevas, tener una actitud de búsqueda constante para encontrar el tesoro escondido o para reconocer, entre las muchas perlas, aquella que tiene gran valor y que permanecía escondida. El Reino de Dios no es para las masas, sino para las personas que dan frutos abundantes, treinta, sesenta, ciento por uno, sin importar para nada la cantidad, y que saben descubrir los valores del Reino. La pregunta que Jesús hace al final: «¿Habéis comprendido todo eso?», aunque la enseñanza en parábolas iba dirigida primariamente a las «multitudes numerosas» que lo escuchaban desde la playa, la formula ahora a los discípulos que lo escuchan en «la comunidad». Mateo, el escriba judío asentado en su cátedra heterodoxa, a quien Jesús llamó e invitó al seguimiento, «se ha hecho discípulo» suyo y saca «de su tesoro cosas nuevas y viejas», administrando las riquezas de la Alianza, vieja (Antiguo Testamento) y nueva (Nuevo Testamento). Notas: (a) La fórmula que encabeza las seis semejanzas es, más o menos, la misma: «El Reino de los cielos se asemeja/es parecido a…». Ahora bien, tanto la primera como la última que enmarcan todas las demás requieren explicación. La del trigo y la cizaña es explicada por Jesús a los discípulos cuando «deja las multitudes y se fue a la casa/comunidad»; la de la red de peces es interpretada alegóricamente al final de toda la exposición. Entonces pregunta a los discípulos: «¿Habéis comprendido todo eso?» y estos responden con un «sí» rotundo. El evangelista cambia adrede —siempre según el Códice Beza— los verbos en pasado por un verbo en presente: «Él les dice», poniendo énfasis así en lo que sigue. De una manera muy fina, Mateo pone su rúbrica, identificándose con el «escriba» judío que regentaba una cátedra heterodoxa, desde el punto de vista de sus colegas, que lo tildaban despectivamente de «recaudador de tributos» (cf. Mt 9,9) y que, una vez ya «se ha hecho discípulo» de Jesús, pone a disposición de la comunidad creyente su capacidad de administrar la gran riqueza de la Escritura antigua y de ampliarla con la novedad del Reino de Dios preconizado por Jesús. (b) La misma diferencia que observamos el pasado domingo entre «creación», en general, y «creación del mundo», de nuestro mundo o planeta tierra (13,35), la reencontramos hoy donde casi todos los manuscritos hablan de «el fin del tiempo o eón», de todo el universo creado, mientras que el Códice Beza precisa que se trata tan solo de «el fin del mundo», de nuestro mundo o planeta azul. En la tradición manuscrita se observa una tendencia a magnificarlo todo, a la ampulosidad.

Domingo XVI del tiempo ordinario // Mt 13,24-43 Códice Beza

(693 537) Mt 13,24-43 Códice Beza 13,24 Jesús les propone otra parábola diciendo: «El Reino de los cielos se asemeja a un hombre que siembra buena semilla en su propio campo. 25Mientras dormían los hombres, llegó su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 26Cuando brotó la hierba y produjo fruto, entonces apareció la cizaña. 27Los sirvientes del amo de casa lo fueron a buscar y le dijeron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es, pues, que hay cizaña?”. 28Él les dijo: “Un hombre enemigo lo ha hecho.” Le dicen los sirvientes: “¿Quieres que vayamos a recogerla?”. 29Les dice: No, no sea que, al recogerla, arranquéis también juntamente el trigo con la cizaña. 30Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y en el tiempo de la siega, diré a los segadores: “Recoged primero la cizaña y quemadla; el trigo, en cambio, recogedlo en mi granero.”» 31Les propuso aún otra parábola diciendo: «El Reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que un hombre cogió y sembró en su campo. 32Esta es ciertamente la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es más grande que las hortalizas y llega a ser un árbol, hasta al punto que llegan los pájaros del cielo y hacen nido en sus ramas.» 33Otra parábola[1]: «El Reino de los cielos se asemeja a un fermento que una mujer tomó y ocultó en tres medidas de harina, hasta que todo haya fermentado.» 34De todo eso Jesús habló en parábolas a las multitudes, y sin parábolas no les hablaba, 35 para que se cumpliera el oráculo del profeta: «Abriré en parábolas mi boca, proclamaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.[2]» 36Entonces dejó a las multitudes y se fue a su comunidad; se le acercaron los discípulos diciéndole: «Explícanos[3] la parábola de la cizaña del campo.» 37 Él respondió diciendo: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; 38 el campo es el mundo; la bue­na semilla son estos, los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; 39 el enemigo que la ha sembrado es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. 40De la misma manera, pues, que recogen la cizaña y la queman en el fuego, así será al fin del mundo. 41El Hijo del hombre enviará a sus ángeles y recogerán de su Reino todos los escándalos y a los autores de la iniquidad 42 y los lanzan a la fragua de fuego; allí habrá llanto y rechinar de dientes. 43Entonces los justos brillarán[4] como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos para escuchar, que escuche.» Hablando a base de semejanzas, Jesús va más a fondo que nuestro lenguaje racional A continuación de la parábola propedéutica de los seis terrenos, tres negativos y tres positivos, Mateo presenta toda una serie de semejanzas destinadas a las multitudes donde Jesús les propone los trazos más característicos del Reino de Dios. El próximo domingo leeremos otras tres. Mateo abre esta primera serie con la semejanza de la cizaña y la cierra con su explicación a sus discípulos en el seno de la comunidad. Parábola de la cizaña y explicación enmarcan las dos breves semejanzas que es encuentran en el centro, una en masculino, la del grano de mostaza que un hombre sembró en su campo, y otra en femenino, la de la levadura que una mujer ocultó dentro de tres medidas de harina hasta que todo ha fermentado. Con Marcos tiene en común tan solo la semejanza de la mostaza; la de la levadura es de cosecha propia, a fin de situar como parábolas centrales las que resulten del trabajo del hombre en el campo y de la mujer en la casa. La primera acentúa la pequeñez y sitúa el Reino de Dios en el ámbito familiar, cuando la mayoría de sus oyentes y de los dirigentes judíos hablaba del reino davídico que sería inexpugnable. El esplendor de nuestras construcciones religiosas, las basílicas imperiales, no se avienen con las hortalizas de mi huerto. La segunda pone a la mujer en el mismo nivel que al hombre en la construcción del Reino. En las ramas del árbol que surgirá del grano de mostaza harán nido las personas libres. De la levadura que la mujer ha escondido dentro de tres medidas (tridimensionalidad) surgirán las personas que conscientemente han activado este fermento y han ofrecido pan a todos los hambrientos de la tierra. Jesús se sirve de las semejanzas para «proclamar lo que estaba escondido desde la creación del mundo», una variante atestiguada por el Códice Beza y por muchísimos manuscritos y versiones antiguas, que nos hace aterrizar en nuestro planeta azul tan maltratado por las ambiciones de los poderosos de la tierra y que Jesús, sirviéndose de semejanzas, intenta también hoy que recuperemos en su sentido original. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El Códice Vaticano y la mayoría de manuscritos añaden: «les habló»; omiten D y algunas antiguas versiones latinas y siríacas. [2] La edición crítica de Nestle-Aland, que se ha impuesto entre los biblistas, pone entre corchetes [kósmou, «del mundo»], por considerar que, a pesar de su buena atestación manuscrita, se debería considerar pleonástica. Sin embargo, no es lo mismo hablar de lo que «estaba oculto desde la creación», en general, que «desde la creación del mundo», de nuestro mundo, donde Dios ha mantenido oculto todo eso hasta la venida de Jesús. [3] La parte más antigua de la tradición manuscrita, conservada por el Códice Beza y la gran mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, avalada por las antiguas traducciones latinas, presentan el imperativo del verbo phrazein, «explícanos», mientras que los códices Vaticano y Sinaítico y algunos otros, junto con la traducción tardía de la Vulgata, prefieren el imperativo del verbo diasaphein, «muéstranos claramente». [4] La tendencia que hemos observado en la nota anterior, el paso de la forma verbal simple, phrazein, a la compuesta, dia-saphein, se

Domingo XV del tiempo ordinario // Mt 13,1-23 Códice Beza

(692 536) Mt 13,1-23 Códice Beza 13,1Aquel día, Jesús salió[1] y se sentó junto al mar. 2 Se congregaron hacia él multitudes numerosas, hasta el punto de tener que subir él a la barca[2] y sentarse en ella, mientras toda la multitud permanecía en pie sobre la playa. 3Él les habló largamente en parábolas diciendo: «He aquí que salió el sembrador a sembrar. 4Mientras él sembraba, una parte de las semillas cayó al margen del camino[3] y vinieron los pájaros y las devoraron. 5Una parte cayó en el pedregal, donde no había mucha tierra, e inmediatamente[4] germinó por el hecho de no tener profundidad la tierra; 6 cuando salió el sol se abrasaron y, por el hecho de no tener raíces, se secaron. 7Otra parte cayó entre las zarzas, y las zarzas crecieron y las ahogaron. 8Otra parte cayó sobre la tierra buena, e iba dando fruto, una cien, otra sesenta, otra treinta. 9El que tenga oídos para oír,[5] que oiga.» 10Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». 11Él, en respuesta, les dijo: «Porque a vosotros ha sido dado conocer los misterios del Reino de los cielos; a ellos, en cambio, no les ha sido dado. 12Porque a quien produce se le dará hasta que le sobre, mientras que a quien no produce se le quitará incluso lo que tiene.» 13Por esta razón les habla él[6] en parábolas: a fin de que, por más que miren, no vean y por más que oigan, no escuchen ni comprendan, no fuera caso que se convirtiesen. 14 En­tonces se cumplirá sobre ellos la profecía de Isaías que decía: «Ve y di al pueblo éste:[7]Por más que oigáis, no comprenderéis,por más que miréis, no veréis;15 se ha embotado el corazón del pueblo éste,se han endurecido sus oídosy han cerrado los ojos,con tal de no ver con los ojos,ni oír con los oídos,ni comprender con el corazón,ni convertirse,y que yo los pueda curar» (Is 6,9-10 lxx). 16 «Dichosos son, pues, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. 17 En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que estáis viendo vosotros y no lo pudieron ver, y oír lo que estáis oyendo vosotros y no lo oyeron. 18Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. 19A todo aquel que oye la palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que ha sido sembrado en sus corazones: este es el caso de lo que se ha sembrado al margen del camino. 20Lo que se ha sembrado sobre el pedregal, este es del que escucha la palabra y en seguida con alegría la acoge, 21 pero no tiene raíces dentro de él, sino que es inconstante, y cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, en seguida se escandaliza. 22Lo que se ha sembrado entre las zarzas, este es el que escucha la palabra, pero la preocupación secular y la seducción de la riqueza asfixia la palabra y devine infructífero. 23Finalmente, lo que se ha sembrado sobre la tierra buena, este es el que oye la palabra y la comprende: entonces da fruto y produce, uno cien, otro sesenta, otro treinta.» La semilla y la tierra son buenas: que den fruto depende del oyente En la escena hay tres elementos articulados en el Códice Beza: el mar, la barca y la tierra buena: «el mar» es indicativo del éxodo que emprende Jesús a fin de distanciarse de «las numerosas multitudes que se congregaron hacia él»; «la barca» es el lugar donde puede enseñar a la comunidad de discípulos, sin interferencias ajenas; «la tierra buena» es el lugar donde la semilla puede producir frutos abundantes, «cien, sesenta, treinta», tres actitudes positivas que contrastan con otras tres negativas: el margen del camino, el pedregal, las zarzas. Conocida como la Parábola del sembrador, se debería titular Parábola de los seis terrenos. Ni el sembrador ni la semilla son importantes: lo que es determinante es la actitud del oyente. La acción del sembrador es fundamental, porque es él quien tiene las semillas y las va sembrando por todas partes. En cambio, toda la responsabilidad radica en el que recibe la semilla. Si se mantiene «al margen del camino» de Jesús, «el Maligno arrebatará lo que ha sido sembrado en sus corazones», y no llegará ni siquiera a germinar. Si cae sobre el pedregal, sin haber quitado las piedras y puesto estiércol, germinará en seguida, «por el hecho de no tener profundidad la tierra», pero a la más mínima «tribulación o persecución por causa de la palabra», sucum­birá de inmediato. Si cae sobre las zarzas, las preocupaciones seculares y las seducciones de las riquezas la ahogarán, permanecerá infructífera. Tres situaciones negativas representan todas las posibles (tridimensionalidad). Pero hay también tres situaciones positivas, cuando las semillas caen «en la tierra buena», a las cuales no hemos prestado atención, porque no cuentan en ellas los núme­ros. Todas ellas dan fruto: unas al ciento por uno, otras al sesenta y otras al treinta. Lo que importa es dar fruto, y los frutos son siempre para los demás. Beza conserva el encabezamiento de la profecía de Isaías: «Ve y dile al pueblo éste: Por más que oigáis…» Es posible que quien lo suprimió se haya sentido aludido por este tono tan despectivo… Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Según el texto usual, Jesús salió «de la casa/comunidad», sin que se haya hecho ninguna referencia a ella anteriormente. El Códice Beza, las antiguas versiones latinas y la siro-sinaítica ponen énfasis en la acción de «salir», sin ningún otro complemento, indicio claro de éxodo. [2] El Códice Beza determina esta barca, donde Jesús «sentado en la barca», como en una cátedra de enseñanza, instruye a sus discípulos, lejos del ruido de «toda la multitud que permanecía en pie sobre la playa». Se trata de «la barca» de los Doce. [3] La expresión griega para tên hodon (Mt, Mc y Lc, los tres Sinópticos dos veces), más que «au

Domingo XIV del tiempo ordinario // Mt 11,25-30 Códice Beza

(691 535) Mt 11,25-30 Códice Beza 11,25En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Te enaltezco, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes, y las has revelado a los sencillos. 26 Sí, Padre, porque así ha sido objeto de beneplácito[1] en tu presencia. 27Todo me ha sido entregado por mi Padre, y ninguno conoce bien al Hijo sino el Padre ni al Padre ninguno le conoce bien sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28Venid a mí todos los que os sentís cansados y que estáis sobrecargados,[2] y yo os daré reposo. 29Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo para vuestras almas: 30 porque mi yugo es suave y mi carga, ligera.» Venid a mi todos los que os sentís cansados y que estáis sobrecargados, y yo os daré reposo Encontrándose Juan Bautista en la prisión de Herodes, al oír hablar de las obras realizadas por Jesús, le ha enviado unos mensajeros preguntándole: «¿Eres tú el que ha de obrar el cambio o hemos de esperar a otro?». Jesús responde no con palabras sino enumerándole las obras liberadoras que acaba de obrar en presencia de ellos. A pesar de las dudas que Juan abrigaba, el elogio que hace de él es contundente: «No se ha alzado entre los nacidos de las mujeres ninguno más grande que Juan, el Bautista» (11,11), así como, al contrario, la denuncia de la generación presente. Hoy leemos, a manera de colofón, la reacción anímica de Jesús en forma de reconocimiento a su Padre: «Te enaltezco, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes, y las has revelado a los sencillos.» Jesús invierte la valoración que hace de las personas la sociedad dominada por los poderosos y pone en primer plano a «los sencillos». No se puede traducir por niños, ya que son personas capacitadas para ser objeto de una revelación, revelación que permanece escondida a los prepotentes. Seguidamente, lo recalca: «Sí, Padre, porque así ha sido objeto de beneplácito en tu presencia.» La inversión de los valores que él propugna ha sido objeto de aprobación por parte de Dios. En dos líneas llenas de contenido revela la íntima relación que se ha establecido entre él, «el Hijo», y Dios, «el Padre», hasta el punto de que, a partir de ahora, tan solo tenemos acceso al Padre por medio de la revelación que nos hace su Hijo. A partir de él, todos los intermediarios, la Ley, Moisés, Juan… sobran. A continuación exclama con una llamada dirigida a los despreciados por la sociedad: «Venid a mi todos los que os sentís cansados y que estáis sobrecargados, y yo os daré reposo. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera.» La llamada se deja sentir también hoy en el seno de todas las iglesias. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Con un ligero cambio de orden, el texto usual pone el acento en la «complacencia», mientras que el Códice Beza, con muchos otros manuscritos, pone de relieve el momento en que la inversión de valores que Jesús propugna «ha sido objeto del beneplácito» de Dios. [2] Con el perfecto perifrástico, el Códice Beza resalta el estado de sobrecarga que pesa sobre los pequeños y sencillos, abrumados por tantas leyes y preceptos emitidos por los poderosos. Notad el contraste entre la construcción perifrástica, «estáis sobrecargados» por la enseñanza legalista del judaísmo contemporáneo y las observancias farisaicas que les recargan aún más y «la carga ligera» que, juntamente con «el yugo suave», describen la enseñanza liberadora de Jesús.

Domingo XIII del tiempo ordinario // Mt 10,37-42 Códice Beza

(690 534) Mt 10,37-42 Códice Beza «10,37 «Quien quiere a padre o madre más que a mí, no es digno de mí.[1] 38 Y el que no toma su cruz y sigue detrás de mí, no es digno de mí. 39Quien haya encontrado su vida, la perderá; pero quien haya perdido su vida por mi causa, la encontrará. 40Quien os acoge, a mí me acoge, y quien a mí acoge, acoge al que me ha enviado. 41Quien acoge a un profeta por ser un profeta, recompensa de profeta recibirá[2] 42 y quien dé de beber a uno de estos los más pequeños[3] un vaso de agua fresca por ser un discípulo, en verdad os digo: no perderá nunca su recompensa.» Quien dé de beber a uno de estos los más pequeños, no perderá nunca su recompensa Continuamos la instrucción que Jesús dirige a los Doce antes de enviarlos en misión a Israel. La primera disposición es muy exigente: «Quien quiere a padre o madre más que a mí, no es digno de mí.» La fidelidad de sus amigos debe estar por encima de la familia patriarcal o matriarcal. La segunda aún es más rigurosa: «Quien no toma su cruz y sigue detrás de mí, no es digno de mí.» Más adelante, cuando les hable de su muerte inminente, será aún más categórico: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que reniegue de sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). En la tercera disposición: «Quien haya encontrado su vida, la perderá; pero quien haya perdido su vida por causa mía, la encontrará», el verbo «encontrar» se ha de entender, la primera vez, con el matiz de «ganar, obtener, procurarse», orientando su vida hacia la ganancia y el éxito personal (ver también 16,25). La cuarta hace referencia al tema de la acogida: «Quien os acoge, a mí me acoge, y quien a mí acoge, acoge al que me ha enviado», anticipando dos veces el pronombre «a mí», poniendo el énfasis así en la acogida de su persona, y lo hace extensivo al Padre que lo ha enviado. Seguidamente extiende el tema de la acogida a los miembros más débiles de la comunidad, a los profetas, probablemente itinerantes: «Quien acoge a un profeta por ser un profeta, recompensa de profeta recibirá», y sobre todo a los discípulos más pequeños, por haber renunciado a todo tipo de poder, que forman parte de la comunidad poniéndose al servicio de los demás: «Quien dé de beber a uno de estos los más pequeños un vaso de agua fresca por ser un discípulo, en verdad os digo: no se perderá nunca su recompensa.» El Códice Beza, lo enfatiza con el uso del superlativo, «estos los más pequeños». Jesús muestra una predilección especial por «los más pequeños». Más adelante, cuando los Doce discutirán entre ellos sobre quién es el más importante, les pondrá como modelo «los pequeños criados» y les advertirá severamente sobre el peligro de escan­dalizarlos (18,1-10). Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos, salvo los códices Beza y Vaticano, añaden «y quien quiere a hijo o hija más que a mí, no es digno de mi», a fin de completar el paralelismo de los miembros que configuran la familia y, a la vez, constituir una tríada con el dicho que viene a continuación (triple repetición de «no es digno de mi»). [2] El Códice Vaticano y la mayoría de manuscritos añaden: «y quien acoge a un justo por ser un hombre justo, recompensa de justo recibirá», consiguiendo formar así una segunda tríada (repetición de la construcción «por ser uno…» y de la mención de la «recompensa»). [3] La frase «uno de estos los más pequeños» realza al máximo, con el superlativo, los miembros más insignificantes de la comunidad que Jesús, adrede, propone a los Doce líderes del grupo como modelo. El texto usual minimiza la insignificancia, «uno de estos pequeños» al reducirlos a bebés o niños pequeños.

Domingo XII del tiempo ordinario // Mt 10,26-33 Códice Beza

(689 533) Mt 10,26-33 Códice Beza 10,26No tengáis miedo de todos ellos[1], porque no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni nada escondido que no se haya de saber; 27 lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz, y lo que escucháis al oído, id a proclamarlo por los terrados; 28 y no tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden inmolar[2] el alma; antes bien tened miedo de aquel que puede hacer perder en la gehena tanto el alma como el cuerpo. 29 ¿No se venden dos gorriones por diez céntimos?, y ninguno de ellos cae en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre; 30 más aún, incluso todos los cabellos de vuestra cabeza están contados. 31Por tanto, dejad de tener miedo, vosotros valéis más que muchos pardillos. 32A todo aquel, pues, que me reconozca ante los hombres, también yo le reconoceré ante mi Padre que está en los cielos; 33 pero a quien me niegue ante los hombres, también yo le negaré ante mi Padre que está en los cielos. No tengáis miedo de los que matan el cuerpo,pero no pueden inmolar el alma Jesús acaba de elegir a los Doce, a fin de desarrollar la función que el Padre le había encomen­dado de ser el Mesías que había de reunir las doce tribus de Israel. Les advierte que sufrirán persecuciones a causa de la manera en cómo él está decidido a llevar a término su encargo. La invitación a la confianza que les da es válida también para nosotros en unos momentos en que el desconcierto se ha apoderado de una humanidad que hasta ahora vivía tan orgullosa y confiada en sus instituciones y en sus algoritmos. En el breve espacio de ocho versículos aparece cuatro veces la invitación a «no tener miedo». Les tres primeras, con una construcción que mira al futuro: «No tengáis miedo de todos ellos», de aquellos que «os entregarán a los tribunales del sanedrín y os azotarán en sus sinagogas» (v. 17); «no tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden inmolar el alma; antes bien tened miedo de aquel que puede hacer perder en la gehena tanto el alma como el cuerpo». La primera motivación, la fundamenta mediante cuatro referencias a las instrucciones que les acaba de impartir en privado y que a partir de ahora lo deberán proclamar: «porque no hay nada encu­bierto que no haya de ser descubierto, ni nada escondido que no se haya de saber; lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz, y lo que escucháis al oído, id a proclamarlo por los terrados». La segunda es muy liberadora: en nombre de su religión pueden mataros, pero vuestra vida no la pueden inmolar en sacrificios. La tercera es una advertencia: «antes bien tened miedo de aquel que puede hacer perder en la gehena tanto el alma como el cuerpo». La cuarta invitación, en cambio, mira al presente. Para avalarla, recurre a dos comprobaciones con las que les invita a confiar totalmente en el Padre: «¿No se venden dos gorriones por diez céntimos?, y ninguno de ellos cae en tierra sin el consenti­miento de vuestro Padre; más aún, incluso todos los cabellos de vuestra cabeza están contados. Por tanto, dejad de tener miedo, vosotros valéis más que muchos pardillos.» Y nosotros, ¿de qué hemos de tener miedo? Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] «Guardaos de las personas que os entregarán al sanedrín y os azotarán en sus sinagogas» (Mt 10,17). [2] Todos los manuscritos, excepto el Códice Beza, repiten en este versículo el verbo «matar». Beza, en cambio, emplea el verbo apokteinein cuando habla del «cuerpo» y el aoristo sphaxai cuando habla del alma» (sphazein, «degollar, inmolar, sacrificar», verbo empleado en el Apocalipsis en referencia al Cordero pascual: Ap 5,6.12; 13,8). Los dirigentes judíos (ver 10,17) no pueden «inmolar el alma», sinónimo de ‘vida’ para un judío, a la manera como «inmolan/sacrifican» los corderos en el Templo.

Domingo XI del tiempo ordinario Mt 9,36–10,8

(688b 532b) Mt 9,35–10,14 Códice Beza (9,36–10,8: texto litúrgico) 9,35 Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, enseñando en sus sinagogas y procla­mando la buena noticia del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. 36Al ver aquellas multitudes, sintió compasión de ellos, porque estaban maltratados y abatidos, «como ovejas que no tienen pastor» (Nm 20,17). Entonces dice a sus discí­pu­los: «La cosecha es abundante, pero pocos son los segadores. 37Rogad, pues, al Señor de la cosecha que envíe segadores a su cosecha.» 10,1 Yhabiendo llamado a sus Doce discípulos, les dio potestad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia. 2Los nombres de los Doce enviados son estos:[1] primero Simón, el llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan; 3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el recaudador de impuestos; Santiago el de Alfeo y Lebeo; 4 Simón el Zelote y Judas el Scariote, el que lo entregó. 5A estos Doce Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No os dirijáis a tierra de paganos y no entréis en ninguna ciudad de samaritanos; 6 más bien dirigíos a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca. 8Curad a los enfermos, levantad a los muertos, purificad a los leprosos y expulsad a los demonios.[2] Gratis lo recibisteis, dadlo también gratis. 9No os procuréis oro, ni plata, ni cobre en vuestras fajas; 10 ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el que trabaja bien se merece su sustento. 11La ciudad donde entréis, informaos bien si en ella hay alguien digno de recibiros, y quedaos allí hasta que salgáis. 12Al entrar en la comunidad, saludadla diciendo: ¡Paz en esta comunidad![3]13 Si la comunidad es digna, llegue a ella vuestra paz; más si no es digna, vuestra paz vuelva a vosotros. 14Si no os acogen ni escuchan vuestras palabras, al salir fuera de aquella la ciudad sacudíos el polvo de vuestros pies.   Diumenge XI del temps ordinari Tanto al principio (v. 35) como al final (vv. 9-14) del texto evangélico que se nos ha propuesto leer este domingo he suplido informaciones que he considerado oportunas para situar en su contexto vital, al principio, las instrucciones de Jesús impartidas a los Doce y, al final, el modo cómo deberían desenvolverse estos en caso de que fueran acogidos o rechazados en la misión. Tanto es así que he propuesto como título el signo que expresa la rotura con quienes no los hayan recibido, como solían hacer los judíos cuando regresaban de un país pagano. El hecho de no haber acogido la palabra los hacía impuros, como si fueran paganos. Mateo supone aquí conocida la elección de los Doce, que Marcos menciona explícitamente (Mc 3,13-18). La expresión «los doce após­toles», como se suele traducir, és única aquí y no se presenta en los demás evangelios. Simplemente designa a «los enviados» por Jesús a su primera misión circunscrita a Israel. Jesús se ha dado cuenta de que su sola presencia, enseñanza y sanación no podía cubrir las multitudes maltratadas y abatidas que andaban extraviadas «como ovejas que no tienen pastor» (Nm 20,17), y sintió compasión de ellas. Para paliarlo, decidió escoger a Doce misioneros para que cooperaran con él en aquella difícil tarea. Con algunas variantes, sus nombres nos son bien conocidos. En las instrucciones que les imparte, queda clara que su misión debe circunscribirse a Israel, por no considerar, según Mateo, que los samaritanos formasen parte del pueblo judío. Jesús se alinearía con aquellos que excluían a los samaritanos como si fueran paganos, mientras que ni Lucas (Lc 10,30-37) ni Juan (Jn 4,4-48) compartirán ese exclusivismo. Entre las instruc­ciones que les imparte el Códice Beza pone énfasis cuatro veces en la necesidad de liberar a las personas: «Curad a los enfermos, levantad a los muertos, purificad a los leprosos y expulsad a los demonios. Gratis lo recibisteis, dadlo también gratis», haciendo uso de «la potestad» que les había conferido sobre toda clase de espíritus inmundos «para expulsarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia». Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La expresión «los doce após­toles», como se suele traducir, es única aquí y no se presenta en los demás evangelios. Simplemente designa a «los enviados» por Jesús a su primera misión circunscrita a Israel. [2] Entre las instruc­ciones que les imparte el Códice Beza usando el imperativo aoristo, en vez del imperativo presente, pone énfasis cuatro veces en la necesidad imperiosa de liberar a las personas. [3] El Códice Beza, avalado por el Sinaítico original y tres grandes unciales nos han conservado la fórmula de saludo que usaban los judíos: «saludadla diciendo: ¡Paz en esta comunidad!».

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo // Jn 6,51-59 Códice Beza

(688ª 532) Jn 6,51-59[1] Códice Beza[2] 6,51 «Yo Soy el pan vivo, el que ha bajado del cielo; si alguno, come de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo.» 52Se pusieron a discutir los Judíos entre ellos diciendo: «¿Cómo puede éste[3] darnos su carne a comer?». 53a Jesús les aseguró: [[6,53b «En verdad, en verdad os digo: Si no tomáis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis en vosotros mismos la vida. 54El que come con avidez su carne y bebe su sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. 55Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56a El que come con avidez mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él, como el Padre en mí y yo en el Padre.»]]  «6,56bEn verdad, en verdad os digo: Si no tomáis el cuerpo del Hijo del hombre como el pan de la vida, no tenéis vida en él. 57Tal como me envió el Padre, que vive, también yo vivo gracias al Padre, y el que me toma, también este vive gracias a mí. 58Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron; el que coma con avidez este pan vivirá para siempre.»  59 Dijo esto mientras enseñaba en la sinagoga, en Cafarnaúm, un día de Sabbat. Paréntesis eucarístico insertado posteriormente en el discurso de Jesús sobre el pan de vida Hoy, festividad del Corpus (uno de los tres jueves más brillantes que el sol, según el dicho popular), leemos el final del Discurso sobre el pan de vida. Muchos comentaris­tas coinciden en que la parte referente a la Eucaristía (cuerpo y sangre de Cristo) no formaba parte de la discusión sostenida por Jesús con los judíos en la sinagoga de Cafarnaúm. Si, en lugar de seguir el texto alejandrino aceptado como base de las edicio­nes críticas y traducciones modernas, se hubiesen fijado en el plus que nos conserva el Códice Beza (en cursiva), habrían comprobado que el paréntesis eucarístico: «En verdad, en verdad os digo: Si no tomáis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis en vosotros mismos la vida», es nada más y nada menos que un doblete añadido, a principios del s. ii, a la respuesta original de Jesús a la interpelación de los judíos: «¿Cómo puede éste darnos su carne a comer?», a saber: «En verdad, en verdad os digo: Si no tomáis el cuerpo del Hijo del hombre como el pan de la vida, no tenéis vida en él… Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.» En el duplicado que hemos leído hoy se ha pasado de «tomar el cuerpo del Hijo del hombre» a hablar de su carne y sangre, un tema, el de la sangre, inaceptable a oídos de los judíos (les hubiera parecido antropofagia), ya que según ellos la sangre era sinónimo de vida. El paréntesis euca­rístico añadido poste­riormente tiene sentido para nosotros, que lo entendemos en sentido metafórico: «El que come su carne y bebe su sangre —la del Hijo del hombre— tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadero alimento, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él, como el Padre en mí y yo en el Padre.» La influencia arrolladora de las cartas paulinas, en especial a los Corintios, indujo a redactar este doblete. En el Códice Beza figuran el duplicado, en primer lugar, y el original, a continuación. Más tarde se eliminó el original y nos hemos quedado con el duplicado. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] He añadido el v. 59, para informar a los lectores sobre la localización de esta dis­cusión, pero he prescin­dido de comentarlo. [2] En cursiva: Texto conservado tan solo por el Códice Beza. Entre corchetes dobles [[-]]: Añadido introducido con posterioridad por miembros de la llamada Escuela joánica. En negrita: Informaciones sobre el compli­cado estado actual del texto. [3] El pronombre «este» adquiere un tono despectivo, el mismo tono exactamente de la murmuración anterior de los Judíos: «Este, ¿no es Jesús, el hijo de José, de quien nosotros conocemos al padre y a la madre? ¿Cómo es que dice de sí mismo que ha bajado del cielo?» (v. 42). [4] A fin de visualizar este doblete, acararé algunos rasgos de la respuesta original de Jesús (columna de la iz­quierda) con los rasgos correspondientes de lo que se le atribuyó con posterioridad (columna de la derecha): Original Doblete «6,56b En verdad, en verdad os digo: Si no tomáis el cuerpo del Hijo del hombre como el pan de la vida, no tenéis vida en él… 57Tal como me envió el Padre, que vive, también yo vivo gracias al Padre, y el que me toma,   también este vive gracias a mí (…) 58b El que coma con avidez este pan   vivirá para siempre.» «6,53b En verdad, en verdad os digo: Si no tomáis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis en vosotros mismos la vida.     54El que come con avidez su carne y bebe su sangre tiene vida eterna (…) 56a El que come con avidez mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él.»

Santísima Trinidad // Jn 3,16-18 Códex Beza

(687 531) Jn 3,16-18 Códex Beza 3,16 «Así ha amado Dios al mundo hasta el punto de dar al Hijo unigénito, a fin de que todo aquel que le da la adhesión no se pierda, sino que tenga vida eterna. 17Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgase al mundo, sino para que el mundo se salvara por medio de él. 18Por eso[1]quien le da la adhesión no es juzgado; en cambio, quien no le da la adhesión ya está juzgado, porque no ha dado la adhesión a la persona del unigénito Hijo de Dios.» Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para salvarlo Al término del diálogo de Jesús con Nicodemo, el autor del escrito ha insertado un monólogo donde glosa la íntima relación que tenía Jesús con el Padre en cuanto Hijo unigénito de Dios. Considero que es un tema muy adecuado para hablarlo este domin­go de final del ciclo pascual dejando de lado todo tipo de especulaciones trinitarias o cristológicas, para centrarnos en el tema de la salvación del mundo, en una teología que sea liberadora para todas las personas que lo habitan. Jesús de Nazaret encarna el proyecto que Dios tenía pensado desde siempre para la humanidad. Desde el momento en que tomó consciencia, cuando salió del rio Jordán, la fue activando hasta llevarla a plenitud en el Gólgota. Constituido así «Hijo unigénito de Dios», nos ha revelado la intimidad del Padre que nos da la opción de «llegar a ser hijos de Dios» a todos los que libremente lo acogemos en nuestra vida y que hemos «nacido de Dios», exactamente como él, el Hijo del hombre. El autor de este escrito es reacio a las especulaciones sobre el Juicio final que tanto angustiaban a las primeras comunidades paulinas y que hasta no hace mucho solía ser aún un tema ineludible para los predica­dores cuaresmales. Es muy categórico en este punto: «Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para que juzgase al mundo, sino para que el mundo se salvara por medio de él» de todas las formas de poder religioso, político, económico o social que lo esclaviza y lo reduce a un número; más aún, parte de la convicción de que el juicio ya ha tenido lugar: «Por eso —continúa— quien le da la adhesión no es jugado; en cambio, quien no le da la adhesión ya está juzgado, porque no ha dado la adhesión a la persona del unigénito Hijo de Dios.» El Códice Beza (en cursiva) lo considera como una conse­cuencia de la afirmación precedente. No es preciso que sea una adhesión cons­ciente, sino, eso sí, bien auténtica, de persona a persona, acogiendo el proyecto de Dios sobre el ser humano, empezando por el respeto total a la creación y a todos los seres que en ella conviven.   Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Tan solo el Códice Beza, y aún tan solo en la pág. latina (la griega falta aquí) conserva el enlace, Propter hoc, «Por eso», de este inciso con el precedente, como una consecuencia de la afirmación precedente. Que no haya ningún Juicio final es consecuencia del hecho de que Dios no envió a su Hijo como juez, sino como salvador/liberador del mundo. Esta idea ya la había desarrollado anteriormente nuestro autor, ante la incredulidad de los judíos: «Si alguien escucha mis palabras y las guarda, yo no le juzgo, pues no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no acoge mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la palabra que yo he pronunciado, ésta lo juzgará en el último día» (Jn 12,47-48).

Domingo de Pentecostés // Jn 20,19-23 Còdice Beza

(686 530) Jn 20,19-20a.20b-23 Còdice Beza 20,19Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los Judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». 20a Y, habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. 20b Sus discípulos,[1] entonces, se alegraron de haber visto al Señor. 21Él, a su vez, los salu­dó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os envío[2] a vosotros.» 22 Y habiendo dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: 23 Si a algu­nos perdonáis los pecados, les quedarán perdonados, si a algunos se los retuvierais, quedarán retenidos.» Jesús resucitado insufla Espíritu Santo sobre sus discípulos Si comparamos «el primer día de la semana después del sábado judío, cuando María Magdalena fue de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, al sepulcro» (Jn 20,1) con  «el atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, cuando estaban las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los Judíos» (20,19), comprobaremos la distancia abismal que mediaba, de la mañana al atardecer del día en que se inauguraba la nueva creación, entre el circulo femenino, representado por María Magdalena, la primera que reconoció la presencia del Resucitado cuando la llamó por su nombre, «¡María!» (20,14-16), y el circulo masculino que había cerrado y barrado las puertas por miedo de que los dirigentes judíos los detuvieran, como habían hecho con «los otros dos sediciosos que llevaron también para que fueran ejecutados con Jesús» (Lc 23,32). Jesús resucitado se ha aparecido, en primer lugar, a «los discí­pu­los», en general, deseándoles que tuvieran paz, «¡Paz a vosotros!», y mostrándoles las manos y el costado abierto, para que comprobaran que era el mismo a quien habían crucificado. No consta, sin embargo, reacción alguna de «los discípulos». A renglón seguido, en cambio, aparecen «sus discípulos», según precisa el Códice Beza mediante el pronombre griego autou, diferenciando netamente dos grupos de discípulos. Jesús los ha saludado a su vez: «¡Paz a vosotros!», pues se habían alegrado de haber visto al Señor. La experiencia del Resucitado no se puede visualizar ni se puede expresar con palabras ni conceptos; tan solo el lenguaje metafórico se le puede acercar. No se trata de una experiencia puntual, que se hace de una vez para siempre: se ha de ir profun­dizando, a medida que uno le abre «las puertas». Una vez estos hicieron la experiencia plena del Resucitado, Jesús los puede ya «enviar a misión», según precisa de nuevo el Códice Beza utilizando el mismo verbo apostellein las dos veces: «Tal como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros.» La misión que recibimos nosotros es la misma que Jesús recibió del Padre. No distingue entre una y otra misión. Para poderla llevar a término, es preciso que se produzca un cambio cualitativo en nosotros, los enviados. Cuando Dios modeló al hombre con el polvo de la tierra, «insufló sobre su rostro un aliento de vida»; Jesús reemprende y acaba la obra del Creador: «insufló sobre ellos y les dice: “Recibid Espíritu Santo”». El «aliento de vida» del Dios Creador produjo un «ser vivo» (Gn 2,7); el «Espíritu Santo» que Jesús insufla en sus discípulos los capacita para la misión. Jesús continúa insuflando «Espíritu Santo» en todos aquexllos a quienes envía a la misión por tota la tierra y los capacita así para que hagan la misma experien­cia del Espíritu Santo que hizo él en el Jordán. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego autou/autois: 20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discí­pulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24).   [2] El Vaticano y la gran mayoría de manuscritos usan aquí dos verbos distintos cuando hacen referencia al Padre que ha enviado (verbo apostellô) a su Hijo y cuando es el Hijo quien, a su vez, envía (verbo pempô) a los discípulos para una determinada misión, como si se tratara de dos misiones distintas. El Códice Beza, avalado por algunos unciales, utiliza el mismo verbo (apostellô) para ambas misiones, sin hacer distinción alguna entre una y otra.

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