Santísima Trinidad // Jn 3,16-18 Códex Beza

(687 531) Jn 3,16-18 Códex Beza 3,16 «Así ha amado Dios al mundo hasta el punto de dar al Hijo unigénito, a fin de que todo aquel que le da la adhesión no se pierda, sino que tenga vida eterna. 17Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgase al mundo, sino para que el mundo se salvara por medio de él. 18Por eso[1]quien le da la adhesión no es juzgado; en cambio, quien no le da la adhesión ya está juzgado, porque no ha dado la adhesión a la persona del unigénito Hijo de Dios.» Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para salvarlo Al término del diálogo de Jesús con Nicodemo, el autor del escrito ha insertado un monólogo donde glosa la íntima relación que tenía Jesús con el Padre en cuanto Hijo unigénito de Dios. Considero que es un tema muy adecuado para hablarlo este domin­go de final del ciclo pascual dejando de lado todo tipo de especulaciones trinitarias o cristológicas, para centrarnos en el tema de la salvación del mundo, en una teología que sea liberadora para todas las personas que lo habitan. Jesús de Nazaret encarna el proyecto que Dios tenía pensado desde siempre para la humanidad. Desde el momento en que tomó consciencia, cuando salió del rio Jordán, la fue activando hasta llevarla a plenitud en el Gólgota. Constituido así «Hijo unigénito de Dios», nos ha revelado la intimidad del Padre que nos da la opción de «llegar a ser hijos de Dios» a todos los que libremente lo acogemos en nuestra vida y que hemos «nacido de Dios», exactamente como él, el Hijo del hombre. El autor de este escrito es reacio a las especulaciones sobre el Juicio final que tanto angustiaban a las primeras comunidades paulinas y que hasta no hace mucho solía ser aún un tema ineludible para los predica­dores cuaresmales. Es muy categórico en este punto: «Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para que juzgase al mundo, sino para que el mundo se salvara por medio de él» de todas las formas de poder religioso, político, económico o social que lo esclaviza y lo reduce a un número; más aún, parte de la convicción de que el juicio ya ha tenido lugar: «Por eso —continúa— quien le da la adhesión no es jugado; en cambio, quien no le da la adhesión ya está juzgado, porque no ha dado la adhesión a la persona del unigénito Hijo de Dios.» El Códice Beza (en cursiva) lo considera como una conse­cuencia de la afirmación precedente. No es preciso que sea una adhesión cons­ciente, sino, eso sí, bien auténtica, de persona a persona, acogiendo el proyecto de Dios sobre el ser humano, empezando por el respeto total a la creación y a todos los seres que en ella conviven.   Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Tan solo el Códice Beza, y aún tan solo en la pág. latina (la griega falta aquí) conserva el enlace, Propter hoc, «Por eso», de este inciso con el precedente, como una consecuencia de la afirmación precedente. Que no haya ningún Juicio final es consecuencia del hecho de que Dios no envió a su Hijo como juez, sino como salvador/liberador del mundo. Esta idea ya la había desarrollado anteriormente nuestro autor, ante la incredulidad de los judíos: «Si alguien escucha mis palabras y las guarda, yo no le juzgo, pues no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no acoge mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la palabra que yo he pronunciado, ésta lo juzgará en el último día» (Jn 12,47-48).

Domingo de Pentecostés // Jn 20,19-23 Còdice Beza

(686 530) Jn 20,19-20a.20b-23 Còdice Beza 20,19Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los Judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». 20a Y, habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. 20b Sus discípulos,[1] entonces, se alegraron de haber visto al Señor. 21Él, a su vez, los salu­dó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os envío[2] a vosotros.» 22 Y habiendo dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: 23 Si a algu­nos perdonáis los pecados, les quedarán perdonados, si a algunos se los retuvierais, quedarán retenidos.» Jesús resucitado insufla Espíritu Santo sobre sus discípulos Si comparamos «el primer día de la semana después del sábado judío, cuando María Magdalena fue de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, al sepulcro» (Jn 20,1) con  «el atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, cuando estaban las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los Judíos» (20,19), comprobaremos la distancia abismal que mediaba, de la mañana al atardecer del día en que se inauguraba la nueva creación, entre el circulo femenino, representado por María Magdalena, la primera que reconoció la presencia del Resucitado cuando la llamó por su nombre, «¡María!» (20,14-16), y el circulo masculino que había cerrado y barrado las puertas por miedo de que los dirigentes judíos los detuvieran, como habían hecho con «los otros dos sediciosos que llevaron también para que fueran ejecutados con Jesús» (Lc 23,32). Jesús resucitado se ha aparecido, en primer lugar, a «los discí­pu­los», en general, deseándoles que tuvieran paz, «¡Paz a vosotros!», y mostrándoles las manos y el costado abierto, para que comprobaran que era el mismo a quien habían crucificado. No consta, sin embargo, reacción alguna de «los discípulos». A renglón seguido, en cambio, aparecen «sus discípulos», según precisa el Códice Beza mediante el pronombre griego autou, diferenciando netamente dos grupos de discípulos. Jesús los ha saludado a su vez: «¡Paz a vosotros!», pues se habían alegrado de haber visto al Señor. La experiencia del Resucitado no se puede visualizar ni se puede expresar con palabras ni conceptos; tan solo el lenguaje metafórico se le puede acercar. No se trata de una experiencia puntual, que se hace de una vez para siempre: se ha de ir profun­dizando, a medida que uno le abre «las puertas». Una vez estos hicieron la experiencia plena del Resucitado, Jesús los puede ya «enviar a misión», según precisa de nuevo el Códice Beza utilizando el mismo verbo apostellein las dos veces: «Tal como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros.» La misión que recibimos nosotros es la misma que Jesús recibió del Padre. No distingue entre una y otra misión. Para poderla llevar a término, es preciso que se produzca un cambio cualitativo en nosotros, los enviados. Cuando Dios modeló al hombre con el polvo de la tierra, «insufló sobre su rostro un aliento de vida»; Jesús reemprende y acaba la obra del Creador: «insufló sobre ellos y les dice: “Recibid Espíritu Santo”». El «aliento de vida» del Dios Creador produjo un «ser vivo» (Gn 2,7); el «Espíritu Santo» que Jesús insufla en sus discípulos los capacita para la misión. Jesús continúa insuflando «Espíritu Santo» en todos aquexllos a quienes envía a la misión por tota la tierra y los capacita así para que hagan la misma experien­cia del Espíritu Santo que hizo él en el Jordán. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego autou/autois: 20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discí­pulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24).   [2] El Vaticano y la gran mayoría de manuscritos usan aquí dos verbos distintos cuando hacen referencia al Padre que ha enviado (verbo apostellô) a su Hijo y cuando es el Hijo quien, a su vez, envía (verbo pempô) a los discípulos para una determinada misión, como si se tratara de dos misiones distintas. El Códice Beza, avalado por algunos unciales, utiliza el mismo verbo (apostellô) para ambas misiones, sin hacer distinción alguna entre una y otra.

Ascensión del Señor // Mt 28,16-20 Códice Beza

(685 529) Mt 28,16-20 Códice Beza 28,16Los Once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había ordenado. 17Al verlo, le adoraron; pero algunos, dudaron. 18Acercándose a ellos, Jesús les habló diciendo: «Me ha sido dada plena autoridad en los cielos y sobre la tierra. 19Id ahora,[1] haced discípulos míos[2] en todas las naciones[3] después de bautizarlos en el nombre del Padre y el Hijo y del Espíritu Santo,[4] 20 enseñándoles a guardar todo lo que yo os he prescrito. Y he aquí que Yo Soy en compañía de vosotros día tras día, hasta el fin del mundo. El monte Sinaí y el monte innominado de Jesús Por la fiesta de la Ascensión leemos el final de Mateo. Jesús había prometido a sus discípulos, cuando todavía eran Doce, que después de su resurrección les precedería a Galilea (Mt 26,32) y se lo hizo recordar por medio de las mujeres a quienes se manifestó por primera vez (28,7.10). Pero ahora, después de la defección de Judas, tan solo son Once. Han perdido la representatividad que les había conferido sobre Israel. Finalmen­te, dudando algunos de ellos que realmente hubiera resucitado, acceden a irse a Galilea, «al monte que Jesús les había ordenado». Es la cuarta vez que Mateo menciona este «monte», siempre con el artículo referencial al Monte paradigmático del Sinaí (5,1; 14,23; 15,29, 28,16), pero deliberadamente inno­minado. La primera vez que se menciona, Jesús inaugura la enseñanza sobre el Reino de Dios, no basada en el Decálogo del Sinaí, sino en las bienaventuranzas. Las dos menciones intermedias tienen lugar en las dos multiplicaciones de los panes que sirvieron para saciar 5.000 y 4.000 hombres adultos (sin mujeres ni niños), respectivamente, y que movieron a Jesús a retirarse a «el monte» él solo, para evitar que le hicieran rey (Jn 6,21), la primera, o para curar todo tipo de achaques y enfermedades, la segunda. La última mención concluirá su presencia terrenal entre sus discípulos y servirá para mostrar a los Once el cambio radical de planes que ha concebido, a resultas de su fracaso como Mesías de Israel: a partir de ahora han de dirigirse a todas las naciones paganas y hacer discípulos en «el nombre» del Padre, del suyo y del Espíritu Santo, de un Padre cercano y familiar que ha derramado su Espíritu sobre la creación para que ésta le procure hijos e hijas, y no de un Dios omnipotente que inspira temor y dicta leyes. Los Once han de continuar las enseñanzas que él había iniciado en «el monte» de las bienaventuranzas, «enseñándoles a guardar todo lo que yo os he prescrito», y les asegura su presencia constante en medio de ellos. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El Códice Beza lo expresa en tono imperativo y, en lugar de la conjunción «pues», que presentan muchísimos manuscritos y el texto usual, conserva el adverbio «ahora», subrayando el tono de la orden terminante también en imperativo que hace Jesús a los Once: «Id ahora, haced discípulos míos en todas las naciones.» [2] La lengua helenística tiene la tendencia, en su evolución, a usar verbos intransitivos como transitivos, como es el caso del verbo mathêteuein, «ser discípulo»,que ha pasado aser tomado en el sentido de «hacer discípulos» (Mt 12,52; 27,57; 28,19; Hch 14,21). [3] El evangelista emplea el pronombre personal masc. pl., autous, aunque hace referencia a ta ethnê, neutro pl., porque tiene la mente puesta en las personas que conforman las naciones paganas. [4] Es probable que esta fórmula bautismal refleje más bien el uso litúrgico que hizo más tarde la iglesia primitiva. En un principio, el bautismo se administraba, según recalca el Códice Beza (= D), «en el nombre del Señor Jesús Mesías» (Hch 2,38 D; 8,16 D; 10,48 D).

Domingo VI de Pascua // Jn 14,15-21 Códice Beza

(684 528) Jn 14,15-21 Códice Beza 14,15Si de veras me amáis, ¡guardad mis mandamientos!,[1] 16 y yo, a mi vez, rogaré al Padre y os dará otro Paráclito,[2] a fin de que permanezca para siempre con vosotros,[3] 17 el Espíritu de la verdad,[4] a quien el mundo no puede acoger, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, ya que permanece con vosotros y está en vosotros. 18No os dejaré huérfanos, vuelvo a vosotros. 19Aún falta un poco, y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros viviréis. 20Aquel día, conoceréis vosotros que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros. 21El que retiene mis mandamientos y los guarda, este es el que me ama; ahora bien, el que me ama, será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré yo mismo a él. Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca siempre con vosotros El pasaje que leemos hoy enlaza con el del domingo pasado. Nos hemos saltado, dos versículos donde Jesús nos recalcaba: «Todo aquello que pidierais en mi nombre, yo lo haré, a fin de que sea glorificado el Padre en el Hijo. Todo lo que pidierais en mi nombre, yo lo haré» (vv. 13-14). De aquí que continúe con un imperativo: «Si de veras me amáis, ¡guar­dad mis mandamientos!». Los mandamientos que Jesús nos manda guardar no son, pues, los de la Ley mosaica. Han de estar presididos por el amor a su persona, a su «nombre». Si hay esta sintonía, «yo, a mi vez, rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, que permanecerá para siempre con vosotros». Es la primera vez que Jesús, en su discurso de despedida, habla del Espíritu Santo con la denominación del «Pará­clito», de un abogado defensor que, como él («otro Paráclito»), permanezca de ahora en adelante para siempre al lado de sus discípulos. «El mundo», casi siempre negativo en este escrito, el dominio de los poderosos no tiene ni idea de ello, porque solo se mueve en categorías de poder. Una vez que los dirigentes religiosos y políticos lo hayan eliminado, «el mundo ya no me verá», pero ase­gura que nosotros sí que lo veremos, «porque yo vivo y vosotros viviréis». «Aquel día» es el primer día de la nueva semana que comienza en el día de su resurrección. Si hacemos la experiencia del Resucitado, «conoceréis vosotros que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros». Es la sintonía total con el proyecto de Dios que Jesús ha encarnado. El período concluye como se había iniciado: «El que retiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama.» El secreto para poderlo «ver», es el amor que crea unos nuevos vínculos indestructibles por cualquier tipo de poder: «el que me ama, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré yo mismo a él». Esta es la experiencia personal del Discípulo, a quien Jesús amaba, el que ha escrito este libro. Es su autorretrato. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El Códice Beza, avalado por muchos manuscritos, conserva el verbo guardar en imperativo aoristo, «guardad», en lugar del futuro «guardaréis», de los códices Vaticano y Sinaítico, entre otros. [2] El tema del Paráclito se presenta 4× en este escrito, en *Jn 14,16.26, de la primera redacción, y en **Jn 15,26 y 16,7, de la segunda. En los Sinópticos no aparece este personaje. En el resto de escritos del Nuevo Testamento lo encontraremos en 1Jn 2,1. Deriva del verbo parakaleô, «llamar, llamar hacia ti, convocar, exhortar, fortalecer», usado con frecuencia por los Sinópticos, sobre todo por Lucas-Hechos, pero nunca por Juan. La mejor presentación nos la ofrece *Jn 14,26: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará mi Padre en mi nombre, él os lo enseñará todo y os recorda­rá todo lo que yo os haya dicho.»  En los dos pasajes de primera redacción es enviado por el Padre a petición de Jesús; en los dos de segunda redacción es Jesús mismo quien lo envía: «Cuando venga el Paráclito, que os voy a enviar yo desde cerca de mi Padre, el Espíritu de la verdad, que procede de mi Padre, él dará testimonio de mi» (**15,26). En la última aparición, substituido por el pronombre dos veces, nos ofrece el mejor resumen: «Cuando venga aquel (el Paráclito), el Espíritu de la Verdad, él os guiará hasta la verdad completa: no hablará, en efecto, por su cuenta, sino que hablará de lo que ha oído y os anunciará lo que vendrá. Aquel manifestará mi gloria, ya que tomará de lo mío y os lo interpretará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso he dicho: “Toma de lo mío y os lo interpretará”» (**16,13-15). [3] El texto usual cambia el orden de las palabras y el verbo, «a fin de que con vosotros esté siempre»; Beza, en cambio, subrayaba la permanencia poniendo el verbo permanecer en la primera posición. [4] El termino griego pneûma es del género neutro, pero el Códice Beza lo hará concertar por tres veces seguidas con el pronombre en masculino, para dejar bien claro, saltándose las leyes de la gramática, que se trata del propio Espíritu personal de Dios.

Domingo V de Pascua // Jn 14,1-12 Códice Beza

(683 527) Jn 14,1-12 Códice Beza 14,1Entonces dijo a sus discípulos:[1] «Que no se inquiete vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. 2En la comunidad de mi Padre hay muchas moradas; si no, ¿os habría dicho que voy a prepararos un lugar? 3Y cuando me haya ido a prepararos un lugar, vendré de nuevo y os llevaré conmigo, a fin de que allí donde estoy yo, estéis también vosotros. 4Y allí donde voy, ya lo sabéis y sabéis el camino.» 5Le dice Tomás, al que llaman Mellizo[2]: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, podremos saber el camino?». 6 Jesús le responde: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. 7Si me conocéis a fondo, conoceréis también a mi Padre; por tanto, desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» 8Le dice Felipe[3]: «Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta.» 9 Jesús le responde: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Y ¿cómo es que tú dices: “Muéstranos al Padre”? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que yo os he dicho, no las digo por mi cuenta; es el Padre que está en mi quien hace sus obras. 11Creedme: el Padre está en mí y yo estoy en el Padre; si no,creed por las obras mismas. 12En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, también él las hará, y aún las hará más grandes, porque yo me voy al Padre.» Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, sabremos el camino? El inciso inicial: «Entonces dijo a sus discípulos» (*14,1), con­servado tan solo por el Códice Beza, enlazaba, en la primera redacción de este escrito, con la enseñanza que Jesús acababa de impartir sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Una vez remodelada la obra, con la denuncia de un traidor, «Judas, hijo de Simón, de Cariot», y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, pasajes todos ellos insertados por el autor en segunda redacción (**13,18-38), eliminaron este inciso (no lo encontraréis, por tanto, en el texto usual), considerando que era superfluo. De hecho, Jesús iniciaba con él el relati­vamente breve Discurso de despedida que concluye con una intimación: «Llega el Príncipe de este mundo… Levantaos, ¡vámonos de aquí!» (*14,30-31). La despedida de Jesús ha sido interrumpida por tres intervenciones de miembros de los Doce: Tomás, Felipe y Judas, no el de Cariot. Las tres empiezan de la misma manera, con el verbo «decir» en tiempo presente: «Le dice», enfatizando el título con el que los discípulos se dirigen a Jesús como «Señor». Las dos primeras respuestas empiezan también de la misma manera, en tiempo presente: «Le dice Jesús»; la tercera es muy solemne, en tiempo pasado: «Jesús respondió y dijo.» En lo que se refiere a la primera intervención, el nombre de «Tomás» va seguido, casi siempre, sobre todo según el Códice Beza, de una explicación-traducción del nombre arameo, «al que llaman (activa­do, en tiempo presente) Mellizo», reactivando así la primera pareja de mellizos de la Biblia (Gn 25). Tomás repre­senta aquí el papel del incrédulo Esaú: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, podremos saber el camino?», y Jesús el de Jacob: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida.» En lo que se refiere a la segunda, Felipe pregunta a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre», y Jesús le reprocha: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe?». En este «vosotros» Jesús, hoy, nos ha inclui­do a todos nosotros, los creyentes. La tercera intervención la tendremos que suplir en privado (14,22-24). Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La revelación de que uno del grupo sería un traidor, con la consiguiente salida de Judas del grupo, y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, ampliaciones de segunda redacción (**Jn 13,18-38), habían interrumpido la enseñanza que Jesús había iniciado sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Con este inciso, conservado tan solo por el Códice Beza, pero presente ya en algunas antiguas versiones latinas y siríacas, Jesús inicia el discurso de despedida alentando a sus discípulos.  [2] Según el Códice Beza, de esta explicación-traducción del nombre de Tomás, presente otras tres veces en pasajes pertenecientes a la segunda redacción (**Jn 11,16; 20,24 y 21,2), habría constancia ya aquí, en la primera redacción. La insistencia (4× en total), sin que se revele el nombre del otro mellizo, a un judío buen conocedor de la Torá le traerá a la memoria los primeros mellizos que se mencionan en la Biblia, Génesis 25, Esaú y Jacob: «Hay dos naciones en tu vientre (de Rebeca); dos pueblos nacerán de tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, el mayor servirá al pequeño»: Esaú fue el primero en salir, pero vendió su derecho a la primogenitura por un plato de lentejas. Si repasamos la historia de Israel, Jacob fue el antepasado del pueblo de Israel, mientras que Esaú lo fue de los Edomitas. En el Cuarto Evangelio, Tomás interpretará el papel de Esaú y Jesús el de Jacob. Esto requeriría una larguísima explicación. [3] Felipe, en contraste con el incrédulo Tomás, fue el primer discípulo a quien Jesús invitó al seguimiento (Jn 1,43-44). Juntamente con Andrés, dos nombres griegos, naturales ambos de Betsaida, ellos serán quienes presentaron a Jesús unos paganos de lengua griega que lo querían ver (12,20-23).

Domingo IV de Pascua // Jn 10,1-10 Códice Beza

(682 526) Jn 10,1-10 Códice Beza (Parábola del pastor y las ovejas dirigida por Jesús a los fariseos:) 10,1 «En verdad, en verdad os digo:[1] el que no entra por la puerta al atrio[2] de las ovejas, sino que sube por otro lado,[3] este es un ladrón y un salteador; 2 en cambio, el que entra por la puerta, este es el pastor de las ovejas. 3A este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz; llama a las ovejas que le son propias[4] por su nombre y las hace salir. 4Y, cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz;[5] 5 a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» 6Esta parábola les expuso Jesús, pero ellos no comprendieron de qué cosas les hablaba. 7Nuevamente, pues, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: Yo Soy la puerta de las ovejas. 8Cuantos[6] vinieron antes de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon. 9Yo Soy la puerta: si uno entra a través de mí, se salvará; entrará y sal­drá y encontrará pasto. 10 El ladrón no viene sino a robar, sacrificar[7] y destruir; yo, en cambio,[8] he venido para que tengan vida.»[9] El que entra por la puerta al atrio de las ovejas, ese es el pastor de las ovejas La parábola del pastor y las ovejas que Jesús ha hecho suya constituye la respuesta que lanza a los fariseos que le habían cuestionado su proceder, en un día de reposo sabá­tico, día en que había hecho fango y había abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Para entender el abasto de la parábola, la debemos situar en el marco del Templo de Jerusalén, donde había una puerta, llamada la Ovejera (Jn 5,2), por donde introducían las ovejas destinadas a los sacrificios. En esta «puerta» había un «portero», que hasta aquel momento no había dejado entrar jamás a nadie, ya que, cuando les solicitaba el santo y seña, le respondían siempre que venían a sacrificarlas. Pero, cuando, ha llegado Jesús y le ha declarado que venía a dar la vida por sus ovejas, «a este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz». Había dos maneras de acceder a las ovejas: entrando por la puerta o saltando por algún otro lado, como hacen los ladrones y salteadores. Jesús, apenas el portero le ha dejado entrar, «llama a las ovejas que le son propias por su nombre». No todas las ovejas tienen nombre, solo las suyas, las que han ido toman­do consciencia de que son personas. «Y las hace salir» del «atrio del sumo sacer­dote» (Jn 18,15; Mc 14,54 y par.), para darles plena libertad. Jesús aún va más allá. Emplean­do dos veces el nombre de Yahveh, «Jo Soy la puerta de las ovejas», califica de «ladrones y salteadores a cuantos han llegado antes que él, pero las ovejas no los escucharon». Y da un nuevo paso: «Cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús se lleva sus ovejas a un campo abierto, sin rediles ni cercas, donde él es «la Puerta» a través de la cual entrarán y saldrán las personas libres y encontrarán pas­tos. A diferencia de «el ladrón que no viene sino a robar, sacrificar y destruir; yo, en cambio, he venido para que tengan vida». Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Les dos veces que Jesús emplea esta doble fórmula de afirmación, anticipa el pronombre, poniendo énfasis en las personas, los fariseos, a quienes se dirige; el Códice Vaticano, apoyado la primera vez por un manuscrito minúsculo y la segunda por el Códice Corideti que se encuentra en Tiflis, capital de la Georgia, invierte los términos las dos veces, dándole gran solemnidad al dicho de Jesús: «En verdad, en verdad digo a vosotros.» [2] El termino aulê, «atrio», lo emplean tanto los Sinópticos (Mt 26,3.58.69; Mc 14,54.66; 15,1 D.16; Lc 11,21; 22,55) como Juan (Jn 18,15) para designar «el atrio del sumo sacerdote», Anás, a donde llevaron a Jesús atado. [3] El Códice Beza es el único manuscrito que anticipa el adverbio «por otro lado» al verbo «subir», dándole mucha importancia: los dirigentes judíos sabían muy bien que «el portero» que guarda el atrio de las ovejas, cuando les pidiera el santo y seña, y ellos respondieran que venían a sacrificarlas, no les dejaría entrar por la puerta; de aquí que «suban» al Templo «por otro lado», por done acceden los sumos sacerdo­tes cuando van a sacrificarlas, como los identificará Jesús en la explicación de la parábola: «El ladrón no viene sino a robar, sacrificar y destruir.» [4] Nuevamente, con un cambio de orden inusual, el Códice Beza subraya quienes son las ovejas que son propie­dad del pastor, a saber, las que tienen nombre. [5] Por cuarta vez, en este pasaje tan breve, el Códice Beza anticipa el pronombre, «su voz», la del pastor que las conoce por su nombre y que ellas, al reconocerlo, se ponen a seguirlo. [6] El texto usual implica a todos los anteriores dirigentes, «todos cuantos», sin excepción; Jesús no absolu­tiza el número de los que llegaron antes que él. [7] Con frecuencia los traductores no respetan el sentido fuerte del verbo griego thyein, «sacrificar, ofrecer en sacrificio», tan solo analógicamente «degollar, matar», y traducen simplemente por «matar». El contexto, «atrio de las ovejas», «puerta de las ovejas» (ver «la Ovejera» de Jn 5,2), «portero», responsable de vigilar para que no roben las ovejas y las destinen a ser sacrificadas en el Templo, exige que se respete este sentido peculiar del verbo. [8] Tan solo el Códice Beza emplea la partícula conectiva adversativa, contraponiendo la actitud de Jesús a

Domingo III de Pascua // Lc 24,13-35 Códice Beza

(681 525) Lc 24,13-35 Códice Beza 24,13Había dos que se iban del grupo[1], aquel mismo día, hacia una aldea que distaba sesenta esta­dios de Jerusalén, de nombre Ulammaús.[2] 14 Conversaban entre ellos sobre todos estos sucesos. 15 Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos. 16Sus ojos estaban retenidos, de modo que no lo recono­cían. 17Él dijo: «¿Cuáles son estas palabras que os intercambiáis entre vosotros mientras camináis abatidos?». 18Replicó uno de ellos que tenía por nombre Cleopás[3] y le dijo: «¿Tú eres el único forastero en Jerusalén? ¿No te has enterado de lo que ha ocurrido estos días?». 19 Él le preguntó: «¿De qué?». «El caso de Jesús el Nazoreo,[4] que fue un hombre profeta poderoso de palabra y de obra ante Dios y ante todo el pueblo: 20 como a éste lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros dirigentes para que fuera senten­cia­do a muerte, y lo crucificaron. 21Nosotros, sin embargo, esperábamos que él sería el que había de liberar a Israel. Mientras que ahora, además de todo eso, hace ya tres días con el de hoy desde cuando han pasado estas cosas. 22 Y, lo que es más, algunas mujeres nos han aterrorizado: fueron muy de mañana al sepulcro 23 y, no habiendo encontrado su cuerpo, han vuelto diciendo haber visto una aparición de ángeles, que aseguran que él vive. 24Han ido algunos de los nuestros al sepulcro y lo han encontrado talmente como habían dicho las mujeres; pero a él no lo hemos visto.»[5] 25 Él, empero, les reprochó: «¡Oh insensatos y lentos de corazón en relación con todo aquello que anunciaron los Profetas, 26 a saber, que tenía que padecer todo esto el Mesías y así entrar en su gloria!». 27Y empe­zó, a partir de Moisés y todos los profetas, a interpretarles en las Escrituras lo que se refería a él. 28Mientras tanto, se acercaron a la aldea a donde se dirigían; y él fingió ir más allá. 29Ellos le presionaron diciendo: «Quédate con nosotros que al atardecer ha declinado ya el día.» Y entró para quedarse en compañía de ellos. 30Sucedió que, cuando estaba él reclinado a la mesa, tomando un pan pronunció la bendición y lo compartió con ellos. Al tomar ellos el pan de sus manos, 31 se les abrieron los ojos[6] y lo reconocieron; él desapareció de su vista. 32Ellos, se dijeron entre sí: «¿No esta­ba nuestro corazón completamente velado,[7] mientras nos hablaba por el camino, cuando nos abría las Escrituras?». 33Se levantaron entristecidos[8] y, en aquel preciso instante, re­gre­saron a Jerusalén; encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos 34 y les referían:[9] «Realmente se ha levantado el Señor y se ha aparecido a Simón.» 35 Y ellos mismos contaban lo que había ocurrido por el camino y que se les había dado a conocer en la fracción del pan. ¿Emaús o Ulammaús, el antiguo nombre de Betel? Empezando por el nombre «Ulammaús», y no el archiconocido «Emaús», toda la esce­na suena de otra forma si la leemos siguiendo la versión que nos ofrece el Códice Beza. Los cambios que se han ido introduciendo en las sucesivas copias que se han ido inter­cambiado las grandes iglesias del arco mediterráneo, presentan la escena en términos muy positivos, que ocultan una serie de rasgos muy críticos que Lucas intencionada­mente le habría imprimido. Desde nuestra toma de conciencia moderna, donde la razón todo lo domina, leemos con mentalidad racional escritos del primer siglo donde todavía predominaba la conciencia mítica. De aquí que, a partir de nuestras sofistica­das técnicas de interpretación, hayamos llegado a convencernos de que lo hemos entendido, sin habernos sumergido en el lenguaje mítico que empleó Lucas. La escena nos recuerda la huida de Jacob después de que se apoderase fraudulentamente de la primogenitura de su hermano Esaú. Ulammaús era el antiguo nombre de Betel, del Santuario del norte que Jacob plantó durante su huida de las iras de su hermano, a partir de la piedra que le había servido de cabezal y había plantado y consagrado ungiéndola con aceite (leed Gn 27,10-19). Nuestros dos discípulos – uno de ellos sería Simón bajo el pseudónimo de Cleopás – huían de Jerusalén después de lo que había ocurrido. Jesús les ha salido al encuentro e intenta recuperarlos. A pesar de que se les abrieron los ojos y lo reconocieron al tomar ellos el pan de sus manos, se levantaron entris­te­cidos ya que, mientras Jesús hacía el camino con ellos, su corazón estaba comple­tamente velado cuando les abría el sentido de las Escrituras. No han entendido la aparición de Jesús a guisa de un forastero que se les ha acercado y se ha puesto a caminar con ellos, si bien se han dado cuenta, mientras compartían el pan, de que Jesús había resucitado. Cuando desaparece de nuevo, piensan que lo han perdido para siempre. En todos los relatos de apariciones de Jesús encontramos incoherencias, miedos, incredulidad. Nosotros lo hemos suplido con grandes manifestaciones glorio­sas. Pero, entonces, no pode­mos reconocer su presencia constante caminando a nuestro lado. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El texto usual dice simplemente: «Y he aquí que dos de ellos», mientras que según el Códice Beza, estos «dos que se iban del grupo», se han separado del grupo de los discípulos. [2] En lugar de este nombre, presentado como un nombre propio, «de nombre Ulammaús», el texto usual lo suple por un seudónimo, «que tenía por nombre Emaús». «Ulammaús» se señala en Gn 28,19 lxx, como el antiguo nombre de Betel. Según esto, los dos discípulos, decepcionados por lo que había pasado, estarían rehaciendo el camino de Jacob —quien, después de haberse apoderado fraudulentamente de la bendición que correspondía a su hermano Esaú, tuvo que huir lejos de él (Gn 27–28). Así también, los discípulos de Jesús, que le habían traicionado/negado, huyen lejos de Jerusalén cuando vieron las consecuencias. [3] Según el texto usual, se trataría de un nombre real, «de nombre

Domingo II de Pascua // Jn 20,19-31 Códice Beza

(680 524) Jn 20,19-31 Códice Beza 20,19Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». 20a Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. 20bSus[1] discípulos entonces, se alegraron de haber visto al Señor. 21Él, a su vez, los salu­dó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros.» 22 Y ha­bien­do dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: 23 Si a algu­nos perdonáis los pecados, les quedarán perdonados, si a algunos se los retuvierais, quedarán retenidos.» 24Sin embargo, Tomás, uno de los Doce, el llamado Mellizo, no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús. 25Entonces, los otros discípulos le remarcaban: «¡Hemos visto al mismo Señor!». Pero él les replicó: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mis manos en su costado y no meto mi dedo en la marca de los clavos, no creeré en absoluto.» 26Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro y Tomás en compañía de ellos. Jesús llega entonces, estando las puertas cerradas, se puso en el medio y saludó: «¡Paz a voso­tros!». 27Después dice a Tomás: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y deja de ser descreído sino creyente.» 28 Tomas repli­có y le dijo: «Señor mío y Dios mío.» Jesús lo pone en cuarentena: «¿Porque me has visto, has creído? 29Dichosos los que, sin haber visto, han creído.» 20,30Muchas por cierto y otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no han sido escritas en este libro. 31Estas, sin embargo, han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida eterna en su nombre. Estas señales han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios El segundo domingo de Pascua leemos el relato de las apa­riciones de Jesús resucitado a sus discípulos que tuvieron lugar el primer domingo: «Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado…» (Jn 20,19-23) y, a continuación, «Ocho días des­pués», la aparición personal de Jesús a «Tomás, uno de los Doce que no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús» (20,24-29). Jesús se apareció en primer lugar a «los discípulos», quienes tenían las puertas cerradas por el miedo a los Judíos, los salu­dó y, sin más, «les mostró las manos y el costado», sin que se mencione reacción alguna por parte de ellos. «Sus discípulos, entonces, se alegraron de haber visto al Señor.» Son sus discípulos preferidos quienes han reaccionado con gran alegría. Jesús insufló sobre ellos el don del Espíritu Santo, como había hecho Yahveh el día sexto de la creación, cuando modeló al hombre con polvo de la tierra e insufló en sus narices un aliento de vida (Gn 2,7). Jesús acababa así la obra de la creación.   Me fijaré hoy en el Colofón (20,30-31), ya que tiene una variante del Códice Beza que afecta a la finalidad de todo el escrito. Según el texto usual, el objetivo del Cuarto Evangelio sería: «para que lleguéis a creer que Jesús es el Ungido, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.» Según esto, los vv. 30-31 contendrían una declaración de la doble finalidad de la obra, a saber, que la comunidad lectora llegase a creer que Jesús es el Ungido Mesías y, en segundo lugar, que es el Hijo de Dios. Sorprende que, después del fiasco total del proyecto, se haya de creer en Jesús como Mesías de Israel. En cambio, según la versión del Códice Beza, el único objetivo del libro es que la comu­nidad creyente, que había aceptado ya plenamente que Jesús era el Mesías crucificado, dé un nuevo paso y llegue a creer que «Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios», la confesión precisamente que hizo el centurión romano cuando Jesús expiró en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39), en representación del paganismo. Y Beza en ese mismo momento remacha el clavo: «y para que, creyen­do, tengáis vida eterna en su nombre». El texto usual habla solo de «tener vida en su nombre».  Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego autou/autois: 20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discí­pulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24).

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

(679 523) Mt 28,1-10 Códice Beza 28,1Pasado el sábado, cuando resplandecía el primer día de la semana, fue María Mag­dale­na y la otra María a observar el sepulcro. 2De pronto se produjo un gran terremoto: es que un ángel del Señor, que había bajado del cielo, se acercó, hizo rodar la losa y se sentó sobre ella. 3Su aspecto era como de un relámpago y su vestido, blanco como la nieve. 4Atemorizados, los guardias se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. 5El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Dejad de tener miedo vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. 6No está aquí, pues se ha levantado, tal como había dicho. Venid, mirad el lugar donde el Señor[1] había sido puesto. 7 Y ahora id de prisa a decirlo a sus discípulos: “Se ha levantado y os precede a Galilea, allí lo veréis.” Os lo tengo dicho.»[2] 8 Ellas salieron[3] a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a sus discípulos. 9En esto, Jesús fue al encuentro[4]de ellas y las saludó diciendo: «¡Salve!». Ellas se acercaron, se le abrazaron a sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dice: «No tengáis miedo; id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea. Y allí me veréis.»[5] Jesús dice a las mujeres: «anunciad a mis hermanos que se vayan a galilea y allí me veréis» El Domingo de Pascua más extraño e inesperado de mi vida, me encontró confinado en la Ermita de St. Pere de Reixac. Hoy —me decía entonces— no subirá nadie a compartir la Eucaristía. Sin embargo, estaremos en conexión, Carme y yo, con todos vosotros que tenéis el espíritu bien abierto para sintonizar con Jesús resucitado. Esta sintonía no conoce ningún tipo de fronteras, raciales, políticas, religiosas, económicas, ni de conta­gios: es la sintonía del mismo Espíritu que hizo que Jesús se levantara de entre los muertos. Aquella mañana, ‘cuando resplandecía el sol del primer día de una nueva semana’, no fuimos al sepulcro, como hicieron María Magdalena y María, la madre de Jesús, porque aquel sepulcro había quedado vacío para siempre. Pero el mismo ángel del Señor que hizo rodar la losa del sepulcro, hizo rodar la que pesaba sobre nuestras cabezas y se ha sentado sobre ella para impartirnos una lección. Igual que se dirigió a aquellas mujeres espantadas, como portavoz de Jesús resucitado nos serena en estos momentos en que seguimos estresados por tantas y tan malas noticias que no paran de contar muertos o personas infectadas por un virus diminuto que ha cuestionado nues­tras seguridades. Lo mismo que dijo a las mujeres nos lo anuncia también a nosotros: ‘Dejad de tener miedo vosotras, ya sé que buscabais a Jesús, el Crucificado. No está aquí en el sepulcro donde pusieron al Señor’, que también está bien confinado. Tampoco nos dice que ‘vayamos a Galilea’, sino a cualquier lugar de la tierra donde haya gente abierta que esté esperando esta buena noticia. Es preciso que ‘salgamos deprisa’ del mundo de las seguridades tras el cual nos habíamos parapetado, para ‘ir al encuentro’ del otro, como hizo Jesús con las mujeres. Él nos saludará diciendo: «¡Salve!», y nosotros ‘nos acercaremos y abrazaremos sus pies para adorarlo’. ‘No tengáis miedo’, nos repite, iros de este lugar de muerte ‘y anunciad a mis hermanos’, a todas y cada una de las personas con las que conectéis en el espíritu, que «allá me veréis», sin moveros de vuestras casas. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Los códices Sinaítico y Vaticano, con algunos otros manuscritos, omiten «el Señor», y así consta en la edición crítica más moderna, una lección que nos han conservado, en cambio, el Códice Beza y la mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, así como las antiguas versiones latinas y siríacas. En boca del ángel, «el Señor» no se puede referir sino a Yahveh, con quien Jesús se identificaba con frecuencia cuando afirmaba «Yo Soy…», consciente de que él era su representante en la tierra. Les habrá sonado demasiado duro que «el sepulcro» fuera «el lugar donde había sido puesto el Señor», Yahveh. [2] Ver Mt 26,32. [3] Los códices Sinaítico y Vaticano, con otros tres manuscritos mayúsculos, cambian el verbo «salir», muy bien atestiguado por el Códice Beza y por la mayoría de manuscritos, por el verbo «irse», un verbo que no tiene ninguna connotación de éxodo personal, «el éxodo» precisamente que hacen de inmediato María Magdalena y la otra María, la madre de Jesús (ver Mt 27,56.61), distanciándose del sepulcro, por eso de inmediato Jesús «va al encuentro» de ellas. [4] Los mismos manuscritos que han cambiado el verbo «salir» por «irse», consecuentemente cambian el verbo «fue al encuentro» (apêntêsen), que connota voluntariedad y proximidad, por el verbo «salir al paso» (hypêntêsen), más distante. [5] El Códice Beza emplea la misma expresión, «y allí me veréis», que más arriba «un ángel del Señor» había anunciado a María Magdalena y a la madre de Jesús para que lo comunicasen a los discípulos de Jesús, pero ahora Jesús en persona lo repite a las mujeres. En cambio, el texto usual cambia la segunda persona del plural por la tercera, «y allí me verán», refiriéndolo a los discípulos. El machismo ha impuesto sus leyes prontamente en la iglesia primitiva, privándonos de la invitación que Jesús dirigía a las mujeres para que también ellas fuesen a Galilea para verle resucitado. Es el mismo ardid que podemos comprobar en Mc 16,7, donde el Códice Beza ponía en boca del «joven revestido de una vestidura blanca», símbolo del Resucitado, el anuncio que las mujeres habían de repetir a los discípulos de Jesús y a Pedro, en particular, a saber, que les precede a Galilea y que «allí me veréis», expresión esta última que la gran mayoría de manuscritos han cambiado por «allí me verán».

Domingo de Ramos // Mt 26,14-27,66 Códice Beza

(678 522) Mt 27,11-54 Códice Beza 27,11 Jesús compareció ante el gobernador y el gobernador lo interrogó diciendo: «¿Tu eres el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tu lo dices.» 12 Y mientras era acusado por los sumos sacer­dotes y ancianos, no contestó nada. 13Entonces Pilato le dice: «¿No oyes cuantos testimonios gravísimos presentan contra ti?». 14Él no le respondió ni una pala­bra,[1] hasta el punto de que el gobernador se sorprendió muchísimo. 15Por la Fiesta,[2] el gobernador solía conceder a la multitud la libertad de un preso, el que quisieran. 16Tenían entonces un preso famoso, el llamado Barrabas.[3] 17 Una vez ellos se hubieron congregado, Pilato les dijo: «¿Quién queréis que os deje libre, a Barrabás o a Jesús, el llamado Ungido?». 18Es que sabía que lo habían entregado por envidia. 19 Estando él sentado en el tribunal, su mujer le envió a decir: «Desentiéndete del caso de este justo, porque hoy, en sueños, he sufrido mucho por su causa.» 20 Pero los sumos sacerdotes y los ancianos habían convencido a las multitudes, a fin de que reclamasen a Barrabás e hicieran perecer a Jesús. 21Así que el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os deje libre?». Ellos respondieron: «¡A Barrabás!». 22 Pi­lato les preguntó: «¿Qué vamos a hacer,[4] pues, con Jesús, el llamado Ungido?». Todos dijeron: «¡Que sea cruci­ficado!». 23El gobernador les replicó: «Pero ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaron aún con más fuerza diciendo: «¡Que sea crucificado!». 24Cuando Pilato se dio cuenta de que todo era inútil y que, al contrario, se iba formando un alboroto, pidió agua y se lavó las manos de cara a la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Vosotros veréis.» 25 Y, en respuesta, todo el pueblo dijo: «¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». 26Entonces les soltó a Barrabás; a Jesús, en cambio, después de hacerlo azotar, se lo entregó para que lo crucificaran. 27Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús dentro del pretorio y congre­garon a su alrededor a toda la cohorte. 28Lo vistieron con una vestimenta de púrpura y una clámide de color escarlata le pusieron encima;[5] 29 después trenzaron una corona de espi­nas y se la pusieron sobre la cabeza y, en la mano derecha, una caña. Arro­dillándose delante de él, se mofaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!», 30 le escupieron en la cara, tomaron la caña y le pega­ban en la cabeza. 31Acabada la befa, le quitaron la clámide, le pusieron sus vestidos y se lo llevaron para crucificarlo. 32Al salir, encontraron a un hombre cirenense que venía al encuentro de él, de nombre Simón;­[6] a este, lo forzaron a llevar su cruz. 33Cuando llegaron a un lugar que se llama Gólgota, que es «el Lugar de la Calavera», 34 le dieron de beber vino mezclado con hiel; lo probó y no lo quiso beber. 35Después de crucificarlo, se repartieron sus vestidos, echándolos a suerte. 36Y se quedaron sentados allá custodiándolo. 37Sobre su cabeza habían puesto escrita la causa de su condena: «este es jesús, el rey de los judíos.» 38 Al mismo tiempo crucifican con él a dos malhechores, uno a la derecha y el otro a la izquierda. 39Los que pasaban por allí le injuriaban, moviendo la cabeza 40 y diciendo: «¡Ah, tu que ibas a destruir el Santuario y reconstruirlo en tres días, sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». 41De forma semejante también los sumos sacerdotes, junto con los letrados y fariseos, hacían mofa diciendo: 42 «A otros ha salvado, a sí mismo no se puede salvar. Es rey de Israel; ¡que baje ahora de la cruz y le creeremos! 43Si tiene puesta su confianza en Dios, ¡que le libre ahora, si tanto lo quiere, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”!». 44De la misma manera le insultaban también los malhechores que estaban cruci­ficados con él. 45Desde la hora sexta, se hizo tiniebla sobre toda la tierra hasta la hora nona. 46Hacia la hora nona, clamó Jesús con voz muy fuerte: «Elí, Elí, ¿lema sabactani?», esto es, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». 47Algunos de los allí presentes, al oírlo iban diciendo: «Este llama a Elías.» 48 Y enseguida, uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le daba de beber. 49Pero los otros decían: «Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarlo.»[7] 50 Pero Jesús, habiendo grita­do nuevamente con voz muy fuerte, exhaló el espíritu. 51Entonces la cortina del Santuario se rasgó en dos partes, de arriba a abajo; la tierra tem­bló y las rocas se quebraron, 52 las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto se levantaron, 53 y habiendo salido de las tumbas, después de su resurrección fueron a la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. 54El centurión y los que en compañía suya custodiaban a Jesús, viendo el terremoto y lo que estaba pasando, tuvieron muchísimo miedo e iban diciendo: «Verdaderamente este era Hijo de Dios.» Los soldados se mofaron de Jesús: «¡salve, rey de los judíos!», y Poncio Pilato lo entronizó para siempre en la cruz Me centraré en la segunda parte de la Pasión según Mateo, limitándome a comentar algunas variantes textuales. El nombre del gobernador romano, ‘Poncio’, no se menciona aquí en los principales mss., pero Lucas lo nombrará dos veces (Lc 3,1; Hch 4,27). Al término del interrogatorio de Pilato, plagado de acusaciones gravísimas de los sumos sacerdotes y ancianos contra Jesús, este (según remarca el Códice Beza) «no le respondió ni una palabra»; el texto usual lo especifica: «no le respondió nada a ninguna acusación». La única respuesta que Jesús dio a Pilato cuando este le preguntó: «¿Tu eres el rey de los judíos?» es ambigua e incluye una cierta reserva: «Tu lo dices.» Pilato lo entenderá en sentido afirmativo, en el ámbito político; Jesús lo asume, pero lo entendió diversamente a partir de la

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