Sagrada familia: Jesús, María y José

Mt 2,13-15.19-23 Códice Beza (665 509) Evangelio acturalizado según el Códice Beza // Josep Rius-Camps Sagrada Familia: Jesús, María y José Mt 2,13-15.19-23 Códice Beza 2,13 Cuando los magos se hubieron retirado, he aquí que el ángel del Señor se aparece en sueños a José diciendo: «Levántate, toma al muchacho (a) y a su madre, y huye a Egipto y quédate allí hasta que te lo diga yo, porque Herodes buscará al muchacho para matarlo». 14 Habiéndose desvelado, tomó al muchacho y a su madre de noche y se fue a Egipto 15 y se quedó hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». 19 Muerto Herodes, he aquí que el ángel del Señor se aparece en sueños a José en Egipto 20 diciendo: «Levántate, toma al muchacho y a su madre y vete al país de Israel, que ya han muerto los que atentaban contra la vida del muchacho. 21 Habiéndose desvelado, tomó al muchacho y a su madre y se fue al país de Israel. 22 Al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Así que, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea 23 y fue a residir a una ciudad llamada Nazaret, de manera que se cumpliera lo que fue dicho por medio de los profetas: «Le llamarán Nazoreo» (b). José, advertido por el ángel en sueños, rememora el éxodo de Egipto Tanto el relato de la ida a Egipto de la familia de Jesús como el del retorno a Israel, Mateo los ha enmarcado con una aparición del ángel del Señor «en sueños» a José, situándolos así en un mundo utópico y, a la vez, relacionándolos con el relato de la visión nocturna de Jacob, a quien Dios ordenó ir a Egipto, asegurándole que «Yo mismo iré contigo a Egipto y te haré volver» (Gn 46,2-4). El domingo pasado comprobamos cómo el ángel del Señor se presentaba a José también en un estado de somnolencia espiritual para que tomara a Mariam, su esposa, en su casa y no la repudiase en privado (1,20-21). El evangelista nos instruye sobre el adolescente Jesús, el cual, antes que fuera ungido como el Mesías de Israel, debería hacer el éxodo a la inversa del que había hecho el pueblo judío, yendo de nuevo a Egipto siguiendo las huellas del patriarca Jacob, y volver a Israel después de la muerte de Herodes. Estos relatos no se han de leer como hechos históricos, sino como enseñanzas que revelan la manera como Dios guía a las personas liberándolas de las manos de los poderosos de todos los tiempos (Babilonia, Persia, el Faraón, Herodes…). La retirada y la estancia del muchacho Jesús en Egipto darán cumplimiento, según precisa Mateo, a la profecía de Oseas: «Cuando Israel era un muchacho lo amé, de Egipto llamé a mi hijo». Mateo cita tan solo la segunda parte, pero yo la he aducido en extenso porque, según el Códice Beza, las cinco veces en que Mateo hablará aquí del niño Jesús lo calificará como «el muchacho» (ton paida, que en griego designa a un adolescente entre 7 y 14 años): «toma al muchacho y a su madre», y no como «al niño» (to paidion, en griego), como encontramos en todos los otros manuscritos. Una vez llegados ya a Israel, al enterarse José de que Arquelao reinaba en Judea, tuvo miedo de ir allí. Una vez más, «avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea y fue a residir a una ciudad llamada Nazaret», en cumplimiento del oráculo de los profetas: «Le llamarán Nazoreo». Notas: (a) Cinco veces el Códice Beza lee pais, «muchacho», «siervo», «esclavo», un término empleado para designar a un muchacho entre 7 y 14 años, diferente de paidion, «niño pequeño», «pequeño criado», término que utilizan todos los otros manuscritos. El Códice Beza pone en boca de los magos y del ángel el término «muchacho», que evoca el conocido pasaje de Is 42,1 LXX: «Jacob, mi siervo, a quien yo sostengo; Israel, mi elegido, en quien se ha complacido mi alma», y que Lucas referirá con frecuencia a Jesús (cf. Lc 1,54; Hch 3,13.26; 4,25.27.30); en cambio, en boca de Herodes o de los que atentaban contra el niño emplea el esperado paidion, «niño pequeño». (b) «Nazaret», Nadsôraios, es una transcripción del arameo nasraya, derivado del nombre del lugar «Natzaret» (Nasrath). No se ve claramente que Mt haga alusión aquí a un oráculo profético; se puede pensar en Is 11,1 por la asonancia entre la palabra hebrea que significa «retoño» y Nazareo.

Domingo II de Adviento

(661 505) Mt 3,1-12 Códice Beza 3,1Por aquellos días se presentó Juan, el Bautista, proclamando en el desierto de Judea   2 y diciendo: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los cielos.» 3 Este, en efecto, es aquel de quien habla el profeta Isaías cuando dice: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanadle sus senderos.» 4 Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero entorno de sus lomos; su alimento era de langostas y miel silvestre. 5Acudía entonces junto a él gente de Jerusalén, toda la Judea y toda la región circundante del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el Jordán, a medida que confesaban sus pecados. 7Pero viendo él que muchos de los fariseos y saduceos venían a su bautismo, les dijo: «¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escaparos del juicio inminente? 8Dad, pues, un fruto digno de conversión, y no os fieis diciendo en vuestro interior: “¡Tenemos por padre a Abraham!”; porque yo os digo que Dios puede de estas piedras suscitar hijos a Abraham. 10Ya está puesta el hacha a la raíz de los árbo­les: todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. 11Yo, por mi parte, os bautizo con agua, pero el que viene[1] es más fuerte que yo, de quién no soy digno de llevarle las sandalias: él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 12Ya tiene en su mano el bieldo para ventar la batida; reunirá su trigo en el granero,[2] pero la paja la quemará con un fuego que no se apaga.» ¡Raza de víboras! no os podréis escapar del juicio inminente Por estos días nuestros se presenta también Juan proclamando un bautismo de conversión en el desierto de nuestra sociedad de consumo y recuerda a los olvidadizos que ya «ha llegado el Reino de los cielos». ¿Pero dónde está? ¿Dónde se hace palpable su llegada? ¿En los templos y rascacielos de los poderosos que intentan tocar el cielo? Por eso su clamor continúa resonando «en el desierto», para que «preparemos el camino al Señor y le allanemos los senderos», hoy más que nunca llenos de obstáculos interpuestos por nosotros mismos y de todo tipo de fronteras que hemos levantado para aislarnos de los que huyen de las guerras y de la miseria, en pateras o a pie y descalzos. Juan intenta sacudir nuestras conciencias adormiladas, insensibles al clamor de los marginados. Pero atención, no nos fiemos diciéndonos también nosotros que «¡Tenemos por padre a Abraham!», incapaces de ver como Dios, «de las piedras» de nuestras seguridades occidentales, continúa suscitando «hijos a Abraham», gente de todos los colores y todo tipo de voluntarios. Ya hace tiempo que «el hacha está puesta a la raíz de los árboles» que no dan buen fruto, para que puedan germinar y crecer frutos de solidaridad de tanta gente sencilla que abren la mano y se presentan en las situaciones más insospechadas. A Juan le hicieron callar, decapitándolo, porque molestaba a los poderosos. Al Señor, que él anunciaba, lo colgaron de un patíbulo para que apareciese a los ojos de la historia como un sedicioso que se había alzado contra el Imperio. Pero aquella muerte tan ignominiosa no lo ha podido retener, y él se ha levantado de entre los muertos con la fuerza de su Espíritu. Juan continúa pregonando que él nos «bautizará en Espíritu Santo y fuego» y nos invita, así, a hacer la misma experiencia liberadora que hizo él «congregando su trigo en el granero» abierto a todos los pueblos y «quemando la paja» de tanta hojarasca mediática que nos impide ver la realidad. Ojalá que «no se apague nunca el fuego» que arde en los corazones de tantas y tantas personas conscientes. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El texto alejandrino añade «detrás de mí», como hace Mc 1,7. [2] El Códice Vaticano lee «en su granero», dando a entender que hay otros muchos «graneros». Los códices Beza y Sinaítico hablan de un único «granero», donde el Mesías había de reunir todas las naciones.

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