Domingo XVII del tiempo ordinari // Mt 13,44-52 Códice Beza

(694 538) Evangelio acturalizado según el Códice Beza // Josep Rius-Camps Mt 13,44-52 Códice Beza 13,44 «El Reino de los cielos es semejante (a) a un tesoro escondido en un campo que alguien, al encontrarlo, lo esconde otra vez y, por la alegría que le entra, se va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. 45 Nuevamente, el Reino de los cielos es semejante a un hombre mercader que busca perlas finas; 46 habiendo encontrado una perla de gran valor, se marchó, vendió lo que tenía y la compró. 47 Nuevamente, el Reino de los cielos es semejante a una red lanzada al mar y que congregó peces de toda especie. 48 Pero cuando se hubo llenado, tiraron de ella hasta la playa, se sentaron y escogieron los mejores en los cestos; los malos, en cambio, los echaron fuera. 49 Así será al fin del mundo (b): saldrán los ángeles, separarán los malvados de entre los justos 50 y los echarán al horno de fuego; allá habrá el llanto y el rechinar de dientes. 51 ¿Habéis comprendido todo esto?». Le dijeron: «Sí». 52 Él les dice: «Por eso, todo escriba que se ha hecho discípulo en el Reino de los cielos se asemeja a un hombre cabeza de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas». El Reino de los cielos es semejante a algo muy valioso escondido en el corazón humano Mateo continúa la enseñanza mediante parábolas con dos más que no necesitan explicación y una tercera que explica brevemente. Por lo que se deduce del conjunto de seis parábolas, las dos que explica Jesús en privado a los discípulos —la del trigo y la cizaña, y la de la red repleta de peces buenos y malos— hacen referencia a graves situaciones conflictivas que han surgido en el seno de la comunidad mateana y que la podrían poner en peligro. El evangelista es muy prudente y aplaza simplemente la clarificación entre justos y malvados «al fin del mundo». En un principio, su enseñanza constaba tan solo de las cuatro parábolas positivas: la pareja hombre-mujer, que manipula el grano de mostaza y el fermento, y el dúo alguien-un hombre mercader, que adquiere el tesoro y la perla de gran valor. Son de por sí tan evidentes que tan solo se requiere que quien las recibe «tenga oídos para escuchar»: tanto la mostaza y el fermento como el tesoro y la perla de gran valor ilustran a la perfección la manera sencilla como Jesús entendía que se debía construir el Reino de Dios. «Escuchar» quiere decir activar la capacidad de acoger cosas nuevas, tener una actitud de búsqueda constante para encontrar el tesoro escondido o para reconocer, entre las muchas perlas, aquella que tiene gran valor y que permanecía escondida. El Reino de Dios no es para las masas, sino para las personas que dan frutos abundantes, treinta, sesenta, ciento por uno, sin importar para nada la cantidad, y que saben descubrir los valores del Reino. La pregunta que Jesús hace al final: «¿Habéis comprendido todo eso?», aunque la enseñanza en parábolas iba dirigida primariamente a las «multitudes numerosas» que lo escuchaban desde la playa, la formula ahora a los discípulos que lo escuchan en «la comunidad». Mateo, el escriba judío asentado en su cátedra heterodoxa, a quien Jesús llamó e invitó al seguimiento, «se ha hecho discípulo» suyo y saca «de su tesoro cosas nuevas y viejas», administrando las riquezas de la Alianza, vieja (Antiguo Testamento) y nueva (Nuevo Testamento). Notas: (a) La fórmula que encabeza las seis semejanzas es, más o menos, la misma: «El Reino de los cielos se asemeja/es parecido a…». Ahora bien, tanto la primera como la última que enmarcan todas las demás requieren explicación. La del trigo y la cizaña es explicada por Jesús a los discípulos cuando «deja las multitudes y se fue a la casa/comunidad»; la de la red de peces es interpretada alegóricamente al final de toda la exposición. Entonces pregunta a los discípulos: «¿Habéis comprendido todo eso?» y estos responden con un «sí» rotundo. El evangelista cambia adrede —siempre según el Códice Beza— los verbos en pasado por un verbo en presente: «Él les dice», poniendo énfasis así en lo que sigue. De una manera muy fina, Mateo pone su rúbrica, identificándose con el «escriba» judío que regentaba una cátedra heterodoxa, desde el punto de vista de sus colegas, que lo tildaban despectivamente de «recaudador de tributos» (cf. Mt 9,9) y que, una vez ya «se ha hecho discípulo» de Jesús, pone a disposición de la comunidad creyente su capacidad de administrar la gran riqueza de la Escritura antigua y de ampliarla con la novedad del Reino de Dios preconizado por Jesús. (b) La misma diferencia que observamos el pasado domingo entre «creación», en general, y «creación del mundo», de nuestro mundo o planeta tierra (13,35), la reencontramos hoy donde casi todos los manuscritos hablan de «el fin del tiempo o eón», de todo el universo creado, mientras que el Códice Beza precisa que se trata tan solo de «el fin del mundo», de nuestro mundo o planeta azul. En la tradición manuscrita se observa una tendencia a magnificarlo todo, a la ampulosidad.
Domingo XVI del tiempo ordinario // Mt 13,24-43 Códice Beza

(693 537) Mt 13,24-43 Códice Beza 13,24 Jesús les propone otra parábola diciendo: «El Reino de los cielos se asemeja a un hombre que siembra buena semilla en su propio campo. 25Mientras dormían los hombres, llegó su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 26Cuando brotó la hierba y produjo fruto, entonces apareció la cizaña. 27Los sirvientes del amo de casa lo fueron a buscar y le dijeron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es, pues, que hay cizaña?”. 28Él les dijo: “Un hombre enemigo lo ha hecho.” Le dicen los sirvientes: “¿Quieres que vayamos a recogerla?”. 29Les dice: No, no sea que, al recogerla, arranquéis también juntamente el trigo con la cizaña. 30Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y en el tiempo de la siega, diré a los segadores: “Recoged primero la cizaña y quemadla; el trigo, en cambio, recogedlo en mi granero.”» 31Les propuso aún otra parábola diciendo: «El Reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que un hombre cogió y sembró en su campo. 32Esta es ciertamente la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es más grande que las hortalizas y llega a ser un árbol, hasta al punto que llegan los pájaros del cielo y hacen nido en sus ramas.» 33Otra parábola[1]: «El Reino de los cielos se asemeja a un fermento que una mujer tomó y ocultó en tres medidas de harina, hasta que todo haya fermentado.» 34De todo eso Jesús habló en parábolas a las multitudes, y sin parábolas no les hablaba, 35 para que se cumpliera el oráculo del profeta: «Abriré en parábolas mi boca, proclamaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.[2]» 36Entonces dejó a las multitudes y se fue a su comunidad; se le acercaron los discípulos diciéndole: «Explícanos[3] la parábola de la cizaña del campo.» 37 Él respondió diciendo: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; 38 el campo es el mundo; la buena semilla son estos, los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; 39 el enemigo que la ha sembrado es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. 40De la misma manera, pues, que recogen la cizaña y la queman en el fuego, así será al fin del mundo. 41El Hijo del hombre enviará a sus ángeles y recogerán de su Reino todos los escándalos y a los autores de la iniquidad 42 y los lanzan a la fragua de fuego; allí habrá llanto y rechinar de dientes. 43Entonces los justos brillarán[4] como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos para escuchar, que escuche.» Hablando a base de semejanzas, Jesús va más a fondo que nuestro lenguaje racional A continuación de la parábola propedéutica de los seis terrenos, tres negativos y tres positivos, Mateo presenta toda una serie de semejanzas destinadas a las multitudes donde Jesús les propone los trazos más característicos del Reino de Dios. El próximo domingo leeremos otras tres. Mateo abre esta primera serie con la semejanza de la cizaña y la cierra con su explicación a sus discípulos en el seno de la comunidad. Parábola de la cizaña y explicación enmarcan las dos breves semejanzas que es encuentran en el centro, una en masculino, la del grano de mostaza que un hombre sembró en su campo, y otra en femenino, la de la levadura que una mujer ocultó dentro de tres medidas de harina hasta que todo ha fermentado. Con Marcos tiene en común tan solo la semejanza de la mostaza; la de la levadura es de cosecha propia, a fin de situar como parábolas centrales las que resulten del trabajo del hombre en el campo y de la mujer en la casa. La primera acentúa la pequeñez y sitúa el Reino de Dios en el ámbito familiar, cuando la mayoría de sus oyentes y de los dirigentes judíos hablaba del reino davídico que sería inexpugnable. El esplendor de nuestras construcciones religiosas, las basílicas imperiales, no se avienen con las hortalizas de mi huerto. La segunda pone a la mujer en el mismo nivel que al hombre en la construcción del Reino. En las ramas del árbol que surgirá del grano de mostaza harán nido las personas libres. De la levadura que la mujer ha escondido dentro de tres medidas (tridimensionalidad) surgirán las personas que conscientemente han activado este fermento y han ofrecido pan a todos los hambrientos de la tierra. Jesús se sirve de las semejanzas para «proclamar lo que estaba escondido desde la creación del mundo», una variante atestiguada por el Códice Beza y por muchísimos manuscritos y versiones antiguas, que nos hace aterrizar en nuestro planeta azul tan maltratado por las ambiciones de los poderosos de la tierra y que Jesús, sirviéndose de semejanzas, intenta también hoy que recuperemos en su sentido original. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El Códice Vaticano y la mayoría de manuscritos añaden: «les habló»; omiten D y algunas antiguas versiones latinas y siríacas. [2] La edición crítica de Nestle-Aland, que se ha impuesto entre los biblistas, pone entre corchetes [kósmou, «del mundo»], por considerar que, a pesar de su buena atestación manuscrita, se debería considerar pleonástica. Sin embargo, no es lo mismo hablar de lo que «estaba oculto desde la creación», en general, que «desde la creación del mundo», de nuestro mundo, donde Dios ha mantenido oculto todo eso hasta la venida de Jesús. [3] La parte más antigua de la tradición manuscrita, conservada por el Códice Beza y la gran mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, avalada por las antiguas traducciones latinas, presentan el imperativo del verbo phrazein, «explícanos», mientras que los códices Vaticano y Sinaítico y algunos otros, junto con la traducción tardía de la Vulgata, prefieren el imperativo del verbo diasaphein, «muéstranos claramente». [4] La tendencia que hemos observado en la nota anterior, el paso de la forma verbal simple, phrazein, a la compuesta, dia-saphein, se
Domingo XV del tiempo ordinario // Mt 13,1-23 Códice Beza
(692 536) Mt 13,1-23 Códice Beza 13,1Aquel día, Jesús salió[1] y se sentó junto al mar. 2 Se congregaron hacia él multitudes numerosas, hasta el punto de tener que subir él a la barca[2] y sentarse en ella, mientras toda la multitud permanecía en pie sobre la playa. 3Él les habló largamente en parábolas diciendo: «He aquí que salió el sembrador a sembrar. 4Mientras él sembraba, una parte de las semillas cayó al margen del camino[3] y vinieron los pájaros y las devoraron. 5Una parte cayó en el pedregal, donde no había mucha tierra, e inmediatamente[4] germinó por el hecho de no tener profundidad la tierra; 6 cuando salió el sol se abrasaron y, por el hecho de no tener raíces, se secaron. 7Otra parte cayó entre las zarzas, y las zarzas crecieron y las ahogaron. 8Otra parte cayó sobre la tierra buena, e iba dando fruto, una cien, otra sesenta, otra treinta. 9El que tenga oídos para oír,[5] que oiga.» 10Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». 11Él, en respuesta, les dijo: «Porque a vosotros ha sido dado conocer los misterios del Reino de los cielos; a ellos, en cambio, no les ha sido dado. 12Porque a quien produce se le dará hasta que le sobre, mientras que a quien no produce se le quitará incluso lo que tiene.» 13Por esta razón les habla él[6] en parábolas: a fin de que, por más que miren, no vean y por más que oigan, no escuchen ni comprendan, no fuera caso que se convirtiesen. 14 Entonces se cumplirá sobre ellos la profecía de Isaías que decía: «Ve y di al pueblo éste:[7]Por más que oigáis, no comprenderéis,por más que miréis, no veréis;15 se ha embotado el corazón del pueblo éste,se han endurecido sus oídosy han cerrado los ojos,con tal de no ver con los ojos,ni oír con los oídos,ni comprender con el corazón,ni convertirse,y que yo los pueda curar» (Is 6,9-10 lxx). 16 «Dichosos son, pues, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. 17 En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que estáis viendo vosotros y no lo pudieron ver, y oír lo que estáis oyendo vosotros y no lo oyeron. 18Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. 19A todo aquel que oye la palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que ha sido sembrado en sus corazones: este es el caso de lo que se ha sembrado al margen del camino. 20Lo que se ha sembrado sobre el pedregal, este es del que escucha la palabra y en seguida con alegría la acoge, 21 pero no tiene raíces dentro de él, sino que es inconstante, y cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, en seguida se escandaliza. 22Lo que se ha sembrado entre las zarzas, este es el que escucha la palabra, pero la preocupación secular y la seducción de la riqueza asfixia la palabra y devine infructífero. 23Finalmente, lo que se ha sembrado sobre la tierra buena, este es el que oye la palabra y la comprende: entonces da fruto y produce, uno cien, otro sesenta, otro treinta.» La semilla y la tierra son buenas: que den fruto depende del oyente En la escena hay tres elementos articulados en el Códice Beza: el mar, la barca y la tierra buena: «el mar» es indicativo del éxodo que emprende Jesús a fin de distanciarse de «las numerosas multitudes que se congregaron hacia él»; «la barca» es el lugar donde puede enseñar a la comunidad de discípulos, sin interferencias ajenas; «la tierra buena» es el lugar donde la semilla puede producir frutos abundantes, «cien, sesenta, treinta», tres actitudes positivas que contrastan con otras tres negativas: el margen del camino, el pedregal, las zarzas. Conocida como la Parábola del sembrador, se debería titular Parábola de los seis terrenos. Ni el sembrador ni la semilla son importantes: lo que es determinante es la actitud del oyente. La acción del sembrador es fundamental, porque es él quien tiene las semillas y las va sembrando por todas partes. En cambio, toda la responsabilidad radica en el que recibe la semilla. Si se mantiene «al margen del camino» de Jesús, «el Maligno arrebatará lo que ha sido sembrado en sus corazones», y no llegará ni siquiera a germinar. Si cae sobre el pedregal, sin haber quitado las piedras y puesto estiércol, germinará en seguida, «por el hecho de no tener profundidad la tierra», pero a la más mínima «tribulación o persecución por causa de la palabra», sucumbirá de inmediato. Si cae sobre las zarzas, las preocupaciones seculares y las seducciones de las riquezas la ahogarán, permanecerá infructífera. Tres situaciones negativas representan todas las posibles (tridimensionalidad). Pero hay también tres situaciones positivas, cuando las semillas caen «en la tierra buena», a las cuales no hemos prestado atención, porque no cuentan en ellas los números. Todas ellas dan fruto: unas al ciento por uno, otras al sesenta y otras al treinta. Lo que importa es dar fruto, y los frutos son siempre para los demás. Beza conserva el encabezamiento de la profecía de Isaías: «Ve y dile al pueblo éste: Por más que oigáis…» Es posible que quien lo suprimió se haya sentido aludido por este tono tan despectivo… Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Según el texto usual, Jesús salió «de la casa/comunidad», sin que se haya hecho ninguna referencia a ella anteriormente. El Códice Beza, las antiguas versiones latinas y la siro-sinaítica ponen énfasis en la acción de «salir», sin ningún otro complemento, indicio claro de éxodo. [2] El Códice Beza determina esta barca, donde Jesús «sentado en la barca», como en una cátedra de enseñanza, instruye a sus discípulos, lejos del ruido de «toda la multitud que permanecía en pie sobre la playa». Se trata de «la barca» de los Doce. [3] La expresión griega para tên hodon (Mt, Mc y Lc, los tres Sinópticos dos veces), más que «au
Domingo XIV del tiempo ordinario // Mt 11,25-30 Códice Beza

(691 535) Mt 11,25-30 Códice Beza 11,25En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Te enaltezco, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes, y las has revelado a los sencillos. 26 Sí, Padre, porque así ha sido objeto de beneplácito[1] en tu presencia. 27Todo me ha sido entregado por mi Padre, y ninguno conoce bien al Hijo sino el Padre ni al Padre ninguno le conoce bien sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28Venid a mí todos los que os sentís cansados y que estáis sobrecargados,[2] y yo os daré reposo. 29Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo para vuestras almas: 30 porque mi yugo es suave y mi carga, ligera.» Venid a mi todos los que os sentís cansados y que estáis sobrecargados, y yo os daré reposo Encontrándose Juan Bautista en la prisión de Herodes, al oír hablar de las obras realizadas por Jesús, le ha enviado unos mensajeros preguntándole: «¿Eres tú el que ha de obrar el cambio o hemos de esperar a otro?». Jesús responde no con palabras sino enumerándole las obras liberadoras que acaba de obrar en presencia de ellos. A pesar de las dudas que Juan abrigaba, el elogio que hace de él es contundente: «No se ha alzado entre los nacidos de las mujeres ninguno más grande que Juan, el Bautista» (11,11), así como, al contrario, la denuncia de la generación presente. Hoy leemos, a manera de colofón, la reacción anímica de Jesús en forma de reconocimiento a su Padre: «Te enaltezco, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes, y las has revelado a los sencillos.» Jesús invierte la valoración que hace de las personas la sociedad dominada por los poderosos y pone en primer plano a «los sencillos». No se puede traducir por niños, ya que son personas capacitadas para ser objeto de una revelación, revelación que permanece escondida a los prepotentes. Seguidamente, lo recalca: «Sí, Padre, porque así ha sido objeto de beneplácito en tu presencia.» La inversión de los valores que él propugna ha sido objeto de aprobación por parte de Dios. En dos líneas llenas de contenido revela la íntima relación que se ha establecido entre él, «el Hijo», y Dios, «el Padre», hasta el punto de que, a partir de ahora, tan solo tenemos acceso al Padre por medio de la revelación que nos hace su Hijo. A partir de él, todos los intermediarios, la Ley, Moisés, Juan… sobran. A continuación exclama con una llamada dirigida a los despreciados por la sociedad: «Venid a mi todos los que os sentís cansados y que estáis sobrecargados, y yo os daré reposo. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera.» La llamada se deja sentir también hoy en el seno de todas las iglesias. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Con un ligero cambio de orden, el texto usual pone el acento en la «complacencia», mientras que el Códice Beza, con muchos otros manuscritos, pone de relieve el momento en que la inversión de valores que Jesús propugna «ha sido objeto del beneplácito» de Dios. [2] Con el perfecto perifrástico, el Códice Beza resalta el estado de sobrecarga que pesa sobre los pequeños y sencillos, abrumados por tantas leyes y preceptos emitidos por los poderosos. Notad el contraste entre la construcción perifrástica, «estáis sobrecargados» por la enseñanza legalista del judaísmo contemporáneo y las observancias farisaicas que les recargan aún más y «la carga ligera» que, juntamente con «el yugo suave», describen la enseñanza liberadora de Jesús.
Domingo XIII del tiempo ordinario // Mt 10,37-42 Códice Beza
(690 534) Mt 10,37-42 Códice Beza «10,37 «Quien quiere a padre o madre más que a mí, no es digno de mí.[1] 38 Y el que no toma su cruz y sigue detrás de mí, no es digno de mí. 39Quien haya encontrado su vida, la perderá; pero quien haya perdido su vida por mi causa, la encontrará. 40Quien os acoge, a mí me acoge, y quien a mí acoge, acoge al que me ha enviado. 41Quien acoge a un profeta por ser un profeta, recompensa de profeta recibirá[2] 42 y quien dé de beber a uno de estos los más pequeños[3] un vaso de agua fresca por ser un discípulo, en verdad os digo: no perderá nunca su recompensa.» Quien dé de beber a uno de estos los más pequeños, no perderá nunca su recompensa Continuamos la instrucción que Jesús dirige a los Doce antes de enviarlos en misión a Israel. La primera disposición es muy exigente: «Quien quiere a padre o madre más que a mí, no es digno de mí.» La fidelidad de sus amigos debe estar por encima de la familia patriarcal o matriarcal. La segunda aún es más rigurosa: «Quien no toma su cruz y sigue detrás de mí, no es digno de mí.» Más adelante, cuando les hable de su muerte inminente, será aún más categórico: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que reniegue de sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). En la tercera disposición: «Quien haya encontrado su vida, la perderá; pero quien haya perdido su vida por causa mía, la encontrará», el verbo «encontrar» se ha de entender, la primera vez, con el matiz de «ganar, obtener, procurarse», orientando su vida hacia la ganancia y el éxito personal (ver también 16,25). La cuarta hace referencia al tema de la acogida: «Quien os acoge, a mí me acoge, y quien a mí acoge, acoge al que me ha enviado», anticipando dos veces el pronombre «a mí», poniendo el énfasis así en la acogida de su persona, y lo hace extensivo al Padre que lo ha enviado. Seguidamente extiende el tema de la acogida a los miembros más débiles de la comunidad, a los profetas, probablemente itinerantes: «Quien acoge a un profeta por ser un profeta, recompensa de profeta recibirá», y sobre todo a los discípulos más pequeños, por haber renunciado a todo tipo de poder, que forman parte de la comunidad poniéndose al servicio de los demás: «Quien dé de beber a uno de estos los más pequeños un vaso de agua fresca por ser un discípulo, en verdad os digo: no se perderá nunca su recompensa.» El Códice Beza, lo enfatiza con el uso del superlativo, «estos los más pequeños». Jesús muestra una predilección especial por «los más pequeños». Más adelante, cuando los Doce discutirán entre ellos sobre quién es el más importante, les pondrá como modelo «los pequeños criados» y les advertirá severamente sobre el peligro de escandalizarlos (18,1-10). Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos, salvo los códices Beza y Vaticano, añaden «y quien quiere a hijo o hija más que a mí, no es digno de mi», a fin de completar el paralelismo de los miembros que configuran la familia y, a la vez, constituir una tríada con el dicho que viene a continuación (triple repetición de «no es digno de mi»). [2] El Códice Vaticano y la mayoría de manuscritos añaden: «y quien acoge a un justo por ser un hombre justo, recompensa de justo recibirá», consiguiendo formar así una segunda tríada (repetición de la construcción «por ser uno…» y de la mención de la «recompensa»). [3] La frase «uno de estos los más pequeños» realza al máximo, con el superlativo, los miembros más insignificantes de la comunidad que Jesús, adrede, propone a los Doce líderes del grupo como modelo. El texto usual minimiza la insignificancia, «uno de estos pequeños» al reducirlos a bebés o niños pequeños.
Domingo XII del tiempo ordinario // Mt 10,26-33 Códice Beza

(689 533) Mt 10,26-33 Códice Beza 10,26No tengáis miedo de todos ellos[1], porque no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni nada escondido que no se haya de saber; 27 lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz, y lo que escucháis al oído, id a proclamarlo por los terrados; 28 y no tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden inmolar[2] el alma; antes bien tened miedo de aquel que puede hacer perder en la gehena tanto el alma como el cuerpo. 29 ¿No se venden dos gorriones por diez céntimos?, y ninguno de ellos cae en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre; 30 más aún, incluso todos los cabellos de vuestra cabeza están contados. 31Por tanto, dejad de tener miedo, vosotros valéis más que muchos pardillos. 32A todo aquel, pues, que me reconozca ante los hombres, también yo le reconoceré ante mi Padre que está en los cielos; 33 pero a quien me niegue ante los hombres, también yo le negaré ante mi Padre que está en los cielos. No tengáis miedo de los que matan el cuerpo,pero no pueden inmolar el alma Jesús acaba de elegir a los Doce, a fin de desarrollar la función que el Padre le había encomendado de ser el Mesías que había de reunir las doce tribus de Israel. Les advierte que sufrirán persecuciones a causa de la manera en cómo él está decidido a llevar a término su encargo. La invitación a la confianza que les da es válida también para nosotros en unos momentos en que el desconcierto se ha apoderado de una humanidad que hasta ahora vivía tan orgullosa y confiada en sus instituciones y en sus algoritmos. En el breve espacio de ocho versículos aparece cuatro veces la invitación a «no tener miedo». Les tres primeras, con una construcción que mira al futuro: «No tengáis miedo de todos ellos», de aquellos que «os entregarán a los tribunales del sanedrín y os azotarán en sus sinagogas» (v. 17); «no tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden inmolar el alma; antes bien tened miedo de aquel que puede hacer perder en la gehena tanto el alma como el cuerpo». La primera motivación, la fundamenta mediante cuatro referencias a las instrucciones que les acaba de impartir en privado y que a partir de ahora lo deberán proclamar: «porque no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni nada escondido que no se haya de saber; lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz, y lo que escucháis al oído, id a proclamarlo por los terrados». La segunda es muy liberadora: en nombre de su religión pueden mataros, pero vuestra vida no la pueden inmolar en sacrificios. La tercera es una advertencia: «antes bien tened miedo de aquel que puede hacer perder en la gehena tanto el alma como el cuerpo». La cuarta invitación, en cambio, mira al presente. Para avalarla, recurre a dos comprobaciones con las que les invita a confiar totalmente en el Padre: «¿No se venden dos gorriones por diez céntimos?, y ninguno de ellos cae en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre; más aún, incluso todos los cabellos de vuestra cabeza están contados. Por tanto, dejad de tener miedo, vosotros valéis más que muchos pardillos.» Y nosotros, ¿de qué hemos de tener miedo? Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] «Guardaos de las personas que os entregarán al sanedrín y os azotarán en sus sinagogas» (Mt 10,17). [2] Todos los manuscritos, excepto el Códice Beza, repiten en este versículo el verbo «matar». Beza, en cambio, emplea el verbo apokteinein cuando habla del «cuerpo» y el aoristo sphaxai cuando habla del alma» (sphazein, «degollar, inmolar, sacrificar», verbo empleado en el Apocalipsis en referencia al Cordero pascual: Ap 5,6.12; 13,8). Los dirigentes judíos (ver 10,17) no pueden «inmolar el alma», sinónimo de ‘vida’ para un judío, a la manera como «inmolan/sacrifican» los corderos en el Templo.
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

(679 523) Mt 28,1-10 Códice Beza 28,1Pasado el sábado, cuando resplandecía el primer día de la semana, fue María Magdalena y la otra María a observar el sepulcro. 2De pronto se produjo un gran terremoto: es que un ángel del Señor, que había bajado del cielo, se acercó, hizo rodar la losa y se sentó sobre ella. 3Su aspecto era como de un relámpago y su vestido, blanco como la nieve. 4Atemorizados, los guardias se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. 5El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Dejad de tener miedo vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. 6No está aquí, pues se ha levantado, tal como había dicho. Venid, mirad el lugar donde el Señor[1] había sido puesto. 7 Y ahora id de prisa a decirlo a sus discípulos: “Se ha levantado y os precede a Galilea, allí lo veréis.” Os lo tengo dicho.»[2] 8 Ellas salieron[3] a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a sus discípulos. 9En esto, Jesús fue al encuentro[4]de ellas y las saludó diciendo: «¡Salve!». Ellas se acercaron, se le abrazaron a sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dice: «No tengáis miedo; id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea. Y allí me veréis.»[5] Jesús dice a las mujeres: «anunciad a mis hermanos que se vayan a galilea y allí me veréis» El Domingo de Pascua más extraño e inesperado de mi vida, me encontró confinado en la Ermita de St. Pere de Reixac. Hoy —me decía entonces— no subirá nadie a compartir la Eucaristía. Sin embargo, estaremos en conexión, Carme y yo, con todos vosotros que tenéis el espíritu bien abierto para sintonizar con Jesús resucitado. Esta sintonía no conoce ningún tipo de fronteras, raciales, políticas, religiosas, económicas, ni de contagios: es la sintonía del mismo Espíritu que hizo que Jesús se levantara de entre los muertos. Aquella mañana, ‘cuando resplandecía el sol del primer día de una nueva semana’, no fuimos al sepulcro, como hicieron María Magdalena y María, la madre de Jesús, porque aquel sepulcro había quedado vacío para siempre. Pero el mismo ángel del Señor que hizo rodar la losa del sepulcro, hizo rodar la que pesaba sobre nuestras cabezas y se ha sentado sobre ella para impartirnos una lección. Igual que se dirigió a aquellas mujeres espantadas, como portavoz de Jesús resucitado nos serena en estos momentos en que seguimos estresados por tantas y tan malas noticias que no paran de contar muertos o personas infectadas por un virus diminuto que ha cuestionado nuestras seguridades. Lo mismo que dijo a las mujeres nos lo anuncia también a nosotros: ‘Dejad de tener miedo vosotras, ya sé que buscabais a Jesús, el Crucificado. No está aquí en el sepulcro donde pusieron al Señor’, que también está bien confinado. Tampoco nos dice que ‘vayamos a Galilea’, sino a cualquier lugar de la tierra donde haya gente abierta que esté esperando esta buena noticia. Es preciso que ‘salgamos deprisa’ del mundo de las seguridades tras el cual nos habíamos parapetado, para ‘ir al encuentro’ del otro, como hizo Jesús con las mujeres. Él nos saludará diciendo: «¡Salve!», y nosotros ‘nos acercaremos y abrazaremos sus pies para adorarlo’. ‘No tengáis miedo’, nos repite, iros de este lugar de muerte ‘y anunciad a mis hermanos’, a todas y cada una de las personas con las que conectéis en el espíritu, que «allá me veréis», sin moveros de vuestras casas. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Los códices Sinaítico y Vaticano, con algunos otros manuscritos, omiten «el Señor», y así consta en la edición crítica más moderna, una lección que nos han conservado, en cambio, el Códice Beza y la mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, así como las antiguas versiones latinas y siríacas. En boca del ángel, «el Señor» no se puede referir sino a Yahveh, con quien Jesús se identificaba con frecuencia cuando afirmaba «Yo Soy…», consciente de que él era su representante en la tierra. Les habrá sonado demasiado duro que «el sepulcro» fuera «el lugar donde había sido puesto el Señor», Yahveh. [2] Ver Mt 26,32. [3] Los códices Sinaítico y Vaticano, con otros tres manuscritos mayúsculos, cambian el verbo «salir», muy bien atestiguado por el Códice Beza y por la mayoría de manuscritos, por el verbo «irse», un verbo que no tiene ninguna connotación de éxodo personal, «el éxodo» precisamente que hacen de inmediato María Magdalena y la otra María, la madre de Jesús (ver Mt 27,56.61), distanciándose del sepulcro, por eso de inmediato Jesús «va al encuentro» de ellas. [4] Los mismos manuscritos que han cambiado el verbo «salir» por «irse», consecuentemente cambian el verbo «fue al encuentro» (apêntêsen), que connota voluntariedad y proximidad, por el verbo «salir al paso» (hypêntêsen), más distante. [5] El Códice Beza emplea la misma expresión, «y allí me veréis», que más arriba «un ángel del Señor» había anunciado a María Magdalena y a la madre de Jesús para que lo comunicasen a los discípulos de Jesús, pero ahora Jesús en persona lo repite a las mujeres. En cambio, el texto usual cambia la segunda persona del plural por la tercera, «y allí me verán», refiriéndolo a los discípulos. El machismo ha impuesto sus leyes prontamente en la iglesia primitiva, privándonos de la invitación que Jesús dirigía a las mujeres para que también ellas fuesen a Galilea para verle resucitado. Es el mismo ardid que podemos comprobar en Mc 16,7, donde el Códice Beza ponía en boca del «joven revestido de una vestidura blanca», símbolo del Resucitado, el anuncio que las mujeres habían de repetir a los discípulos de Jesús y a Pedro, en particular, a saber, que les precede a Galilea y que «allí me veréis», expresión esta última que la gran mayoría de manuscritos han cambiado por «allí me verán».
Domingo V de Cuaresma // Jn 11,1-45 Códice Beza

(677 521) Jn 11,1-45 Códice Beza 11,1Había cierto enfermo, Lázaro de Betania, de la aldea de la María y de la Marta,[1] su hermana. 2 María[2] era la que ungió al Señor con perfume y secó sus pies con sus cabellos: el hermano de la cual precisamente, Lázaro, estaba enfermo. 3Sus hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, mira, aquél a quien tu quieres está enfermo.» 4 Jesús, al oírlo, dijo: «Esta su enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» 5 Jesús quería[3]a Marta, a su hermana y a Lázaro.[4] 6 Cuando oyó que estaba enfermo, entonces Jesús se quedó en aquel lugar dos días. 7 Seguidamente, después de esto, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.» 8 Sus discípulos le recuerdan: «Rabí, hace poco los Judíos te querían apedrear, ¿y vas de nuevo allí?». 9 Jesús respondió: «¿No tiene doce horas el día? Si uno camina durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero si uno camina durante la noche, tropieza, porque no hay luz en ella.» 11Dijo esto, y a continuación les dice: «Lázaro, nuestro amigo, duerme;[5] pero voy a despertarlo.» 12 Los discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» 13 Jesús lo había dicho referente a su muerte; ellos, en cambio, creyeron que hablaba del dormir del sueño. 14 Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro, nuestro amigo, se ha muerto, 15 y me alegro por vosotros, a fin de que creáis, que no haya estado allí; pero vayamos a encontrarlo.» 16 Dijo entonces Tomás, el llamado Mellizo, a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.» 17 Jesús, pues, llegó a Betania y se encontró que aquél hacía cuatro días que estaba en el sepulcro. 18 Betania estaba cerca de Jerosólima unos quince estadios. 19Muchos de los jerosolimitanos habían venido a casa de Marta y Mariam, a fin de consolarlas por la muerte de su hermano. 20Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, le salió al encuentro; María, en cambio, estaba sentada en casa. 21 Marta dijo dirigiéndose a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; 22 pero incluso ahora, yo sé que todo lo que pidas a Dios, te lo concederá.» 23 Jesús le dice: «Tu hermano resucitará.» 24 Marta le dice: «Sé que resucitará en la resurrección, el último día.» 25 Jesús le dijo: «Yo Soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; 26 y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Cree esto?». 27Dice: «Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Ungido, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo.» 28 Habiendo dicho esto, se fue y llamó a su hermana Mariam diciéndole en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» 29 Ella, al oírlo, se levantó corriendo y fue a encontrar-lo. 30 Jesús aún no había llegado a la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había salido al encuentro. 31 Los Judíos que estaban con ella en la comunidad consolándola, cuando vieron a Mariam que se levantaba de un salto y salía, la siguieron, pensándose que iba al sepulcro a llorar allí. 32 María, cuando llegó donde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» 33 Jesús entonces, al ver que ella lloraba y que lloraban los Judíos, los que habían venido junto con ella, se conturbó en el espíritu como quien se ha conmovido profundamente 34 y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le dicen: «Señor, ven y lo verás.» 35 Y Jesús se puso a llorar. 36Los Judíos entonces decían: «¡Mira cómo le quería!». 37Pero algunos de ellos replicaron: «¿No habría podido este que abrió los ojos del ciego hacer que también este no muriera?». 38 Jesús entonces, nuevamente conmovido en su interior, llega al sepulcro. Era una cueva y una losa estaba puesta encima. 39Dice Jesús: «¡Alzad la losa!». Le dice Marta, la hermana del finado: «Señor, ya huele mal: es el cuarto día.» 40 Jesús le dice: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». 41Cuando, pues, hubieron alzado la losa, también Jesús alzó sus ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. 42 Yo sabía que tú siempre me escuchas, pero a causa de la multitud que me rodea lo he dicho, para que crean que tú me has enviado.» 43 Habiendo dicho esto, con voz poderosa gritó: «¡Lázaro, sal afuera!». 44 E inmediatamente salió el difunto, atado de pies y manos con vendas y su cara envuelta con un sudario. Les dice Jesús: «Desatadlo y dejad que se vaya.» 45Muchos de los Judíos que habían venido al encuentro de Mariam, habiendo visto lo que Jesús había hecho, creyeron en él.[6] Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarlo Me quisiera fijar hoy en la profunda amistad que había entre Jesús y Lázaro, «nuestro amigo» (recalcado por el Códice Beza: «Lázaro, nuestro amigo, se ha muerto»). La relación de Jesús con la comunidad de Betania era de una gran amistad: «Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: “Señor, mira, aquel a quien tu quieres está enfermo”»; «Jesús quería a Marta y a su hermana y a Lázaro»; «Mira cómo le quería», decían los Judíos. A pesar de esta estrecha relación de amistad, sus miembros, como los judíos en general, creían que la muerte era ya un estado definitivo. Como mucho hablaban de una vida umbrátil en el Hades, la región subterránea de los muertos. Jesús quiere impartirles una lección sobre la muerte. Por eso no acude inmediatamente a Betania cuando le anuncian que estaba enfermo. Espera que pasen cuatro días para presentarse, cuando todos creían que la muerte ya era definitiva: «Señor, ya huele mal es el cuarto día», le reprochó Marta. Como mucho se
Domingo IV de Cuaresma // Jn 9,1-41 Códice Beza

(676 520) Jn 9,1-41 Códice Beza 9,1Pasando, vio a un hombre ciego de nacimiento, que estaba sentado.[1] 2 Los discípulos le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?». 3 Jesús respondió: «Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él. 4 Es preciso que nosotros obremos las obras del que me envió, mientras es de día; llega la noche cuando nadie puede trabajar. 5Mientras esté en el mundo, soy Luz del mundo.» 6 Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, le ungió con el barro poniéndoselo sobre sus ojos 7 y dijo: «Vete a lavarte a la piscina de Siloé (que se interpreta “el Enviado”).» Se fue, pues, se lavó y volvió viendo. 8Los vecinos y los que lo habían visto antes, que era un mendigo decían: «¿No es éste el que estaba sentado y que mendigaba?». 9Otros decían: «Es él.» Unos terceros, en cambio: «Se parece a él.» Él dijo: «Soy yo.» 10 Le dijeron entonces: «¿Cómo es, pues, que se te han abierto los ojos?». 11 Él respondió: «Un hombre llamado Jesús hizo barro, me ungió los ojos y me dijo: “Vete a Siloé y lávate.” Fui, me lavé y he vuelto viendo.» 12 Entonces ellos le preguntaron «¿Dónde está, ese?». Les responde él: «No lo sé.» 13En esto llevan a los fariseos al que antes era ciego. 14Era sábado cuando Jesús hizo fango y abrió sus ojos. 15Nuevamente le interrogan igualmente los fariseos cómo había llegado a ver. Él les dijo: «Puso barro sobre mis ojos, me fui a lavar y veo.» 16 Algunos de los fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, ya que no guarda el sábado.» Pero otros decían: «¿Cómo puede un hombre pecador hacer semejantes señales?». Había división entre ellos. 17 Decían, pues, al ciego: «¿Tu, qué dices en lo referente a tu caso, a saber, que te abrió los ojos?». Él dijo: «Que es un profeta.» 18 Los Judíos no se creyeron su caso, hasta que llamaron a los padres del que había recuperado la vista 19 y los interrogaron diciendo: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es, pues, que propiamente ahora puede ver?». 20Les respondieron sus padres y dijeron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. 21 Pero, cómo es que ahora ve, no lo sabemos; o quién le abrió los ojos, nosotros no lo sabemos: interrogadle a él, ya tiene edad, él hablará de su caso.» 22 Sus padres dijeron eso porque tenían miedo de los Judíos: los Judíos, en efecto, ya se habían puesto de acuerdo en que si alguno confesara que él era el Ungido, quedase excluido de la sinagoga. 23Por eso dijeron sus padres: «Ya tiene edad, preguntádselo él.» 24Entonces lo llamaron por segunda vez, al que era ciego, y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que este hombre es un pecador.» 25 El respondió: «Si es un pecador, no lo sé; una cosa sé, que era ciego y que ciertamente ahora veo.» 26 Le dijeron entonces: «¿Que te ha hecho?» y: «¿Cómo te ha abierto los ojos?». 27Respondió él: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿por qué queréis oírlo otra vez? ¿Por ventura queréis también vosotros llegar a ser discípulos suyos?». 28 Ellos lo insultaron y dijeron: «Tú, discípulo serás del individuo ese; nosotros somos discípulos de Moisés. 29Nosotros sabemos que a Moisés Dios le ha hablado y que Dios no escucha a los pecadores;[2] pero este no sabemos de dónde es.» 30 El hombre respondió y dijo: «Eso sí que es extraño, que vosotros no sabéis de donde es, y que él me haya abierto los ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si uno es religioso y hace su voluntad, a este sí que lo escucha. 32Nunca se ha oído decir que alguien abriera los ojos de uno que había nacido ciego. 33Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada.» 34 Le respondieron y dijeron: «En pecado has nacido tu enteramente, ¿y tú nos quieres dar lecciones?». Y lo echaron fuera. 35 Jesús se enteró de que lo habían echado, se le hizo encontradizo y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». 36Él respondió y dijo: «Y ¿quién es, Señor, ¿a fin de que pueda creer en él?». 37 Jesús le respondió: «Ya lo has visto: es el que está hablando contigo.» 38 Él dijo: «Creo, Señor.» Y se prostró delante de él. 39 Jesús afirmó: «Yo para hacer un juicio he venido a este mundo, a fin de que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos.» 40 Lo oyeron algunos de los fariseos que estaban en compañía de él y le dijeron: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». 41 Jesús les contestó: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como ahora decís: “Vemos”, vuestros pecados permanecen.» Era sábado cuando Jesús hizo barro con la saliva y ungió los ojos del ciego de nacimiento El episodio está enmarcado por la presentación de un «ciego de nacimiento que estaba sentado», según puntualiza el Códice Beza al inicio, y por la pregunta que los fariseos formulan a Jesús, al final: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». Hay, pues, varias maneras de ser «ciegos». Del primero dicen sus padres: «Sabemos que nació ciego.» Cinco veces se recalca que nació ciego. Los discípulos tienen claro que fue consecuencia de un pecado originario: «Rabí —preguntan a Jesús—, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?». La respuesta de Jesús es concluyente: «Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él.» Se insiste en que «era un mendigo» y en la pregunta de quienes le habían visto: «¿No es éste el que estaba sentado y que mendigaba?». En el Evangelio de Marcos encontramos un ciego parecido: «El hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba
Domingo I de Cuaresma // Mt 4,1-11 Códice Beza

(673 517) Mt 4,1-11 Códice Beza 4,1Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo. 2Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches,[1] al final tuvo hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: «Si Hijo eres de Dios, di que estas piedras se vuelvan panes.» 4 En respuesta Jesús dijo: «Está escrito, “el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra[2] de Dios.”» 5 Entonces el diablo se lo llevó a la ciudad santa, lo puso de pie en el pináculo del Templo 6 y le dice: «Si Hijo eres de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles dará órdenes acerca de ti”[3] y: “Te sostienen con las palmas de las manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.”[4]» 7 Jesús le contestó: «De nuevo está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios.”[5]» 8 Nuevamente el diablo se lo llevó a un monte extraordinariamente alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria 9 y le dijo: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.»[6] 10 Entonces Jesús le dice: «Vete detrás de mí,[7] Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y tan solo a él darás culto.”[8]» 11 Entonces el diablo lo dejó y hete aquí que se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle. Vete detrás de mí, Satanás Empezamos la Cuaresma comentando las tentaciones a que Jesús fue sometido por el diablo en el desierto. La iniciativa, sin embargo, la había tomado el Espíritu Santo: «Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo.» El Espíritu, que acababa de ungirlo Mesías de Israel, se quiere asegurar de que no se repetirá el fiasco del pueblo de Israel durante los cuarenta años de su paso por el desierto. Mateo lo pone de relieve: «Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches, al final tuvo hambre.» Las tres pruebas hacen referencia a tres situaciones de aquel paso por el desierto. La primera actualiza la escena del maná, poniendo en boca de Jesús el dicho de Dt 8,3: «El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra de Dios», donde la palabra de Dios supera ampliamente el prodigio de convertir las piedras en panes. La prueba central tiene lugar en la ciudad santa, donde el diablo «lo pone de pie en el pináculo del Templo» y le invita a tirarse abajo para que demuestre que es el Hijo de Dios llevado por los ángeles para que no tropiece con ninguna piedra. Moisés puso a prueba a Yahvé en la escena de Meribá, golpeando dos veces la roca con la vara (Nm 20,11-13). Jesús contesta al diablo aduciendo aquella misma Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16). La tercera prueba actualiza la escena del Becerro de oro: nuevamente el diablo se lo lleva a un monte extraordinariamente alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria y le dice: «Todo esto daré si postrándote me adoras.» Jesús no solamente supera la prueba, sino que, según el Códice Beza, invita al diablo a ponerse detrás de él y a emprender el seguimiento como discípulo. Es la misma invitación que hará a Pedro, cuando este se atreva a lanzarle un conjuro para disuadirlo de hablar de su muerte violenta: «Vete detrás de mí, Satanás» (Mt 16,23). El texto usual ha obviado este paralelismo omitiendo «detrás de mí» en la referencia al diablo. El papel que se le atribuye en las tres tentaciones anticipa la manera de pensar de Pedro sobre el Mesías poderoso. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Notad el quiasmo con el que el Códice Beza da relevancia al número «cuarenta». [2] El códice Vaticano y la mayoría de manuscritos completan la cita: «que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). [3] Sl 90 (91),11a lxx. [4] Sl 90 (91),12a lxx. [5] Dt 6,16 lxx. [6] Este verbo denota un acto de sumisión total. [7] El Códice Beza, avalado por algunos unciales y por la mayoría de minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, conserva la expresión «detrás de mí», que la edición crítica de NA28 considera que se trata de una lección influida por el paralelo de Mt 16,23; Mc 8,33, donde esta misma expresión, empleada siempre (Mc 4×; Mt 6×; Jn 3×; Lc-Hch 3×) para indicar el seguimiento de un discípulo, hace referencia a Pedro (!): «Vete detrás de mí, Satanás.» Muy probablemente constaba aquí en el original de Mateo, según el cual el papel atribuido al diablo en las tres tentaciones anticiparía la manera de pensar de Pedro, el líder de los Doce. El texto alejandrino habría considerado que era impropio que Jesús invitase aquí «al diablo – Satanás» a seguirlo. [8] Dt 6,13 lxx.