Bautismo del Señor

(666 510) Mt 3,13-17 Códice Beza 3,13Entonces Jesús llegando de Galilea se presentó en el Jordán donde estaba Juan el Bautista, para hacerse bautizar por él. 14Pero Juan se lo impedía diciendo: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». 15En respuesta Jesús le dijo: «Déjame hacer, ahora. Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia.» Entonces se lo permitió. 16Y Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del agua. Y he aquí que se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu[1] de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él. 17Y he aquí una voz que desde el cielo decía dirigiéndose a él: «Tú[2] eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Después del paréntesis de las fiestas navideñas, retomamos el hilo del Adviento, tiempo durante el cual Juan Bautista predicaba al pueblo de Israel la necesidad de un bautismo de conversión ante la inminente llegada del Mesías que los liberaría de la dominación de los romanos. El pueblo en masa acudía al rio Jordán para hacerse bautizar por él. En esta ocasión, Jesús, un hombre maduro que ya había alcanzado la edad de treinta años, la misma que tenía David cuando empezó a reinar sobre Israel, viniendo de Galilea se presentó también él, para hacerse bautizar por Juan. Mateo conserva un detalle sorprendente: Juan habría intentado disuadir a Jesús de hacerse bautizar por él sabiendo proféticamente que era el Mesías tan esperado. Pero Jesús no lo consintió; quiso solidarizarse con todos los que confesaban sus pecados y acudían a bautizarse: «Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia», remarcando así su fidelidad total al designio de Dios. Juan le deja hacer. Una vez bautizado, Jesús salió inmediatamente del agua, impulsado por una fuerza superior que lo situaba en pleno desierto. Fue en aquel momento, y no dentro del agua, como se suele interpretar, cuando tuvo una experiencia desconcertante: «Se abrieron para él los cielos», que desde tiempo inmemorial habían quedado cerrados, como respuesta a su total apertura al plan de Dios, «y vio al Espíritu de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él.» El Códice Beza subraya (en cursiva) que se trata de una experiencia única y muy personal de Jesús que reconduce toda su vida. El Espíritu de Dios que planeaba desde el inicio sobre las aguas primordiales, ha encontrado finalmente en Jesús la persona sobre la cual podía reposar, como la paloma del post-diluvio. Seguidamente percibió que una voz desde el cielo se dirigía a él: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» El texto usual lo formula en forma indicativa: «Este es mi Hijo…», como si se dirigiera a Juan. El Espíritu ha ungido a Jesús como Mesías de Israel. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En griego, el término pneûma, espíritu, es neutro, pero el Códice Beza lo hace concertar en masculino, resaltando así el matiz personal. [2] En tres ocasiones, el Códice Beza precisa: 1. que «los cielos se abrieron para él», a Jesús, de par en par por primera vez; 2. que «El Espíritu de Dios bajaba del cielo como una paloma e iba hacia él», señalando así la persona en quien de ahora en adelante permanecería permanentemente, como nos informa Juan en su escrito, cuando pone en boca de Juan Bautista estas palabras: «El que me envió a bautizar con agua, él me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, este es el que bautiza en Espíritu Santo”»; y 3. que «una voz desde los cielos decía dirigiéndose a él», dándole el ‘tú’: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Los otros mss. lo consignan en forma indicativa: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido», dirigiéndose por tanto la voz, no a Jesús, sino a Juan Bautista, testigo presencial de esta experiencia de Jesús.
Sagrada familia: Jesús, María y José

Mt 2,13-15.19-23 Códice Beza (665 509) Evangelio acturalizado según el Códice Beza // Josep Rius-Camps Sagrada Familia: Jesús, María y José Mt 2,13-15.19-23 Códice Beza 2,13 Cuando los magos se hubieron retirado, he aquí que el ángel del Señor se aparece en sueños a José diciendo: «Levántate, toma al muchacho (a) y a su madre, y huye a Egipto y quédate allí hasta que te lo diga yo, porque Herodes buscará al muchacho para matarlo». 14 Habiéndose desvelado, tomó al muchacho y a su madre de noche y se fue a Egipto 15 y se quedó hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». 19 Muerto Herodes, he aquí que el ángel del Señor se aparece en sueños a José en Egipto 20 diciendo: «Levántate, toma al muchacho y a su madre y vete al país de Israel, que ya han muerto los que atentaban contra la vida del muchacho. 21 Habiéndose desvelado, tomó al muchacho y a su madre y se fue al país de Israel. 22 Al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Así que, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea 23 y fue a residir a una ciudad llamada Nazaret, de manera que se cumpliera lo que fue dicho por medio de los profetas: «Le llamarán Nazoreo» (b). José, advertido por el ángel en sueños, rememora el éxodo de Egipto Tanto el relato de la ida a Egipto de la familia de Jesús como el del retorno a Israel, Mateo los ha enmarcado con una aparición del ángel del Señor «en sueños» a José, situándolos así en un mundo utópico y, a la vez, relacionándolos con el relato de la visión nocturna de Jacob, a quien Dios ordenó ir a Egipto, asegurándole que «Yo mismo iré contigo a Egipto y te haré volver» (Gn 46,2-4). El domingo pasado comprobamos cómo el ángel del Señor se presentaba a José también en un estado de somnolencia espiritual para que tomara a Mariam, su esposa, en su casa y no la repudiase en privado (1,20-21). El evangelista nos instruye sobre el adolescente Jesús, el cual, antes que fuera ungido como el Mesías de Israel, debería hacer el éxodo a la inversa del que había hecho el pueblo judío, yendo de nuevo a Egipto siguiendo las huellas del patriarca Jacob, y volver a Israel después de la muerte de Herodes. Estos relatos no se han de leer como hechos históricos, sino como enseñanzas que revelan la manera como Dios guía a las personas liberándolas de las manos de los poderosos de todos los tiempos (Babilonia, Persia, el Faraón, Herodes…). La retirada y la estancia del muchacho Jesús en Egipto darán cumplimiento, según precisa Mateo, a la profecía de Oseas: «Cuando Israel era un muchacho lo amé, de Egipto llamé a mi hijo». Mateo cita tan solo la segunda parte, pero yo la he aducido en extenso porque, según el Códice Beza, las cinco veces en que Mateo hablará aquí del niño Jesús lo calificará como «el muchacho» (ton paida, que en griego designa a un adolescente entre 7 y 14 años): «toma al muchacho y a su madre», y no como «al niño» (to paidion, en griego), como encontramos en todos los otros manuscritos. Una vez llegados ya a Israel, al enterarse José de que Arquelao reinaba en Judea, tuvo miedo de ir allí. Una vez más, «avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea y fue a residir a una ciudad llamada Nazaret», en cumplimiento del oráculo de los profetas: «Le llamarán Nazoreo». Notas: (a) Cinco veces el Códice Beza lee pais, «muchacho», «siervo», «esclavo», un término empleado para designar a un muchacho entre 7 y 14 años, diferente de paidion, «niño pequeño», «pequeño criado», término que utilizan todos los otros manuscritos. El Códice Beza pone en boca de los magos y del ángel el término «muchacho», que evoca el conocido pasaje de Is 42,1 LXX: «Jacob, mi siervo, a quien yo sostengo; Israel, mi elegido, en quien se ha complacido mi alma», y que Lucas referirá con frecuencia a Jesús (cf. Lc 1,54; Hch 3,13.26; 4,25.27.30); en cambio, en boca de Herodes o de los que atentaban contra el niño emplea el esperado paidion, «niño pequeño». (b) «Nazaret», Nadsôraios, es una transcripción del arameo nasraya, derivado del nombre del lugar «Natzaret» (Nasrath). No se ve claramente que Mt haga alusión aquí a un oráculo profético; se puede pensar en Is 11,1 por la asonancia entre la palabra hebrea que significa «retoño» y Nazareo.
Domingo IV de adviento

(663 507) Mt 1,18-25 (1,18-24 lectura dominical) Códice Beza 1,18Sin embargo, la génesis del Mesías[1] fue de esta manera: Estando, en efecto, María desposada con José, antes de vivir juntos, se encontró que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo. 19Pero José, su marido, que era justo y no quería difamarla, resolvió repudiarla en secreto. 20Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños diciendo: «José, hijo de David, no tengas miedo de tomar contigo a Mariam,[2] tu mujer, porqué lo que ha sido engendrado en ella es obra del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús,[3] porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22Todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que fue dicho por el Señor por medio del profeta Isaías[4] cuando dice: 23 «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). 24Habiéndose despertado José de su sueño, hizo tal como le había ordenado el ángel del Señor y tomó con él a su mujer. 25 Y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús.[5] La genealogía de Jesús no concuerda del todo con la genealogía del Mesías Un gravísimo lapsus en la transmisión del texto de Mateo ha contribuido a confundir la genealogía de Jesús Mesías, con la que Mateo iniciaba su Evangelio (Mt 1,1-17: 42 nombres distribuidos en 3 grupos de 14), con «la génesis del Mesías» que describe a continuación (1,18-25), conectada a la anterior precisamente mediante una conjunción adversativa: «Sin embargo, la génesis del Mesías fue de esta manera…» Esta lección variante, conservada tan solo por el Códice Beza y por todas las antiguas versiones latinas anteriores a la Vulgata, desautoriza cualquier interpretación literal de la concepción de Jesús, como si fuera físicamente obra del Espíritu Santo. De hecho, Jesús no hará la experiencia de ser el Mesías de Israel hasta que alcance la madurez, a los 30 años (Lc 3,23). Un rabino judío, como Mateo, no interpretaría nunca esta escena como la leemos nosotros. Todo el anuncio angélico tiene lugar «en sueños» hasta que José «se despertó de su sueño», evitando así nuestra tendencia historicista de dar un lugar preeminente a la historia en la explicación de los hechos. Utilizando este registro, empleado frecuentemente en la Escritura, se anticipa «en sueños» (5 veces en este largo contexto: exilio a Egipto, matanza de los inocentes, etc.) el rechazo del que será objeto el Mesías cuando se presente a Israel. Más que excluir la acción humana de José, se enfatiza la predilección divina por este niño, antes ya de su concepción y nacimiento: «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). Dios se ha hecho cercano en la persona de Jesús, habitando entre nosotros y acomodándose a nuestro lenguaje. Su padre José será quien le pondrá el nombre —Isaías y el ángel coinciden en este punto, según el Códice Beza; el texto usual, en cambio, dice: «y le pondrán el nombre»—, que definirá su misión salvadora: «Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Jesús, en hebreo, significa «Yahveh salva». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos leen «Jesús Mesías»; el Códice Vaticano, «Mesías Jesús»; el Washingtoniano, «Jesús»; Beza y las antiguas versiones latinas, «Mesías». De hecho, Mateo acaba de enumerar la «génesis de Jesús Mesías, hijo de David, hijo de Abrahán», partiendo de Abrahán hasta «Jesús, el llamado Mesías» (Mt 1,1-16); ahora pasa a describirnos la «génesis del Mesías» (función), no la génesis de Jesús (persona). [2] El narrador Mateo emplea siempre el nombre grecizado «María», mientras que el ángel, cuando se dirige a José, utiliza, según el Códice Beza, del nombre hebreo «Mariam», el antiguo nombre de María antes de que el ángel le anunciara que sería la madre del Mesías. Lucas utiliza también esta doble denominación, «Mariam», referida a su pasado judío, y «María», en referencia al cambio profundo que ha tenido lugar en ella. [3] «Jesús» (hebreo Yehosu῾a) quiere decir «Jahveh salva». [4] Sorprende que la mayoría de manuscritos omitan aquí, la primera vez que lo cita, el nombre de «Isaías», limitándose a decir «por medio del profeta». El Códice Beza, avalado por todas las antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, así como por Ireneo, conserva aquí el nombre de Isaías por tratarse de la primera vez que lo cita; en las dos subsiguientes citas (2,5.15) Mateo se lo ahorrará, mientras que cuando citará a Jeremías (2,17) y volverá a citar a Isaías (3,3; 4,14) aducirá los nombres respectivos. [5] El último versículo: «y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús» (v. 25) no lo leeremos hoy, no fuera que anticipásemos la Navidad.
Domingo III de Adviento

(662 506) Mt 11,2-11 Códice Beza 11,2 Juan, que en la prisión había oído hablar de las obras que hacía Jesús,[1] le envió un mensaje por medio de sus discípulos 3 para decirle: «¿Eres tú el que ha de obrarlo,[2] o hemos de esperar a otro?». 4 Jesús en respuesta les dijo: «Id y referid a Juan lo que estáis oyendo y viendo: 5 los ciegos vuelven a ver y[3] los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y los muertos resucitan, y los pobres reciben la buena noticia. 6 ¡Y dichoso es aquel que no se escandalice de mí!». 7Mientras estos se iban, se puso a hablar de Juan a las multitudes: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 8 ¿Qué habéis salido a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Sabéis muy bien que los que llevan vestidos elegantes están en los palacios de los reyes. 9 ¿Qué habéis salido a ver, si no? ¿Un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. 10Este es de quien ha quedado escrito: “Voy a enviar a mi mensajero delante de ti que preparará el camino por delante de ti.”[4] 11 En verdad os digo: entre los nacidos de las mujeres no ha aparecido uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él.» ¿Eres tú el que ha de obrarlo, o hemos de esperar a otro? Mateo, a diferencia de Marcos y Lucas, ha reunido en una sola secuencia la elección de los Doce apóstoles y el envío a la misión (Mt 10,1-5), a fin de disponer de un amplio espacio para instruirlos de cara a la misión (10,6-42). Cuando acabó de darles instrucciones, Jesús se fue a enseñar por las ciudades de donde procedían los discípulos. «Juan, al oír hablar, estando en la prisión, de las obras que hacía Jesús», extrañándose que no se hubiera acreditado como «el Mesías» (texto alejandrino) de Israel que todos esperaban y que él había anunciado, envió a preguntarle por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de obrarlo, o hemos de esperar a otro?» El texto usual lee «el que ha de venir», pero Juan, según el Códice Beza, insiste en que habría de haber ejecutado completamente la promesa que todos deseaban. Pero Jesús no le responde con palabras, sino con hechos que liberan personas, y le remarca que la buena noticia es para los «pobres», y no para los dirigentes religiosos que él mismo había vituperado duramente como «Raza de víboras» (3,7), ni para los ricos: «Los que llevan vestidos elegantes están en las cortes de los reyes.» Jesús hace un gran elogio de Juan como «el más grande entre los nacidos de las mujeres», si bien puntualiza que «el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él», en referencia a los pequeños criados, a los que se interesan por los más marginados de la sociedad. Os invito a leer la continuación de la denuncia de Jesús: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el Reino de los cielos sufre violencia» (11,12), que ha recibido todo tipo de interpretaciones, evasivas o incluso positivas, cuando la raíz de la palabra griega en todo el Nuevo Testamento connota «violencia, uso de la fuerza»: «los violentos que se apoderan», por la fuerza de las armas, del Reino que había de inaugurar el Mesías. Por eso nos invita a una reflexión profunda: «¡El que tenga oídos que escuche!» (11,15). A Juan le han reducido al silencio encarcelándolo. ¿Y a Jesús? Deberemos reseguir los trazos, apenas esbozados. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos leen «Mesías»; el Códice Beza lee «Jesús» (D 1071. 1424 syc). Si Jesús se hubiera presentado públicamente como «el Mesías», habría provocado ya entonces un alzamiento contra los romanos. [2] En lugar de la lección usual, «el que ha de venir», el Códice Beza hace un juego de palabras entre el verbo «obrar» y el substantivo «las obras». [3] La mayoría de manuscritos retienen «y los cojos andan». La omisión podría ser debida a una distracción del copista. Sin embargo, Clemente de Alejandría tampoco la conserva. [4] Ex 23,20; Ml 3,1.
Domingo II de Adviento

(661 505) Mt 3,1-12 Códice Beza 3,1Por aquellos días se presentó Juan, el Bautista, proclamando en el desierto de Judea 2 y diciendo: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los cielos.» 3 Este, en efecto, es aquel de quien habla el profeta Isaías cuando dice: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanadle sus senderos.» 4 Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero entorno de sus lomos; su alimento era de langostas y miel silvestre. 5Acudía entonces junto a él gente de Jerusalén, toda la Judea y toda la región circundante del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el Jordán, a medida que confesaban sus pecados. 7Pero viendo él que muchos de los fariseos y saduceos venían a su bautismo, les dijo: «¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escaparos del juicio inminente? 8Dad, pues, un fruto digno de conversión, y no os fieis diciendo en vuestro interior: “¡Tenemos por padre a Abraham!”; porque yo os digo que Dios puede de estas piedras suscitar hijos a Abraham. 10Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles: todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. 11Yo, por mi parte, os bautizo con agua, pero el que viene[1] es más fuerte que yo, de quién no soy digno de llevarle las sandalias: él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 12Ya tiene en su mano el bieldo para ventar la batida; reunirá su trigo en el granero,[2] pero la paja la quemará con un fuego que no se apaga.» ¡Raza de víboras! no os podréis escapar del juicio inminente Por estos días nuestros se presenta también Juan proclamando un bautismo de conversión en el desierto de nuestra sociedad de consumo y recuerda a los olvidadizos que ya «ha llegado el Reino de los cielos». ¿Pero dónde está? ¿Dónde se hace palpable su llegada? ¿En los templos y rascacielos de los poderosos que intentan tocar el cielo? Por eso su clamor continúa resonando «en el desierto», para que «preparemos el camino al Señor y le allanemos los senderos», hoy más que nunca llenos de obstáculos interpuestos por nosotros mismos y de todo tipo de fronteras que hemos levantado para aislarnos de los que huyen de las guerras y de la miseria, en pateras o a pie y descalzos. Juan intenta sacudir nuestras conciencias adormiladas, insensibles al clamor de los marginados. Pero atención, no nos fiemos diciéndonos también nosotros que «¡Tenemos por padre a Abraham!», incapaces de ver como Dios, «de las piedras» de nuestras seguridades occidentales, continúa suscitando «hijos a Abraham», gente de todos los colores y todo tipo de voluntarios. Ya hace tiempo que «el hacha está puesta a la raíz de los árboles» que no dan buen fruto, para que puedan germinar y crecer frutos de solidaridad de tanta gente sencilla que abren la mano y se presentan en las situaciones más insospechadas. A Juan le hicieron callar, decapitándolo, porque molestaba a los poderosos. Al Señor, que él anunciaba, lo colgaron de un patíbulo para que apareciese a los ojos de la historia como un sedicioso que se había alzado contra el Imperio. Pero aquella muerte tan ignominiosa no lo ha podido retener, y él se ha levantado de entre los muertos con la fuerza de su Espíritu. Juan continúa pregonando que él nos «bautizará en Espíritu Santo y fuego» y nos invita, así, a hacer la misma experiencia liberadora que hizo él «congregando su trigo en el granero» abierto a todos los pueblos y «quemando la paja» de tanta hojarasca mediática que nos impide ver la realidad. Ojalá que «no se apague nunca el fuego» que arde en los corazones de tantas y tantas personas conscientes. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El texto alejandrino añade «detrás de mí», como hace Mc 1,7. [2] El Códice Vaticano lee «en su granero», dando a entender que hay otros muchos «graneros». Los códices Beza y Sinaítico hablan de un único «granero», donde el Mesías había de reunir todas las naciones.
Domingo I de Adviento

(660 504) Mt 24,37-44 Códice Beza 24,37Como[1] en los días de Noé, así será también la llegada del Hijo del hombre. 37Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el día mismo en que Noé entró en el arca, 39 y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre. 40Entonces, dos estarán en el campo: uno será llevado y el otro dejado; 41 dos moliendo en el molino: una será llevada y la otra dejada; dos en un mismo diván: uno será llevado y el otro dejado.[2] 42 Velad, pues, porque no sabéis qué día llega vuestro Señor. 43Entendedlo bien, sin embargo: si el amo de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche llega el ladrón, habría velado y no habría dejado que le horadasen[3] su casa. 44Por eso, estad preparados también vosotros, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre. «Estad preparados, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del Hombre» El pasaje que leemos este primer domingo de Adviento presupone el exordio de la respuesta que dio Jesús a la primera de las dos preguntas que le formularon los discípulos sobre la futura destrucción del Templo («Dinos cuando sucederá eso», Mt 24,3), mientras estaba sentado en el Monte de los Olivos, a modo de cátedra magistral enfrentada con el Monte del Templo: «En lo referente al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). Jesús se esfuerza por instruirlos sobre cómo entiende él que se realizará la llegada del Hijo del hombre: «Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el mismo día en que Noé entró en el arca, y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre.» Mateo reitera que la llegada del Hijo del hombre (cuatro menciones) será del todo imprevisible, imprevisión que nos obliga a estar siempre vigilando, no fuera que no nos encontrará preparados en aquel momento. A fin de ilustrarlo, apunta tres breves escenas de la vida cotidiana: una tiene lugar en el campo, la otra en el molino y una tercera en la casa. Esta última tan solo se conserva en el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas. En cada una de ellas sitúa dos personas: dos hombres, en la primera y la tercera; dos mujeres, en la central. Según se hayan preparado o no para la venida del Hijo del hombre, uno de ellos, hombre o mujer, será llevado con él, mientras que el otro será abandonado a su suerte. La comunidad está invitada a velar día y noche. Para evitar que se adormezcan, pone el ejemplo del dueño de la casa que ha de estar siempre en vela, no sea que viniese el ladrón a cualquier hora de la noche y le horadase la casa con un butrón. Es, preciso, pues, que estemos siempre preparados porque, como ha dicho antes, «no sabéis qué día llega vuestro Señor, «porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre.» Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La comparación que encabeza el pasaje que leemos este primer domingo de Adviento estaba precedida por el exordio de la respuesta de Jesús a la primera de las dos preguntas sobre la futura destrucción del Templo que le habían formulado los discípulos (24,3: «Dinos cuando sucederá eso»), mientras él estaba sentado en el monte de los Olivos: «Por lo que se refiere al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). La Vulgata, amparándose en una serie de mss. mayúsculos y minúsculos, ha eliminado «ni el Hijo», por escrúpulos teológicos. El Padre, recalcará Jesús resucitado a los Once, se ha reservado bajo su autoridad todo lo que hace referencia a los tiempos y momentos propicios (ver Hch 1,6). [2] El Códice Beza, con el aval de las antiguas traducciones latinas, conserva también aquí una tercera pareja, como podemos comprobar en Lucas 17,34-36, si nos atenemos a la versión del Códice Beza. Tanto en Mt como en Lc el texto alejandrino enumera tan solo dos parejas. Para que una descripción sea completa, son necesarios tres elementos. [3] El butrón, orificio hecho en una pared para robar, ya se utilizaba en tiempos de Jesús, y probablemente con frecuencia, pues las paredes eran de barro o de arcilla. Jesús, artesano constructor de casas, era bien consciente de este método.