Domingo V de Pascua // Jn 14,1-12 Códice Beza

(683 527) Jn 14,1-12 Códice Beza 14,1Entonces dijo a sus discípulos:[1] «Que no se inquiete vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. 2En la comunidad de mi Padre hay muchas moradas; si no, ¿os habría dicho que voy a prepararos un lugar? 3Y cuando me haya ido a prepararos un lugar, vendré de nuevo y os llevaré conmigo, a fin de que allí donde estoy yo, estéis también vosotros. 4Y allí donde voy, ya lo sabéis y sabéis el camino.» 5Le dice Tomás, al que llaman Mellizo[2]: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, podremos saber el camino?». 6 Jesús le responde: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. 7Si me conocéis a fondo, conoceréis también a mi Padre; por tanto, desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» 8Le dice Felipe[3]: «Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta.» 9 Jesús le responde: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Y ¿cómo es que tú dices: “Muéstranos al Padre”? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que yo os he dicho, no las digo por mi cuenta; es el Padre que está en mi quien hace sus obras. 11Creedme: el Padre está en mí y yo estoy en el Padre; si no,creed por las obras mismas. 12En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, también él las hará, y aún las hará más grandes, porque yo me voy al Padre.» Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, sabremos el camino? El inciso inicial: «Entonces dijo a sus discípulos» (*14,1), con­servado tan solo por el Códice Beza, enlazaba, en la primera redacción de este escrito, con la enseñanza que Jesús acababa de impartir sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Una vez remodelada la obra, con la denuncia de un traidor, «Judas, hijo de Simón, de Cariot», y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, pasajes todos ellos insertados por el autor en segunda redacción (**13,18-38), eliminaron este inciso (no lo encontraréis, por tanto, en el texto usual), considerando que era superfluo. De hecho, Jesús iniciaba con él el relati­vamente breve Discurso de despedida que concluye con una intimación: «Llega el Príncipe de este mundo… Levantaos, ¡vámonos de aquí!» (*14,30-31). La despedida de Jesús ha sido interrumpida por tres intervenciones de miembros de los Doce: Tomás, Felipe y Judas, no el de Cariot. Las tres empiezan de la misma manera, con el verbo «decir» en tiempo presente: «Le dice», enfatizando el título con el que los discípulos se dirigen a Jesús como «Señor». Las dos primeras respuestas empiezan también de la misma manera, en tiempo presente: «Le dice Jesús»; la tercera es muy solemne, en tiempo pasado: «Jesús respondió y dijo.» En lo que se refiere a la primera intervención, el nombre de «Tomás» va seguido, casi siempre, sobre todo según el Códice Beza, de una explicación-traducción del nombre arameo, «al que llaman (activa­do, en tiempo presente) Mellizo», reactivando así la primera pareja de mellizos de la Biblia (Gn 25). Tomás repre­senta aquí el papel del incrédulo Esaú: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, podremos saber el camino?», y Jesús el de Jacob: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida.» En lo que se refiere a la segunda, Felipe pregunta a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre», y Jesús le reprocha: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe?». En este «vosotros» Jesús, hoy, nos ha inclui­do a todos nosotros, los creyentes. La tercera intervención la tendremos que suplir en privado (14,22-24). Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La revelación de que uno del grupo sería un traidor, con la consiguiente salida de Judas del grupo, y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, ampliaciones de segunda redacción (**Jn 13,18-38), habían interrumpido la enseñanza que Jesús había iniciado sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Con este inciso, conservado tan solo por el Códice Beza, pero presente ya en algunas antiguas versiones latinas y siríacas, Jesús inicia el discurso de despedida alentando a sus discípulos.  [2] Según el Códice Beza, de esta explicación-traducción del nombre de Tomás, presente otras tres veces en pasajes pertenecientes a la segunda redacción (**Jn 11,16; 20,24 y 21,2), habría constancia ya aquí, en la primera redacción. La insistencia (4× en total), sin que se revele el nombre del otro mellizo, a un judío buen conocedor de la Torá le traerá a la memoria los primeros mellizos que se mencionan en la Biblia, Génesis 25, Esaú y Jacob: «Hay dos naciones en tu vientre (de Rebeca); dos pueblos nacerán de tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, el mayor servirá al pequeño»: Esaú fue el primero en salir, pero vendió su derecho a la primogenitura por un plato de lentejas. Si repasamos la historia de Israel, Jacob fue el antepasado del pueblo de Israel, mientras que Esaú lo fue de los Edomitas. En el Cuarto Evangelio, Tomás interpretará el papel de Esaú y Jesús el de Jacob. Esto requeriría una larguísima explicación. [3] Felipe, en contraste con el incrédulo Tomás, fue el primer discípulo a quien Jesús invitó al seguimiento (Jn 1,43-44). Juntamente con Andrés, dos nombres griegos, naturales ambos de Betsaida, ellos serán quienes presentaron a Jesús unos paganos de lengua griega que lo querían ver (12,20-23).

Domingo IV de Pascua // Jn 10,1-10 Códice Beza

(682 526) Jn 10,1-10 Códice Beza (Parábola del pastor y las ovejas dirigida por Jesús a los fariseos:) 10,1 «En verdad, en verdad os digo:[1] el que no entra por la puerta al atrio[2] de las ovejas, sino que sube por otro lado,[3] este es un ladrón y un salteador; 2 en cambio, el que entra por la puerta, este es el pastor de las ovejas. 3A este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz; llama a las ovejas que le son propias[4] por su nombre y las hace salir. 4Y, cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz;[5] 5 a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» 6Esta parábola les expuso Jesús, pero ellos no comprendieron de qué cosas les hablaba. 7Nuevamente, pues, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: Yo Soy la puerta de las ovejas. 8Cuantos[6] vinieron antes de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon. 9Yo Soy la puerta: si uno entra a través de mí, se salvará; entrará y sal­drá y encontrará pasto. 10 El ladrón no viene sino a robar, sacrificar[7] y destruir; yo, en cambio,[8] he venido para que tengan vida.»[9] El que entra por la puerta al atrio de las ovejas, ese es el pastor de las ovejas La parábola del pastor y las ovejas que Jesús ha hecho suya constituye la respuesta que lanza a los fariseos que le habían cuestionado su proceder, en un día de reposo sabá­tico, día en que había hecho fango y había abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Para entender el abasto de la parábola, la debemos situar en el marco del Templo de Jerusalén, donde había una puerta, llamada la Ovejera (Jn 5,2), por donde introducían las ovejas destinadas a los sacrificios. En esta «puerta» había un «portero», que hasta aquel momento no había dejado entrar jamás a nadie, ya que, cuando les solicitaba el santo y seña, le respondían siempre que venían a sacrificarlas. Pero, cuando, ha llegado Jesús y le ha declarado que venía a dar la vida por sus ovejas, «a este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz». Había dos maneras de acceder a las ovejas: entrando por la puerta o saltando por algún otro lado, como hacen los ladrones y salteadores. Jesús, apenas el portero le ha dejado entrar, «llama a las ovejas que le son propias por su nombre». No todas las ovejas tienen nombre, solo las suyas, las que han ido toman­do consciencia de que son personas. «Y las hace salir» del «atrio del sumo sacer­dote» (Jn 18,15; Mc 14,54 y par.), para darles plena libertad. Jesús aún va más allá. Emplean­do dos veces el nombre de Yahveh, «Jo Soy la puerta de las ovejas», califica de «ladrones y salteadores a cuantos han llegado antes que él, pero las ovejas no los escucharon». Y da un nuevo paso: «Cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús se lleva sus ovejas a un campo abierto, sin rediles ni cercas, donde él es «la Puerta» a través de la cual entrarán y saldrán las personas libres y encontrarán pas­tos. A diferencia de «el ladrón que no viene sino a robar, sacrificar y destruir; yo, en cambio, he venido para que tengan vida». Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Les dos veces que Jesús emplea esta doble fórmula de afirmación, anticipa el pronombre, poniendo énfasis en las personas, los fariseos, a quienes se dirige; el Códice Vaticano, apoyado la primera vez por un manuscrito minúsculo y la segunda por el Códice Corideti que se encuentra en Tiflis, capital de la Georgia, invierte los términos las dos veces, dándole gran solemnidad al dicho de Jesús: «En verdad, en verdad digo a vosotros.» [2] El termino aulê, «atrio», lo emplean tanto los Sinópticos (Mt 26,3.58.69; Mc 14,54.66; 15,1 D.16; Lc 11,21; 22,55) como Juan (Jn 18,15) para designar «el atrio del sumo sacerdote», Anás, a donde llevaron a Jesús atado. [3] El Códice Beza es el único manuscrito que anticipa el adverbio «por otro lado» al verbo «subir», dándole mucha importancia: los dirigentes judíos sabían muy bien que «el portero» que guarda el atrio de las ovejas, cuando les pidiera el santo y seña, y ellos respondieran que venían a sacrificarlas, no les dejaría entrar por la puerta; de aquí que «suban» al Templo «por otro lado», por done acceden los sumos sacerdo­tes cuando van a sacrificarlas, como los identificará Jesús en la explicación de la parábola: «El ladrón no viene sino a robar, sacrificar y destruir.» [4] Nuevamente, con un cambio de orden inusual, el Códice Beza subraya quienes son las ovejas que son propie­dad del pastor, a saber, las que tienen nombre. [5] Por cuarta vez, en este pasaje tan breve, el Códice Beza anticipa el pronombre, «su voz», la del pastor que las conoce por su nombre y que ellas, al reconocerlo, se ponen a seguirlo. [6] El texto usual implica a todos los anteriores dirigentes, «todos cuantos», sin excepción; Jesús no absolu­tiza el número de los que llegaron antes que él. [7] Con frecuencia los traductores no respetan el sentido fuerte del verbo griego thyein, «sacrificar, ofrecer en sacrificio», tan solo analógicamente «degollar, matar», y traducen simplemente por «matar». El contexto, «atrio de las ovejas», «puerta de las ovejas» (ver «la Ovejera» de Jn 5,2), «portero», responsable de vigilar para que no roben las ovejas y las destinen a ser sacrificadas en el Templo, exige que se respete este sentido peculiar del verbo. [8] Tan solo el Códice Beza emplea la partícula conectiva adversativa, contraponiendo la actitud de Jesús a

Domingo III de Pascua // Lc 24,13-35 Códice Beza

(681 525) Lc 24,13-35 Códice Beza 24,13Había dos que se iban del grupo[1], aquel mismo día, hacia una aldea que distaba sesenta esta­dios de Jerusalén, de nombre Ulammaús.[2] 14 Conversaban entre ellos sobre todos estos sucesos. 15 Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos. 16Sus ojos estaban retenidos, de modo que no lo recono­cían. 17Él dijo: «¿Cuáles son estas palabras que os intercambiáis entre vosotros mientras camináis abatidos?». 18Replicó uno de ellos que tenía por nombre Cleopás[3] y le dijo: «¿Tú eres el único forastero en Jerusalén? ¿No te has enterado de lo que ha ocurrido estos días?». 19 Él le preguntó: «¿De qué?». «El caso de Jesús el Nazoreo,[4] que fue un hombre profeta poderoso de palabra y de obra ante Dios y ante todo el pueblo: 20 como a éste lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros dirigentes para que fuera senten­cia­do a muerte, y lo crucificaron. 21Nosotros, sin embargo, esperábamos que él sería el que había de liberar a Israel. Mientras que ahora, además de todo eso, hace ya tres días con el de hoy desde cuando han pasado estas cosas. 22 Y, lo que es más, algunas mujeres nos han aterrorizado: fueron muy de mañana al sepulcro 23 y, no habiendo encontrado su cuerpo, han vuelto diciendo haber visto una aparición de ángeles, que aseguran que él vive. 24Han ido algunos de los nuestros al sepulcro y lo han encontrado talmente como habían dicho las mujeres; pero a él no lo hemos visto.»[5] 25 Él, empero, les reprochó: «¡Oh insensatos y lentos de corazón en relación con todo aquello que anunciaron los Profetas, 26 a saber, que tenía que padecer todo esto el Mesías y así entrar en su gloria!». 27Y empe­zó, a partir de Moisés y todos los profetas, a interpretarles en las Escrituras lo que se refería a él. 28Mientras tanto, se acercaron a la aldea a donde se dirigían; y él fingió ir más allá. 29Ellos le presionaron diciendo: «Quédate con nosotros que al atardecer ha declinado ya el día.» Y entró para quedarse en compañía de ellos. 30Sucedió que, cuando estaba él reclinado a la mesa, tomando un pan pronunció la bendición y lo compartió con ellos. Al tomar ellos el pan de sus manos, 31 se les abrieron los ojos[6] y lo reconocieron; él desapareció de su vista. 32Ellos, se dijeron entre sí: «¿No esta­ba nuestro corazón completamente velado,[7] mientras nos hablaba por el camino, cuando nos abría las Escrituras?». 33Se levantaron entristecidos[8] y, en aquel preciso instante, re­gre­saron a Jerusalén; encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos 34 y les referían:[9] «Realmente se ha levantado el Señor y se ha aparecido a Simón.» 35 Y ellos mismos contaban lo que había ocurrido por el camino y que se les había dado a conocer en la fracción del pan. ¿Emaús o Ulammaús, el antiguo nombre de Betel? Empezando por el nombre «Ulammaús», y no el archiconocido «Emaús», toda la esce­na suena de otra forma si la leemos siguiendo la versión que nos ofrece el Códice Beza. Los cambios que se han ido introduciendo en las sucesivas copias que se han ido inter­cambiado las grandes iglesias del arco mediterráneo, presentan la escena en términos muy positivos, que ocultan una serie de rasgos muy críticos que Lucas intencionada­mente le habría imprimido. Desde nuestra toma de conciencia moderna, donde la razón todo lo domina, leemos con mentalidad racional escritos del primer siglo donde todavía predominaba la conciencia mítica. De aquí que, a partir de nuestras sofistica­das técnicas de interpretación, hayamos llegado a convencernos de que lo hemos entendido, sin habernos sumergido en el lenguaje mítico que empleó Lucas. La escena nos recuerda la huida de Jacob después de que se apoderase fraudulentamente de la primogenitura de su hermano Esaú. Ulammaús era el antiguo nombre de Betel, del Santuario del norte que Jacob plantó durante su huida de las iras de su hermano, a partir de la piedra que le había servido de cabezal y había plantado y consagrado ungiéndola con aceite (leed Gn 27,10-19). Nuestros dos discípulos – uno de ellos sería Simón bajo el pseudónimo de Cleopás – huían de Jerusalén después de lo que había ocurrido. Jesús les ha salido al encuentro e intenta recuperarlos. A pesar de que se les abrieron los ojos y lo reconocieron al tomar ellos el pan de sus manos, se levantaron entris­te­cidos ya que, mientras Jesús hacía el camino con ellos, su corazón estaba comple­tamente velado cuando les abría el sentido de las Escrituras. No han entendido la aparición de Jesús a guisa de un forastero que se les ha acercado y se ha puesto a caminar con ellos, si bien se han dado cuenta, mientras compartían el pan, de que Jesús había resucitado. Cuando desaparece de nuevo, piensan que lo han perdido para siempre. En todos los relatos de apariciones de Jesús encontramos incoherencias, miedos, incredulidad. Nosotros lo hemos suplido con grandes manifestaciones glorio­sas. Pero, entonces, no pode­mos reconocer su presencia constante caminando a nuestro lado. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] El texto usual dice simplemente: «Y he aquí que dos de ellos», mientras que según el Códice Beza, estos «dos que se iban del grupo», se han separado del grupo de los discípulos. [2] En lugar de este nombre, presentado como un nombre propio, «de nombre Ulammaús», el texto usual lo suple por un seudónimo, «que tenía por nombre Emaús». «Ulammaús» se señala en Gn 28,19 lxx, como el antiguo nombre de Betel. Según esto, los dos discípulos, decepcionados por lo que había pasado, estarían rehaciendo el camino de Jacob —quien, después de haberse apoderado fraudulentamente de la bendición que correspondía a su hermano Esaú, tuvo que huir lejos de él (Gn 27–28). Así también, los discípulos de Jesús, que le habían traicionado/negado, huyen lejos de Jerusalén cuando vieron las consecuencias. [3] Según el texto usual, se trataría de un nombre real, «de nombre

Domingo II de Pascua // Jn 20,19-31 Códice Beza

(680 524) Jn 20,19-31 Códice Beza 20,19Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». 20a Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. 20bSus[1] discípulos entonces, se alegraron de haber visto al Señor. 21Él, a su vez, los salu­dó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros.» 22 Y ha­bien­do dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: 23 Si a algu­nos perdonáis los pecados, les quedarán perdonados, si a algunos se los retuvierais, quedarán retenidos.» 24Sin embargo, Tomás, uno de los Doce, el llamado Mellizo, no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús. 25Entonces, los otros discípulos le remarcaban: «¡Hemos visto al mismo Señor!». Pero él les replicó: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mis manos en su costado y no meto mi dedo en la marca de los clavos, no creeré en absoluto.» 26Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro y Tomás en compañía de ellos. Jesús llega entonces, estando las puertas cerradas, se puso en el medio y saludó: «¡Paz a voso­tros!». 27Después dice a Tomás: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y deja de ser descreído sino creyente.» 28 Tomas repli­có y le dijo: «Señor mío y Dios mío.» Jesús lo pone en cuarentena: «¿Porque me has visto, has creído? 29Dichosos los que, sin haber visto, han creído.» 20,30Muchas por cierto y otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no han sido escritas en este libro. 31Estas, sin embargo, han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida eterna en su nombre. Estas señales han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios El segundo domingo de Pascua leemos el relato de las apa­riciones de Jesús resucitado a sus discípulos que tuvieron lugar el primer domingo: «Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado…» (Jn 20,19-23) y, a continuación, «Ocho días des­pués», la aparición personal de Jesús a «Tomás, uno de los Doce que no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús» (20,24-29). Jesús se apareció en primer lugar a «los discípulos», quienes tenían las puertas cerradas por el miedo a los Judíos, los salu­dó y, sin más, «les mostró las manos y el costado», sin que se mencione reacción alguna por parte de ellos. «Sus discípulos, entonces, se alegraron de haber visto al Señor.» Son sus discípulos preferidos quienes han reaccionado con gran alegría. Jesús insufló sobre ellos el don del Espíritu Santo, como había hecho Yahveh el día sexto de la creación, cuando modeló al hombre con polvo de la tierra e insufló en sus narices un aliento de vida (Gn 2,7). Jesús acababa así la obra de la creación.   Me fijaré hoy en el Colofón (20,30-31), ya que tiene una variante del Códice Beza que afecta a la finalidad de todo el escrito. Según el texto usual, el objetivo del Cuarto Evangelio sería: «para que lleguéis a creer que Jesús es el Ungido, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.» Según esto, los vv. 30-31 contendrían una declaración de la doble finalidad de la obra, a saber, que la comunidad lectora llegase a creer que Jesús es el Ungido Mesías y, en segundo lugar, que es el Hijo de Dios. Sorprende que, después del fiasco total del proyecto, se haya de creer en Jesús como Mesías de Israel. En cambio, según la versión del Códice Beza, el único objetivo del libro es que la comu­nidad creyente, que había aceptado ya plenamente que Jesús era el Mesías crucificado, dé un nuevo paso y llegue a creer que «Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios», la confesión precisamente que hizo el centurión romano cuando Jesús expiró en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39), en representación del paganismo. Y Beza en ese mismo momento remacha el clavo: «y para que, creyen­do, tengáis vida eterna en su nombre». El texto usual habla solo de «tener vida en su nombre».  Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego autou/autois: 20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discí­pulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24).

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

(679 523) Mt 28,1-10 Códice Beza 28,1Pasado el sábado, cuando resplandecía el primer día de la semana, fue María Mag­dale­na y la otra María a observar el sepulcro. 2De pronto se produjo un gran terremoto: es que un ángel del Señor, que había bajado del cielo, se acercó, hizo rodar la losa y se sentó sobre ella. 3Su aspecto era como de un relámpago y su vestido, blanco como la nieve. 4Atemorizados, los guardias se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. 5El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Dejad de tener miedo vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. 6No está aquí, pues se ha levantado, tal como había dicho. Venid, mirad el lugar donde el Señor[1] había sido puesto. 7 Y ahora id de prisa a decirlo a sus discípulos: “Se ha levantado y os precede a Galilea, allí lo veréis.” Os lo tengo dicho.»[2] 8 Ellas salieron[3] a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a sus discípulos. 9En esto, Jesús fue al encuentro[4]de ellas y las saludó diciendo: «¡Salve!». Ellas se acercaron, se le abrazaron a sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dice: «No tengáis miedo; id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea. Y allí me veréis.»[5] Jesús dice a las mujeres: «anunciad a mis hermanos que se vayan a galilea y allí me veréis» El Domingo de Pascua más extraño e inesperado de mi vida, me encontró confinado en la Ermita de St. Pere de Reixac. Hoy —me decía entonces— no subirá nadie a compartir la Eucaristía. Sin embargo, estaremos en conexión, Carme y yo, con todos vosotros que tenéis el espíritu bien abierto para sintonizar con Jesús resucitado. Esta sintonía no conoce ningún tipo de fronteras, raciales, políticas, religiosas, económicas, ni de conta­gios: es la sintonía del mismo Espíritu que hizo que Jesús se levantara de entre los muertos. Aquella mañana, ‘cuando resplandecía el sol del primer día de una nueva semana’, no fuimos al sepulcro, como hicieron María Magdalena y María, la madre de Jesús, porque aquel sepulcro había quedado vacío para siempre. Pero el mismo ángel del Señor que hizo rodar la losa del sepulcro, hizo rodar la que pesaba sobre nuestras cabezas y se ha sentado sobre ella para impartirnos una lección. Igual que se dirigió a aquellas mujeres espantadas, como portavoz de Jesús resucitado nos serena en estos momentos en que seguimos estresados por tantas y tan malas noticias que no paran de contar muertos o personas infectadas por un virus diminuto que ha cuestionado nues­tras seguridades. Lo mismo que dijo a las mujeres nos lo anuncia también a nosotros: ‘Dejad de tener miedo vosotras, ya sé que buscabais a Jesús, el Crucificado. No está aquí en el sepulcro donde pusieron al Señor’, que también está bien confinado. Tampoco nos dice que ‘vayamos a Galilea’, sino a cualquier lugar de la tierra donde haya gente abierta que esté esperando esta buena noticia. Es preciso que ‘salgamos deprisa’ del mundo de las seguridades tras el cual nos habíamos parapetado, para ‘ir al encuentro’ del otro, como hizo Jesús con las mujeres. Él nos saludará diciendo: «¡Salve!», y nosotros ‘nos acercaremos y abrazaremos sus pies para adorarlo’. ‘No tengáis miedo’, nos repite, iros de este lugar de muerte ‘y anunciad a mis hermanos’, a todas y cada una de las personas con las que conectéis en el espíritu, que «allá me veréis», sin moveros de vuestras casas. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Los códices Sinaítico y Vaticano, con algunos otros manuscritos, omiten «el Señor», y así consta en la edición crítica más moderna, una lección que nos han conservado, en cambio, el Códice Beza y la mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, así como las antiguas versiones latinas y siríacas. En boca del ángel, «el Señor» no se puede referir sino a Yahveh, con quien Jesús se identificaba con frecuencia cuando afirmaba «Yo Soy…», consciente de que él era su representante en la tierra. Les habrá sonado demasiado duro que «el sepulcro» fuera «el lugar donde había sido puesto el Señor», Yahveh. [2] Ver Mt 26,32. [3] Los códices Sinaítico y Vaticano, con otros tres manuscritos mayúsculos, cambian el verbo «salir», muy bien atestiguado por el Códice Beza y por la mayoría de manuscritos, por el verbo «irse», un verbo que no tiene ninguna connotación de éxodo personal, «el éxodo» precisamente que hacen de inmediato María Magdalena y la otra María, la madre de Jesús (ver Mt 27,56.61), distanciándose del sepulcro, por eso de inmediato Jesús «va al encuentro» de ellas. [4] Los mismos manuscritos que han cambiado el verbo «salir» por «irse», consecuentemente cambian el verbo «fue al encuentro» (apêntêsen), que connota voluntariedad y proximidad, por el verbo «salir al paso» (hypêntêsen), más distante. [5] El Códice Beza emplea la misma expresión, «y allí me veréis», que más arriba «un ángel del Señor» había anunciado a María Magdalena y a la madre de Jesús para que lo comunicasen a los discípulos de Jesús, pero ahora Jesús en persona lo repite a las mujeres. En cambio, el texto usual cambia la segunda persona del plural por la tercera, «y allí me verán», refiriéndolo a los discípulos. El machismo ha impuesto sus leyes prontamente en la iglesia primitiva, privándonos de la invitación que Jesús dirigía a las mujeres para que también ellas fuesen a Galilea para verle resucitado. Es el mismo ardid que podemos comprobar en Mc 16,7, donde el Códice Beza ponía en boca del «joven revestido de una vestidura blanca», símbolo del Resucitado, el anuncio que las mujeres habían de repetir a los discípulos de Jesús y a Pedro, en particular, a saber, que les precede a Galilea y que «allí me veréis», expresión esta última que la gran mayoría de manuscritos han cambiado por «allí me verán».

Domingo de Ramos // Mt 26,14-27,66 Códice Beza

(678 522) Mt 27,11-54 Códice Beza 27,11 Jesús compareció ante el gobernador y el gobernador lo interrogó diciendo: «¿Tu eres el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tu lo dices.» 12 Y mientras era acusado por los sumos sacer­dotes y ancianos, no contestó nada. 13Entonces Pilato le dice: «¿No oyes cuantos testimonios gravísimos presentan contra ti?». 14Él no le respondió ni una pala­bra,[1] hasta el punto de que el gobernador se sorprendió muchísimo. 15Por la Fiesta,[2] el gobernador solía conceder a la multitud la libertad de un preso, el que quisieran. 16Tenían entonces un preso famoso, el llamado Barrabas.[3] 17 Una vez ellos se hubieron congregado, Pilato les dijo: «¿Quién queréis que os deje libre, a Barrabás o a Jesús, el llamado Ungido?». 18Es que sabía que lo habían entregado por envidia. 19 Estando él sentado en el tribunal, su mujer le envió a decir: «Desentiéndete del caso de este justo, porque hoy, en sueños, he sufrido mucho por su causa.» 20 Pero los sumos sacerdotes y los ancianos habían convencido a las multitudes, a fin de que reclamasen a Barrabás e hicieran perecer a Jesús. 21Así que el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os deje libre?». Ellos respondieron: «¡A Barrabás!». 22 Pi­lato les preguntó: «¿Qué vamos a hacer,[4] pues, con Jesús, el llamado Ungido?». Todos dijeron: «¡Que sea cruci­ficado!». 23El gobernador les replicó: «Pero ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaron aún con más fuerza diciendo: «¡Que sea crucificado!». 24Cuando Pilato se dio cuenta de que todo era inútil y que, al contrario, se iba formando un alboroto, pidió agua y se lavó las manos de cara a la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Vosotros veréis.» 25 Y, en respuesta, todo el pueblo dijo: «¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». 26Entonces les soltó a Barrabás; a Jesús, en cambio, después de hacerlo azotar, se lo entregó para que lo crucificaran. 27Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús dentro del pretorio y congre­garon a su alrededor a toda la cohorte. 28Lo vistieron con una vestimenta de púrpura y una clámide de color escarlata le pusieron encima;[5] 29 después trenzaron una corona de espi­nas y se la pusieron sobre la cabeza y, en la mano derecha, una caña. Arro­dillándose delante de él, se mofaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!», 30 le escupieron en la cara, tomaron la caña y le pega­ban en la cabeza. 31Acabada la befa, le quitaron la clámide, le pusieron sus vestidos y se lo llevaron para crucificarlo. 32Al salir, encontraron a un hombre cirenense que venía al encuentro de él, de nombre Simón;­[6] a este, lo forzaron a llevar su cruz. 33Cuando llegaron a un lugar que se llama Gólgota, que es «el Lugar de la Calavera», 34 le dieron de beber vino mezclado con hiel; lo probó y no lo quiso beber. 35Después de crucificarlo, se repartieron sus vestidos, echándolos a suerte. 36Y se quedaron sentados allá custodiándolo. 37Sobre su cabeza habían puesto escrita la causa de su condena: «este es jesús, el rey de los judíos.» 38 Al mismo tiempo crucifican con él a dos malhechores, uno a la derecha y el otro a la izquierda. 39Los que pasaban por allí le injuriaban, moviendo la cabeza 40 y diciendo: «¡Ah, tu que ibas a destruir el Santuario y reconstruirlo en tres días, sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». 41De forma semejante también los sumos sacerdotes, junto con los letrados y fariseos, hacían mofa diciendo: 42 «A otros ha salvado, a sí mismo no se puede salvar. Es rey de Israel; ¡que baje ahora de la cruz y le creeremos! 43Si tiene puesta su confianza en Dios, ¡que le libre ahora, si tanto lo quiere, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”!». 44De la misma manera le insultaban también los malhechores que estaban cruci­ficados con él. 45Desde la hora sexta, se hizo tiniebla sobre toda la tierra hasta la hora nona. 46Hacia la hora nona, clamó Jesús con voz muy fuerte: «Elí, Elí, ¿lema sabactani?», esto es, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». 47Algunos de los allí presentes, al oírlo iban diciendo: «Este llama a Elías.» 48 Y enseguida, uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le daba de beber. 49Pero los otros decían: «Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarlo.»[7] 50 Pero Jesús, habiendo grita­do nuevamente con voz muy fuerte, exhaló el espíritu. 51Entonces la cortina del Santuario se rasgó en dos partes, de arriba a abajo; la tierra tem­bló y las rocas se quebraron, 52 las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto se levantaron, 53 y habiendo salido de las tumbas, después de su resurrección fueron a la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. 54El centurión y los que en compañía suya custodiaban a Jesús, viendo el terremoto y lo que estaba pasando, tuvieron muchísimo miedo e iban diciendo: «Verdaderamente este era Hijo de Dios.» Los soldados se mofaron de Jesús: «¡salve, rey de los judíos!», y Poncio Pilato lo entronizó para siempre en la cruz Me centraré en la segunda parte de la Pasión según Mateo, limitándome a comentar algunas variantes textuales. El nombre del gobernador romano, ‘Poncio’, no se menciona aquí en los principales mss., pero Lucas lo nombrará dos veces (Lc 3,1; Hch 4,27). Al término del interrogatorio de Pilato, plagado de acusaciones gravísimas de los sumos sacerdotes y ancianos contra Jesús, este (según remarca el Códice Beza) «no le respondió ni una palabra»; el texto usual lo especifica: «no le respondió nada a ninguna acusación». La única respuesta que Jesús dio a Pilato cuando este le preguntó: «¿Tu eres el rey de los judíos?» es ambigua e incluye una cierta reserva: «Tu lo dices.» Pilato lo entenderá en sentido afirmativo, en el ámbito político; Jesús lo asume, pero lo entendió diversamente a partir de la

Domingo V de Cuaresma // Jn 11,1-45 Códice Beza

(677 521) Jn 11,1-45 Códice Beza 11,1Había cierto enfermo, Lázaro de Betania, de la aldea de la María y de la Marta,[1] su hermana. 2 María[2] era la que ungió al Señor con perfume y secó sus pies con sus cabe­llos: el hermano de la cual precisamente, Lázaro, estaba enfermo. 3Sus hermanas envia­ron a decir a Jesús: «Señor, mira, aquél a quien tu quieres está enfermo.» 4 Jesús, al oírlo, dijo: «Esta su enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» 5 Jesús quería[3]a Marta, a su hermana y a Lázaro.[4] 6 Cuan­do oyó que estaba enfermo, entonces Jesús se quedó en aquel lugar dos días. 7 Segui­damente, después de esto, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.» 8 Sus discípulos le recuerdan: «Rabí, hace poco los Judíos te querían apedrear, ¿y vas de nuevo allí?». 9 Jesús respondió: «¿No tiene doce horas el día? Si uno camina durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero si uno camina durante la noche, tropieza, porque no hay luz en ella.» 11Dijo esto, y a continuación les dice: «Lázaro, nuestro amigo, duerme;[5] pero voy a desper­tarlo.» 12 Los discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» 13 Jesús lo había dicho refe­rente a su muerte; ellos, en cambio, creyeron que hablaba del dormir del sueño. 14 En­ton­ces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro, nuestro amigo, se ha muerto, 15 y me alegro por vosotros, a fin de que creáis, que no haya estado allí; pero vayamos a encontrarlo.» 16 Dijo entonces Tomás, el llamado Mellizo, a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él.» 17 Jesús, pues, llegó a Betania y se encontró que aquél hacía cuatro días que estaba en el sepulcro. 18 Betania estaba cerca de Jerosólima unos quince estadios. 19Muchos de los jero­solimitanos habían venido a casa de Marta y Mariam, a fin de consolarlas por la muerte de su her­mano. 20Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, le salió al encuentro; María, en cam­bio, estaba sentada en casa. 21 Marta dijo dirigiéndose a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; 22 pero incluso ahora, yo sé que todo lo que pidas a Dios, te lo concederá.» 23 Jesús le dice: «Tu hermano resucitará.» 24 Marta le dice: «Sé que resucitará en la resurrección, el último día.» 25 Jesús le dijo: «Yo Soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; 26 y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Cree esto?». 27Dice: «Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Ungido, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo.» 28 Habiendo dicho esto, se fue y llamó a su hermana Mariam diciéndole en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama.» 29 Ella, al oírlo, se levantó corriendo y fue a encontrar-lo. 30 Jesús aún no había llegado a la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había salido al encuentro. 31 Los Judíos que estaban con ella en la comunidad consolándola, cuando vieron a Mariam que se levan­taba de un salto y salía, la siguieron, pensándose que iba al sepulcro a llorar allí. 32 María, cuando llegó donde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» 33 Jesús entonces, al ver que ella llora­ba y que lloraban los Judíos, los que habían venido junto con ella, se conturbó en el espíritu como quien se ha conmovido profundamente 34 y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le dicen: «Señor, ven y lo verás.» 35 Y Jesús se puso a llorar. 36Los Judíos entonces decían: «¡Mira cómo le quería!». 37Pero algunos de ellos replicaron: «¿No habría podido este que abrió los ojos del ciego hacer que también este no muriera?». 38 Jesús entonces, nuevamente conmovido en su interior, llega al sepulcro. Era una cueva y una losa estaba puesta encima. 39Dice Jesús: «¡Alzad la losa!». Le dice Marta, la hermana del finado: «Señor, ya huele mal: es el cuarto día.» 40 Jesús le dice: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». 41Cuando, pues, hubieron alzado la losa, también Jesús alzó sus ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escu­chado. 42 Yo sabía que tú siempre me escuchas, pero a causa de la multitud que me rodea lo he dicho, para que crean que tú me has enviado.» 43 Habiendo dicho esto, con voz poderosa gritó: «¡Lázaro, sal afuera!». 44 E inmediatamente salió el difunto, atado de pies y manos con vendas y su cara envuelta con un sudario. Les dice Jesús: «Desatadlo y dejad que se vaya.» 45Muchos de los Judíos que habían venido al encuentro de Mariam, habiendo visto lo que Jesús había hecho, creyeron en él.[6] Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarlo Me quisiera fijar hoy en la profunda amistad que había entre Jesús y Lázaro, «nuestro amigo» (recalcado por el Códice Beza: «Lázaro, nuestro amigo, se ha muerto»). La relación de Jesús con la comunidad de Betania era de una gran amistad: «Las hermanas de Lázaro enviaron a decir a Jesús: “Señor, mira, aquel a quien tu quieres está enfermo”»; «Jesús quería a Marta y a su hermana y a Lázaro»; «Mira cómo le quería», decían los Judíos. A pesar de esta estrecha relación de amistad, sus miembros, como los judíos en general, creían que la muerte era ya un estado definitivo. Como mucho hablaban de una vida umbrátil en el Hades, la región subterránea de los muertos. Jesús quiere impartirles una lección sobre la muerte. Por eso no acude inmediatamente a Betania cuando le anuncian que estaba enfermo. Espera que pasen cuatro días para presentarse, cuando todos creían que la muerte ya era definitiva: «Señor, ya huele mal es el cuarto día», le reprochó Marta. Como mucho se

Domingo IV de Cuaresma // Jn 9,1-41 Códice Beza

(676 520) Jn 9,1-41 Códice Beza 9,1Pasando, vio a un hombre ciego de nacimiento, que estaba sentado.[1] 2 Los discípulos le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?». 3 Jesús respondió: «Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él. 4 Es preciso que nosotros obremos las obras del que me envió, mientras es de día; llega la noche cuando nadie puede trabajar. 5Mientras esté en el mundo, soy Luz del mun­do.» 6 Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, le ungió con el barro poniéndo­selo sobre sus ojos 7 y dijo: «Vete a lavarte a la piscina de Siloé (que se interpre­ta “el Enviado”).» Se fue, pues, se lavó y volvió viendo. 8Los vecinos y los que lo habían visto antes, que era un mendigo decían: «¿No es éste el que estaba sentado y que mendigaba?». 9Otros decían: «Es él.» Unos terceros, en cambio: «Se parece a él.» Él dijo: «Soy yo.» 10 Le dijeron entonces: «¿Cómo es, pues, que se te han abierto los ojos?». 11 Él respondió: «Un hombre llamado Jesús hizo barro, me ungió los ojos y me dijo: “Vete a Siloé y lávate.” Fui, me lavé y he vuelto viendo.» 12 En­tonces ellos le preguntaron «¿Dónde está, ese?». Les responde él: «No lo sé.» 13En esto llevan a los fariseos al que antes era ciego. 14Era sábado cuando Jesús hizo fango y abrió sus ojos. 15Nuevamente le interrogan igualmente los fariseos cómo había llegado a ver. Él les dijo: «Puso barro sobre mis ojos, me fui a lavar y veo.» 16 Algunos de los fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, ya que no guarda el sábado.» Pero otros decían: «¿Cómo puede un hombre pecador hacer semejantes señales?». Había división entre ellos. 17 Decían, pues, al ciego: «¿Tu, qué dices en lo referente a tu caso, a saber, que te abrió los ojos?». Él dijo: «Que es un profeta.» 18 Los Judíos no se creyeron su caso, hasta que llamaron a los padres del que había recuperado la vista 19 y los interrogaron diciendo: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es, pues, que propiamente ahora puede ver?». 20Les respondieron sus padres y dijeron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. 21 Pero, cómo es que ahora ve, no lo sabemos; o quién le abrió los ojos, nosotros no lo sabemos: interrogadle a él, ya tiene edad, él hablará de su caso.» 22 Sus padres dijeron eso porque tenían miedo de los Judíos: los Judíos, en efecto, ya se habían puesto de acuerdo en que si alguno confesara que él era el Ungido, quedase excluido de la sinagoga. 23Por eso dijeron sus padres: «Ya tiene edad, preguntádselo él.» 24Entonces lo llamaron por segunda vez, al que era ciego, y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que este hombre es un pecador.» 25 El respondió: «Si es un peca­dor, no lo sé; una cosa sé, que era ciego y que ciertamente ahora veo.» 26 Le dijeron entonces: «¿Que te ha hecho?» y: «¿Cómo te ha abierto los ojos?». 27Respondió él: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿por qué queréis oírlo otra vez? ¿Por ventura queréis también vosotros llegar a ser discípulos suyos?». 28 Ellos lo insultaron y dijeron: «Tú, discípulo serás del individuo ese; nosotros somos discípulos de Moisés. 29Nosotros sabemos que a Moisés Dios le ha hablado y que Dios no escucha a los pecadores;[2] pero este no sabemos de dónde es.» 30 El hombre respondió y dijo: «Eso sí que es extraño, que vosotros no sabéis de donde es, y que él me haya abierto los ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si uno es religioso y hace su voluntad, a este sí que lo escucha. 32Nunca se ha oído decir que alguien abriera los ojos de uno que había nacido ciego. 33Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada.» 34 Le respondieron y dijeron: «En pecado has nacido tu enteramente, ¿y tú nos quieres dar lecciones?». Y lo echaron fuera.  35 Jesús se enteró de que lo habían echado, se le hizo encontradizo y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». 36Él respondió y dijo: «Y ¿quién es, Señor, ¿a fin de que pueda creer en él?». 37 Jesús le respondió: «Ya lo has visto: es el que está hablando contigo.» 38 Él dijo: «Creo, Señor.» Y se prostró delante de él. 39 Jesús afirmó: «Yo para hacer un juicio he venido a este mundo, a fin de que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos.» 40 Lo oyeron algunos de los fariseos que estaban en compañía de él y le dijeron: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». 41 Jesús les contestó: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como ahora decís: “Vemos”, vuestros pecados permanecen.» Era sábado cuando Jesús hizo barro con la saliva y ungió los ojos del ciego de nacimiento El episodio está enmarcado por la presentación de un «ciego de nacimiento que estaba sentado», según puntualiza el Códice Beza al inicio, y por la pregunta que los fariseos formulan a Jesús, al final: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». Hay, pues, varias maneras de ser «ciegos». Del primero dicen sus padres: «Sabemos que nació ciego.» Cinco veces se recalca que nació ciego. Los discípulos tienen claro que fue consecuencia de un pecado originario: «Rabí —pre­guntan a Jesús—, ¿quién pecó, este o sus pad­res, para que naciera ciego?». La respuesta de Jesús es concluyente: «Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él.» Se insiste en que «era un mendigo» y en la pregunta de quienes le habían visto: «¿No es éste el que estaba senta­do y que mendigaba?». En el Evangelio de Marcos encontramos un ciego parecido: «El hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba

Domingo III de Cuaresma /// Jn 4,5-42

(675 519) Jn 4,4-7.9-26.28-30.39-42 Códice Beza (primera redacción)[1] (4,4 Era necesario que Jesús pasara a través de Samaría.) 4,5Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: 6 estaba allí el manantial de Jacob. Jesús, que estaba cansado por la cami­nata, se había sentado junto al manantial: la hora era precisamente la sexta.[2] 7 Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Mujer dame de beber.» 4,8Es que sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar víveres. 4,9La mujer samaritana le dice: «Tu, que eres judío, ¿cómo es que me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?».[3] 10 Jesús respondió y le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» 11 La mujer le dice: «Señor, ni tan solo tienes pozal y el pozo es profun­do, ¿de dónde obtienes el agua viva? 12 ¿Es que tú eres más grande que nuestro padre Ja­cob, que nos dio el pozo y en él bebieron él mismo y sus hijos y el ganado?». 13 Jesús respondió y le dijo: «Todo el que bebe de esa agua, volverá a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más; al contrario, el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial de agua que salta hacia una vida eterna.» 15 La mujer le dice entonces: «Señor, dame de esa agua, a fin de que no tenga más sed ni ten­ga que venir aquí a sacarla.» 16 Jesús le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve aquí.» 17 La mujer respondió y dijo: «Marido, no tengo ninguno.» Jesús le dice: «Has dicho bien que no tienes ningún marido, 18 porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.» 19 La mujer le dice: «Señor, estoy viendo que eres un profeta. 20Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerosólima está el lugar donde hay que adorar.» 21 Jesús le dice: «Mujer, créeme a mí, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerosólima adoraréis al Padre. 22Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23Al contrario, llega la hora y ya es ahora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre busca a estos que le ado­ren. 24 Dios es espíritu, y los adoradores es preciso que le adoren en espíritu y ver­dad.» 25 La mujer le dice: «Sé que ha de venir un tal Mesías, el llamado Ungido; cuando venga él, nos lo anunciará todo.» 26 Jesús le dice: «Yo Soy, el que está hablando contigo.» 4,27Y en esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que hablase con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: «¿Qué pretendes?» o bien: «Qué es lo que hablas con ella?». 4,28Dejó la mujer su jarra privada[4] y se va a la ciudad a decir a los hombres: 29 «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?». 30 Salie­ron de la ciudad y se dirigieron hacia él. 4.31 Mientras tanto, los discípulos le rogaban diciendo: «Rabí, come.» 32 Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis.» 33 Los discípulos se decían entre ellos: «¿No será que alguien le ha traído de comer?». 34 Jesús les dice: «Mi alimento es que haga la voluntad del que me ha enviado y que lleve a término su obra. 35No decís vosotros: “¿Cuatro meses más y llega la siega?”. Pues bien, yo os digo: “Alzad los ojos y contemplad los campos que ya blanquean para la siega. 36Ya el segador recibe el salario y recoge el fruto para una vida eterna, a fin de que tanto el sembrador como el segador se alegren juntos. 37Porque en eso consiste el dicho verda­dero: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ 38 Yo os envié a segar: vosotros no os habéis fatigado; otros se han fatigado y vosotros os habéis aprovechado de su fatiga.”» 4,39De aquella ciudad muchos creyeron en él de entre los samaritanos por la palabra de la mujer que testificaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» 40 Cuando los samaritanos llegaron donde estaba él, le rogaban que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.    41Aún muchos más creyeron por su palabra; 42 pero iban diciendo a la mujer: «Por tu testimonio ya no creemos, porque lo hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo, el Ungido.»[5] Era necesario, según el designio divino, que Jesús pasara por Samaría  El título lo he tomado de un versículo que no leeremos este domingo, pero que contiene precisa­mente el móvil que motivó a Jesús a recuperar la etnia samaritana como parte inte­grante de Israel. En el seno del diálogo de Jesús con la Samaritana, el lector podrá separar fácilmente tres referencias a los discípulos quienes no entrarán nunca en contacto con la Samaritana y que, además, interrum­pen el hilo de la secuen­cia. Comentaré, tan solo la secuencia principal. La composición de lugar es determi­nante: Sicar, una ciudad de Samaría, «cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: estaba allí el manantial de Jacob». Jesús, cansado del camino, «se había sentado junto al manantial», como un maestro que, sediento a la vista de la situación de Samaría, quiere impartir una lección a una mujer samaritana que había ido a sacar agua del pozo. Él no tiene pozal y el pozo es profundo, pues contiene toda la sabiduría de los samaritanos. Jesús la quiere poner a prueba «Mujer dame de beber.» No consiente que haya fronteras infranqueables

Domingo II de Cuaresma // Mt 17,1-9 Códice Beza

(674 518) Mt 17,1-9 Códice Beza 17,1Y sucedió que, al cabo de seis días, Jesús tomó consigo a Pedro y a Santiago y a Juan, su hermano, y les hace subir a un monte extremamente alto.[1] 2 Jesús se trans­figuró en presencia de ellos, su rostro brilló como el sol, mientras que sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. 3En esto, se les aparecieron Moisés y Elías en compañía de él conversando. 4 Pedro reaccionó y dijo a Jesús: «Señor, es bueno que nosotros estemos aquí: si quieres haremos aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y una para a Elías.» 5 Mientras él aún hablaba, he aquí que una nube luminosa los iba cubriendo con su sombra, y salió una voz de la nube que decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido; ¡escuchadlo a él!». 6Los discípulos, al oírlo, cayeron rostro a tierra y tuvieron muchísimo miedo. 7 Jesús se acercó, los tocó[2] y les dijo: «Levantaos y dejad de tener miedo.» 8 Habiendo ellos alzado los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús. 9 Mientras bajaban del monte, Jesús les dio una orden: «No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre se haya levantado[3] de entre los muertos.» Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y les hace subir a un monte extremamente alto El «monte extremamente alto», a donde el diablo transportó a Jesús para ofrecerle todos los reinos del mundo, a condición de que lo adorase, es el mismo, según el Códice Beza (variantes en cursiva), donde tendrá lugar la transfiguración. Entonces, Jesús invitó al diablo a hacerse discípulo suyo: «¡Vete detrás de mí, Satanás!» (Mt 4,8-10 D); ahora, Jesús, que acaba de invitar a Pedro, después de que este le lanzara un conjuro para disuadirlo de hablar de su fracaso como Mesías, a hacerse discípulo suyo: «¡Vete detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo» (16,22-23), toma con él, «seis días después» de esto, a Pedro, Santiago y Juan, «y les hace subir a un monte extremamente alto», donde se transfigura en presencia de ellos: «su rostro brilló como el sol, mientras que sus vestidos quedaron blancos como la nieve». En este momento se aparecieron a los tres discípulos Moisés y Elías en compañía de Jesús conversando entre ellos. Pedro pretende retener la visión. Propone hacer allí tres tiendas: en el centro estaría Moisés, flanqueado por Jesús y Elías respectivamente. Pero en el cielo no piensan así: «Mientras él aún hablaba, he aquí que una nube luminosa les iba cubriendo con su sombra.» La nube, símbolo de la presencia de Dios, interrumpe a Pedro y a la vez les proporciona cobertura para que puedan escuchar la voz de Jesús que, en contra de lo que Pedro proponía, era a quien debían escuchar, y no a Moisés ni a Elías: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido; ¡escuchadlo a él!». Jesús se acerca a los discípulos, llenos de miedo, y los toca invitándoles a levantarse. Al alzar ellos los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús. Se había desvanecido la visión. Bajando del monte, les ordenó que no contaran a nadie la visión, hasta que, después de su muerte violenta en manos de los dirigentes de Israel, hubiera resucitado de la muerte, repitiéndoles lo que Pedro, con un conjuro, considerando que estaba endemoniado, había querido evitar que sucediese. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] En la escena de la transfiguración, en el texto usual no figura el adverbio «extremamente», adverbio que sí se presentaba en todos los mss. en la tercera tentación del diablo (ver Mt 4,8). Desgraciadamente, sin este adverbio, se pierde inexorablemente la conexión entre las dos escenas, más aún si se tiene en cuenta que en la respuesta de Jesús a la proposición del diablo no figuraba tampoco invitación alguna de Jesús a hacerse discípulo suyo: «¡Vete, Satanás!», según leemos en el texto usual, y sí, en cambio, en el Códice Beza: «¡Vete detrás de mí, Satanás!», avalado por muchos mss. unciales y casi por todos los minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, que lo habían leído en su ejemplar griego. [2] El gesto de Jesús de «tocarlos» con frecuencia pasa desapercibido a los comentaristas. Nos encontramos de lleno dentro de la visión. En Cesarea de Filipo, Pedro había intentado, con un conjuro, disuadir a Jesús de hablar de su previsible muerte violenta en manos de los sumos sacerdotes, de los ancianos y de los letrados (16,21-23). En la presente escena, Dios ha desautorizado a los tres discípulos indicándoles que a quien deben «escuchar» es a Jesús, i no a Moisés ni a Elías. Al prestar ellos oídos a la voz del cielo (lit. «ha­biendo escuchado»), «cayeron rostro a tierra y tuvieron muchísimo miedo». Jesús, cuyo «rostro brillaba como el sol», se acerca a ellos y «los toca», igual como había «tocado» al leproso (Mt 8,3), a la suegra de Pedro con fiebre (8,15) y a los dos ciegos (9,29; 20,34), y los invita a «levantarse», saltándose Jesús las prescripciones de la Ley que prohibían «tocar» personas impuras.  [3] El Códice Sinaítico y la gran mayoría de mss. emplean aquí el verbo anístêmi, resucitar, mientras que únicamente los códices Beza y Vaticano emplean el verbo egeirein, levantarse, con el mismo significado, en principio, si bien los traductores suelen traducir ambos verbos griegos con el verbo resucitar. Habrá que profundizar en este uso diversificado.

© 2025 |  Todos los derechos reservadoss – El Evangeli Actualizado según el Códice Beza – Una web de Edimurtra