II Domingo de Navidad

664es_ II Domingo de Navidad Jn 1,1-18 Códice Beza[1] 1,1En el Principio existía el Proyecto, – y este Proyecto dialogaba con Dios, y un Dios era el Proyecto: – 2 este en el Principio dialogaba con Dios. 3Todo el universo llegó a la existencia por medio de él, – y sin él nada ha existido. Lo que se ha producido 4 en su seno es [2]Vida, – y la Vida era la Luz de los humanos. La Luz brilla en la Tiniebla, – y la Tiniebla no la ha atrapado. Apareció un hombre, enviado de parte del Señor, que tenía por nombre Juan; este vino como testigo para dar testimonio de la Luz, para que todos llegasen a creer por medio de él. No era él la Luz, sino para que diera testimonio de la Luz. Estaba la Luz verdadera, la que ilumina a todo el género humano, llegando al mundo. – Estaba en el mundo, y el mundo llegó a la existencia por medio de él, – y el mundo no lo reconoció. Vino junto a los suyos, – y los suyos no lo acogieron. A cuantos lo recibieron, les dio la capacidad de llegar a ser hijos de Dios, a quienes dan la adhesión a su persona: – no de ligámenes de sangre, ni de un deseo de la carne, ni de un deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Proyecto se hizo carne humana – y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, – gloria como la que el Unigénito recibe del Padre, lleno de Gracia y de Verdad. Juan da testimonio de él y continúa gritando: «Este es de quien yo dije: “El que viene detrás de mí me ha pasado delante, porque existía antes que yo.”» ya que de su plenitud todos nosotros hemos recibido, – una gracia por otra gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, – la Gracia y la Verdad se han hecho realidad por medio de Jesús Mesías. A Dios, nadie lo ha visto jamás; – el Unigénito Dios que reposa en el seno del Padre, éste es quien lo ha revelado. Jesús, el hombre en quien se ha cumplido el proyecto de Dios «En el Principio», antes del Big Bang que dio origen al universo, «existía el Proyecto» que en la eternidad «dialogaba con Dios»: «el Proyecto» que Dios pensaba llevar a cumplimiento «era un Dios». En el seno de este Proyecto, antes de que apareciesen el tiempo y el espacio, apenas esbozado, Dios comunicó su propia Vida: «Lo que se ha producido en su seno es la Vida», la Vida que había de iluminar a los humanos que aparecerían en el espacio y en el tiempo, fruto de la evolución. «La Luz brilló en la Tiniebla», precursora de todo tipo de poder despótico, «y la Tiniebla no la ha podido atrapar». «Estaba la Luz verdadera, la que ilumina a todo el género humano, llegando al mundo»; el Proyecto creador «estaba en el mundo», y el mundo había sido realizado de acuerdo con el Proyecto divino inicial, pero «el mundo no lo reconoció»: la materia, siempre cuantificada, no podía reconocer al Espíritu de Vida inmaterial que Dios había insuflado en su Proyecto. «Vino junto a los suyos», pero la nación que inicialmente lo había recibido y transcrito en forma de Ley no lo acogió —«los suyos, no lo acogieron»— porque no se había presentado en el Templo ni a las autoridades religiosas, y no respetaba el sábado, día en que, según la Ley, Dios había reposado de la obra que había hecho. Y es que Jesús, el primer hombre en quien el Proyecto de Dios ha tomado «carne» de nuestra carne, había abierto —precisamente en día de sábado — los ojos al hombre ciego de nacimiento, mientras les recordaba que «Mi Padre sigue trabajando, y yo también trabajo» (Jn 5,17) todos los días del año. Pero algunos lo acogieron, y «a los que lo recibieron, les dio la capacidad de llegar a ser hijos de Dios»: son «los que dan la adhesión a su persona» porque «han nacido de Dios» superando todo tipo de ligámenes tribales, religiosos, políticos y económicos. «De su plenitud hemos recibido todos nosotros», a partir del momento en que «la Gracia y la Verdad se han hecho realidad por medio de Jesús Mesías» y han alcanzado a ser patrimonio de la humanidad, cuando el fracaso del Mesías ha abierto de par en par las puertas del Reino a todas les naciones. [1] El Prólogo primigenio estaba escrito en forma poética, a base de incisos binarios (–) que se complementan. Si prescindimos de las dos amplificaciones (de segunda redacción: en cursiva), el Prólogo fluye describiendo poéticamente como «el Proyecto» que Dios tenía pensado desde la eternidad, «En el Principio», ha tomado finalmente «carne» humana en la persona de Jesús de Nazaret. [2] Los códices Beza y Sinaítico, avalados por las antiguas versiones latinas y coptas, por Tolomeo, Ireneo, Clemente y Orígenes, leen el pr. es, mientras que la mayoría de mss. leen el pasado era. Se trata, a nuestro modo de ver, de una de las lecciones variantes que se presentan en los cuatro evangelios.
Sagrada familia: Jesús, María y José

Mt 2,13-15.19-23 Códice Beza (665 509) Evangelio acturalizado según el Códice Beza // Josep Rius-Camps Sagrada Familia: Jesús, María y José Mt 2,13-15.19-23 Códice Beza 2,13 Cuando los magos se hubieron retirado, he aquí que el ángel del Señor se aparece en sueños a José diciendo: «Levántate, toma al muchacho (a) y a su madre, y huye a Egipto y quédate allí hasta que te lo diga yo, porque Herodes buscará al muchacho para matarlo». 14 Habiéndose desvelado, tomó al muchacho y a su madre de noche y se fue a Egipto 15 y se quedó hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». 19 Muerto Herodes, he aquí que el ángel del Señor se aparece en sueños a José en Egipto 20 diciendo: «Levántate, toma al muchacho y a su madre y vete al país de Israel, que ya han muerto los que atentaban contra la vida del muchacho. 21 Habiéndose desvelado, tomó al muchacho y a su madre y se fue al país de Israel. 22 Al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Así que, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea 23 y fue a residir a una ciudad llamada Nazaret, de manera que se cumpliera lo que fue dicho por medio de los profetas: «Le llamarán Nazoreo» (b). José, advertido por el ángel en sueños, rememora el éxodo de Egipto Tanto el relato de la ida a Egipto de la familia de Jesús como el del retorno a Israel, Mateo los ha enmarcado con una aparición del ángel del Señor «en sueños» a José, situándolos así en un mundo utópico y, a la vez, relacionándolos con el relato de la visión nocturna de Jacob, a quien Dios ordenó ir a Egipto, asegurándole que «Yo mismo iré contigo a Egipto y te haré volver» (Gn 46,2-4). El domingo pasado comprobamos cómo el ángel del Señor se presentaba a José también en un estado de somnolencia espiritual para que tomara a Mariam, su esposa, en su casa y no la repudiase en privado (1,20-21). El evangelista nos instruye sobre el adolescente Jesús, el cual, antes que fuera ungido como el Mesías de Israel, debería hacer el éxodo a la inversa del que había hecho el pueblo judío, yendo de nuevo a Egipto siguiendo las huellas del patriarca Jacob, y volver a Israel después de la muerte de Herodes. Estos relatos no se han de leer como hechos históricos, sino como enseñanzas que revelan la manera como Dios guía a las personas liberándolas de las manos de los poderosos de todos los tiempos (Babilonia, Persia, el Faraón, Herodes…). La retirada y la estancia del muchacho Jesús en Egipto darán cumplimiento, según precisa Mateo, a la profecía de Oseas: «Cuando Israel era un muchacho lo amé, de Egipto llamé a mi hijo». Mateo cita tan solo la segunda parte, pero yo la he aducido en extenso porque, según el Códice Beza, las cinco veces en que Mateo hablará aquí del niño Jesús lo calificará como «el muchacho» (ton paida, que en griego designa a un adolescente entre 7 y 14 años): «toma al muchacho y a su madre», y no como «al niño» (to paidion, en griego), como encontramos en todos los otros manuscritos. Una vez llegados ya a Israel, al enterarse José de que Arquelao reinaba en Judea, tuvo miedo de ir allí. Una vez más, «avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea y fue a residir a una ciudad llamada Nazaret», en cumplimiento del oráculo de los profetas: «Le llamarán Nazoreo». Notas: (a) Cinco veces el Códice Beza lee pais, «muchacho», «siervo», «esclavo», un término empleado para designar a un muchacho entre 7 y 14 años, diferente de paidion, «niño pequeño», «pequeño criado», término que utilizan todos los otros manuscritos. El Códice Beza pone en boca de los magos y del ángel el término «muchacho», que evoca el conocido pasaje de Is 42,1 LXX: «Jacob, mi siervo, a quien yo sostengo; Israel, mi elegido, en quien se ha complacido mi alma», y que Lucas referirá con frecuencia a Jesús (cf. Lc 1,54; Hch 3,13.26; 4,25.27.30); en cambio, en boca de Herodes o de los que atentaban contra el niño emplea el esperado paidion, «niño pequeño». (b) «Nazaret», Nadsôraios, es una transcripción del arameo nasraya, derivado del nombre del lugar «Natzaret» (Nasrath). No se ve claramente que Mt haga alusión aquí a un oráculo profético; se puede pensar en Is 11,1 por la asonancia entre la palabra hebrea que significa «retoño» y Nazareo.
Domingo IV de adviento

(663 507) Mt 1,18-25 (1,18-24 lectura dominical) Códice Beza 1,18Sin embargo, la génesis del Mesías[1] fue de esta manera: Estando, en efecto, María desposada con José, antes de vivir juntos, se encontró que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo. 19Pero José, su marido, que era justo y no quería difamarla, resolvió repudiarla en secreto. 20Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños diciendo: «José, hijo de David, no tengas miedo de tomar contigo a Mariam,[2] tu mujer, porqué lo que ha sido engendrado en ella es obra del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús,[3] porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22Todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que fue dicho por el Señor por medio del profeta Isaías[4] cuando dice: 23 «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). 24Habiéndose despertado José de su sueño, hizo tal como le había ordenado el ángel del Señor y tomó con él a su mujer. 25 Y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús.[5] La genealogía de Jesús no concuerda del todo con la genealogía del Mesías Un gravísimo lapsus en la transmisión del texto de Mateo ha contribuido a confundir la genealogía de Jesús Mesías, con la que Mateo iniciaba su Evangelio (Mt 1,1-17: 42 nombres distribuidos en 3 grupos de 14), con «la génesis del Mesías» que describe a continuación (1,18-25), conectada a la anterior precisamente mediante una conjunción adversativa: «Sin embargo, la génesis del Mesías fue de esta manera…» Esta lección variante, conservada tan solo por el Códice Beza y por todas las antiguas versiones latinas anteriores a la Vulgata, desautoriza cualquier interpretación literal de la concepción de Jesús, como si fuera físicamente obra del Espíritu Santo. De hecho, Jesús no hará la experiencia de ser el Mesías de Israel hasta que alcance la madurez, a los 30 años (Lc 3,23). Un rabino judío, como Mateo, no interpretaría nunca esta escena como la leemos nosotros. Todo el anuncio angélico tiene lugar «en sueños» hasta que José «se despertó de su sueño», evitando así nuestra tendencia historicista de dar un lugar preeminente a la historia en la explicación de los hechos. Utilizando este registro, empleado frecuentemente en la Escritura, se anticipa «en sueños» (5 veces en este largo contexto: exilio a Egipto, matanza de los inocentes, etc.) el rechazo del que será objeto el Mesías cuando se presente a Israel. Más que excluir la acción humana de José, se enfatiza la predilección divina por este niño, antes ya de su concepción y nacimiento: «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). Dios se ha hecho cercano en la persona de Jesús, habitando entre nosotros y acomodándose a nuestro lenguaje. Su padre José será quien le pondrá el nombre —Isaías y el ángel coinciden en este punto, según el Códice Beza; el texto usual, en cambio, dice: «y le pondrán el nombre»—, que definirá su misión salvadora: «Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Jesús, en hebreo, significa «Yahveh salva». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos leen «Jesús Mesías»; el Códice Vaticano, «Mesías Jesús»; el Washingtoniano, «Jesús»; Beza y las antiguas versiones latinas, «Mesías». De hecho, Mateo acaba de enumerar la «génesis de Jesús Mesías, hijo de David, hijo de Abrahán», partiendo de Abrahán hasta «Jesús, el llamado Mesías» (Mt 1,1-16); ahora pasa a describirnos la «génesis del Mesías» (función), no la génesis de Jesús (persona). [2] El narrador Mateo emplea siempre el nombre grecizado «María», mientras que el ángel, cuando se dirige a José, utiliza, según el Códice Beza, del nombre hebreo «Mariam», el antiguo nombre de María antes de que el ángel le anunciara que sería la madre del Mesías. Lucas utiliza también esta doble denominación, «Mariam», referida a su pasado judío, y «María», en referencia al cambio profundo que ha tenido lugar en ella. [3] «Jesús» (hebreo Yehosu῾a) quiere decir «Jahveh salva». [4] Sorprende que la mayoría de manuscritos omitan aquí, la primera vez que lo cita, el nombre de «Isaías», limitándose a decir «por medio del profeta». El Códice Beza, avalado por todas las antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, así como por Ireneo, conserva aquí el nombre de Isaías por tratarse de la primera vez que lo cita; en las dos subsiguientes citas (2,5.15) Mateo se lo ahorrará, mientras que cuando citará a Jeremías (2,17) y volverá a citar a Isaías (3,3; 4,14) aducirá los nombres respectivos. [5] El último versículo: «y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús» (v. 25) no lo leeremos hoy, no fuera que anticipásemos la Navidad.
Domingo III de Adviento

(662 506) Mt 11,2-11 Códice Beza 11,2 Juan, que en la prisión había oído hablar de las obras que hacía Jesús,[1] le envió un mensaje por medio de sus discípulos 3 para decirle: «¿Eres tú el que ha de obrarlo,[2] o hemos de esperar a otro?». 4 Jesús en respuesta les dijo: «Id y referid a Juan lo que estáis oyendo y viendo: 5 los ciegos vuelven a ver y[3] los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y los muertos resucitan, y los pobres reciben la buena noticia. 6 ¡Y dichoso es aquel que no se escandalice de mí!». 7Mientras estos se iban, se puso a hablar de Juan a las multitudes: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 8 ¿Qué habéis salido a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Sabéis muy bien que los que llevan vestidos elegantes están en los palacios de los reyes. 9 ¿Qué habéis salido a ver, si no? ¿Un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. 10Este es de quien ha quedado escrito: “Voy a enviar a mi mensajero delante de ti que preparará el camino por delante de ti.”[4] 11 En verdad os digo: entre los nacidos de las mujeres no ha aparecido uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él.» ¿Eres tú el que ha de obrarlo, o hemos de esperar a otro? Mateo, a diferencia de Marcos y Lucas, ha reunido en una sola secuencia la elección de los Doce apóstoles y el envío a la misión (Mt 10,1-5), a fin de disponer de un amplio espacio para instruirlos de cara a la misión (10,6-42). Cuando acabó de darles instrucciones, Jesús se fue a enseñar por las ciudades de donde procedían los discípulos. «Juan, al oír hablar, estando en la prisión, de las obras que hacía Jesús», extrañándose que no se hubiera acreditado como «el Mesías» (texto alejandrino) de Israel que todos esperaban y que él había anunciado, envió a preguntarle por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de obrarlo, o hemos de esperar a otro?» El texto usual lee «el que ha de venir», pero Juan, según el Códice Beza, insiste en que habría de haber ejecutado completamente la promesa que todos deseaban. Pero Jesús no le responde con palabras, sino con hechos que liberan personas, y le remarca que la buena noticia es para los «pobres», y no para los dirigentes religiosos que él mismo había vituperado duramente como «Raza de víboras» (3,7), ni para los ricos: «Los que llevan vestidos elegantes están en las cortes de los reyes.» Jesús hace un gran elogio de Juan como «el más grande entre los nacidos de las mujeres», si bien puntualiza que «el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él», en referencia a los pequeños criados, a los que se interesan por los más marginados de la sociedad. Os invito a leer la continuación de la denuncia de Jesús: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el Reino de los cielos sufre violencia» (11,12), que ha recibido todo tipo de interpretaciones, evasivas o incluso positivas, cuando la raíz de la palabra griega en todo el Nuevo Testamento connota «violencia, uso de la fuerza»: «los violentos que se apoderan», por la fuerza de las armas, del Reino que había de inaugurar el Mesías. Por eso nos invita a una reflexión profunda: «¡El que tenga oídos que escuche!» (11,15). A Juan le han reducido al silencio encarcelándolo. ¿Y a Jesús? Deberemos reseguir los trazos, apenas esbozados. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos leen «Mesías»; el Códice Beza lee «Jesús» (D 1071. 1424 syc). Si Jesús se hubiera presentado públicamente como «el Mesías», habría provocado ya entonces un alzamiento contra los romanos. [2] En lugar de la lección usual, «el que ha de venir», el Códice Beza hace un juego de palabras entre el verbo «obrar» y el substantivo «las obras». [3] La mayoría de manuscritos retienen «y los cojos andan». La omisión podría ser debida a una distracción del copista. Sin embargo, Clemente de Alejandría tampoco la conserva. [4] Ex 23,20; Ml 3,1.
Domingo II de Adviento

(661 505) Mt 3,1-12 Códice Beza 3,1Por aquellos días se presentó Juan, el Bautista, proclamando en el desierto de Judea 2 y diciendo: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los cielos.» 3 Este, en efecto, es aquel de quien habla el profeta Isaías cuando dice: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanadle sus senderos.» 4 Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero entorno de sus lomos; su alimento era de langostas y miel silvestre. 5Acudía entonces junto a él gente de Jerusalén, toda la Judea y toda la región circundante del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el Jordán, a medida que confesaban sus pecados. 7Pero viendo él que muchos de los fariseos y saduceos venían a su bautismo, les dijo: «¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escaparos del juicio inminente? 8Dad, pues, un fruto digno de conversión, y no os fieis diciendo en vuestro interior: “¡Tenemos por padre a Abraham!”; porque yo os digo que Dios puede de estas piedras suscitar hijos a Abraham. 10Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles: todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. 11Yo, por mi parte, os bautizo con agua, pero el que viene[1] es más fuerte que yo, de quién no soy digno de llevarle las sandalias: él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 12Ya tiene en su mano el bieldo para ventar la batida; reunirá su trigo en el granero,[2] pero la paja la quemará con un fuego que no se apaga.» ¡Raza de víboras! no os podréis escapar del juicio inminente Por estos días nuestros se presenta también Juan proclamando un bautismo de conversión en el desierto de nuestra sociedad de consumo y recuerda a los olvidadizos que ya «ha llegado el Reino de los cielos». ¿Pero dónde está? ¿Dónde se hace palpable su llegada? ¿En los templos y rascacielos de los poderosos que intentan tocar el cielo? Por eso su clamor continúa resonando «en el desierto», para que «preparemos el camino al Señor y le allanemos los senderos», hoy más que nunca llenos de obstáculos interpuestos por nosotros mismos y de todo tipo de fronteras que hemos levantado para aislarnos de los que huyen de las guerras y de la miseria, en pateras o a pie y descalzos. Juan intenta sacudir nuestras conciencias adormiladas, insensibles al clamor de los marginados. Pero atención, no nos fiemos diciéndonos también nosotros que «¡Tenemos por padre a Abraham!», incapaces de ver como Dios, «de las piedras» de nuestras seguridades occidentales, continúa suscitando «hijos a Abraham», gente de todos los colores y todo tipo de voluntarios. Ya hace tiempo que «el hacha está puesta a la raíz de los árboles» que no dan buen fruto, para que puedan germinar y crecer frutos de solidaridad de tanta gente sencilla que abren la mano y se presentan en las situaciones más insospechadas. A Juan le hicieron callar, decapitándolo, porque molestaba a los poderosos. Al Señor, que él anunciaba, lo colgaron de un patíbulo para que apareciese a los ojos de la historia como un sedicioso que se había alzado contra el Imperio. Pero aquella muerte tan ignominiosa no lo ha podido retener, y él se ha levantado de entre los muertos con la fuerza de su Espíritu. Juan continúa pregonando que él nos «bautizará en Espíritu Santo y fuego» y nos invita, así, a hacer la misma experiencia liberadora que hizo él «congregando su trigo en el granero» abierto a todos los pueblos y «quemando la paja» de tanta hojarasca mediática que nos impide ver la realidad. Ojalá que «no se apague nunca el fuego» que arde en los corazones de tantas y tantas personas conscientes. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El texto alejandrino añade «detrás de mí», como hace Mc 1,7. [2] El Códice Vaticano lee «en su granero», dando a entender que hay otros muchos «graneros». Los códices Beza y Sinaítico hablan de un único «granero», donde el Mesías había de reunir todas las naciones.
Domingo I de Adviento

(660 504) Mt 24,37-44 Códice Beza 24,37Como[1] en los días de Noé, así será también la llegada del Hijo del hombre. 37Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el día mismo en que Noé entró en el arca, 39 y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre. 40Entonces, dos estarán en el campo: uno será llevado y el otro dejado; 41 dos moliendo en el molino: una será llevada y la otra dejada; dos en un mismo diván: uno será llevado y el otro dejado.[2] 42 Velad, pues, porque no sabéis qué día llega vuestro Señor. 43Entendedlo bien, sin embargo: si el amo de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche llega el ladrón, habría velado y no habría dejado que le horadasen[3] su casa. 44Por eso, estad preparados también vosotros, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre. «Estad preparados, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del Hombre» El pasaje que leemos este primer domingo de Adviento presupone el exordio de la respuesta que dio Jesús a la primera de las dos preguntas que le formularon los discípulos sobre la futura destrucción del Templo («Dinos cuando sucederá eso», Mt 24,3), mientras estaba sentado en el Monte de los Olivos, a modo de cátedra magistral enfrentada con el Monte del Templo: «En lo referente al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). Jesús se esfuerza por instruirlos sobre cómo entiende él que se realizará la llegada del Hijo del hombre: «Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el mismo día en que Noé entró en el arca, y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre.» Mateo reitera que la llegada del Hijo del hombre (cuatro menciones) será del todo imprevisible, imprevisión que nos obliga a estar siempre vigilando, no fuera que no nos encontrará preparados en aquel momento. A fin de ilustrarlo, apunta tres breves escenas de la vida cotidiana: una tiene lugar en el campo, la otra en el molino y una tercera en la casa. Esta última tan solo se conserva en el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas. En cada una de ellas sitúa dos personas: dos hombres, en la primera y la tercera; dos mujeres, en la central. Según se hayan preparado o no para la venida del Hijo del hombre, uno de ellos, hombre o mujer, será llevado con él, mientras que el otro será abandonado a su suerte. La comunidad está invitada a velar día y noche. Para evitar que se adormezcan, pone el ejemplo del dueño de la casa que ha de estar siempre en vela, no sea que viniese el ladrón a cualquier hora de la noche y le horadase la casa con un butrón. Es, preciso, pues, que estemos siempre preparados porque, como ha dicho antes, «no sabéis qué día llega vuestro Señor, «porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre.» Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La comparación que encabeza el pasaje que leemos este primer domingo de Adviento estaba precedida por el exordio de la respuesta de Jesús a la primera de las dos preguntas sobre la futura destrucción del Templo que le habían formulado los discípulos (24,3: «Dinos cuando sucederá eso»), mientras él estaba sentado en el monte de los Olivos: «Por lo que se refiere al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). La Vulgata, amparándose en una serie de mss. mayúsculos y minúsculos, ha eliminado «ni el Hijo», por escrúpulos teológicos. El Padre, recalcará Jesús resucitado a los Once, se ha reservado bajo su autoridad todo lo que hace referencia a los tiempos y momentos propicios (ver Hch 1,6). [2] El Códice Beza, con el aval de las antiguas traducciones latinas, conserva también aquí una tercera pareja, como podemos comprobar en Lucas 17,34-36, si nos atenemos a la versión del Códice Beza. Tanto en Mt como en Lc el texto alejandrino enumera tan solo dos parejas. Para que una descripción sea completa, son necesarios tres elementos. [3] El butrón, orificio hecho en una pared para robar, ya se utilizaba en tiempos de Jesús, y probablemente con frecuencia, pues las paredes eran de barro o de arcilla. Jesús, artesano constructor de casas, era bien consciente de este método.
Domingo XXXIV durante el año // Lc 23,32-43 Códice Beza Beza

Fiesta Jesús Rey (034 0025) Lc 23,32-43 Códice Beza Llevaban también a otros dos sediciosos para que fuesen ejecutados con él. Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, allí lo crucificaron a la vez que a los sediciosos, uno a la derecha, el otro a la izquierda.[i] Se repartían entre ellos sus vestidos tirando los dados. Se había situado el pueblo para verlo. Se mofaban de él y le iban diciendo:[ii] «A otros has salvado, sálvate a ti mismo, si Hijo eres de Dios, si eres el Mesías, el Elegido.»[iii] Lo escarnecían también los soldados acercándosele; además, le ofrecían vinagre diciendo: «Salud, ¡Rey de los judíos!», después que le hubieron ceñido además una corona de espinas.[iv] Estaba también la inscripción que tenía inscrita sobre él en caracteres griegos, romanos, hebreos: «el rey de los judíos es este.»[v] Uno de los sediciosos lo injuriaba.[vi] Pero el otro reaccionó y se puso a conjurarlo diciendo: «¿Es que no tienes tú temor de Dios, tú que te encuentras en la misma condena en que estamos involucrados también nosotros? Y nosotros por cierto justamente, pues el castigo merecido por lo que habíamos hecho estamos recibiendo; este, en cambio, no ha hecho nada malo.» Y girándose hacia el Señor le dijo: «Acuérdate de mí, el día de tu venida.» Jesús, en respuesta, dijo al que había hecho aquel reproche: «¡Ánimo! Hoy estarás conmigo en el paraíso.»[vii] «¡Ánimo!, hoy estarás conmigo en el paraiso» Nos encontramos en «el lugar llamado La Calavera», no en el Lugar donde se esperaba que se manifestase el Mesías, en el Templo, donde crucificaron a Jesús «a la vez que a los otros dos sediciosos». Tres son un conjunto de crucificados, con Jesús como culpable de la sedición, según reza la sentencia dictada por los romanos. El pueblo de Israel se había situado a lo lejos para ver el espectáculo. Se mofaban del Mesías, el Elegido, colgado de un patíbulo. Los soldados le escarnecían: «”¡Salud, Rey de los judíos!”, después que le hubieron ceñido una corona de espinas.» La causa de su condena estaba escrita en el rótulo en griego, latín y arameo: «el rey de los judíos es este.» Hasta aquí el espectáculo que no ha parado nunca de ser representado por el nuevo pueblo de Dios, situado también al resguardo a lo lejos. Los focos convergen ahora en los dos sediciosos. Uno le injuria por considerarlo el responsable de la sedición. El otro reacciona y se pone a conjurarlo: «¿Es que no tienes tú temor de Dios, tú que te encuentras en la misma condena en que estamos involucrados también nosotros?» Son dos de los muchos discípulos que se habían distanciado de Jesús porque no compartían su pacifismo y, ahora, uno de ellos reconoce públicamente que Jesús «no ha hecho nada malo», no ha sido él el promotor de la sedición. «Y girándose hacia el Señor le dice: “Acuérdate de mí, el día de la tu venida.”» ¿Esperaba aún una intervención espectacular de Dios que liberase a su Mesías y los salvase también a ellos, pero no en tono de mofa como le escarnecían los dirigentes? Jesús, en respuesta, dijo al que hacía aquel reproche: «¡Ánimo! Hoy estarás conmigo en el paraíso.» El «reproche» del «buen ladrón» ha consistido, según Beza, en el conjuro que ha lanzado al que injuriaba a Jesús (Vv. 39-40). Jesús reconforta al discípulo que se ha arrepentido y le asegura que «hoy», en el presente de Dios, estará en compañía suya «en el paraíso». El contraste no podía ser más duro: del Gólgota al Paraíso de los primeros padres. Jesús nos ha abierto la Puerta en el Lugar más inesperado. Josep Rius-Camps,teólogo y biblista Traducido por: Carmen Martínez de Sas [i] Muchos manuscritos, entre los cuales el Códice Sinaítico, añaden aquí el v. 34a: «Pero Jesús decía: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”», una glosa inspirada probablemente en Hch 3,17 (7,60). Nestle-Aland la ponen entre corchetes dobles por considerar que este pasaje no pertenece al texto original. [ii] Según el texto alejandrino fueron «también los dirigentes» los que proferían este reproche. [iii] El Códice Vaticano lo dice de forma diversa: «que se salve él mismo, si es él el Mesías de Dios, el Elegido.» [iv] El escarnio de los soldados no es tan categórico en el Vaticano y muchos otros códices: «Si eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo», omitiendo además la referencia a la coronación de espinas. [v]¿Se inspira Lucas-Beza en Jn 19,19? La redacción de Juan es significativamente diferente: «Pilato hizo escribir también un rótulo y lo puso sobre la cruz: “jesús el nazoreu, el reY de los judios” […] y estaba escrito en hebreo, latín, griego.» La redacción de la inscripción es más simple también en el Vaticano y algunos otros códices: «Había también una inscripción sobre él: “el el reY de los judios (es) este”.» [vi] El texto alejandríno explicita el contenido de la injuria: «diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Pues ¡sálvate a ti mismo y a nosotros!”». [vii] El contenido de los vv. 42-43 es muy diferente en el texto alejandrino (con algunas lecciones variantes): «e iba diciendo: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.” Y (Jesús) le dijo: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.”»
Domingo XXXIII durante el año // Lc 21,5-19 Códice Beza

(33 0024) Lc 21,5-19 Códice Beza Como algunos iban diciendo a propósito del Templo: «¡Con qué piedras preciosas está adornado y con ofrendas votivas!», dijo: «Esto que estáis contemplando, vendrán días en que no dejarán piedra sobre piedra en el muro,[i] aquí, que no sea derruida.» Le interrogaron entonces los discípulos diciendo: «¿Maestro, cuándo pasará, esto?», y: «¿Cuál será la señal de tu venida?» Él respondió: «¡Mirad!, no os dejéis engañar, porque vendrán muchos[ii] que se valdrán de mi nombre diciendo: “Yo soy!” y: “El tiempo se ha acercado!” No os vayáis detrás de ellos. Cuando oigáis, pues, hablar de guerras y de revoluciones, no tengáis miedo: es preciso, en efecto, que llegue esto primero, si bien el fin no será inmediato. Porque se alzará nación contra nación y reino contra reino; habrá grandes terremotos en diversos lugares, hambre y epidemias acontecerán; sobrevendrán cosas espantosas provenientes del cielo, sobrevendrán señales extraordinarias. Pero antes de todo esto, os pondrán encima sus manos y os perseguirán entregándoos a las sinagogas y cárceles, os conducirán delante de reyes y gobernadores por causa de mi nombre. Os ofrecerán la oportunidad de dar testimonio. Meteos, pues, en vuestros corazones: no os ejercitéis previamente para defenderos, porque yo os daré un habla y una sabiduría que no podrán resistir[iii] vuestros adversarios. Seréis entregados, además, incluso por vuestros padres y hermanos, parientes y amigos, y harán morir a algunos de vosotros. Seréis odiados por todos por causa de mi nombre. Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá. Con vuestra perseverancia sacaréis provecho de vuestras vidas.» «¿Cuál será la señal de tu venida?» Para situar la escena que leeremos hoy nos podemos mezclar con los grupos de turistas que visitan la Sagrada Familia. Asombrados por la grandiosidad y belleza del Templo exclamaban: «¡Con qué piedras preciosas está adornado y con ofrendas votivas!» En la respuesta de Jesús hay un detalle que solo se ha conservado en el Códice Beza: «Esto que estáis contemplando, vendrán días en que no dejarán piedra sobre piedra en el muro, aquí, que no sea derruida.» Recordemos que Lucas escribe a Teófilo, que había alabado tantas veces los sillares del Templo de Jerusalén cuando él era sumo sacerdote y del que, después de los años 70, solo había quedado en pie «el Muro» de las Lamentaciones. La predicción de Jesús, que por cierto era previsible, suscita dos preguntas a los discípulos: «Maestro, ¿cuándo pasará, esto?», y: «¿Cuál será la señal de tu venida?» En el texto usual no se dice que sean los discípulos quienes las formulen y, además, la segunda pregunta ha quedado devaluada: «¿Cuál será la señal de cuando esto sucederá?» Las primeras comunidades estaban muy intrigadas por el momento de la venida triunfal del Mesías, después del desastre del Gólgota. Releed las cartas de Pablo a los Tesalonicenses. Lucas dejará prácticamente sin respuesta la primera pregunta, limitándose a apuntar que «el día aquel», el de su venida, sobrevendrá como un lazo, repentinamente. En cambio, tiene mucho interés en recalcar a Teófilo que, en tiempo de persecuciones, no se ejerciten preparando la propia defensa (apologética), «porque yo os daré un habla y una sabiduría que no podrán resistir vuestros adversarios». Cuando Teófilo leerá, en el segundo volumen, las sucesivas apologías pronunciadas por Pablo delante de los gobernadores romanos Félix y Festo y el rey Agripa (Ac 24,10; 25,8; 26,1-2.24) comprenderá por qué motivo le había advertido por dos veces, en el primer volumen (ver también Lc 12,11), que la apologética es del todo ineficaz y no permite que el Espíritu Santo se exprese por boca de los profetas que van surgiendo continuamente. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [i] La precisión «en el muro» tan solo se presenta en el Códice Beza. [ii] Tan solo en el Códice Beza se puede comprobar la correlación entre la segunda pregunta: «¿Cuál será la señal de tu venida?» y la consiguiente respuesta: «¡Mirad!, no os dejéis engañar, porque vendrán muchos…» [iii] Beza y algunas de las antiguas versiones latinas, siríacas y coptas tan solo testifican «resistir»; los códices Vaticano, Sinaítico y algunos otros añaden «o contradecir»;otros leen «contradecir ni resistir».
Domingo XXXII durante el año // Lc 20,27-38 Códice Beza

(32 0023) Lc 20,27-38 Códice Beza Se acercaron entonces algunos de los saduceos —los que dicen que no hay resurrección— y lo interrogaron diciendo: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que, si el hermano de alguno muere sin hijos, habiendo tomado mujer, que tome su hermano su mujer y suscite descendencia a su hermano. Eran, en nuestro caso, siete hermanos. El primero que tomó la mujer murió sin hijos, y el segundo y el tercero; de forma semejante los siete no dejaron ningún hijo y murieron; finalmente también la mujer murió. En el momento, pues, de la resurrección, ¿de quién será mujer? Los siete, en efecto, la han tenido por mujer.» Dijo dirigiéndose a ellos: «Los hijos de este mundo son engendrados y engendran, se casan y son casadas,[i] pero los que sean estimados dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección de entre los muertos ni se casan ni son casadas, porque ni a morir ya nunca llegarán, ya que son iguales a los ángeles para Dios,[ii] por el hecho de ser hijos de la resurrección. Pero que los muertos resucitan, Moisés lo muestra en el episodio de la zarza cuando llama “Señor” al “Dios de Abraham y Dios de Isac y Dios de Jacob” (Ex 3,6). Dios de muertos no lo es, sino de vivos, porque para él todos viven.» Dios de muertos no lo es, sino de vivos, porque para él todos viven El pasaje que comentamos hoy forma parte de un conjunto de escenas situadas en el recinto del Templo de Jerusalén, donde Jesús «estaba enseñando al pueblo y anunciaba la buena noticia» (Lc 20,1a). Los diferentes estamentos del Sanedrín se han ido sucediendo para cazarlo en alguna expresión comprometedora: primero los sumos sacerdotes y los escribas con los ancianos (29,1b); seguidamente los fariseos le envían unos espías para interrogarlo sobre el tributo al César (20,20); la envestida final corre a cargo de los saduceos que, como no creen en la resurrección, se inventan un caso de moral para ponerlo en ridículo, basado en la Ley llamada del «levirato» (Dt 25,5-6): «Maestro, Moisés nos dejó escrito que, si el hermano de alguno muere sin hijos, habiendo tomado mujer…» La casuística es conocida y el callejón sin salida que plantean a Jesús no tiene ninguna salida airosa. Jesús responde haciendo una clara distinción entre «los hijos de este mundo», padres, hijos, esposos y esposas, y «los que sean estimados dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección de entre los muertos», quienes no tendrán necesidad de tener descendencia «porque a morir ya nunca llegarán, ya que son iguales a los ángeles para Dios». Beza subraya la duración eterna de esta forma de vida, la de los «hijos de la resurrección», que los iguala a los ángeles. Han traspasado las fronteras de la creación, superando todas las leyes de la física, transformados por el Espíritu de Dios. A continuación Jesús replica a los saduceos utilizando también un texto del Pentateuco, la única parte de la Escritura, la más antigua, que ellos aceptaban como normativa, igual que los samaritanos: «Pero que los muertos resucitan, Moisés lo mostró en el episodio de la zarza cuando llama “Señor” al “Dios de Abraham y Dios de Isac y Dios de Jacob” (Ex 3,6).» Forzando el orden de la frase, Lucas-Beza recalca que no se puede hablar de un «Dios de muertos», de una religión de muertos, dado que «para Dios todos viven», todos «los que sean estimados dignos de alcanzar el mundo futuro.» Josep Rius-CampsTeólogo y biblista Traducido por: Carmen Martínez de Sas [i] La expresión «los hijos de este eón/mundo» engloba tanto a los hijos que «son engendrados» como a los padres que les «engendran», de los cuales el texto alejandrino no hace mención, como también a los hombres que «esposan/se casan» y las mujeres que «son esposadas/casadas». La omisión podría ser debida al hecho de que a continuación, al referirse al mundo futuro, tan solo se menciona la segunda pareja.[ii] El Códice Vaticano y los otros códices, con ligeras lecciones variantes, leen: «porque son iguales a los ángeles y son hijos de Dios».
III Variant