Domingo I de Cuaresma // Mt 4,1-11 Códice Beza

(673 517) Mt 4,1-11 Códice Beza 4,1Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo. 2Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches,[1] al final tuvo hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: «Si Hijo eres de Dios, di que estas piedras se vuelvan panes.» 4 En respuesta Jesús dijo: «Está escrito, “el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra[2] de Dios.”» 5 Entonces el diablo se lo llevó a la ciudad santa, lo puso de pie en el pináculo del Templo 6 y le dice: «Si Hijo eres de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles dará órdenes acerca de ti”[3] y: “Te sostienen con las palmas de las manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.”[4]» 7 Jesús le contestó: «De nuevo está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios.”[5]» 8 Nuevamente el diablo se lo llevó a un monte extraordinariamente alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria 9 y le dijo: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.»[6] 10 Entonces Jesús le dice: «Vete detrás de mí,[7] Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y tan solo a él darás culto.”[8]» 11 Entonces el diablo lo dejó y hete aquí que se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle. Vete detrás de mí, Satanás Empezamos la Cuaresma comentando las tentaciones a que Jesús fue sometido por el diablo en el desierto. La iniciativa, sin embargo, la había tomado el Espíritu Santo: «Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo.» El Espíritu, que acababa de ungirlo Mesías de Israel, se quiere asegurar de que no se repetirá el fiasco del pueblo de Israel durante los cuarenta años de su paso por el desierto. Mateo lo pone de relieve: «Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches, al final tuvo hambre.» Las tres pruebas hacen referencia a tres situaciones de aquel paso por el desierto. La primera actualiza la escena del maná, poniendo en boca de Jesús el dicho de Dt 8,3: «El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra de Dios», donde la palabra de Dios supera ampliamente el prodigio de convertir las piedras en panes. La prueba central tiene lugar en la ciudad santa, donde el diablo «lo pone de pie en el pináculo del Templo» y le invita a tirarse abajo para que demuestre que es el Hijo de Dios llevado por los ángeles para que no tropiece con ninguna piedra. Moisés puso a prueba a Yahvé en la escena de Meribá, golpeando dos veces la roca con la vara (Nm 20,11-13). Jesús contesta al diablo aduciendo aquella misma Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16). La tercera prueba actualiza la escena del Becerro de oro: nuevamente el diablo se lo lleva a un monte extraordinariamente alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria y le dice: «Todo esto daré si postrándote me adoras.» Jesús no solamente supera la prueba, sino que, según el Códice Beza, invita al diablo a ponerse detrás de él y a emprender el seguimiento como discípulo. Es la misma invitación que hará a Pedro, cuando este se atreva a lanzarle un conjuro para disuadirlo de hablar de su muerte violenta: «Vete detrás de mí, Satanás» (Mt 16,23). El texto usual ha obviado este paralelismo omitiendo «detrás de mí» en la referencia al diablo. El papel que se le atribuye en las tres tentaciones anticipa la manera de pensar de Pedro sobre el Mesías poderoso. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Notad el quiasmo con el que el Códice Beza da relevancia al número «cuarenta». [2] El códice Vaticano y la mayoría de manuscritos completan la cita: «que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). [3] Sl 90 (91),11a lxx. [4] Sl 90 (91),12a lxx. [5] Dt 6,16 lxx. [6] Este verbo denota un acto de sumisión total. [7] El Códice Beza, avalado por algunos unciales y por la mayoría de minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, conserva la expresión «detrás de mí», que la edición crítica de NA28 considera que se trata de una lección influida por el paralelo de Mt 16,23; Mc 8,33, donde esta misma expresión, empleada siempre (Mc 4×; Mt 6×; Jn 3×; Lc-Hch 3×) para indicar el seguimiento de un discípulo, hace referencia a Pedro (!): «Vete detrás de mí, Satanás.» Muy probablemente constaba aquí en el original de Mateo, según el cual el papel atribuido al diablo en las tres tentaciones anticiparía la manera de pensar de Pedro, el líder de los Doce. El texto alejandrino habría considerado que era impropio que Jesús invitase aquí «al diablo – Satanás» a seguirlo. [8] Dt 6,13 lxx.
Domingo VI del tiempo ordinario // Mt5,17-37

671 515) Mt 5,17-19.21-29.31-32a.33-37 Códice Beza 5,17 No os penséis que he venido a anular la Ley o los Profetas. No he venido a anular, sino a llevarlos a su plenitud. 18 En verdad os digo: mientras no pasen el cielo y la tierra, ni una iota ni un ápice de la Ley pasarán hasta que no suceda todo esto. 19 Por tanto, el que suprimiera uno de estos mandamientos tan pequeños, y así lo enseñe a la gente, será tenido por el más insignificante en el Reino de los cielos.[1] 21 Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», pero el que mate será reo ante el tribunal. 22 Pero yo os digo: el que se aíre contra su hermano sin motivo, será reo ante el tribunal; el que diga ‘insensato’ a su hermano será reo ante el Sanedrín; pero el que le diga ‘renegado’ será reo de la Gehena del fuego. 23 Por tanto, cuando estás a punto de presentar tu ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, 24 deja allí, delante del altar, tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. 25 Sé benevolente con tu adversario cuanto antes mejor, mientras aún vais de camino, no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez te entregue al guardia y te metan en la prisión. 26 En verdad te digo: No saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo. 27 Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio.» 28 Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer casada con el deseo de poseerla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. 29 Si tu ojo derecho te es ocasión de caída, arráncatelo y tíralo lejos de ti¸ es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros y no que tu cuerpo entero sea lanzado a la Gehena.[2] 31 Se dijo también: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. 32a Pero yo os digo: el que repudie a su mujer, fuera del caso de una unión ilegítima, la empuja al adulterio.[3] 33 También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso», sino que «cumplirás al Señor tus juramentos.» 34 Pero yo os digo: No juréis en absoluto; ni por el cielo, que es el trono de Dios, 35 ni por la tierra, que es el escabel de sus pies, ni por Jerosólima, porque es la ciudad del gran Rey, 36 No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes hacer que se vuelva blanco o negro ni un solo cabello. 37 Limitaos a decir: ‘sí, sí’ o ‘no, no’; todo lo que se dice de más es cosa del Maligno. Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero yo os digo… Jesús, utilizando una serie de cinco antítesis (la semana próxima leeremos las dos últimas), quiere dejar bien claro que no ha venido en absoluto a anular la Ley mosaica, sino «a llevarla a su plenitud». Presupone que sus oyentes judíos, y más concretamente sus discípulos, ya se saben de memoria los diez mandamientos, y no piensa recitarlos. Por muy pequeños que sean, todos se han de respetar para hacer posible la convivencia humana. Plenamente consciente, asume el papel que tuvo Yahveh en el Sinaí y se dispone a matizar una serie de aspectos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pero yo os digo…», aspectos que podrían quedar olvidados, poniéndolos al nivel de la concreta persona humana. El primero al que hace referencia: «No matarás» es el que menos se respeta y que ocasionó que la mayoría de las Setenta naciones, a las que Dios ofreció su proyecto, lo menospreciasen. Todo el entorno gira alrededor del hermano. Desde la infancia me quedó muy gravado el primer consejo: «Cuando estás a punto de presentar tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí, delante del altar, tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve a presentar tu ofrenda.» El segundo es sobre el adulterio: «Todo el que mira a una mujer casada con el deseo de poseerla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior»; la referencia al repudio es una variante posterior. El tercero hace referencia a los juramentos, que él rechaza de raíz: «Pero yo os digo: no juréis en absoluto… Limitaos a decir: ‘sí, sí’ o ‘no, no’; todo lo que se dice de más es cosa del Maligno.» Subraya tres cosas: veracidad, que vuestro sí o no sean sí o no; sinceridad, que el sí o el no de la boca se corresponda con el sí o el no del corazón; solemnidad, subrayando con la repetición que hay suficiente con la afirmación o negación, sin tener que recurrir a un juramento, que podría comprometer a la divinidad. Los juramentos los carga el Maligno. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de los manuscritos, excepto los códices Beza y Sinaítico, han incorporado: «20 Pero el que los cumpla y enseñe esto, será tenido por grande en el Reino de los cielos. En verdad os digo que, si no sobrepasa vuestra justicia a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos.» [2] Nuevamente la mayoría de manuscritos presentan esta incorporación: «30 Y si tu mano derecha te es ocasión de tropiezo, arráncatela y tírala lejos de ti¸ es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea lanzado a la Gehena.» Ved el paradigma completo (mano – pie – ojo) en Mc 9,42-48, resumido por Mt 18,8-9. En el presente contexto, tan solo tiene sentido la referencia «a tu ojo derecho», siendo la acción de «mirar a una mujer casada con el deseo de poseerla» la que es causa de adulterio. [3]
Domingo V del tiempo ordinario // Mt 5,13-16 Códice Beza

(670 514) Mt 5,13-16 Códice Beza 5,13 «Vosotros sois la sal de la tierra: ahora bien, si la sal se vuelve insípida, ¿con qué será salada la tierra? No tiene vigor para hacer nada, a no ser para ser lanzada afuera y ser pisada por los humanos. 14Vosotros sois la luz del mundo: no puede ocultarse una ciudad colocada en la cima de un monte; 15 tampoco se enciende una lámpara de aceite para ponerla bajo la medida de áridos, sino más bien sobre el candelabro, para que brille para todos los que se encuentran en la casa. 16Dejad que empiece a brillar así[1] vuestra luz a la vista de la humanidad, a fin de que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.» Todos los que son sal y luz conservan el planeta tierra e iluminan a la humanidad El pasaje que leeremos hoy forma parte del Sermón de la Montaña, inmediatamente después de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Jesús sube al monte, dejando al pie a la gran multitud que se había congregado, y se sentó como maestro y se puso a enseñar a los discípulos que se le habían acercado. Hoy somos nosotros los que nos hemos acercado y él, siempre presente, nos imparte la misma lección. Ahora bien, estos «vosotros» ya no son aquellos discípulos judíos a quien Jesús se dirigía como el Mesías de Israel que releía la Ley en forma de bienaventuranzas en lo alto de «el monte» sin nombre, que actualizaba el Sinaí, en el mismo monte en que, al final del Evangelio, convocó al resto de Israel, los Once, que habían perdido su representatividad, y les envió a todas las naciones a hacer discípulos suyos (24,16-20). Ahora somos nosotros aquellos a quienes continúa dirigiéndose, todos los seres humanos, sin hacer distinción entre ju-díos y paganos. De la misma manera que los Doce perdieron sus credenciales porque su «sal se había vuelto insípida», a nosotros nos podrá pasar lo mismo si no vigorizamos la sal con la que hemos de salar la tierra, para que nuestro planeta recupere el verdor inicial que le otorgó el Creador. No podemos ocultar en los recintos sagrados la luz de la que somos portadores y no hacerla brillar para que «ilumine a todos los de casa». Jesús no habla de templos ni de miles de personas que se aglomeran, sino de un sencillo «candil» donde hemos he colocar nuestra lámpara llena de aceite, así como de «casas» donde habitan personas. Pues, ya es hora, de que dejemos que empiece a brillar nuestra luz a la vista de los humanos, a fin de que viendo nuestras obras buenas alaben, en consecuencia, al Padre celestial. Se trata de una sintonía, sin palabras, que El Espíritu creador hace resonar por todo nuestro planeta azul. No tiene necesitad de repetidores ni de grandes redes sociales ni tiene bits que se puedan medir. Es la armonía que solo podemos percibir con los sentidos interiores. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El imperativo aoristo de tercera persona del singular en griego tiene valor ingresivo.
Domingo IV del tiempo ordinario

earth-1207231_1920 (669 513) Mt. 5,1-12 Códice Beza. El Leccionario litúrgico propone leer hasta el v. 12a 5,1Al ver las multitudes, subió a la montaña y, habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos. 2 y tomando la palabra, les enseñó diciendo: 3 «Bienaventurados los pobres por una opción personal,[a] porque de ellos es el Reino de los cielos. 5 Bienaventurados los mansos, porque ellos heredaran la tierra. 4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9 Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos será el Reino de los cielos. 11 Bienaventurados seréis cuando os persigan, os injurien y digan contra vosotros toda clase de maldades por causa de la justicia.[b] 12a Alegraos y saltad de alegría, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; 12b así también persiguieron a los profetas que existieron antes que vosotros.» Las Bienaventuranzas, la lección magistral que impartió Jesús a los dicípulos Mateo escenifica las Bienaventuranzas en la misma montaña del Sinaí dónde Dios promulgo la Ley, pero con cambios muy notables: mientras que «las multitudes», en representación del pueblo de Israel, permanecen al pie de «la montaña», Jesús no sube el solo, como Moisés, sino acompañado de sus discípulos; en lugar de los diez Mandamientos con los que Dios promulgó la Ley, Jesús hace pública su enseñanza a base de ocho Bienaventuranzas: del Decálogo judío hemos pasado al ’Octavo cristiano; del sábado judío, cuando Dios reposó, hemos pasado al primer día laboral en que Dios, según da testimonio Jesús, continua trabajando y él también trabaja (ver Jn 5,17). Las cuatro primeras Bienaventuranzas describen todas las situaciones de pobreza, violencia, desolación e injusticia que afrontan los que han hecho libremente una opción por la pobreza, han optado por la no violencia, han hecho duelo por las víctimas de guerras y atentados suicidas, por quienes se ahogan en las pateras o mueren de frio en peregrinajes sin rumbo, y no han dejado nunca de denunciarlo delante de la pasividad de los nuestros políticos y gobernantes. Las cuatro siguientes dejan al albur la recompensa que esta multitud de voluntarios y de servidores tendrán en el Reino de Dios que ellos/as mismos están edificando: disfrutaran de la cualidad con la que Dios mismo se define, misericordioso y benigno, le «verán» cara a cara, serán contados entre los «hijos de Dios» que el continuamente está engendrando, formaran parte del «Reino de los cielos», donde tendrán parte todas las civilizaciones que vayan superando las poderosas ligaduras con las que la selección natural intenta empoderarse , en vano, del Proyecto universal de Dios válido para todas las culturas que han desaparecido ya, existan en el presente o se formaran en el futuro en el espacio inmenso de nuestro universo. La sintonía del Espíritu de las Bienaventuranzas une a todas las personas libres, sin ningún tipo de atadura ni de intermediarios, y las relaciona entre ellas fuera del espacio y del tiempo. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [a] La frase en griega hoi ptôchoi tô pneumati es de difícil interpretación, y aún más si se presenta sin artículo en el Codex Beza, hoi ptôchoi pneumati. El articulo haría referencia al «espíritu» personal de estos «pobres», «los pobres en el espíritu» (BSI); la falta de art., «los pobres en espíritu», en cambio, indicaría que no se trata de los pobres habituales, físicamente pobres, sino de individuos que han hecho «una opción personal» por la pobreza evangélica. Encontramos una expresión semejante en Ac 15,7 D, también únicamente en el Códice Beza, «se levantó Pedro en espíritu», indicando que no estaba presente físicamente (había abdicado de la presidencia en la Iglesia de Jerusalén cuando Jaime, el hermano del Señor, ya había tomado las riendas: Ac 12,17), sino espiritualmente, con la fuerza de su testimonio a favor de los paganos. [b] El texto usual lee: «Digan todo tipo de maldad contra vosotros por mi causa.» Beza insiste (por tercera vez) en el tema clave de «la justicia» que se han saltado olímpicamente las autoridades políticas y religiosas.
Domingo III del tiempo ordinario // Mt 4,12-23

(668 512) Mt 4,12-23 Códice Beza 4,12Al enterarse que Juan había sido detenido, Jesús se retiró a Galilea. 13 Dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaúm, la que se encuentra a la orilla del mar, en territorio de Zabulón y Neftalí, 14 a fin de que se cumpliese lo que había dicho el profeta Isaías: 15 «Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, a la otra orilla del Jordán, Galilea de los paganos, 16 el pueblo que vivía en la tiniebla ha visto una gran luz; a los que vivían en un paraje de tenebrosa muerte, les ha aparecido al amanecer una gran luz.» 17 Desde entonces, en efecto, comenzó Jesús a predicar; decía: «¡Convertíos!, porque el Reino de los cielos está cerca.» 18Al pasar[1] junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, a quien llaman Pedro, y Andrés, su hermano, que echaban una red circular en el mar. Es que eran pescadores. 19Se acerca y les dice: «Venid detrás de mí y haré que vosotros lleguéis a ser[2] pescadores de personas.» 20 Ellos inmediatamente dejaron las redes y le siguieron. 21Adelantándose un poco vio a otros dos hermanos, Santiago, el hijo del Zebedeo, y Juan, su hermano, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, repasando las redes, y les llamó. 22Ellos inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y le siguieron. 23 Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y predicando la buena noticia del Reino, curando entre el pueblo todo tipo de enfermedades y toda clase de penurias. El pueblo que vivía en la tiniebla ha visto una gran luz Jesús se había retirado a Galilea, a su pueblo natal, Nazaret, después de la experiencia transcendental que había hecho en el Jordán de ser precisamente él el Mesías de Israel. Había hablado largamente de ello con Juan Bautista. Pero, al enterarse de que éste había sido detenido, comprendió que había llegado el momento de iniciar su misión. Jesús la inicia con una exhortación a la gente para que cambien de mentalidad: «¡Convertíos!, porque el Reino de los cielos está cerca», exactamente la misma exhortación que había hecho el Bautista en el desierto (Mt 3,2). Habiendo dejado Nazaret, se establece en Cafarnaúm, ciudad que Mateo designa como «la que se encuentra a la orilla del mar», donde «el mar», que mencionará aún tres veces más («camino del mar», «junto al mar de Galilea» y «echaban una red circular en el mar»), indica el éxodo que, a la larga, se verán forzados todos ellos a emprender hacia el paganismo (de aquí la mención de «Galilea de los paganos»). De inmediato pasa a la acción. Las dos comunidades de seguidores que constituirá serán ambas de «pescadores», diletantes, unos, Andrés y Simón Pedro, y profesionales, los otros, dotados de una barca y de un padre patrón, Santiago y Juan, hijos «del Zebedeo», persona bien conocida. Jesús aprovechará sus cualidades de reclutadores de gente, a pequeña o a gran escala, y se propone invertir la situación haciendo que «lleguen a ser pescadores de personas». Simón y Andrés, al oír la llamada de Jesús: «Venid detrás de mí y haré que vosotros lleguéis a ser pescadores de personas», han dejado inmediatamente las artes de reclutar gente y se han puesto a seguirlo; los otros dos, «que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, repasando las redes», al oír la llamada de Jesús, «inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y le siguieron»; las redes se han quedado a bordo, con los asalariados (Mc 1,10). Jesús se pondrá a «recorrer la entera Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos», no sin tomar una cierta distancia, «y predicando la buena noticia del Reino». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En lugar del verbo empleado por el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas y siríacas, «al pasar junto a», recalcado a continuación con la misma preposición del verbo compuesto, «al pasar junto al mar», todos los otros manuscritos leen: «paseándose junto al mar». Mateo quiere remarcar la identificación con el éxodo que tendrán que hacer atravesando el mar. Tanto los tres Sinópticos como Juan hablan siempre del «Mar de Galilea», evocando así el paso del Mar Rojo. [2] El Códice Beza conserva el verbo «llegar a ser»: «haré que vosotros lleguéis a ser pescadores de personas», marcando así un largo y laborioso proceso de cambio; el texto usual dice simplemente: «os haré pescadores de personas».
Domingo II del tiempo ordinario // Jn 1,29-34 Códice Beza

(667 511) Jn 1,29-34 Códice Beza 1,29Al día siguiente ve a Jesús que viene hacia él y dice: «He aquí al Cordero de Dios, el que va a quitar el pecado del mundo. 30Éste es a favor de quien dije yo: “Detrás de mí viene un hombre que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.” 31 Y yo no le conocía, ahora bien, a fin de que se manifestase a Israel, por eso he venido yo a bautizar en agua.» 32 Y da testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él. 33Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, él me dijo: “Aquel sobre el cual veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, éste es el que bautiza en Espíritu Santo.” 34 Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido[1] de Dios.» He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él El domingo pasado hablábamos del Bautismo del Señor según el relato de Mt 3,13-17, a quien seguiremos de cerca este año durante el Ciclo A. Hoy se nos da una nueva oportunidad de hablar sobre ello, pero dejaremos que lo haga un testigo muy cualificado de este acontecimiento, Juan Bautista. En el marco de un segundo día simbólico, «al día siguiente», Juan ha discernido claramente, entre los miles y miles que llegaban para hacerse bautizar por él, y «ve a Jesús que viene hacia él». Por primera vez entra en escena Jesús usando el mismo nombre (en griego) que Josué, mencionado por primera vez en el Pentateuco (Ex 17,9.10.13.14) en la batalla de Moisés contra Amalec, el Enemigo por antonomasia de Israel. Pero el papel que Jesús asumirá no será el del su homónimo, que atravesó el Jordán y conquistó la tierra prometida, sino al contrario. En efecto, una vez que se hubo bautizado, «salió inmediatamente del agua», impelido por la fuerza del Espíritu que lo situaba en pleno desierto. El Bautista ha intuido que era «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», del «mundo» que «no le conoció» cuando la Luz verdadera estaba llegando al mundo (Jn 1,9). Es el mundo regido por los poderosos de la tierra. No se trata de un pecado personal, sino institucional. El Bautista ha discernido que un exdiscípulo suyo («detrás de mi viene un hombre») ha pasado delante de él, «porque existía antes que yo». Y da testimonio: «He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él.» Hasta aquel momento no sabía quién sería el Mesías, pero había recibido un mensaje del cielo que le decía: «Aquel sobre el cual veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, éste es el que bautiza en Espíritu Santo.» Y de inmediato certifica: «Y yo lo he visto y doy testimonio que éste es el Elegido de Dios.» Por primera vez en la historia de la humanidad, el Espíritu de Dios ha podido reposar en un hombre de carne y hueso como nosotros y ha podido «quedarse sobre él». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] A pesar de que no tenemos en el Códice Beza el primer cuaternión del códice (8 folios), hemos intentado suplirlo siguiendo las variantes que presenta el Códice Sinaítico, muy semejante al Beza en los 9 primeros capítulos. El texto usual lee aquí «el Hijo de Dios» mientras que el Códice Sinaítico, avalado por las antiguas traducciones latinas, siríacas y coptas, lee «el Elegido de Dios». Juan Bautista cualifica así a Jesús como «el Elegido de Dios» para llevar a cabo la función de Mesías de Israel que tanto esperaba el pueblo elegido.
Bautismo del Señor

(666 510) Mt 3,13-17 Códice Beza 3,13Entonces Jesús llegando de Galilea se presentó en el Jordán donde estaba Juan el Bautista, para hacerse bautizar por él. 14Pero Juan se lo impedía diciendo: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». 15En respuesta Jesús le dijo: «Déjame hacer, ahora. Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia.» Entonces se lo permitió. 16Y Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del agua. Y he aquí que se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu[1] de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él. 17Y he aquí una voz que desde el cielo decía dirigiéndose a él: «Tú[2] eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Después del paréntesis de las fiestas navideñas, retomamos el hilo del Adviento, tiempo durante el cual Juan Bautista predicaba al pueblo de Israel la necesidad de un bautismo de conversión ante la inminente llegada del Mesías que los liberaría de la dominación de los romanos. El pueblo en masa acudía al rio Jordán para hacerse bautizar por él. En esta ocasión, Jesús, un hombre maduro que ya había alcanzado la edad de treinta años, la misma que tenía David cuando empezó a reinar sobre Israel, viniendo de Galilea se presentó también él, para hacerse bautizar por Juan. Mateo conserva un detalle sorprendente: Juan habría intentado disuadir a Jesús de hacerse bautizar por él sabiendo proféticamente que era el Mesías tan esperado. Pero Jesús no lo consintió; quiso solidarizarse con todos los que confesaban sus pecados y acudían a bautizarse: «Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia», remarcando así su fidelidad total al designio de Dios. Juan le deja hacer. Una vez bautizado, Jesús salió inmediatamente del agua, impulsado por una fuerza superior que lo situaba en pleno desierto. Fue en aquel momento, y no dentro del agua, como se suele interpretar, cuando tuvo una experiencia desconcertante: «Se abrieron para él los cielos», que desde tiempo inmemorial habían quedado cerrados, como respuesta a su total apertura al plan de Dios, «y vio al Espíritu de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él.» El Códice Beza subraya (en cursiva) que se trata de una experiencia única y muy personal de Jesús que reconduce toda su vida. El Espíritu de Dios que planeaba desde el inicio sobre las aguas primordiales, ha encontrado finalmente en Jesús la persona sobre la cual podía reposar, como la paloma del post-diluvio. Seguidamente percibió que una voz desde el cielo se dirigía a él: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» El texto usual lo formula en forma indicativa: «Este es mi Hijo…», como si se dirigiera a Juan. El Espíritu ha ungido a Jesús como Mesías de Israel. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En griego, el término pneûma, espíritu, es neutro, pero el Códice Beza lo hace concertar en masculino, resaltando así el matiz personal. [2] En tres ocasiones, el Códice Beza precisa: 1. que «los cielos se abrieron para él», a Jesús, de par en par por primera vez; 2. que «El Espíritu de Dios bajaba del cielo como una paloma e iba hacia él», señalando así la persona en quien de ahora en adelante permanecería permanentemente, como nos informa Juan en su escrito, cuando pone en boca de Juan Bautista estas palabras: «El que me envió a bautizar con agua, él me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, este es el que bautiza en Espíritu Santo”»; y 3. que «una voz desde los cielos decía dirigiéndose a él», dándole el ‘tú’: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Los otros mss. lo consignan en forma indicativa: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido», dirigiéndose por tanto la voz, no a Jesús, sino a Juan Bautista, testigo presencial de esta experiencia de Jesús.
Domingo IV de adviento

(663 507) Mt 1,18-25 (1,18-24 lectura dominical) Códice Beza 1,18Sin embargo, la génesis del Mesías[1] fue de esta manera: Estando, en efecto, María desposada con José, antes de vivir juntos, se encontró que había concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo. 19Pero José, su marido, que era justo y no quería difamarla, resolvió repudiarla en secreto. 20Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños diciendo: «José, hijo de David, no tengas miedo de tomar contigo a Mariam,[2] tu mujer, porqué lo que ha sido engendrado en ella es obra del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús,[3] porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22Todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que fue dicho por el Señor por medio del profeta Isaías[4] cuando dice: 23 «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). 24Habiéndose despertado José de su sueño, hizo tal como le había ordenado el ángel del Señor y tomó con él a su mujer. 25 Y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús.[5] La genealogía de Jesús no concuerda del todo con la genealogía del Mesías Un gravísimo lapsus en la transmisión del texto de Mateo ha contribuido a confundir la genealogía de Jesús Mesías, con la que Mateo iniciaba su Evangelio (Mt 1,1-17: 42 nombres distribuidos en 3 grupos de 14), con «la génesis del Mesías» que describe a continuación (1,18-25), conectada a la anterior precisamente mediante una conjunción adversativa: «Sin embargo, la génesis del Mesías fue de esta manera…» Esta lección variante, conservada tan solo por el Códice Beza y por todas las antiguas versiones latinas anteriores a la Vulgata, desautoriza cualquier interpretación literal de la concepción de Jesús, como si fuera físicamente obra del Espíritu Santo. De hecho, Jesús no hará la experiencia de ser el Mesías de Israel hasta que alcance la madurez, a los 30 años (Lc 3,23). Un rabino judío, como Mateo, no interpretaría nunca esta escena como la leemos nosotros. Todo el anuncio angélico tiene lugar «en sueños» hasta que José «se despertó de su sueño», evitando así nuestra tendencia historicista de dar un lugar preeminente a la historia en la explicación de los hechos. Utilizando este registro, empleado frecuentemente en la Escritura, se anticipa «en sueños» (5 veces en este largo contexto: exilio a Egipto, matanza de los inocentes, etc.) el rechazo del que será objeto el Mesías cuando se presente a Israel. Más que excluir la acción humana de José, se enfatiza la predilección divina por este niño, antes ya de su concepción y nacimiento: «La joven concebirá y dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”» (Is 7,14 lxx). Dios se ha hecho cercano en la persona de Jesús, habitando entre nosotros y acomodándose a nuestro lenguaje. Su padre José será quien le pondrá el nombre —Isaías y el ángel coinciden en este punto, según el Códice Beza; el texto usual, en cambio, dice: «y le pondrán el nombre»—, que definirá su misión salvadora: «Dará a luz un hijo, y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Jesús, en hebreo, significa «Yahveh salva». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos leen «Jesús Mesías»; el Códice Vaticano, «Mesías Jesús»; el Washingtoniano, «Jesús»; Beza y las antiguas versiones latinas, «Mesías». De hecho, Mateo acaba de enumerar la «génesis de Jesús Mesías, hijo de David, hijo de Abrahán», partiendo de Abrahán hasta «Jesús, el llamado Mesías» (Mt 1,1-16); ahora pasa a describirnos la «génesis del Mesías» (función), no la génesis de Jesús (persona). [2] El narrador Mateo emplea siempre el nombre grecizado «María», mientras que el ángel, cuando se dirige a José, utiliza, según el Códice Beza, del nombre hebreo «Mariam», el antiguo nombre de María antes de que el ángel le anunciara que sería la madre del Mesías. Lucas utiliza también esta doble denominación, «Mariam», referida a su pasado judío, y «María», en referencia al cambio profundo que ha tenido lugar en ella. [3] «Jesús» (hebreo Yehosu῾a) quiere decir «Jahveh salva». [4] Sorprende que la mayoría de manuscritos omitan aquí, la primera vez que lo cita, el nombre de «Isaías», limitándose a decir «por medio del profeta». El Códice Beza, avalado por todas las antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, así como por Ireneo, conserva aquí el nombre de Isaías por tratarse de la primera vez que lo cita; en las dos subsiguientes citas (2,5.15) Mateo se lo ahorrará, mientras que cuando citará a Jeremías (2,17) y volverá a citar a Isaías (3,3; 4,14) aducirá los nombres respectivos. [5] El último versículo: «y no la conoció, hasta que ella tuvo su hijo, el primogénito. Y le puso el nombre de Jesús» (v. 25) no lo leeremos hoy, no fuera que anticipásemos la Navidad.
Domingo III de Adviento

(662 506) Mt 11,2-11 Códice Beza 11,2 Juan, que en la prisión había oído hablar de las obras que hacía Jesús,[1] le envió un mensaje por medio de sus discípulos 3 para decirle: «¿Eres tú el que ha de obrarlo,[2] o hemos de esperar a otro?». 4 Jesús en respuesta les dijo: «Id y referid a Juan lo que estáis oyendo y viendo: 5 los ciegos vuelven a ver y[3] los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y los muertos resucitan, y los pobres reciben la buena noticia. 6 ¡Y dichoso es aquel que no se escandalice de mí!». 7Mientras estos se iban, se puso a hablar de Juan a las multitudes: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 8 ¿Qué habéis salido a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Sabéis muy bien que los que llevan vestidos elegantes están en los palacios de los reyes. 9 ¿Qué habéis salido a ver, si no? ¿Un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. 10Este es de quien ha quedado escrito: “Voy a enviar a mi mensajero delante de ti que preparará el camino por delante de ti.”[4] 11 En verdad os digo: entre los nacidos de las mujeres no ha aparecido uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él.» ¿Eres tú el que ha de obrarlo, o hemos de esperar a otro? Mateo, a diferencia de Marcos y Lucas, ha reunido en una sola secuencia la elección de los Doce apóstoles y el envío a la misión (Mt 10,1-5), a fin de disponer de un amplio espacio para instruirlos de cara a la misión (10,6-42). Cuando acabó de darles instrucciones, Jesús se fue a enseñar por las ciudades de donde procedían los discípulos. «Juan, al oír hablar, estando en la prisión, de las obras que hacía Jesús», extrañándose que no se hubiera acreditado como «el Mesías» (texto alejandrino) de Israel que todos esperaban y que él había anunciado, envió a preguntarle por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de obrarlo, o hemos de esperar a otro?» El texto usual lee «el que ha de venir», pero Juan, según el Códice Beza, insiste en que habría de haber ejecutado completamente la promesa que todos deseaban. Pero Jesús no le responde con palabras, sino con hechos que liberan personas, y le remarca que la buena noticia es para los «pobres», y no para los dirigentes religiosos que él mismo había vituperado duramente como «Raza de víboras» (3,7), ni para los ricos: «Los que llevan vestidos elegantes están en las cortes de los reyes.» Jesús hace un gran elogio de Juan como «el más grande entre los nacidos de las mujeres», si bien puntualiza que «el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él», en referencia a los pequeños criados, a los que se interesan por los más marginados de la sociedad. Os invito a leer la continuación de la denuncia de Jesús: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el Reino de los cielos sufre violencia» (11,12), que ha recibido todo tipo de interpretaciones, evasivas o incluso positivas, cuando la raíz de la palabra griega en todo el Nuevo Testamento connota «violencia, uso de la fuerza»: «los violentos que se apoderan», por la fuerza de las armas, del Reino que había de inaugurar el Mesías. Por eso nos invita a una reflexión profunda: «¡El que tenga oídos que escuche!» (11,15). A Juan le han reducido al silencio encarcelándolo. ¿Y a Jesús? Deberemos reseguir los trazos, apenas esbozados. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de manuscritos leen «Mesías»; el Códice Beza lee «Jesús» (D 1071. 1424 syc). Si Jesús se hubiera presentado públicamente como «el Mesías», habría provocado ya entonces un alzamiento contra los romanos. [2] En lugar de la lección usual, «el que ha de venir», el Códice Beza hace un juego de palabras entre el verbo «obrar» y el substantivo «las obras». [3] La mayoría de manuscritos retienen «y los cojos andan». La omisión podría ser debida a una distracción del copista. Sin embargo, Clemente de Alejandría tampoco la conserva. [4] Ex 23,20; Ml 3,1.
Domingo I de Adviento

(660 504) Mt 24,37-44 Códice Beza 24,37Como[1] en los días de Noé, así será también la llegada del Hijo del hombre. 37Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el día mismo en que Noé entró en el arca, 39 y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre. 40Entonces, dos estarán en el campo: uno será llevado y el otro dejado; 41 dos moliendo en el molino: una será llevada y la otra dejada; dos en un mismo diván: uno será llevado y el otro dejado.[2] 42 Velad, pues, porque no sabéis qué día llega vuestro Señor. 43Entendedlo bien, sin embargo: si el amo de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche llega el ladrón, habría velado y no habría dejado que le horadasen[3] su casa. 44Por eso, estad preparados también vosotros, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre. «Estad preparados, porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del Hombre» El pasaje que leemos este primer domingo de Adviento presupone el exordio de la respuesta que dio Jesús a la primera de las dos preguntas que le formularon los discípulos sobre la futura destrucción del Templo («Dinos cuando sucederá eso», Mt 24,3), mientras estaba sentado en el Monte de los Olivos, a modo de cátedra magistral enfrentada con el Monte del Templo: «En lo referente al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). Jesús se esfuerza por instruirlos sobre cómo entiende él que se realizará la llegada del Hijo del hombre: «Porque como pasó en los días que precedieron al diluvio en los que seguían comiendo y bebiendo, tomando marido y esposa, hasta el mismo día en que Noé entró en el arca, y no se dieron cuenta hasta que llegó el diluvio y los eliminó a todos, así será la llegada del Hijo del hombre.» Mateo reitera que la llegada del Hijo del hombre (cuatro menciones) será del todo imprevisible, imprevisión que nos obliga a estar siempre vigilando, no fuera que no nos encontrará preparados en aquel momento. A fin de ilustrarlo, apunta tres breves escenas de la vida cotidiana: una tiene lugar en el campo, la otra en el molino y una tercera en la casa. Esta última tan solo se conserva en el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas. En cada una de ellas sitúa dos personas: dos hombres, en la primera y la tercera; dos mujeres, en la central. Según se hayan preparado o no para la venida del Hijo del hombre, uno de ellos, hombre o mujer, será llevado con él, mientras que el otro será abandonado a su suerte. La comunidad está invitada a velar día y noche. Para evitar que se adormezcan, pone el ejemplo del dueño de la casa que ha de estar siempre en vela, no sea que viniese el ladrón a cualquier hora de la noche y le horadase la casa con un butrón. Es, preciso, pues, que estemos siempre preparados porque, como ha dicho antes, «no sabéis qué día llega vuestro Señor, «porque a la hora que menos os penséis llega el Hijo del hombre.» Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La comparación que encabeza el pasaje que leemos este primer domingo de Adviento estaba precedida por el exordio de la respuesta de Jesús a la primera de las dos preguntas sobre la futura destrucción del Templo que le habían formulado los discípulos (24,3: «Dinos cuando sucederá eso»), mientras él estaba sentado en el monte de los Olivos: «Por lo que se refiere al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino tan solo el Padre» (24,36). La Vulgata, amparándose en una serie de mss. mayúsculos y minúsculos, ha eliminado «ni el Hijo», por escrúpulos teológicos. El Padre, recalcará Jesús resucitado a los Once, se ha reservado bajo su autoridad todo lo que hace referencia a los tiempos y momentos propicios (ver Hch 1,6). [2] El Códice Beza, con el aval de las antiguas traducciones latinas, conserva también aquí una tercera pareja, como podemos comprobar en Lucas 17,34-36, si nos atenemos a la versión del Códice Beza. Tanto en Mt como en Lc el texto alejandrino enumera tan solo dos parejas. Para que una descripción sea completa, son necesarios tres elementos. [3] El butrón, orificio hecho en una pared para robar, ya se utilizaba en tiempos de Jesús, y probablemente con frecuencia, pues las paredes eran de barro o de arcilla. Jesús, artesano constructor de casas, era bien consciente de este método.