Domingo III de Cuaresma /// Jn 4,5-42

(675 519) Jn 4,4-7.9-26.28-30.39-42 Códice Beza (primera redacción)[1] (4,4 Era necesario que Jesús pasara a través de Samaría.) 4,5Llega, pues, a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: 6 estaba allí el manantial de Jacob. Jesús, que estaba cansado por la cami­nata, se había sentado junto al manantial: la hora era precisamente la sexta.[2] 7 Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Mujer dame de beber.» 4,8Es que sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar víveres. 4,9La mujer samaritana le dice: «Tu, que eres judío, ¿cómo es que me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?».[3] 10 Jesús respondió y le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.» 11 La mujer le dice: «Señor, ni tan solo tienes pozal y el pozo es profun­do, ¿de dónde obtienes el agua viva? 12 ¿Es que tú eres más grande que nuestro padre Ja­cob, que nos dio el pozo y en él bebieron él mismo y sus hijos y el ganado?». 13 Jesús respondió y le dijo: «Todo el que bebe de esa agua, volverá a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más; al contrario, el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial de agua que salta hacia una vida eterna.» 15 La mujer le dice entonces: «Señor, dame de esa agua, a fin de que no tenga más sed ni ten­ga que venir aquí a sacarla.» 16 Jesús le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve aquí.» 17 La mujer respondió y dijo: «Marido, no tengo ninguno.» Jesús le dice: «Has dicho bien que no tienes ningún marido, 18 porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.» 19 La mujer le dice: «Señor, estoy viendo que eres un profeta. 20Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerosólima está el lugar donde hay que adorar.» 21 Jesús le dice: «Mujer, créeme a mí, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerosólima adoraréis al Padre. 22Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23Al contrario, llega la hora y ya es ahora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre busca a estos que le ado­ren. 24 Dios es espíritu, y los adoradores es preciso que le adoren en espíritu y ver­dad.» 25 La mujer le dice: «Sé que ha de venir un tal Mesías, el llamado Ungido; cuando venga él, nos lo anunciará todo.» 26 Jesús le dice: «Yo Soy, el que está hablando contigo.» 4,27Y en esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que hablase con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: «¿Qué pretendes?» o bien: «Qué es lo que hablas con ella?». 4,28Dejó la mujer su jarra privada[4] y se va a la ciudad a decir a los hombres: 29 «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?». 30 Salie­ron de la ciudad y se dirigieron hacia él. 4.31 Mientras tanto, los discípulos le rogaban diciendo: «Rabí, come.» 32 Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis.» 33 Los discípulos se decían entre ellos: «¿No será que alguien le ha traído de comer?». 34 Jesús les dice: «Mi alimento es que haga la voluntad del que me ha enviado y que lleve a término su obra. 35No decís vosotros: “¿Cuatro meses más y llega la siega?”. Pues bien, yo os digo: “Alzad los ojos y contemplad los campos que ya blanquean para la siega. 36Ya el segador recibe el salario y recoge el fruto para una vida eterna, a fin de que tanto el sembrador como el segador se alegren juntos. 37Porque en eso consiste el dicho verda­dero: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ 38 Yo os envié a segar: vosotros no os habéis fatigado; otros se han fatigado y vosotros os habéis aprovechado de su fatiga.”» 4,39De aquella ciudad muchos creyeron en él de entre los samaritanos por la palabra de la mujer que testificaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» 40 Cuando los samaritanos llegaron donde estaba él, le rogaban que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.    41Aún muchos más creyeron por su palabra; 42 pero iban diciendo a la mujer: «Por tu testimonio ya no creemos, porque lo hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo, el Ungido.»[5] Era necesario, según el designio divino, que Jesús pasara por Samaría  El título lo he tomado de un versículo que no leeremos este domingo, pero que contiene precisa­mente el móvil que motivó a Jesús a recuperar la etnia samaritana como parte inte­grante de Israel. En el seno del diálogo de Jesús con la Samaritana, el lector podrá separar fácilmente tres referencias a los discípulos quienes no entrarán nunca en contacto con la Samaritana y que, además, interrum­pen el hilo de la secuen­cia. Comentaré, tan solo la secuencia principal. La composición de lugar es determi­nante: Sicar, una ciudad de Samaría, «cerca de la propiedad que Jacob dio a José, su hijo: estaba allí el manantial de Jacob». Jesús, cansado del camino, «se había sentado junto al manantial», como un maestro que, sediento a la vista de la situación de Samaría, quiere impartir una lección a una mujer samaritana que había ido a sacar agua del pozo. Él no tiene pozal y el pozo es profundo, pues contiene toda la sabiduría de los samaritanos. Jesús la quiere poner a prueba «Mujer dame de beber.» No consiente que haya fronteras infranqueables

Domingo II de Cuaresma // Mt 17,1-9 Códice Beza

(674 518) Mt 17,1-9 Códice Beza 17,1Y sucedió que, al cabo de seis días, Jesús tomó consigo a Pedro y a Santiago y a Juan, su hermano, y les hace subir a un monte extremamente alto.[1] 2 Jesús se trans­figuró en presencia de ellos, su rostro brilló como el sol, mientras que sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. 3En esto, se les aparecieron Moisés y Elías en compañía de él conversando. 4 Pedro reaccionó y dijo a Jesús: «Señor, es bueno que nosotros estemos aquí: si quieres haremos aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y una para a Elías.» 5 Mientras él aún hablaba, he aquí que una nube luminosa los iba cubriendo con su sombra, y salió una voz de la nube que decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido; ¡escuchadlo a él!». 6Los discípulos, al oírlo, cayeron rostro a tierra y tuvieron muchísimo miedo. 7 Jesús se acercó, los tocó[2] y les dijo: «Levantaos y dejad de tener miedo.» 8 Habiendo ellos alzado los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús. 9 Mientras bajaban del monte, Jesús les dio una orden: «No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre se haya levantado[3] de entre los muertos.» Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y les hace subir a un monte extremamente alto El «monte extremamente alto», a donde el diablo transportó a Jesús para ofrecerle todos los reinos del mundo, a condición de que lo adorase, es el mismo, según el Códice Beza (variantes en cursiva), donde tendrá lugar la transfiguración. Entonces, Jesús invitó al diablo a hacerse discípulo suyo: «¡Vete detrás de mí, Satanás!» (Mt 4,8-10 D); ahora, Jesús, que acaba de invitar a Pedro, después de que este le lanzara un conjuro para disuadirlo de hablar de su fracaso como Mesías, a hacerse discípulo suyo: «¡Vete detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo» (16,22-23), toma con él, «seis días después» de esto, a Pedro, Santiago y Juan, «y les hace subir a un monte extremamente alto», donde se transfigura en presencia de ellos: «su rostro brilló como el sol, mientras que sus vestidos quedaron blancos como la nieve». En este momento se aparecieron a los tres discípulos Moisés y Elías en compañía de Jesús conversando entre ellos. Pedro pretende retener la visión. Propone hacer allí tres tiendas: en el centro estaría Moisés, flanqueado por Jesús y Elías respectivamente. Pero en el cielo no piensan así: «Mientras él aún hablaba, he aquí que una nube luminosa les iba cubriendo con su sombra.» La nube, símbolo de la presencia de Dios, interrumpe a Pedro y a la vez les proporciona cobertura para que puedan escuchar la voz de Jesús que, en contra de lo que Pedro proponía, era a quien debían escuchar, y no a Moisés ni a Elías: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido; ¡escuchadlo a él!». Jesús se acerca a los discípulos, llenos de miedo, y los toca invitándoles a levantarse. Al alzar ellos los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús. Se había desvanecido la visión. Bajando del monte, les ordenó que no contaran a nadie la visión, hasta que, después de su muerte violenta en manos de los dirigentes de Israel, hubiera resucitado de la muerte, repitiéndoles lo que Pedro, con un conjuro, considerando que estaba endemoniado, había querido evitar que sucediese. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] En la escena de la transfiguración, en el texto usual no figura el adverbio «extremamente», adverbio que sí se presentaba en todos los mss. en la tercera tentación del diablo (ver Mt 4,8). Desgraciadamente, sin este adverbio, se pierde inexorablemente la conexión entre las dos escenas, más aún si se tiene en cuenta que en la respuesta de Jesús a la proposición del diablo no figuraba tampoco invitación alguna de Jesús a hacerse discípulo suyo: «¡Vete, Satanás!», según leemos en el texto usual, y sí, en cambio, en el Códice Beza: «¡Vete detrás de mí, Satanás!», avalado por muchos mss. unciales y casi por todos los minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, que lo habían leído en su ejemplar griego. [2] El gesto de Jesús de «tocarlos» con frecuencia pasa desapercibido a los comentaristas. Nos encontramos de lleno dentro de la visión. En Cesarea de Filipo, Pedro había intentado, con un conjuro, disuadir a Jesús de hablar de su previsible muerte violenta en manos de los sumos sacerdotes, de los ancianos y de los letrados (16,21-23). En la presente escena, Dios ha desautorizado a los tres discípulos indicándoles que a quien deben «escuchar» es a Jesús, i no a Moisés ni a Elías. Al prestar ellos oídos a la voz del cielo (lit. «ha­biendo escuchado»), «cayeron rostro a tierra y tuvieron muchísimo miedo». Jesús, cuyo «rostro brillaba como el sol», se acerca a ellos y «los toca», igual como había «tocado» al leproso (Mt 8,3), a la suegra de Pedro con fiebre (8,15) y a los dos ciegos (9,29; 20,34), y los invita a «levantarse», saltándose Jesús las prescripciones de la Ley que prohibían «tocar» personas impuras.  [3] El Códice Sinaítico y la gran mayoría de mss. emplean aquí el verbo anístêmi, resucitar, mientras que únicamente los códices Beza y Vaticano emplean el verbo egeirein, levantarse, con el mismo significado, en principio, si bien los traductores suelen traducir ambos verbos griegos con el verbo resucitar. Habrá que profundizar en este uso diversificado.

Domingo I de Cuaresma // Mt 4,1-11 Códice Beza

(673 517) Mt 4,1-11 Códice Beza 4,1Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo. 2Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches,[1] al final tuvo hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: «Si Hijo eres de Dios, di que estas piedras se vuelvan panes.» 4 En respuesta Jesús dijo: «Está escrito, “el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra[2] de Dios.”» 5 Entonces el diablo se lo llevó a la ciudad santa, lo puso de pie en el pináculo del Templo 6 y le dice: «Si Hijo eres de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles dará órdenes acerca de ti”[3] y: “Te sostienen con las palmas de las manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.”[4]» 7 Jesús le contestó: «De nuevo está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios.”[5]» 8 Nuevamente el diablo se lo llevó a un  monte extra­ordinariamente alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria 9 y le dijo: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.»[6] 10 Entonces Jesús le dice: «Vete detrás de mí,[7] Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y tan solo a él darás culto.”[8]» 11 Entonces el diablo lo dejó y hete aquí que se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle. Vete detrás de mí, Satanás Empezamos la Cuaresma comentando las tentaciones a que Jesús fue sometido por el diablo en el desierto. La iniciativa, sin embargo, la había tomado el Espíritu Santo: «Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo.» El Espíritu, que acababa de ungirlo Mesías de Israel, se quiere asegurar de que no se repetirá el fiasco del pueblo de Israel durante los cuarenta años de su paso por el desierto. Mateo lo pone de relieve: «Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches, al final tuvo hambre.» Las tres pruebas hacen referencia a tres situaciones de aquel paso por el desierto. La primera actualiza la escena del maná, poniendo en boca de Jesús el dicho de Dt 8,3: «El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra de Dios», donde la palabra de Dios supera ampliamente el prodigio de convertir las piedras en panes. La prueba central tiene lugar en la ciudad santa, donde el diablo «lo pone de pie en el pináculo del Templo» y le invita a tirarse abajo para que demuestre que es el Hijo de Dios llevado por los ángeles para que no tropiece con ninguna piedra. Moisés puso a prueba a Yahvé en la escena de Meribá, golpeando dos veces la roca con la vara (Nm 20,11-13). Jesús contesta al diablo aduciendo aquella misma Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16). La tercera prueba actualiza la escena del Becerro de oro: nuevamente el diablo se lo lleva a un monte extraordinariamente alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria y le dice: «Todo esto daré si postrándote me adoras.» Jesús no solamente supera la prueba, sino que, según el Códice Beza, invita al diablo a ponerse detrás de él y a emprender el seguimiento como discípulo. Es la misma invitación que hará a Pedro, cuando este se atreva a lanzarle un conjuro para disuadir­lo de hablar de su muerte violenta: «Vete detrás de mí, Satanás» (Mt 16,23). El texto usual ha obviado este parale­lismo omitiendo «detrás de mí» en la referencia al diablo. El papel que se le atribuye en las tres tentaciones anticipa la manera de pensar de Pedro sobre el Mesías poderoso. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] Notad el quiasmo con el que el Códice Beza da relevancia al número «cuarenta». [2] El códice Vaticano y la mayoría de manuscritos completan la cita: «que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). [3] Sl 90 (91),11a lxx. [4] Sl 90 (91),12a lxx. [5] Dt 6,16 lxx. [6] Este verbo denota un acto de sumisión total. [7] El Códice Beza, avalado por algunos unciales y por la mayoría de minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, conserva la expresión «detrás de mí», que la edición crítica de NA28 considera que se trata de una lección influida por el paralelo de Mt 16,23; Mc 8,33, donde esta misma expresión, empleada siempre (Mc 4×; Mt 6×; Jn 3×; Lc-Hch 3×) para indicar el seguimiento de un discípulo, hace referencia a Pedro (!): «Vete detrás de mí, Satanás.» Muy probablemente constaba aquí en el original de Mateo, según el cual el papel atribuido al diablo en las tres tentaciones anticiparía la manera de pensar de Pedro, el líder de los Doce. El texto alejandrino habría considerado que era impropio que Jesús invitase aquí «al diablo – Satanás» a seguirlo. [8] Dt 6,13 lxx.

Domingo VI del tiempo ordinario // Mt5,17-37

671 515) Mt 5,17-19.21-29.31-32a.33-37 Códice Beza 5,17 No os penséis que he venido a anular la Ley o los Profetas. No he venido a anular, sino a llevarlos a su plenitud. 18 En verdad os digo: mientras no pasen el cielo y la tierra, ni una iota ni un ápice de la Ley pasarán hasta que no suceda todo esto. 19 Por tanto, el que suprimiera uno de estos mandamientos tan pequeños, y así lo enseñe a la gente, será tenido por el más insignificante en el Reino de los cielos.[1] 21 Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», pero el que mate será reo ante el tribunal. 22 Pero yo os digo: el que se aíre contra su hermano sin motivo, será reo ante el tribunal; el que diga ‘insensato’ a su hermano será reo ante el Sanedrín; pero el que le diga ‘renegado’ será reo de la Gehena del fuego. 23 Por tanto, cuando estás a punto de presentar tu ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, 24 deja allí, delante del altar, tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. 25 Sé benevolente con tu adversario cuanto antes mejor, mientras aún vais de camino, no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez te entregue al guardia y te metan en la prisión. 26 En verdad te digo: No saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo. 27 Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio.» 28 Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer casada con el deseo de poseerla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. 29 Si tu ojo derecho te es ocasión de caída, arráncatelo y tíralo lejos de ti¸ es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros y no que tu cuerpo entero sea lanzado a la Gehena.[2] 31 Se dijo también: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. 32a Pero yo os digo: el que repudie a su mujer, fuera del caso de una unión ilegítima, la empuja al adulterio.[3] 33 También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso», sino que «cumplirás al Señor tus juramentos.» 34 Pero yo os digo: No juréis en absoluto; ni por el cielo, que es el trono de Dios, 35 ni por la tierra, que es el escabel de sus pies, ni por Jerosólima, porque es la ciudad del gran Rey, 36 No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes  hacer que se vuelva blanco o negro ni un solo cabello. 37 Limitaos a decir: ‘sí, sí’ o ‘no, no’; todo lo que se dice de más es cosa del Maligno. Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero yo os digo… Jesús, utilizando una serie de cinco antítesis (la semana próxima leeremos las dos últimas), quiere dejar bien claro que no ha venido en absoluto a anular la Ley mosaica, sino «a llevarla a su plenitud». Presupone que sus oyentes judíos, y más concretamente sus discípulos, ya se saben de memoria los diez mandamientos, y no piensa recitarlos. Por muy pequeños que sean, todos se han de respetar para hacer posible la convivencia humana. Plenamente consciente, asume el papel que tuvo Yahveh en el Sinaí y se dispone a matizar una serie de aspectos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pero yo os digo…», aspectos que podrían quedar olvidados, poniéndolos al nivel de la concreta persona humana. El primero al que hace referencia: «No matarás» es el que menos se respeta y que ocasionó que la mayoría de las Setenta naciones, a las que Dios ofreció su proyecto, lo menospreciasen. Todo el entorno gira alrededor del hermano. Desde la infancia me quedó muy gravado el primer consejo: «Cuando estás a punto de presentar tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí, delante del altar, tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve a presentar tu ofrenda.» El segundo es sobre el adulterio: «Todo el que mira a una mujer casada con el deseo de poseerla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior»; la referencia al repudio es una variante posterior. El tercero hace referencia a los juramentos, que él rechaza de raíz: «Pero yo os digo: no juréis en absoluto… Limitaos a decir: ‘sí, sí’ o ‘no, no’; todo lo que se dice de más es cosa del Maligno.» Subraya tres cosas: veracidad, que vuestro sí o no sean sí o no; sinceridad, que el sí o el no de la boca se corresponda con el sí o el no del corazón; solemnidad, subrayando con la repetición que hay suficiente con la afirmación o negación, sin tener que recurrir a un juramento, que podría comprometer a la divinidad. Los juramentos los carga el Maligno. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de los manuscritos, excepto los códices Beza y Sinaítico, han incorporado: «20 Pero el que los cumpla y enseñe esto, será tenido por grande en el Reino de los cielos. En verdad os digo que, si no sobrepasa vuestra justicia a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos.» [2] Nuevamente la mayoría de manuscritos presentan esta incorporación: «30 Y si tu mano derecha te es ocasión de tropiezo, arráncatela y tírala lejos de ti¸ es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea lanzado a la Gehena.» Ved el paradigma completo (mano – pie – ojo) en Mc 9,42-48, resumido por Mt 18,8-9. En el presente contexto, tan solo tiene sentido la referencia «a tu ojo derecho», siendo la acción de «mirar a una mujer casada con el deseo de poseerla» la que es causa de adulterio. [3]

Domingo V del tiempo ordinario // Mt 5,13-16 Códice Beza

(670 514) Mt 5,13-16 Códice Beza 5,13 «Vosotros sois la sal de la tierra: ahora bien, si la sal se vuelve insípida, ¿con qué será salada la tierra? No tiene vigor para hacer nada, a no ser para ser lanzada afuera y ser pisada por los humanos. 14Vosotros sois la luz del mundo: no puede ocultarse una ciudad colocada en la cima de un monte; 15 tampoco se enciende una lámpara de aceite para ponerla bajo la medida de áridos, sino más bien sobre el candelabro, para que brille para todos los que se encuentran en la casa. 16Dejad que empiece a brillar así[1] vuestra luz a la vista de la humanidad, a fin de que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.» Todos los que son sal y luz conservan el planeta tierra e iluminan a la humanidad El pasaje que leeremos hoy forma parte del Sermón de la Montaña, inmediatamente después de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Jesús sube al monte, dejando al pie a la gran multitud que se había congregado, y se sentó como maestro y se puso a enseñar a los discípulos que se le habían acercado. Hoy somos nosotros los que nos hemos acercado y él, siempre presente, nos imparte la misma lección. Ahora bien, estos «vosotros» ya no son aquellos discípulos judíos a quien Jesús se dirigía como el Mesías de Israel que releía la Ley en forma de bienaventuranzas en lo alto de «el monte» sin nombre, que actualizaba el Sinaí, en el mismo monte en que, al final del Evangelio, convocó al resto de Israel, los Once, que habían perdido su representatividad, y les envió a todas las naciones a hacer discípulos suyos (24,16-20). Ahora somos nosotros aquellos a quienes continúa dirigiéndose, todos los seres humanos, sin hacer distinción entre ju-díos y paganos. De la misma manera que los Doce perdieron sus credenciales porque su «sal se había vuelto insípida», a nosotros nos podrá pasar lo mismo si no vigorizamos la sal con la que hemos de salar la tierra, para que nuestro planeta recupere el verdor inicial que le otorgó el Creador. No podemos ocultar en los recintos sagrados la luz de la que somos portadores y no hacerla brillar para que «ilumine a todos los de casa». Jesús no habla de templos ni de miles de personas que se aglomeran, sino de un sencillo «candil» donde hemos he colocar nuestra lámpara llena de aceite, así como de «casas» donde habitan personas. Pues, ya es hora, de que dejemos que empiece a brillar nuestra luz a la vista de los humanos, a fin de que viendo nuestras obras buenas alaben, en conse­cuencia, al Padre celestial. Se trata de una sintonía, sin palabras, que El Espíritu creador hace resonar por todo nuestro planeta azul. No tiene necesitad de repetidores ni de grandes redes sociales ni tiene bits que se puedan medir. Es la armonía que solo podemos percibir con los sentidos interiores. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El imperativo aoristo de tercera persona del singular en griego tiene valor ingresivo.

Domingo IV del tiempo ordinario

earth-1207231_1920 (669 513) Mt. 5,1-12 Códice Beza. El Leccionario litúrgico propone leer hasta el v. 12a 5,1Al ver las multitudes, subió a la montaña y, habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos. 2 y tomando la palabra, les enseñó diciendo: 3 «Bienaventurados los pobres por una opción personal,[a] porque de ellos es el Reino de los cielos. 5 Bienaventurados los mansos, porque ellos heredaran la tierra. 4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9 Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos será el Reino de los cielos. 11 Bienaventurados seréis cuando os persigan, os injurien y digan contra vosotros toda clase de maldades por causa de la justicia.[b] 12a Alegraos y saltad de alegría, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; 12b así también persiguieron a los profetas que existieron antes que vosotros.» Las Bienaventuranzas, la lección magistral que impartió Jesús a los dicípulos Mateo escenifica las Bienaventuranzas en la misma montaña del Sinaí dónde Dios  promulgo la Ley, pero con cambios muy notables: mientras que «las multitudes», en representación del pueblo de Israel, permanecen al pie de «la montaña», Jesús no sube el solo, como Moisés, sino acompañado de sus discípulos; en lugar de los diez Mandamientos con los que Dios  promulgó la Ley, Jesús hace pública su enseñanza a base de ocho Bienaventuranzas: del Decálogo judío hemos pasado al ’Octavo cristiano; del sábado judío, cuando Dios reposó, hemos pasado al primer día laboral en que Dios, según da testimonio Jesús, continua trabajando y él también trabaja  (ver Jn 5,17). Las cuatro primeras Bienaventuranzas describen todas las situaciones de pobreza, violencia, desolación e injusticia que afrontan los que han hecho libremente una opción por la pobreza, han optado por la no violencia, han hecho duelo por las víctimas de guerras y atentados suicidas, por quienes se ahogan en las pateras o mueren de frio en peregrinajes sin rumbo, y no han dejado nunca de denunciarlo delante de la pasividad de los nuestros políticos y gobernantes. Las cuatro siguientes dejan al albur la recompensa que esta multitud de voluntarios y de servidores tendrán en el Reino de Dios que ellos/as mismos están edificando: disfrutaran de la cualidad con la que Dios mismo se define, misericordioso y benigno, le «verán» cara a cara, serán contados entre los «hijos de Dios» que el continuamente está engendrando, formaran parte del «Reino de los cielos», donde tendrán parte todas las civilizaciones que vayan superando las poderosas ligaduras con las que la selección natural intenta empoderarse , en vano, del Proyecto universal de Dios válido para todas las culturas que han desaparecido ya, existan en el presente o se formaran en el futuro en el espacio inmenso de nuestro universo. La sintonía del Espíritu de las Bienaventuranzas une a todas las personas libres, sin ningún tipo de atadura ni de intermediarios, y las relaciona entre ellas fuera del espacio y del tiempo. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [a] La frase en griega hoi ptôchoi tô pneumati es de difícil interpretación, y aún más si se presenta sin artículo en el Codex Beza, hoi ptôchoi pneumati. El articulo haría referencia al «espíritu» personal de estos «pobres», «los pobres en el espíritu» (BSI); la falta de art., «los pobres en espíritu», en cambio, indicaría que no se trata de los pobres habituales, físicamente pobres, sino de individuos que han hecho «una opción personal» por la pobreza evangélica. Encontramos una expresión semejante en Ac 15,7 D, también únicamente en el Códice Beza, «se levantó Pedro en espíritu», indicando que no estaba presente físicamente (había abdicado de la presidencia en la Iglesia de Jerusalén cuando Jaime, el hermano del Señor, ya había tomado las riendas: Ac 12,17), sino espiritualmente, con la fuerza de su testimonio a favor de los paganos. [b] El texto usual lee: «Digan todo tipo de maldad contra vosotros por mi causa.» Beza insiste (por tercera vez) en el tema clave de «la justicia» que se han saltado olímpicamente las autoridades políticas y religiosas.

Domingo III del tiempo ordinario // Mt 4,12-23

(668 512) Mt 4,12-23 Códice Beza 4,12Al enterarse que Juan había sido detenido, Jesús se retiró a Galilea. 13 Dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaúm, la que se encuentra a la orilla del mar, en territorio de Zabulón y Neftalí, 14 a fin de que se cumpliese lo que había dicho el profeta Isaías: 15 «Tier­ra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, a la otra orilla del Jordán, Galilea de los paganos, 16 el pueblo que vivía en la tiniebla ha visto una gran luz; a los que vivían en un paraje de tenebrosa muerte, les ha aparecido al amanecer una gran luz.» 17 Desde entonces, en efecto, comenzó Jesús a predicar; decía: «¡Convertíos!, porque el Reino de los cielos está cerca.» 18Al pasar[1] junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, a quien llaman Pedro, y Andrés, su hermano, que echaban una red circular en el mar. Es que eran pescadores.  19Se acerca y les dice: «Venid detrás de mí y haré que vosotros lleguéis a ser[2] pescadores de personas.» 20 Ellos inmediatamente dejaron las redes y le siguieron. 21Adelantándose un poco vio a otros dos hermanos, Santiago, el hijo del Zebedeo, y Juan, su hermano, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, repasando las redes, y les llamó. 22Ellos inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y le siguieron. 23 Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y predicando la buena noticia del Reino, curando entre el pueblo todo tipo de enfermedades y toda clase de penurias. El pueblo que vivía en la tiniebla ha visto una gran luz Jesús se había retirado a Galilea, a su pueblo natal, Nazaret, después de la experiencia transcendental que había hecho en el Jordán de ser precisamente él el Mesías de Israel. Había hablado largamente de ello con Juan Bautista. Pero, al enterarse de que éste ha­bía sido detenido, comprendió que había llegado el momento de iniciar su misión. Jesús la inicia con una exhortación a la gente para que cambien de mentalidad: «¡Convertíos!, porque el Reino de los cielos está cerca», exactamente la misma exhortación que había hecho el Bautista en el desierto (Mt 3,2). Habiendo dejado Nazaret, se establece en Cafarnaúm, ciudad que Mateo designa como «la que se encuentra a la orilla del mar», donde «el mar», que mencionará aún tres veces más («camino del mar», «junto al mar de Galilea» y «echaban una red circular en el mar»), indica el éxodo que, a la larga, se verán forzados todos ellos a emprender hacia el paganismo (de aquí la mención de «Galilea de los paganos»). De inmediato pasa a la acción. Las dos comunidades de seguidores que constituirá serán ambas de «pescadores», diletantes, unos, Andrés y Simón Pedro, y profesionales, los otros, dotados de una barca y de un padre patrón, Santiago y Juan, hijos «del Zebedeo», persona bien conocida. Jesús aprovechará sus cualidades de reclutadores de gente, a pequeña o a gran escala, y se propone invertir la situación haciendo que «lleguen a ser pescadores de personas». Simón y Andrés, al oír la llamada de Jesús: «Venid detrás de mí y haré que vosotros lleguéis a ser pescadores de personas», han dejado inmediatamente las artes de reclutar gente y se han puesto a seguirlo; los otros dos, «que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, repasando las redes», al oír la llamada de Jesús, «inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y le siguieron»; las redes se han quedado a bordo, con los asalariados (Mc 1,10). Jesús se pondrá a «recorrer la entera Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos», no sin tomar una cierta distancia, «y predicando la buena noticia del Reino». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En lugar del verbo empleado por el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas y siríacas, «al pasar junto a», recalcado a continuación con la misma preposición del verbo compuesto, «al pasar junto al mar», todos los otros manuscritos leen: «paseándose junto al mar». Mateo quiere remarcar la identificación con el éxodo que tendrán que hacer atravesando el mar. Tanto los tres Sinópticos como Juan hablan siempre del «Mar de Galilea», evocando así el paso del Mar Rojo. [2] El Códice Beza conserva el verbo «llegar a ser»: «haré que vosotros lleguéis a ser pescadores de personas», marcando así un largo y laborioso proceso de cambio; el texto usual dice simplemente: «os haré pescadores de personas».

Domingo II del tiempo ordinario // Jn 1,29-34 Códice Beza

(667 511) Jn 1,29-34 Códice Beza 1,29Al día siguiente ve a Jesús que viene hacia él y dice: «He aquí al Cordero de Dios, el que va a quitar el pecado del mundo. 30Éste es a favor de quien dije yo: “Detrás de mí viene un hombre que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.” 31 Y yo no le cono­cía, ahora bien, a fin de que se manifestase a Israel, por eso he venido yo a bautizar en agua.» 32 Y da testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él. 33Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, él me dijo: “Aquel sobre el cual veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, éste es el que bautiza en Espíritu Santo.” 34 Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido[1] de Dios.» He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él El domingo pasado hablábamos del Bautismo del Señor según el relato de Mt 3,13-17, a quien seguiremos de cerca este año durante el Ciclo A. Hoy se nos da una nueva oportunidad de hablar sobre ello, pero dejaremos que lo haga un testigo muy cualificado de este acontecimiento, Juan Bautista. En el marco de un segundo día simbólico, «al día siguiente», Juan ha discernido claramente, entre los miles y miles que llegaban para hacerse bautizar por él, y «ve a Jesús que viene hacia él». Por primera vez entra en escena Jesús usando el mismo nombre (en griego) que Josué, mencionado por primera vez en el Pentateuco (Ex 17,9.10.13.14) en la batalla de Moisés contra Amalec, el Enemigo por antonomasia de Israel. Pero el papel que Jesús asumirá no será el del su homónimo, que atravesó el Jordán y conquistó la tierra prometida, sino al contrario. En efecto, una vez que se hubo bautizado, «salió inmediatamente del agua», impelido por la fuerza del Espíritu que lo situaba en pleno desierto. El Bautista ha intuido que era «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», del «mundo» que «no le conoció» cuando la Luz verdadera estaba llegando al mundo (Jn 1,9). Es el mundo regido por los poderosos de la tierra. No se trata de un pecado personal, sino institucional. El Bautista ha discernido que un exdiscípulo suyo («detrás de mi viene un hombre») ha pasado delante de él, «porque existía antes que yo». Y da testimonio: «He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él.» Hasta aquel momento no sabía quién sería el Mesías, pero había recibido un mensaje del cielo que le decía: «Aquel sobre el cual veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, éste es el que bautiza en Espíritu Santo.» Y de inmediato certifica: «Y yo lo he visto y doy testimonio que éste es el Elegido de Dios.» Por primera vez en la historia de la humanidad, el Espíritu de Dios ha podido reposar en un hombre de carne y hueso como nosotros y ha podido «quedarse sobre él». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] A pesar de que no tenemos en el Códice Beza el primer cuaternión del códice (8 folios), hemos intentado suplirlo siguiendo las variantes que presenta el Códice Sinaítico, muy semejante al Beza en los 9 primeros capítulos. El texto usual lee aquí «el Hijo de Dios» mientras que el Códice Sinaítico, avalado por las antiguas traducciones latinas, siríacas y coptas, lee «el Elegido de Dios». Juan Bautista cualifica así a Jesús como «el Elegido de Dios» para llevar a cabo la función de Mesías de Israel que tanto esperaba el pueblo elegido.

Bautismo del Señor

(666 510) Mt 3,13-17 Códice Beza 3,13Entonces Jesús llegando de Galilea se presentó en el Jordán donde estaba Juan el Bautista, para hacerse bautizar por él. 14Pero Juan se lo impedía diciendo: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». 15En respuesta Jesús le dijo: «Déjame hacer, ahora. Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia.» Entonces se lo permitió. 16Y Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del agua. Y he aquí que se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu[1] de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él. 17Y he aquí una voz que desde el cielo decía dirigiéndose a él: «Tú[2] eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Después del paréntesis de las fiestas navideñas, retomamos el hilo del Adviento, tiempo durante el cual Juan Bautista predicaba al pueblo de Israel la necesidad de un bautismo de conversión ante la inminente llegada del Mesías que los liberaría de la dominación de los romanos. El pueblo en masa acudía al rio Jordán para hacerse bautizar por él. En esta ocasión, Jesús, un hombre maduro que ya había alcanzado la edad de treinta años, la misma que tenía David cuando empezó a reinar sobre Israel, viniendo de Galilea se presentó también él, para hacerse bautizar por Juan. Mateo conserva un detalle sorprendente: Juan habría intentado disuadir a Jesús de hacerse bautizar por él sabiendo proféticamente que era el Mesías tan esperado. Pero Jesús no lo consintió; quiso solidarizarse con todos los que confesaban sus pecados y acudían a bautizarse: «Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia», remarcando así su fidelidad total al designio de Dios. Juan le deja hacer. Una vez bautizado, Jesús salió inmediatamente del agua, impulsado por una fuerza superior que lo situaba en pleno desierto. Fue en aquel momento, y no dentro del agua, como se suele interpretar, cuando tuvo una experiencia desconcertante: «Se abrieron para él los cielos», que desde tiempo inmemorial habían quedado cerrados, como respuesta a su total apertura al plan de Dios, «y vio al Espíritu de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él.» El Códice Beza subraya (en cursiva) que se trata de una experiencia única y muy personal de Jesús que reconduce toda su vida. El Espíritu de Dios que planeaba desde el inicio sobre las aguas primordiales, ha encontrado finalmente en Jesús la persona sobre la cual podía reposar, como la paloma del post-diluvio. Seguidamente percibió que una voz desde el cielo se dirigía a él: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» El texto usual lo formula en forma indicativa: «Este es mi Hijo…», como si se dirigiera a Juan. El Espíritu ha ungido a Jesús como Mesías de Israel. Josep Rius-Camps​Teólogo y biblista [1] En griego, el término pneûma, espíritu, es neutro, pero el Códice Beza lo hace concertar en masculino, resaltando así el matiz personal. [2] En tres ocasiones, el Códice Beza precisa: 1. que «los cielos se abrieron para él», a Jesús, de par en par por primera vez; 2. que «El Espíritu de Dios bajaba del cielo como una paloma e iba hacia él», señalando así la persona en quien de ahora en adelante permanecería permanentemente, como nos informa Juan en su escrito, cuando pone en boca de Juan Bautista estas palabras: «El que me envió a bautizar con agua, él me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, este es el que bautiza en Espíritu Santo”»; y 3. que «una voz desde los cielos decía dirigiéndose  a él», dándole el ‘tú’: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Los otros mss. lo consignan en forma indicativa: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido», dirigiéndose por tanto la voz, no a Jesús, sino a Juan Bautista, testigo presencial de esta experiencia de Jesús.

Sagrada familia: Jesús, María y José

Mt 2,13-15.19-23 Códice Beza (665 509) Evangelio acturalizado según el Códice Beza // Josep Rius-Camps Sagrada Familia: Jesús, María y José Mt 2,13-15.19-23 Códice Beza 2,13 Cuando los magos se hubieron retirado, he aquí que el ángel del Señor se aparece en sueños a José diciendo: «Levántate, toma al muchacho (a) y a su madre, y huye a Egipto y quédate allí hasta que te lo diga yo, porque Herodes buscará al muchacho para matarlo». 14 Habiéndose desvelado, tomó al muchacho y a su madre de noche y se fue a Egipto 15 y se quedó hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». 19 Muerto Herodes, he aquí que el ángel del Señor se aparece en sueños a José en Egipto 20 diciendo: «Levántate, toma al muchacho y a su madre y vete al país de Israel, que ya han muerto los que atentaban contra la vida del muchacho. 21 Habiéndose desvelado, tomó al muchacho y a su madre y se fue al país de Israel. 22 Al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Así que, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea 23 y fue a residir a una ciudad llamada Nazaret, de manera que se cumpliera lo que fue dicho por medio de los profetas: «Le llamarán Nazoreo» (b). José, advertido por el ángel en sueños, rememora el éxodo de Egipto Tanto el relato de la ida a Egipto de la familia de Jesús como el del retorno a Israel, Mateo los ha enmarcado con una aparición del ángel del Señor «en sueños» a José, situándolos así en un mundo utópico y, a la vez, relacionándolos con el relato de la visión nocturna de Jacob, a quien Dios ordenó ir a Egipto, asegurándole que «Yo mismo iré contigo a Egipto y te haré volver» (Gn 46,2-4). El domingo pasado comprobamos cómo el ángel del Señor se presentaba a José también en un estado de somnolencia espiritual para que tomara a Mariam, su esposa, en su casa y no la repudiase en privado (1,20-21). El evangelista nos instruye sobre el adolescente Jesús, el cual, antes que fuera ungido como el Mesías de Israel, debería hacer el éxodo a la inversa del que había hecho el pueblo judío, yendo de nuevo a Egipto siguiendo las huellas del patriarca Jacob, y volver a Israel después de la muerte de Herodes. Estos relatos no se han de leer como hechos históricos, sino como enseñanzas que revelan la manera como Dios guía a las personas liberándolas de las manos de los poderosos de todos los tiempos (Babilonia, Persia, el Faraón, Herodes…). La retirada y la estancia del muchacho Jesús en Egipto darán cumplimiento, según precisa Mateo, a la profecía de Oseas: «Cuando Israel era un muchacho lo amé, de Egipto llamé a mi hijo». Mateo cita tan solo la segunda parte, pero yo la he aducido en extenso porque, según el Códice Beza, las cinco veces en que Mateo hablará aquí del niño Jesús lo calificará como «el muchacho» (ton paida, que en griego designa a un adolescente entre 7 y 14 años): «toma al muchacho y a su madre», y no como «al niño» (to paidion, en griego), como encontramos en todos los otros manuscritos. Una vez llegados ya a Israel, al enterarse José de que Arquelao reinaba en Judea, tuvo miedo de ir allí. Una vez más, «avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea y fue a residir a una ciudad llamada Nazaret», en cumplimiento del oráculo de los profetas: «Le llamarán Nazoreo». Notas: (a) Cinco veces el Códice Beza lee pais, «muchacho», «siervo», «esclavo», un término empleado para designar a un muchacho entre 7 y 14 años, diferente de paidion, «niño pequeño», «pequeño criado», término que utilizan todos los otros manuscritos. El Códice Beza pone en boca de los magos y del ángel el término «muchacho», que evoca el conocido pasaje de Is 42,1 LXX: «Jacob, mi siervo, a quien yo sostengo; Israel, mi elegido, en quien se ha complacido mi alma», y que Lucas referirá con frecuencia a Jesús (cf. Lc 1,54; Hch 3,13.26; 4,25.27.30); en cambio, en boca de Herodes o de los que atentaban contra el niño emplea el esperado paidion, «niño pequeño». (b) «Nazaret», Nadsôraios, es una transcripción del arameo nasraya, derivado del nombre del lugar «Natzaret» (Nasrath). No se ve claramente que Mt haga alusión aquí a un oráculo profético; se puede pensar en Is 11,1 por la asonancia entre la palabra hebrea que significa «retoño» y Nazareo.

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