Domingo II de Pascua // Jn 20,19-31 Códice Beza

(680 524) Jn 20,19-31 Códice Beza 20,19Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». 20a Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. 20bSus[1] discípulos entonces, se alegraron de haber visto al Señor. 21Él, a su vez, los saludó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros.» 22 Y habiendo dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: 23 Si a algunos perdonáis los pecados, les quedarán perdonados, si a algunos se los retuvierais, quedarán retenidos.» 24Sin embargo, Tomás, uno de los Doce, el llamado Mellizo, no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús. 25Entonces, los otros discípulos le remarcaban: «¡Hemos visto al mismo Señor!». Pero él les replicó: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mis manos en su costado y no meto mi dedo en la marca de los clavos, no creeré en absoluto.» 26Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro y Tomás en compañía de ellos. Jesús llega entonces, estando las puertas cerradas, se puso en el medio y saludó: «¡Paz a vosotros!». 27Después dice a Tomás: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y deja de ser descreído sino creyente.» 28 Tomas replicó y le dijo: «Señor mío y Dios mío.» Jesús lo pone en cuarentena: «¿Porque me has visto, has creído? 29Dichosos los que, sin haber visto, han creído.» 20,30Muchas por cierto y otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no han sido escritas en este libro. 31Estas, sin embargo, han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida eterna en su nombre. Estas señales han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios El segundo domingo de Pascua leemos el relato de las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos que tuvieron lugar el primer domingo: «Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado…» (Jn 20,19-23) y, a continuación, «Ocho días después», la aparición personal de Jesús a «Tomás, uno de los Doce que no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús» (20,24-29). Jesús se apareció en primer lugar a «los discípulos», quienes tenían las puertas cerradas por el miedo a los Judíos, los saludó y, sin más, «les mostró las manos y el costado», sin que se mencione reacción alguna por parte de ellos. «Sus discípulos, entonces, se alegraron de haber visto al Señor.» Son sus discípulos preferidos quienes han reaccionado con gran alegría. Jesús insufló sobre ellos el don del Espíritu Santo, como había hecho Yahveh el día sexto de la creación, cuando modeló al hombre con polvo de la tierra e insufló en sus narices un aliento de vida (Gn 2,7). Jesús acababa así la obra de la creación. Me fijaré hoy en el Colofón (20,30-31), ya que tiene una variante del Códice Beza que afecta a la finalidad de todo el escrito. Según el texto usual, el objetivo del Cuarto Evangelio sería: «para que lleguéis a creer que Jesús es el Ungido, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.» Según esto, los vv. 30-31 contendrían una declaración de la doble finalidad de la obra, a saber, que la comunidad lectora llegase a creer que Jesús es el Ungido Mesías y, en segundo lugar, que es el Hijo de Dios. Sorprende que, después del fiasco total del proyecto, se haya de creer en Jesús como Mesías de Israel. En cambio, según la versión del Códice Beza, el único objetivo del libro es que la comunidad creyente, que había aceptado ya plenamente que Jesús era el Mesías crucificado, dé un nuevo paso y llegue a creer que «Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios», la confesión precisamente que hizo el centurión romano cuando Jesús expiró en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39), en representación del paganismo. Y Beza en ese mismo momento remacha el clavo: «y para que, creyendo, tengáis vida eterna en su nombre». El texto usual habla solo de «tener vida en su nombre». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego autou/autois: 20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discípulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24).
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

(679 523) Mt 28,1-10 Códice Beza 28,1Pasado el sábado, cuando resplandecía el primer día de la semana, fue María Magdalena y la otra María a observar el sepulcro. 2De pronto se produjo un gran terremoto: es que un ángel del Señor, que había bajado del cielo, se acercó, hizo rodar la losa y se sentó sobre ella. 3Su aspecto era como de un relámpago y su vestido, blanco como la nieve. 4Atemorizados, los guardias se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. 5El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Dejad de tener miedo vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. 6No está aquí, pues se ha levantado, tal como había dicho. Venid, mirad el lugar donde el Señor[1] había sido puesto. 7 Y ahora id de prisa a decirlo a sus discípulos: “Se ha levantado y os precede a Galilea, allí lo veréis.” Os lo tengo dicho.»[2] 8 Ellas salieron[3] a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a sus discípulos. 9En esto, Jesús fue al encuentro[4]de ellas y las saludó diciendo: «¡Salve!». Ellas se acercaron, se le abrazaron a sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dice: «No tengáis miedo; id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea. Y allí me veréis.»[5] Jesús dice a las mujeres: «anunciad a mis hermanos que se vayan a galilea y allí me veréis» El Domingo de Pascua más extraño e inesperado de mi vida, me encontró confinado en la Ermita de St. Pere de Reixac. Hoy —me decía entonces— no subirá nadie a compartir la Eucaristía. Sin embargo, estaremos en conexión, Carme y yo, con todos vosotros que tenéis el espíritu bien abierto para sintonizar con Jesús resucitado. Esta sintonía no conoce ningún tipo de fronteras, raciales, políticas, religiosas, económicas, ni de contagios: es la sintonía del mismo Espíritu que hizo que Jesús se levantara de entre los muertos. Aquella mañana, ‘cuando resplandecía el sol del primer día de una nueva semana’, no fuimos al sepulcro, como hicieron María Magdalena y María, la madre de Jesús, porque aquel sepulcro había quedado vacío para siempre. Pero el mismo ángel del Señor que hizo rodar la losa del sepulcro, hizo rodar la que pesaba sobre nuestras cabezas y se ha sentado sobre ella para impartirnos una lección. Igual que se dirigió a aquellas mujeres espantadas, como portavoz de Jesús resucitado nos serena en estos momentos en que seguimos estresados por tantas y tan malas noticias que no paran de contar muertos o personas infectadas por un virus diminuto que ha cuestionado nuestras seguridades. Lo mismo que dijo a las mujeres nos lo anuncia también a nosotros: ‘Dejad de tener miedo vosotras, ya sé que buscabais a Jesús, el Crucificado. No está aquí en el sepulcro donde pusieron al Señor’, que también está bien confinado. Tampoco nos dice que ‘vayamos a Galilea’, sino a cualquier lugar de la tierra donde haya gente abierta que esté esperando esta buena noticia. Es preciso que ‘salgamos deprisa’ del mundo de las seguridades tras el cual nos habíamos parapetado, para ‘ir al encuentro’ del otro, como hizo Jesús con las mujeres. Él nos saludará diciendo: «¡Salve!», y nosotros ‘nos acercaremos y abrazaremos sus pies para adorarlo’. ‘No tengáis miedo’, nos repite, iros de este lugar de muerte ‘y anunciad a mis hermanos’, a todas y cada una de las personas con las que conectéis en el espíritu, que «allá me veréis», sin moveros de vuestras casas. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Los códices Sinaítico y Vaticano, con algunos otros manuscritos, omiten «el Señor», y así consta en la edición crítica más moderna, una lección que nos han conservado, en cambio, el Códice Beza y la mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, así como las antiguas versiones latinas y siríacas. En boca del ángel, «el Señor» no se puede referir sino a Yahveh, con quien Jesús se identificaba con frecuencia cuando afirmaba «Yo Soy…», consciente de que él era su representante en la tierra. Les habrá sonado demasiado duro que «el sepulcro» fuera «el lugar donde había sido puesto el Señor», Yahveh. [2] Ver Mt 26,32. [3] Los códices Sinaítico y Vaticano, con otros tres manuscritos mayúsculos, cambian el verbo «salir», muy bien atestiguado por el Códice Beza y por la mayoría de manuscritos, por el verbo «irse», un verbo que no tiene ninguna connotación de éxodo personal, «el éxodo» precisamente que hacen de inmediato María Magdalena y la otra María, la madre de Jesús (ver Mt 27,56.61), distanciándose del sepulcro, por eso de inmediato Jesús «va al encuentro» de ellas. [4] Los mismos manuscritos que han cambiado el verbo «salir» por «irse», consecuentemente cambian el verbo «fue al encuentro» (apêntêsen), que connota voluntariedad y proximidad, por el verbo «salir al paso» (hypêntêsen), más distante. [5] El Códice Beza emplea la misma expresión, «y allí me veréis», que más arriba «un ángel del Señor» había anunciado a María Magdalena y a la madre de Jesús para que lo comunicasen a los discípulos de Jesús, pero ahora Jesús en persona lo repite a las mujeres. En cambio, el texto usual cambia la segunda persona del plural por la tercera, «y allí me verán», refiriéndolo a los discípulos. El machismo ha impuesto sus leyes prontamente en la iglesia primitiva, privándonos de la invitación que Jesús dirigía a las mujeres para que también ellas fuesen a Galilea para verle resucitado. Es el mismo ardid que podemos comprobar en Mc 16,7, donde el Códice Beza ponía en boca del «joven revestido de una vestidura blanca», símbolo del Resucitado, el anuncio que las mujeres habían de repetir a los discípulos de Jesús y a Pedro, en particular, a saber, que les precede a Galilea y que «allí me veréis», expresión esta última que la gran mayoría de manuscritos han cambiado por «allí me verán».
Domingo IV de Cuaresma // Jn 9,1-41 Códice Beza

(676 520) Jn 9,1-41 Códice Beza 9,1Pasando, vio a un hombre ciego de nacimiento, que estaba sentado.[1] 2 Los discípulos le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?». 3 Jesús respondió: «Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él. 4 Es preciso que nosotros obremos las obras del que me envió, mientras es de día; llega la noche cuando nadie puede trabajar. 5Mientras esté en el mundo, soy Luz del mundo.» 6 Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, le ungió con el barro poniéndoselo sobre sus ojos 7 y dijo: «Vete a lavarte a la piscina de Siloé (que se interpreta “el Enviado”).» Se fue, pues, se lavó y volvió viendo. 8Los vecinos y los que lo habían visto antes, que era un mendigo decían: «¿No es éste el que estaba sentado y que mendigaba?». 9Otros decían: «Es él.» Unos terceros, en cambio: «Se parece a él.» Él dijo: «Soy yo.» 10 Le dijeron entonces: «¿Cómo es, pues, que se te han abierto los ojos?». 11 Él respondió: «Un hombre llamado Jesús hizo barro, me ungió los ojos y me dijo: “Vete a Siloé y lávate.” Fui, me lavé y he vuelto viendo.» 12 Entonces ellos le preguntaron «¿Dónde está, ese?». Les responde él: «No lo sé.» 13En esto llevan a los fariseos al que antes era ciego. 14Era sábado cuando Jesús hizo fango y abrió sus ojos. 15Nuevamente le interrogan igualmente los fariseos cómo había llegado a ver. Él les dijo: «Puso barro sobre mis ojos, me fui a lavar y veo.» 16 Algunos de los fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, ya que no guarda el sábado.» Pero otros decían: «¿Cómo puede un hombre pecador hacer semejantes señales?». Había división entre ellos. 17 Decían, pues, al ciego: «¿Tu, qué dices en lo referente a tu caso, a saber, que te abrió los ojos?». Él dijo: «Que es un profeta.» 18 Los Judíos no se creyeron su caso, hasta que llamaron a los padres del que había recuperado la vista 19 y los interrogaron diciendo: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es, pues, que propiamente ahora puede ver?». 20Les respondieron sus padres y dijeron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. 21 Pero, cómo es que ahora ve, no lo sabemos; o quién le abrió los ojos, nosotros no lo sabemos: interrogadle a él, ya tiene edad, él hablará de su caso.» 22 Sus padres dijeron eso porque tenían miedo de los Judíos: los Judíos, en efecto, ya se habían puesto de acuerdo en que si alguno confesara que él era el Ungido, quedase excluido de la sinagoga. 23Por eso dijeron sus padres: «Ya tiene edad, preguntádselo él.» 24Entonces lo llamaron por segunda vez, al que era ciego, y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que este hombre es un pecador.» 25 El respondió: «Si es un pecador, no lo sé; una cosa sé, que era ciego y que ciertamente ahora veo.» 26 Le dijeron entonces: «¿Que te ha hecho?» y: «¿Cómo te ha abierto los ojos?». 27Respondió él: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿por qué queréis oírlo otra vez? ¿Por ventura queréis también vosotros llegar a ser discípulos suyos?». 28 Ellos lo insultaron y dijeron: «Tú, discípulo serás del individuo ese; nosotros somos discípulos de Moisés. 29Nosotros sabemos que a Moisés Dios le ha hablado y que Dios no escucha a los pecadores;[2] pero este no sabemos de dónde es.» 30 El hombre respondió y dijo: «Eso sí que es extraño, que vosotros no sabéis de donde es, y que él me haya abierto los ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si uno es religioso y hace su voluntad, a este sí que lo escucha. 32Nunca se ha oído decir que alguien abriera los ojos de uno que había nacido ciego. 33Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada.» 34 Le respondieron y dijeron: «En pecado has nacido tu enteramente, ¿y tú nos quieres dar lecciones?». Y lo echaron fuera. 35 Jesús se enteró de que lo habían echado, se le hizo encontradizo y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». 36Él respondió y dijo: «Y ¿quién es, Señor, ¿a fin de que pueda creer en él?». 37 Jesús le respondió: «Ya lo has visto: es el que está hablando contigo.» 38 Él dijo: «Creo, Señor.» Y se prostró delante de él. 39 Jesús afirmó: «Yo para hacer un juicio he venido a este mundo, a fin de que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos.» 40 Lo oyeron algunos de los fariseos que estaban en compañía de él y le dijeron: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». 41 Jesús les contestó: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como ahora decís: “Vemos”, vuestros pecados permanecen.» Era sábado cuando Jesús hizo barro con la saliva y ungió los ojos del ciego de nacimiento El episodio está enmarcado por la presentación de un «ciego de nacimiento que estaba sentado», según puntualiza el Códice Beza al inicio, y por la pregunta que los fariseos formulan a Jesús, al final: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». Hay, pues, varias maneras de ser «ciegos». Del primero dicen sus padres: «Sabemos que nació ciego.» Cinco veces se recalca que nació ciego. Los discípulos tienen claro que fue consecuencia de un pecado originario: «Rabí —preguntan a Jesús—, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?». La respuesta de Jesús es concluyente: «Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él.» Se insiste en que «era un mendigo» y en la pregunta de quienes le habían visto: «¿No es éste el que estaba sentado y que mendigaba?». En el Evangelio de Marcos encontramos un ciego parecido: «El hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba
Domingo I de Cuaresma // Mt 4,1-11 Códice Beza

(673 517) Mt 4,1-11 Códice Beza 4,1Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo. 2Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches,[1] al final tuvo hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: «Si Hijo eres de Dios, di que estas piedras se vuelvan panes.» 4 En respuesta Jesús dijo: «Está escrito, “el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra[2] de Dios.”» 5 Entonces el diablo se lo llevó a la ciudad santa, lo puso de pie en el pináculo del Templo 6 y le dice: «Si Hijo eres de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles dará órdenes acerca de ti”[3] y: “Te sostienen con las palmas de las manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.”[4]» 7 Jesús le contestó: «De nuevo está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios.”[5]» 8 Nuevamente el diablo se lo llevó a un monte extraordinariamente alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria 9 y le dijo: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.»[6] 10 Entonces Jesús le dice: «Vete detrás de mí,[7] Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y tan solo a él darás culto.”[8]» 11 Entonces el diablo lo dejó y hete aquí que se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle. Vete detrás de mí, Satanás Empezamos la Cuaresma comentando las tentaciones a que Jesús fue sometido por el diablo en el desierto. La iniciativa, sin embargo, la había tomado el Espíritu Santo: «Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo.» El Espíritu, que acababa de ungirlo Mesías de Israel, se quiere asegurar de que no se repetirá el fiasco del pueblo de Israel durante los cuarenta años de su paso por el desierto. Mateo lo pone de relieve: «Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches, al final tuvo hambre.» Las tres pruebas hacen referencia a tres situaciones de aquel paso por el desierto. La primera actualiza la escena del maná, poniendo en boca de Jesús el dicho de Dt 8,3: «El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra de Dios», donde la palabra de Dios supera ampliamente el prodigio de convertir las piedras en panes. La prueba central tiene lugar en la ciudad santa, donde el diablo «lo pone de pie en el pináculo del Templo» y le invita a tirarse abajo para que demuestre que es el Hijo de Dios llevado por los ángeles para que no tropiece con ninguna piedra. Moisés puso a prueba a Yahvé en la escena de Meribá, golpeando dos veces la roca con la vara (Nm 20,11-13). Jesús contesta al diablo aduciendo aquella misma Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16). La tercera prueba actualiza la escena del Becerro de oro: nuevamente el diablo se lo lleva a un monte extraordinariamente alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria y le dice: «Todo esto daré si postrándote me adoras.» Jesús no solamente supera la prueba, sino que, según el Códice Beza, invita al diablo a ponerse detrás de él y a emprender el seguimiento como discípulo. Es la misma invitación que hará a Pedro, cuando este se atreva a lanzarle un conjuro para disuadirlo de hablar de su muerte violenta: «Vete detrás de mí, Satanás» (Mt 16,23). El texto usual ha obviado este paralelismo omitiendo «detrás de mí» en la referencia al diablo. El papel que se le atribuye en las tres tentaciones anticipa la manera de pensar de Pedro sobre el Mesías poderoso. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Notad el quiasmo con el que el Códice Beza da relevancia al número «cuarenta». [2] El códice Vaticano y la mayoría de manuscritos completan la cita: «que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). [3] Sl 90 (91),11a lxx. [4] Sl 90 (91),12a lxx. [5] Dt 6,16 lxx. [6] Este verbo denota un acto de sumisión total. [7] El Códice Beza, avalado por algunos unciales y por la mayoría de minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, conserva la expresión «detrás de mí», que la edición crítica de NA28 considera que se trata de una lección influida por el paralelo de Mt 16,23; Mc 8,33, donde esta misma expresión, empleada siempre (Mc 4×; Mt 6×; Jn 3×; Lc-Hch 3×) para indicar el seguimiento de un discípulo, hace referencia a Pedro (!): «Vete detrás de mí, Satanás.» Muy probablemente constaba aquí en el original de Mateo, según el cual el papel atribuido al diablo en las tres tentaciones anticiparía la manera de pensar de Pedro, el líder de los Doce. El texto alejandrino habría considerado que era impropio que Jesús invitase aquí «al diablo – Satanás» a seguirlo. [8] Dt 6,13 lxx.
Domingo VI del tiempo ordinario // Mt5,17-37

671 515) Mt 5,17-19.21-29.31-32a.33-37 Códice Beza 5,17 No os penséis que he venido a anular la Ley o los Profetas. No he venido a anular, sino a llevarlos a su plenitud. 18 En verdad os digo: mientras no pasen el cielo y la tierra, ni una iota ni un ápice de la Ley pasarán hasta que no suceda todo esto. 19 Por tanto, el que suprimiera uno de estos mandamientos tan pequeños, y así lo enseñe a la gente, será tenido por el más insignificante en el Reino de los cielos.[1] 21 Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», pero el que mate será reo ante el tribunal. 22 Pero yo os digo: el que se aíre contra su hermano sin motivo, será reo ante el tribunal; el que diga ‘insensato’ a su hermano será reo ante el Sanedrín; pero el que le diga ‘renegado’ será reo de la Gehena del fuego. 23 Por tanto, cuando estás a punto de presentar tu ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, 24 deja allí, delante del altar, tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. 25 Sé benevolente con tu adversario cuanto antes mejor, mientras aún vais de camino, no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez te entregue al guardia y te metan en la prisión. 26 En verdad te digo: No saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo. 27 Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio.» 28 Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer casada con el deseo de poseerla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. 29 Si tu ojo derecho te es ocasión de caída, arráncatelo y tíralo lejos de ti¸ es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros y no que tu cuerpo entero sea lanzado a la Gehena.[2] 31 Se dijo también: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. 32a Pero yo os digo: el que repudie a su mujer, fuera del caso de una unión ilegítima, la empuja al adulterio.[3] 33 También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso», sino que «cumplirás al Señor tus juramentos.» 34 Pero yo os digo: No juréis en absoluto; ni por el cielo, que es el trono de Dios, 35 ni por la tierra, que es el escabel de sus pies, ni por Jerosólima, porque es la ciudad del gran Rey, 36 No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes hacer que se vuelva blanco o negro ni un solo cabello. 37 Limitaos a decir: ‘sí, sí’ o ‘no, no’; todo lo que se dice de más es cosa del Maligno. Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero yo os digo… Jesús, utilizando una serie de cinco antítesis (la semana próxima leeremos las dos últimas), quiere dejar bien claro que no ha venido en absoluto a anular la Ley mosaica, sino «a llevarla a su plenitud». Presupone que sus oyentes judíos, y más concretamente sus discípulos, ya se saben de memoria los diez mandamientos, y no piensa recitarlos. Por muy pequeños que sean, todos se han de respetar para hacer posible la convivencia humana. Plenamente consciente, asume el papel que tuvo Yahveh en el Sinaí y se dispone a matizar una serie de aspectos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pero yo os digo…», aspectos que podrían quedar olvidados, poniéndolos al nivel de la concreta persona humana. El primero al que hace referencia: «No matarás» es el que menos se respeta y que ocasionó que la mayoría de las Setenta naciones, a las que Dios ofreció su proyecto, lo menospreciasen. Todo el entorno gira alrededor del hermano. Desde la infancia me quedó muy gravado el primer consejo: «Cuando estás a punto de presentar tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí, delante del altar, tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve a presentar tu ofrenda.» El segundo es sobre el adulterio: «Todo el que mira a una mujer casada con el deseo de poseerla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior»; la referencia al repudio es una variante posterior. El tercero hace referencia a los juramentos, que él rechaza de raíz: «Pero yo os digo: no juréis en absoluto… Limitaos a decir: ‘sí, sí’ o ‘no, no’; todo lo que se dice de más es cosa del Maligno.» Subraya tres cosas: veracidad, que vuestro sí o no sean sí o no; sinceridad, que el sí o el no de la boca se corresponda con el sí o el no del corazón; solemnidad, subrayando con la repetición que hay suficiente con la afirmación o negación, sin tener que recurrir a un juramento, que podría comprometer a la divinidad. Los juramentos los carga el Maligno. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de los manuscritos, excepto los códices Beza y Sinaítico, han incorporado: «20 Pero el que los cumpla y enseñe esto, será tenido por grande en el Reino de los cielos. En verdad os digo que, si no sobrepasa vuestra justicia a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos.» [2] Nuevamente la mayoría de manuscritos presentan esta incorporación: «30 Y si tu mano derecha te es ocasión de tropiezo, arráncatela y tírala lejos de ti¸ es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea lanzado a la Gehena.» Ved el paradigma completo (mano – pie – ojo) en Mc 9,42-48, resumido por Mt 18,8-9. En el presente contexto, tan solo tiene sentido la referencia «a tu ojo derecho», siendo la acción de «mirar a una mujer casada con el deseo de poseerla» la que es causa de adulterio. [3]
Domingo V del tiempo ordinario // Mt 5,13-16 Códice Beza

(670 514) Mt 5,13-16 Códice Beza 5,13 «Vosotros sois la sal de la tierra: ahora bien, si la sal se vuelve insípida, ¿con qué será salada la tierra? No tiene vigor para hacer nada, a no ser para ser lanzada afuera y ser pisada por los humanos. 14Vosotros sois la luz del mundo: no puede ocultarse una ciudad colocada en la cima de un monte; 15 tampoco se enciende una lámpara de aceite para ponerla bajo la medida de áridos, sino más bien sobre el candelabro, para que brille para todos los que se encuentran en la casa. 16Dejad que empiece a brillar así[1] vuestra luz a la vista de la humanidad, a fin de que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.» Todos los que son sal y luz conservan el planeta tierra e iluminan a la humanidad El pasaje que leeremos hoy forma parte del Sermón de la Montaña, inmediatamente después de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Jesús sube al monte, dejando al pie a la gran multitud que se había congregado, y se sentó como maestro y se puso a enseñar a los discípulos que se le habían acercado. Hoy somos nosotros los que nos hemos acercado y él, siempre presente, nos imparte la misma lección. Ahora bien, estos «vosotros» ya no son aquellos discípulos judíos a quien Jesús se dirigía como el Mesías de Israel que releía la Ley en forma de bienaventuranzas en lo alto de «el monte» sin nombre, que actualizaba el Sinaí, en el mismo monte en que, al final del Evangelio, convocó al resto de Israel, los Once, que habían perdido su representatividad, y les envió a todas las naciones a hacer discípulos suyos (24,16-20). Ahora somos nosotros aquellos a quienes continúa dirigiéndose, todos los seres humanos, sin hacer distinción entre ju-díos y paganos. De la misma manera que los Doce perdieron sus credenciales porque su «sal se había vuelto insípida», a nosotros nos podrá pasar lo mismo si no vigorizamos la sal con la que hemos de salar la tierra, para que nuestro planeta recupere el verdor inicial que le otorgó el Creador. No podemos ocultar en los recintos sagrados la luz de la que somos portadores y no hacerla brillar para que «ilumine a todos los de casa». Jesús no habla de templos ni de miles de personas que se aglomeran, sino de un sencillo «candil» donde hemos he colocar nuestra lámpara llena de aceite, así como de «casas» donde habitan personas. Pues, ya es hora, de que dejemos que empiece a brillar nuestra luz a la vista de los humanos, a fin de que viendo nuestras obras buenas alaben, en consecuencia, al Padre celestial. Se trata de una sintonía, sin palabras, que El Espíritu creador hace resonar por todo nuestro planeta azul. No tiene necesitad de repetidores ni de grandes redes sociales ni tiene bits que se puedan medir. Es la armonía que solo podemos percibir con los sentidos interiores. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El imperativo aoristo de tercera persona del singular en griego tiene valor ingresivo.
Domingo IV del tiempo ordinario

earth-1207231_1920 (669 513) Mt. 5,1-12 Códice Beza. El Leccionario litúrgico propone leer hasta el v. 12a 5,1Al ver las multitudes, subió a la montaña y, habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos. 2 y tomando la palabra, les enseñó diciendo: 3 «Bienaventurados los pobres por una opción personal,[a] porque de ellos es el Reino de los cielos. 5 Bienaventurados los mansos, porque ellos heredaran la tierra. 4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9 Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos será el Reino de los cielos. 11 Bienaventurados seréis cuando os persigan, os injurien y digan contra vosotros toda clase de maldades por causa de la justicia.[b] 12a Alegraos y saltad de alegría, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; 12b así también persiguieron a los profetas que existieron antes que vosotros.» Las Bienaventuranzas, la lección magistral que impartió Jesús a los dicípulos Mateo escenifica las Bienaventuranzas en la misma montaña del Sinaí dónde Dios promulgo la Ley, pero con cambios muy notables: mientras que «las multitudes», en representación del pueblo de Israel, permanecen al pie de «la montaña», Jesús no sube el solo, como Moisés, sino acompañado de sus discípulos; en lugar de los diez Mandamientos con los que Dios promulgó la Ley, Jesús hace pública su enseñanza a base de ocho Bienaventuranzas: del Decálogo judío hemos pasado al ’Octavo cristiano; del sábado judío, cuando Dios reposó, hemos pasado al primer día laboral en que Dios, según da testimonio Jesús, continua trabajando y él también trabaja (ver Jn 5,17). Las cuatro primeras Bienaventuranzas describen todas las situaciones de pobreza, violencia, desolación e injusticia que afrontan los que han hecho libremente una opción por la pobreza, han optado por la no violencia, han hecho duelo por las víctimas de guerras y atentados suicidas, por quienes se ahogan en las pateras o mueren de frio en peregrinajes sin rumbo, y no han dejado nunca de denunciarlo delante de la pasividad de los nuestros políticos y gobernantes. Las cuatro siguientes dejan al albur la recompensa que esta multitud de voluntarios y de servidores tendrán en el Reino de Dios que ellos/as mismos están edificando: disfrutaran de la cualidad con la que Dios mismo se define, misericordioso y benigno, le «verán» cara a cara, serán contados entre los «hijos de Dios» que el continuamente está engendrando, formaran parte del «Reino de los cielos», donde tendrán parte todas las civilizaciones que vayan superando las poderosas ligaduras con las que la selección natural intenta empoderarse , en vano, del Proyecto universal de Dios válido para todas las culturas que han desaparecido ya, existan en el presente o se formaran en el futuro en el espacio inmenso de nuestro universo. La sintonía del Espíritu de las Bienaventuranzas une a todas las personas libres, sin ningún tipo de atadura ni de intermediarios, y las relaciona entre ellas fuera del espacio y del tiempo. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [a] La frase en griega hoi ptôchoi tô pneumati es de difícil interpretación, y aún más si se presenta sin artículo en el Codex Beza, hoi ptôchoi pneumati. El articulo haría referencia al «espíritu» personal de estos «pobres», «los pobres en el espíritu» (BSI); la falta de art., «los pobres en espíritu», en cambio, indicaría que no se trata de los pobres habituales, físicamente pobres, sino de individuos que han hecho «una opción personal» por la pobreza evangélica. Encontramos una expresión semejante en Ac 15,7 D, también únicamente en el Códice Beza, «se levantó Pedro en espíritu», indicando que no estaba presente físicamente (había abdicado de la presidencia en la Iglesia de Jerusalén cuando Jaime, el hermano del Señor, ya había tomado las riendas: Ac 12,17), sino espiritualmente, con la fuerza de su testimonio a favor de los paganos. [b] El texto usual lee: «Digan todo tipo de maldad contra vosotros por mi causa.» Beza insiste (por tercera vez) en el tema clave de «la justicia» que se han saltado olímpicamente las autoridades políticas y religiosas.
Domingo III del tiempo ordinario // Mt 4,12-23

(668 512) Mt 4,12-23 Códice Beza 4,12Al enterarse que Juan había sido detenido, Jesús se retiró a Galilea. 13 Dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaúm, la que se encuentra a la orilla del mar, en territorio de Zabulón y Neftalí, 14 a fin de que se cumpliese lo que había dicho el profeta Isaías: 15 «Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, a la otra orilla del Jordán, Galilea de los paganos, 16 el pueblo que vivía en la tiniebla ha visto una gran luz; a los que vivían en un paraje de tenebrosa muerte, les ha aparecido al amanecer una gran luz.» 17 Desde entonces, en efecto, comenzó Jesús a predicar; decía: «¡Convertíos!, porque el Reino de los cielos está cerca.» 18Al pasar[1] junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, a quien llaman Pedro, y Andrés, su hermano, que echaban una red circular en el mar. Es que eran pescadores. 19Se acerca y les dice: «Venid detrás de mí y haré que vosotros lleguéis a ser[2] pescadores de personas.» 20 Ellos inmediatamente dejaron las redes y le siguieron. 21Adelantándose un poco vio a otros dos hermanos, Santiago, el hijo del Zebedeo, y Juan, su hermano, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, repasando las redes, y les llamó. 22Ellos inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y le siguieron. 23 Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y predicando la buena noticia del Reino, curando entre el pueblo todo tipo de enfermedades y toda clase de penurias. El pueblo que vivía en la tiniebla ha visto una gran luz Jesús se había retirado a Galilea, a su pueblo natal, Nazaret, después de la experiencia transcendental que había hecho en el Jordán de ser precisamente él el Mesías de Israel. Había hablado largamente de ello con Juan Bautista. Pero, al enterarse de que éste había sido detenido, comprendió que había llegado el momento de iniciar su misión. Jesús la inicia con una exhortación a la gente para que cambien de mentalidad: «¡Convertíos!, porque el Reino de los cielos está cerca», exactamente la misma exhortación que había hecho el Bautista en el desierto (Mt 3,2). Habiendo dejado Nazaret, se establece en Cafarnaúm, ciudad que Mateo designa como «la que se encuentra a la orilla del mar», donde «el mar», que mencionará aún tres veces más («camino del mar», «junto al mar de Galilea» y «echaban una red circular en el mar»), indica el éxodo que, a la larga, se verán forzados todos ellos a emprender hacia el paganismo (de aquí la mención de «Galilea de los paganos»). De inmediato pasa a la acción. Las dos comunidades de seguidores que constituirá serán ambas de «pescadores», diletantes, unos, Andrés y Simón Pedro, y profesionales, los otros, dotados de una barca y de un padre patrón, Santiago y Juan, hijos «del Zebedeo», persona bien conocida. Jesús aprovechará sus cualidades de reclutadores de gente, a pequeña o a gran escala, y se propone invertir la situación haciendo que «lleguen a ser pescadores de personas». Simón y Andrés, al oír la llamada de Jesús: «Venid detrás de mí y haré que vosotros lleguéis a ser pescadores de personas», han dejado inmediatamente las artes de reclutar gente y se han puesto a seguirlo; los otros dos, «que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, repasando las redes», al oír la llamada de Jesús, «inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y le siguieron»; las redes se han quedado a bordo, con los asalariados (Mc 1,10). Jesús se pondrá a «recorrer la entera Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos», no sin tomar una cierta distancia, «y predicando la buena noticia del Reino». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En lugar del verbo empleado por el Códice Beza, avalado por las antiguas versiones latinas y siríacas, «al pasar junto a», recalcado a continuación con la misma preposición del verbo compuesto, «al pasar junto al mar», todos los otros manuscritos leen: «paseándose junto al mar». Mateo quiere remarcar la identificación con el éxodo que tendrán que hacer atravesando el mar. Tanto los tres Sinópticos como Juan hablan siempre del «Mar de Galilea», evocando así el paso del Mar Rojo. [2] El Códice Beza conserva el verbo «llegar a ser»: «haré que vosotros lleguéis a ser pescadores de personas», marcando así un largo y laborioso proceso de cambio; el texto usual dice simplemente: «os haré pescadores de personas».
Domingo II del tiempo ordinario // Jn 1,29-34 Códice Beza

(667 511) Jn 1,29-34 Códice Beza 1,29Al día siguiente ve a Jesús que viene hacia él y dice: «He aquí al Cordero de Dios, el que va a quitar el pecado del mundo. 30Éste es a favor de quien dije yo: “Detrás de mí viene un hombre que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.” 31 Y yo no le conocía, ahora bien, a fin de que se manifestase a Israel, por eso he venido yo a bautizar en agua.» 32 Y da testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él. 33Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, él me dijo: “Aquel sobre el cual veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, éste es el que bautiza en Espíritu Santo.” 34 Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido[1] de Dios.» He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él El domingo pasado hablábamos del Bautismo del Señor según el relato de Mt 3,13-17, a quien seguiremos de cerca este año durante el Ciclo A. Hoy se nos da una nueva oportunidad de hablar sobre ello, pero dejaremos que lo haga un testigo muy cualificado de este acontecimiento, Juan Bautista. En el marco de un segundo día simbólico, «al día siguiente», Juan ha discernido claramente, entre los miles y miles que llegaban para hacerse bautizar por él, y «ve a Jesús que viene hacia él». Por primera vez entra en escena Jesús usando el mismo nombre (en griego) que Josué, mencionado por primera vez en el Pentateuco (Ex 17,9.10.13.14) en la batalla de Moisés contra Amalec, el Enemigo por antonomasia de Israel. Pero el papel que Jesús asumirá no será el del su homónimo, que atravesó el Jordán y conquistó la tierra prometida, sino al contrario. En efecto, una vez que se hubo bautizado, «salió inmediatamente del agua», impelido por la fuerza del Espíritu que lo situaba en pleno desierto. El Bautista ha intuido que era «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», del «mundo» que «no le conoció» cuando la Luz verdadera estaba llegando al mundo (Jn 1,9). Es el mundo regido por los poderosos de la tierra. No se trata de un pecado personal, sino institucional. El Bautista ha discernido que un exdiscípulo suyo («detrás de mi viene un hombre») ha pasado delante de él, «porque existía antes que yo». Y da testimonio: «He contemplado al Espíritu como una paloma que bajaba desde el cielo y se quedaba sobre él.» Hasta aquel momento no sabía quién sería el Mesías, pero había recibido un mensaje del cielo que le decía: «Aquel sobre el cual veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, éste es el que bautiza en Espíritu Santo.» Y de inmediato certifica: «Y yo lo he visto y doy testimonio que éste es el Elegido de Dios.» Por primera vez en la historia de la humanidad, el Espíritu de Dios ha podido reposar en un hombre de carne y hueso como nosotros y ha podido «quedarse sobre él». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] A pesar de que no tenemos en el Códice Beza el primer cuaternión del códice (8 folios), hemos intentado suplirlo siguiendo las variantes que presenta el Códice Sinaítico, muy semejante al Beza en los 9 primeros capítulos. El texto usual lee aquí «el Hijo de Dios» mientras que el Códice Sinaítico, avalado por las antiguas traducciones latinas, siríacas y coptas, lee «el Elegido de Dios». Juan Bautista cualifica así a Jesús como «el Elegido de Dios» para llevar a cabo la función de Mesías de Israel que tanto esperaba el pueblo elegido.
Bautismo del Señor

(666 510) Mt 3,13-17 Códice Beza 3,13Entonces Jesús llegando de Galilea se presentó en el Jordán donde estaba Juan el Bautista, para hacerse bautizar por él. 14Pero Juan se lo impedía diciendo: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». 15En respuesta Jesús le dijo: «Déjame hacer, ahora. Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia.» Entonces se lo permitió. 16Y Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del agua. Y he aquí que se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu[1] de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él. 17Y he aquí una voz que desde el cielo decía dirigiéndose a él: «Tú[2] eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Jesús, una vez bautizado, salió inmediatamente del Jordán Después del paréntesis de las fiestas navideñas, retomamos el hilo del Adviento, tiempo durante el cual Juan Bautista predicaba al pueblo de Israel la necesidad de un bautismo de conversión ante la inminente llegada del Mesías que los liberaría de la dominación de los romanos. El pueblo en masa acudía al rio Jordán para hacerse bautizar por él. En esta ocasión, Jesús, un hombre maduro que ya había alcanzado la edad de treinta años, la misma que tenía David cuando empezó a reinar sobre Israel, viniendo de Galilea se presentó también él, para hacerse bautizar por Juan. Mateo conserva un detalle sorprendente: Juan habría intentado disuadir a Jesús de hacerse bautizar por él sabiendo proféticamente que era el Mesías tan esperado. Pero Jesús no lo consintió; quiso solidarizarse con todos los que confesaban sus pecados y acudían a bautizarse: «Conviene que nosotros cumplamos de esta manera toda justicia», remarcando así su fidelidad total al designio de Dios. Juan le deja hacer. Una vez bautizado, Jesús salió inmediatamente del agua, impulsado por una fuerza superior que lo situaba en pleno desierto. Fue en aquel momento, y no dentro del agua, como se suele interpretar, cuando tuvo una experiencia desconcertante: «Se abrieron para él los cielos», que desde tiempo inmemorial habían quedado cerrados, como respuesta a su total apertura al plan de Dios, «y vio al Espíritu de Dios que bajaba del cielo como una paloma y que venía hacia él.» El Códice Beza subraya (en cursiva) que se trata de una experiencia única y muy personal de Jesús que reconduce toda su vida. El Espíritu de Dios que planeaba desde el inicio sobre las aguas primordiales, ha encontrado finalmente en Jesús la persona sobre la cual podía reposar, como la paloma del post-diluvio. Seguidamente percibió que una voz desde el cielo se dirigía a él: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» El texto usual lo formula en forma indicativa: «Este es mi Hijo…», como si se dirigiera a Juan. El Espíritu ha ungido a Jesús como Mesías de Israel. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] En griego, el término pneûma, espíritu, es neutro, pero el Códice Beza lo hace concertar en masculino, resaltando así el matiz personal. [2] En tres ocasiones, el Códice Beza precisa: 1. que «los cielos se abrieron para él», a Jesús, de par en par por primera vez; 2. que «El Espíritu de Dios bajaba del cielo como una paloma e iba hacia él», señalando así la persona en quien de ahora en adelante permanecería permanentemente, como nos informa Juan en su escrito, cuando pone en boca de Juan Bautista estas palabras: «El que me envió a bautizar con agua, él me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, este es el que bautiza en Espíritu Santo”»; y 3. que «una voz desde los cielos decía dirigiéndose a él», dándole el ‘tú’: «Tú eres mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» Los otros mss. lo consignan en forma indicativa: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido», dirigiéndose por tanto la voz, no a Jesús, sino a Juan Bautista, testigo presencial de esta experiencia de Jesús.