Domingo VI de Pascua // Jn 14,15-21 Códice Beza

(684 528) Jn 14,15-21 Códice Beza 14,15Si de veras me amáis, ¡guardad mis mandamientos!,[1] 16 y yo, a mi vez, rogaré al Padre y os dará otro Paráclito,[2] a fin de que permanezca para siempre con vosotros,[3] 17 el Espíritu de la verdad,[4] a quien el mundo no puede acoger, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, ya que permanece con vosotros y está en vosotros. 18No os dejaré huérfanos, vuelvo a vosotros. 19Aún falta un poco, y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros viviréis. 20Aquel día, conoceréis vosotros que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros. 21El que retiene mis mandamientos y los guarda, este es el que me ama; ahora bien, el que me ama, será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré yo mismo a él. Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca siempre con vosotros El pasaje que leemos hoy enlaza con el del domingo pasado. Nos hemos saltado, dos versículos donde Jesús nos recalcaba: «Todo aquello que pidierais en mi nombre, yo lo haré, a fin de que sea glorificado el Padre en el Hijo. Todo lo que pidierais en mi nombre, yo lo haré» (vv. 13-14). De aquí que continúe con un imperativo: «Si de veras me amáis, ¡guardad mis mandamientos!». Los mandamientos que Jesús nos manda guardar no son, pues, los de la Ley mosaica. Han de estar presididos por el amor a su persona, a su «nombre». Si hay esta sintonía, «yo, a mi vez, rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, que permanecerá para siempre con vosotros». Es la primera vez que Jesús, en su discurso de despedida, habla del Espíritu Santo con la denominación del «Paráclito», de un abogado defensor que, como él («otro Paráclito»), permanezca de ahora en adelante para siempre al lado de sus discípulos. «El mundo», casi siempre negativo en este escrito, el dominio de los poderosos no tiene ni idea de ello, porque solo se mueve en categorías de poder. Una vez que los dirigentes religiosos y políticos lo hayan eliminado, «el mundo ya no me verá», pero asegura que nosotros sí que lo veremos, «porque yo vivo y vosotros viviréis». «Aquel día» es el primer día de la nueva semana que comienza en el día de su resurrección. Si hacemos la experiencia del Resucitado, «conoceréis vosotros que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros». Es la sintonía total con el proyecto de Dios que Jesús ha encarnado. El período concluye como se había iniciado: «El que retiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama.» El secreto para poderlo «ver», es el amor que crea unos nuevos vínculos indestructibles por cualquier tipo de poder: «el que me ama, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré yo mismo a él». Esta es la experiencia personal del Discípulo, a quien Jesús amaba, el que ha escrito este libro. Es su autorretrato. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El Códice Beza, avalado por muchos manuscritos, conserva el verbo guardar en imperativo aoristo, «guardad», en lugar del futuro «guardaréis», de los códices Vaticano y Sinaítico, entre otros. [2] El tema del Paráclito se presenta 4× en este escrito, en *Jn 14,16.26, de la primera redacción, y en **Jn 15,26 y 16,7, de la segunda. En los Sinópticos no aparece este personaje. En el resto de escritos del Nuevo Testamento lo encontraremos en 1Jn 2,1. Deriva del verbo parakaleô, «llamar, llamar hacia ti, convocar, exhortar, fortalecer», usado con frecuencia por los Sinópticos, sobre todo por Lucas-Hechos, pero nunca por Juan. La mejor presentación nos la ofrece *Jn 14,26: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará mi Padre en mi nombre, él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os haya dicho.» En los dos pasajes de primera redacción es enviado por el Padre a petición de Jesús; en los dos de segunda redacción es Jesús mismo quien lo envía: «Cuando venga el Paráclito, que os voy a enviar yo desde cerca de mi Padre, el Espíritu de la verdad, que procede de mi Padre, él dará testimonio de mi» (**15,26). En la última aparición, substituido por el pronombre dos veces, nos ofrece el mejor resumen: «Cuando venga aquel (el Paráclito), el Espíritu de la Verdad, él os guiará hasta la verdad completa: no hablará, en efecto, por su cuenta, sino que hablará de lo que ha oído y os anunciará lo que vendrá. Aquel manifestará mi gloria, ya que tomará de lo mío y os lo interpretará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso he dicho: “Toma de lo mío y os lo interpretará”» (**16,13-15). [3] El texto usual cambia el orden de las palabras y el verbo, «a fin de que con vosotros esté siempre»; Beza, en cambio, subrayaba la permanencia poniendo el verbo permanecer en la primera posición. [4] El termino griego pneûma es del género neutro, pero el Códice Beza lo hará concertar por tres veces seguidas con el pronombre en masculino, para dejar bien claro, saltándose las leyes de la gramática, que se trata del propio Espíritu personal de Dios.
Domingo V de Pascua // Jn 14,1-12 Códice Beza

(683 527) Jn 14,1-12 Códice Beza 14,1Entonces dijo a sus discípulos:[1] «Que no se inquiete vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. 2En la comunidad de mi Padre hay muchas moradas; si no, ¿os habría dicho que voy a prepararos un lugar? 3Y cuando me haya ido a prepararos un lugar, vendré de nuevo y os llevaré conmigo, a fin de que allí donde estoy yo, estéis también vosotros. 4Y allí donde voy, ya lo sabéis y sabéis el camino.» 5Le dice Tomás, al que llaman Mellizo[2]: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, podremos saber el camino?». 6 Jesús le responde: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. 7Si me conocéis a fondo, conoceréis también a mi Padre; por tanto, desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» 8Le dice Felipe[3]: «Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta.» 9 Jesús le responde: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Y ¿cómo es que tú dices: “Muéstranos al Padre”? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que yo os he dicho, no las digo por mi cuenta; es el Padre que está en mi quien hace sus obras. 11Creedme: el Padre está en mí y yo estoy en el Padre; si no,creed por las obras mismas. 12En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, también él las hará, y aún las hará más grandes, porque yo me voy al Padre.» Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, pues, sabremos el camino? El inciso inicial: «Entonces dijo a sus discípulos» (*14,1), conservado tan solo por el Códice Beza, enlazaba, en la primera redacción de este escrito, con la enseñanza que Jesús acababa de impartir sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Una vez remodelada la obra, con la denuncia de un traidor, «Judas, hijo de Simón, de Cariot», y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, pasajes todos ellos insertados por el autor en segunda redacción (**13,18-38), eliminaron este inciso (no lo encontraréis, por tanto, en el texto usual), considerando que era superfluo. De hecho, Jesús iniciaba con él el relativamente breve Discurso de despedida que concluye con una intimación: «Llega el Príncipe de este mundo… Levantaos, ¡vámonos de aquí!» (*14,30-31). La despedida de Jesús ha sido interrumpida por tres intervenciones de miembros de los Doce: Tomás, Felipe y Judas, no el de Cariot. Las tres empiezan de la misma manera, con el verbo «decir» en tiempo presente: «Le dice», enfatizando el título con el que los discípulos se dirigen a Jesús como «Señor». Las dos primeras respuestas empiezan también de la misma manera, en tiempo presente: «Le dice Jesús»; la tercera es muy solemne, en tiempo pasado: «Jesús respondió y dijo.» En lo que se refiere a la primera intervención, el nombre de «Tomás» va seguido, casi siempre, sobre todo según el Códice Beza, de una explicación-traducción del nombre arameo, «al que llaman (activado, en tiempo presente) Mellizo», reactivando así la primera pareja de mellizos de la Biblia (Gn 25). Tomás representa aquí el papel del incrédulo Esaú: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo, podremos saber el camino?», y Jesús el de Jacob: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida.» En lo que se refiere a la segunda, Felipe pregunta a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre», y Jesús le reprocha: «Tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe?». En este «vosotros» Jesús, hoy, nos ha incluido a todos nosotros, los creyentes. La tercera intervención la tendremos que suplir en privado (14,22-24). Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La revelación de que uno del grupo sería un traidor, con la consiguiente salida de Judas del grupo, y el anuncio de la futura triple negación de Pedro, ampliaciones de segunda redacción (**Jn 13,18-38), habían interrumpido la enseñanza que Jesús había iniciado sobre el significado del lavatorio de los pies (*13,12-17). Con este inciso, conservado tan solo por el Códice Beza, pero presente ya en algunas antiguas versiones latinas y siríacas, Jesús inicia el discurso de despedida alentando a sus discípulos. [2] Según el Códice Beza, de esta explicación-traducción del nombre de Tomás, presente otras tres veces en pasajes pertenecientes a la segunda redacción (**Jn 11,16; 20,24 y 21,2), habría constancia ya aquí, en la primera redacción. La insistencia (4× en total), sin que se revele el nombre del otro mellizo, a un judío buen conocedor de la Torá le traerá a la memoria los primeros mellizos que se mencionan en la Biblia, Génesis 25, Esaú y Jacob: «Hay dos naciones en tu vientre (de Rebeca); dos pueblos nacerán de tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, el mayor servirá al pequeño»: Esaú fue el primero en salir, pero vendió su derecho a la primogenitura por un plato de lentejas. Si repasamos la historia de Israel, Jacob fue el antepasado del pueblo de Israel, mientras que Esaú lo fue de los Edomitas. En el Cuarto Evangelio, Tomás interpretará el papel de Esaú y Jesús el de Jacob. Esto requeriría una larguísima explicación. [3] Felipe, en contraste con el incrédulo Tomás, fue el primer discípulo a quien Jesús invitó al seguimiento (Jn 1,43-44). Juntamente con Andrés, dos nombres griegos, naturales ambos de Betsaida, ellos serán quienes presentaron a Jesús unos paganos de lengua griega que lo querían ver (12,20-23).
Domingo IV de Pascua // Jn 10,1-10 Códice Beza

(682 526) Jn 10,1-10 Códice Beza (Parábola del pastor y las ovejas dirigida por Jesús a los fariseos:) 10,1 «En verdad, en verdad os digo:[1] el que no entra por la puerta al atrio[2] de las ovejas, sino que sube por otro lado,[3] este es un ladrón y un salteador; 2 en cambio, el que entra por la puerta, este es el pastor de las ovejas. 3A este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz; llama a las ovejas que le son propias[4] por su nombre y las hace salir. 4Y, cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz;[5] 5 a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» 6Esta parábola les expuso Jesús, pero ellos no comprendieron de qué cosas les hablaba. 7Nuevamente, pues, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: Yo Soy la puerta de las ovejas. 8Cuantos[6] vinieron antes de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon. 9Yo Soy la puerta: si uno entra a través de mí, se salvará; entrará y saldrá y encontrará pasto. 10 El ladrón no viene sino a robar, sacrificar[7] y destruir; yo, en cambio,[8] he venido para que tengan vida.»[9] El que entra por la puerta al atrio de las ovejas, ese es el pastor de las ovejas La parábola del pastor y las ovejas que Jesús ha hecho suya constituye la respuesta que lanza a los fariseos que le habían cuestionado su proceder, en un día de reposo sabático, día en que había hecho fango y había abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Para entender el abasto de la parábola, la debemos situar en el marco del Templo de Jerusalén, donde había una puerta, llamada la Ovejera (Jn 5,2), por donde introducían las ovejas destinadas a los sacrificios. En esta «puerta» había un «portero», que hasta aquel momento no había dejado entrar jamás a nadie, ya que, cuando les solicitaba el santo y seña, le respondían siempre que venían a sacrificarlas. Pero, cuando, ha llegado Jesús y le ha declarado que venía a dar la vida por sus ovejas, «a este el portero le abre, y las ovejas escuchan su voz». Había dos maneras de acceder a las ovejas: entrando por la puerta o saltando por algún otro lado, como hacen los ladrones y salteadores. Jesús, apenas el portero le ha dejado entrar, «llama a las ovejas que le son propias por su nombre». No todas las ovejas tienen nombre, solo las suyas, las que han ido tomando consciencia de que son personas. «Y las hace salir» del «atrio del sumo sacerdote» (Jn 18,15; Mc 14,54 y par.), para darles plena libertad. Jesús aún va más allá. Empleando dos veces el nombre de Yahveh, «Jo Soy la puerta de las ovejas», califica de «ladrones y salteadores a cuantos han llegado antes que él, pero las ovejas no los escucharon». Y da un nuevo paso: «Cuando ha sacado a todas las que le son propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; a un extraño, en cambio, no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús se lleva sus ovejas a un campo abierto, sin rediles ni cercas, donde él es «la Puerta» a través de la cual entrarán y saldrán las personas libres y encontrarán pastos. A diferencia de «el ladrón que no viene sino a robar, sacrificar y destruir; yo, en cambio, he venido para que tengan vida». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Les dos veces que Jesús emplea esta doble fórmula de afirmación, anticipa el pronombre, poniendo énfasis en las personas, los fariseos, a quienes se dirige; el Códice Vaticano, apoyado la primera vez por un manuscrito minúsculo y la segunda por el Códice Corideti que se encuentra en Tiflis, capital de la Georgia, invierte los términos las dos veces, dándole gran solemnidad al dicho de Jesús: «En verdad, en verdad digo a vosotros.» [2] El termino aulê, «atrio», lo emplean tanto los Sinópticos (Mt 26,3.58.69; Mc 14,54.66; 15,1 D.16; Lc 11,21; 22,55) como Juan (Jn 18,15) para designar «el atrio del sumo sacerdote», Anás, a donde llevaron a Jesús atado. [3] El Códice Beza es el único manuscrito que anticipa el adverbio «por otro lado» al verbo «subir», dándole mucha importancia: los dirigentes judíos sabían muy bien que «el portero» que guarda el atrio de las ovejas, cuando les pidiera el santo y seña, y ellos respondieran que venían a sacrificarlas, no les dejaría entrar por la puerta; de aquí que «suban» al Templo «por otro lado», por done acceden los sumos sacerdotes cuando van a sacrificarlas, como los identificará Jesús en la explicación de la parábola: «El ladrón no viene sino a robar, sacrificar y destruir.» [4] Nuevamente, con un cambio de orden inusual, el Códice Beza subraya quienes son las ovejas que son propiedad del pastor, a saber, las que tienen nombre. [5] Por cuarta vez, en este pasaje tan breve, el Códice Beza anticipa el pronombre, «su voz», la del pastor que las conoce por su nombre y que ellas, al reconocerlo, se ponen a seguirlo. [6] El texto usual implica a todos los anteriores dirigentes, «todos cuantos», sin excepción; Jesús no absolutiza el número de los que llegaron antes que él. [7] Con frecuencia los traductores no respetan el sentido fuerte del verbo griego thyein, «sacrificar, ofrecer en sacrificio», tan solo analógicamente «degollar, matar», y traducen simplemente por «matar». El contexto, «atrio de las ovejas», «puerta de las ovejas» (ver «la Ovejera» de Jn 5,2), «portero», responsable de vigilar para que no roben las ovejas y las destinen a ser sacrificadas en el Templo, exige que se respete este sentido peculiar del verbo. [8] Tan solo el Códice Beza emplea la partícula conectiva adversativa, contraponiendo la actitud de Jesús a
Domingo III de Pascua // Lc 24,13-35 Códice Beza

(681 525) Lc 24,13-35 Códice Beza 24,13Había dos que se iban del grupo[1], aquel mismo día, hacia una aldea que distaba sesenta estadios de Jerusalén, de nombre Ulammaús.[2] 14 Conversaban entre ellos sobre todos estos sucesos. 15 Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos. 16Sus ojos estaban retenidos, de modo que no lo reconocían. 17Él dijo: «¿Cuáles son estas palabras que os intercambiáis entre vosotros mientras camináis abatidos?». 18Replicó uno de ellos que tenía por nombre Cleopás[3] y le dijo: «¿Tú eres el único forastero en Jerusalén? ¿No te has enterado de lo que ha ocurrido estos días?». 19 Él le preguntó: «¿De qué?». «El caso de Jesús el Nazoreo,[4] que fue un hombre profeta poderoso de palabra y de obra ante Dios y ante todo el pueblo: 20 como a éste lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros dirigentes para que fuera sentenciado a muerte, y lo crucificaron. 21Nosotros, sin embargo, esperábamos que él sería el que había de liberar a Israel. Mientras que ahora, además de todo eso, hace ya tres días con el de hoy desde cuando han pasado estas cosas. 22 Y, lo que es más, algunas mujeres nos han aterrorizado: fueron muy de mañana al sepulcro 23 y, no habiendo encontrado su cuerpo, han vuelto diciendo haber visto una aparición de ángeles, que aseguran que él vive. 24Han ido algunos de los nuestros al sepulcro y lo han encontrado talmente como habían dicho las mujeres; pero a él no lo hemos visto.»[5] 25 Él, empero, les reprochó: «¡Oh insensatos y lentos de corazón en relación con todo aquello que anunciaron los Profetas, 26 a saber, que tenía que padecer todo esto el Mesías y así entrar en su gloria!». 27Y empezó, a partir de Moisés y todos los profetas, a interpretarles en las Escrituras lo que se refería a él. 28Mientras tanto, se acercaron a la aldea a donde se dirigían; y él fingió ir más allá. 29Ellos le presionaron diciendo: «Quédate con nosotros que al atardecer ha declinado ya el día.» Y entró para quedarse en compañía de ellos. 30Sucedió que, cuando estaba él reclinado a la mesa, tomando un pan pronunció la bendición y lo compartió con ellos. Al tomar ellos el pan de sus manos, 31 se les abrieron los ojos[6] y lo reconocieron; él desapareció de su vista. 32Ellos, se dijeron entre sí: «¿No estaba nuestro corazón completamente velado,[7] mientras nos hablaba por el camino, cuando nos abría las Escrituras?». 33Se levantaron entristecidos[8] y, en aquel preciso instante, regresaron a Jerusalén; encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos 34 y les referían:[9] «Realmente se ha levantado el Señor y se ha aparecido a Simón.» 35 Y ellos mismos contaban lo que había ocurrido por el camino y que se les había dado a conocer en la fracción del pan. ¿Emaús o Ulammaús, el antiguo nombre de Betel? Empezando por el nombre «Ulammaús», y no el archiconocido «Emaús», toda la escena suena de otra forma si la leemos siguiendo la versión que nos ofrece el Códice Beza. Los cambios que se han ido introduciendo en las sucesivas copias que se han ido intercambiado las grandes iglesias del arco mediterráneo, presentan la escena en términos muy positivos, que ocultan una serie de rasgos muy críticos que Lucas intencionadamente le habría imprimido. Desde nuestra toma de conciencia moderna, donde la razón todo lo domina, leemos con mentalidad racional escritos del primer siglo donde todavía predominaba la conciencia mítica. De aquí que, a partir de nuestras sofisticadas técnicas de interpretación, hayamos llegado a convencernos de que lo hemos entendido, sin habernos sumergido en el lenguaje mítico que empleó Lucas. La escena nos recuerda la huida de Jacob después de que se apoderase fraudulentamente de la primogenitura de su hermano Esaú. Ulammaús era el antiguo nombre de Betel, del Santuario del norte que Jacob plantó durante su huida de las iras de su hermano, a partir de la piedra que le había servido de cabezal y había plantado y consagrado ungiéndola con aceite (leed Gn 27,10-19). Nuestros dos discípulos – uno de ellos sería Simón bajo el pseudónimo de Cleopás – huían de Jerusalén después de lo que había ocurrido. Jesús les ha salido al encuentro e intenta recuperarlos. A pesar de que se les abrieron los ojos y lo reconocieron al tomar ellos el pan de sus manos, se levantaron entristecidos ya que, mientras Jesús hacía el camino con ellos, su corazón estaba completamente velado cuando les abría el sentido de las Escrituras. No han entendido la aparición de Jesús a guisa de un forastero que se les ha acercado y se ha puesto a caminar con ellos, si bien se han dado cuenta, mientras compartían el pan, de que Jesús había resucitado. Cuando desaparece de nuevo, piensan que lo han perdido para siempre. En todos los relatos de apariciones de Jesús encontramos incoherencias, miedos, incredulidad. Nosotros lo hemos suplido con grandes manifestaciones gloriosas. Pero, entonces, no podemos reconocer su presencia constante caminando a nuestro lado. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El texto usual dice simplemente: «Y he aquí que dos de ellos», mientras que según el Códice Beza, estos «dos que se iban del grupo», se han separado del grupo de los discípulos. [2] En lugar de este nombre, presentado como un nombre propio, «de nombre Ulammaús», el texto usual lo suple por un seudónimo, «que tenía por nombre Emaús». «Ulammaús» se señala en Gn 28,19 lxx, como el antiguo nombre de Betel. Según esto, los dos discípulos, decepcionados por lo que había pasado, estarían rehaciendo el camino de Jacob —quien, después de haberse apoderado fraudulentamente de la bendición que correspondía a su hermano Esaú, tuvo que huir lejos de él (Gn 27–28). Así también, los discípulos de Jesús, que le habían traicionado/negado, huyen lejos de Jerusalén cuando vieron las consecuencias. [3] Según el texto usual, se trataría de un nombre real, «de nombre
Domingo II de Pascua // Jn 20,19-31 Códice Beza

(680 524) Jn 20,19-31 Códice Beza 20,19Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado, y estando las puertas cerradas donde se encontraban los discípulos por el miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y los saluda: «¡Paz a vosotros!». 20a Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. 20bSus[1] discípulos entonces, se alegraron de haber visto al Señor. 21Él, a su vez, los saludó: «¡Paz a vosotros! Tal como el Padre me envió, también yo os envío a vosotros.» 22 Y habiendo dicho esto, insufló sobre ellos y les dice: «Recibid Espíritu Santo: 23 Si a algunos perdonáis los pecados, les quedarán perdonados, si a algunos se los retuvierais, quedarán retenidos.» 24Sin embargo, Tomás, uno de los Doce, el llamado Mellizo, no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús. 25Entonces, los otros discípulos le remarcaban: «¡Hemos visto al mismo Señor!». Pero él les replicó: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mis manos en su costado y no meto mi dedo en la marca de los clavos, no creeré en absoluto.» 26Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro y Tomás en compañía de ellos. Jesús llega entonces, estando las puertas cerradas, se puso en el medio y saludó: «¡Paz a vosotros!». 27Después dice a Tomás: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y deja de ser descreído sino creyente.» 28 Tomas replicó y le dijo: «Señor mío y Dios mío.» Jesús lo pone en cuarentena: «¿Porque me has visto, has creído? 29Dichosos los que, sin haber visto, han creído.» 20,30Muchas por cierto y otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no han sido escritas en este libro. 31Estas, sin embargo, han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengáis vida eterna en su nombre. Estas señales han sido escritas para que lleguéis a creer que Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios El segundo domingo de Pascua leemos el relato de las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos que tuvieron lugar el primer domingo: «Al atardecer de aquel mismo día, el primer día después del sábado…» (Jn 20,19-23) y, a continuación, «Ocho días después», la aparición personal de Jesús a «Tomás, uno de los Doce que no estaba en compañía de ellos cuando llegó Jesús» (20,24-29). Jesús se apareció en primer lugar a «los discípulos», quienes tenían las puertas cerradas por el miedo a los Judíos, los saludó y, sin más, «les mostró las manos y el costado», sin que se mencione reacción alguna por parte de ellos. «Sus discípulos, entonces, se alegraron de haber visto al Señor.» Son sus discípulos preferidos quienes han reaccionado con gran alegría. Jesús insufló sobre ellos el don del Espíritu Santo, como había hecho Yahveh el día sexto de la creación, cuando modeló al hombre con polvo de la tierra e insufló en sus narices un aliento de vida (Gn 2,7). Jesús acababa así la obra de la creación. Me fijaré hoy en el Colofón (20,30-31), ya que tiene una variante del Códice Beza que afecta a la finalidad de todo el escrito. Según el texto usual, el objetivo del Cuarto Evangelio sería: «para que lleguéis a creer que Jesús es el Ungido, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.» Según esto, los vv. 30-31 contendrían una declaración de la doble finalidad de la obra, a saber, que la comunidad lectora llegase a creer que Jesús es el Ungido Mesías y, en segundo lugar, que es el Hijo de Dios. Sorprende que, después del fiasco total del proyecto, se haya de creer en Jesús como Mesías de Israel. En cambio, según la versión del Códice Beza, el único objetivo del libro es que la comunidad creyente, que había aceptado ya plenamente que Jesús era el Mesías crucificado, dé un nuevo paso y llegue a creer que «Jesús, el Ungido, es el Hijo de Dios», la confesión precisamente que hizo el centurión romano cuando Jesús expiró en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39), en representación del paganismo. Y Beza en ese mismo momento remacha el clavo: «y para que, creyendo, tengáis vida eterna en su nombre». El texto usual habla solo de «tener vida en su nombre». Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La distinción entre «los discípulos», en general, liderados por Simón Pedro, y «sus discípulos», los Discípulos amados y preferidos por Jesús, en el marco de las escenas pascuales, solo se puede validar en el Códice Beza (la mayoría de los manuscritos no la respetan, pues han eliminado sistemáticamente el pronombre griego autou/autois: 20,18.20b.22.30; 21,1.14); existe una locución equivalente, «los otros discípulos» (20,25; 21,2.8), representados por «el discípulo a quien Jesús amaba (21,7.20.24).
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

(679 523) Mt 28,1-10 Códice Beza 28,1Pasado el sábado, cuando resplandecía el primer día de la semana, fue María Magdalena y la otra María a observar el sepulcro. 2De pronto se produjo un gran terremoto: es que un ángel del Señor, que había bajado del cielo, se acercó, hizo rodar la losa y se sentó sobre ella. 3Su aspecto era como de un relámpago y su vestido, blanco como la nieve. 4Atemorizados, los guardias se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. 5El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Dejad de tener miedo vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. 6No está aquí, pues se ha levantado, tal como había dicho. Venid, mirad el lugar donde el Señor[1] había sido puesto. 7 Y ahora id de prisa a decirlo a sus discípulos: “Se ha levantado y os precede a Galilea, allí lo veréis.” Os lo tengo dicho.»[2] 8 Ellas salieron[3] a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran alegría, y corrieron a anunciarlo a sus discípulos. 9En esto, Jesús fue al encuentro[4]de ellas y las saludó diciendo: «¡Salve!». Ellas se acercaron, se le abrazaron a sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dice: «No tengáis miedo; id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea. Y allí me veréis.»[5] Jesús dice a las mujeres: «anunciad a mis hermanos que se vayan a galilea y allí me veréis» El Domingo de Pascua más extraño e inesperado de mi vida, me encontró confinado en la Ermita de St. Pere de Reixac. Hoy —me decía entonces— no subirá nadie a compartir la Eucaristía. Sin embargo, estaremos en conexión, Carme y yo, con todos vosotros que tenéis el espíritu bien abierto para sintonizar con Jesús resucitado. Esta sintonía no conoce ningún tipo de fronteras, raciales, políticas, religiosas, económicas, ni de contagios: es la sintonía del mismo Espíritu que hizo que Jesús se levantara de entre los muertos. Aquella mañana, ‘cuando resplandecía el sol del primer día de una nueva semana’, no fuimos al sepulcro, como hicieron María Magdalena y María, la madre de Jesús, porque aquel sepulcro había quedado vacío para siempre. Pero el mismo ángel del Señor que hizo rodar la losa del sepulcro, hizo rodar la que pesaba sobre nuestras cabezas y se ha sentado sobre ella para impartirnos una lección. Igual que se dirigió a aquellas mujeres espantadas, como portavoz de Jesús resucitado nos serena en estos momentos en que seguimos estresados por tantas y tan malas noticias que no paran de contar muertos o personas infectadas por un virus diminuto que ha cuestionado nuestras seguridades. Lo mismo que dijo a las mujeres nos lo anuncia también a nosotros: ‘Dejad de tener miedo vosotras, ya sé que buscabais a Jesús, el Crucificado. No está aquí en el sepulcro donde pusieron al Señor’, que también está bien confinado. Tampoco nos dice que ‘vayamos a Galilea’, sino a cualquier lugar de la tierra donde haya gente abierta que esté esperando esta buena noticia. Es preciso que ‘salgamos deprisa’ del mundo de las seguridades tras el cual nos habíamos parapetado, para ‘ir al encuentro’ del otro, como hizo Jesús con las mujeres. Él nos saludará diciendo: «¡Salve!», y nosotros ‘nos acercaremos y abrazaremos sus pies para adorarlo’. ‘No tengáis miedo’, nos repite, iros de este lugar de muerte ‘y anunciad a mis hermanos’, a todas y cada una de las personas con las que conectéis en el espíritu, que «allá me veréis», sin moveros de vuestras casas. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Los códices Sinaítico y Vaticano, con algunos otros manuscritos, omiten «el Señor», y así consta en la edición crítica más moderna, una lección que nos han conservado, en cambio, el Códice Beza y la mayoría de manuscritos mayúsculos y minúsculos, así como las antiguas versiones latinas y siríacas. En boca del ángel, «el Señor» no se puede referir sino a Yahveh, con quien Jesús se identificaba con frecuencia cuando afirmaba «Yo Soy…», consciente de que él era su representante en la tierra. Les habrá sonado demasiado duro que «el sepulcro» fuera «el lugar donde había sido puesto el Señor», Yahveh. [2] Ver Mt 26,32. [3] Los códices Sinaítico y Vaticano, con otros tres manuscritos mayúsculos, cambian el verbo «salir», muy bien atestiguado por el Códice Beza y por la mayoría de manuscritos, por el verbo «irse», un verbo que no tiene ninguna connotación de éxodo personal, «el éxodo» precisamente que hacen de inmediato María Magdalena y la otra María, la madre de Jesús (ver Mt 27,56.61), distanciándose del sepulcro, por eso de inmediato Jesús «va al encuentro» de ellas. [4] Los mismos manuscritos que han cambiado el verbo «salir» por «irse», consecuentemente cambian el verbo «fue al encuentro» (apêntêsen), que connota voluntariedad y proximidad, por el verbo «salir al paso» (hypêntêsen), más distante. [5] El Códice Beza emplea la misma expresión, «y allí me veréis», que más arriba «un ángel del Señor» había anunciado a María Magdalena y a la madre de Jesús para que lo comunicasen a los discípulos de Jesús, pero ahora Jesús en persona lo repite a las mujeres. En cambio, el texto usual cambia la segunda persona del plural por la tercera, «y allí me verán», refiriéndolo a los discípulos. El machismo ha impuesto sus leyes prontamente en la iglesia primitiva, privándonos de la invitación que Jesús dirigía a las mujeres para que también ellas fuesen a Galilea para verle resucitado. Es el mismo ardid que podemos comprobar en Mc 16,7, donde el Códice Beza ponía en boca del «joven revestido de una vestidura blanca», símbolo del Resucitado, el anuncio que las mujeres habían de repetir a los discípulos de Jesús y a Pedro, en particular, a saber, que les precede a Galilea y que «allí me veréis», expresión esta última que la gran mayoría de manuscritos han cambiado por «allí me verán».
Domingo IV de Cuaresma // Jn 9,1-41 Códice Beza

(676 520) Jn 9,1-41 Códice Beza 9,1Pasando, vio a un hombre ciego de nacimiento, que estaba sentado.[1] 2 Los discípulos le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?». 3 Jesús respondió: «Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él. 4 Es preciso que nosotros obremos las obras del que me envió, mientras es de día; llega la noche cuando nadie puede trabajar. 5Mientras esté en el mundo, soy Luz del mundo.» 6 Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, le ungió con el barro poniéndoselo sobre sus ojos 7 y dijo: «Vete a lavarte a la piscina de Siloé (que se interpreta “el Enviado”).» Se fue, pues, se lavó y volvió viendo. 8Los vecinos y los que lo habían visto antes, que era un mendigo decían: «¿No es éste el que estaba sentado y que mendigaba?». 9Otros decían: «Es él.» Unos terceros, en cambio: «Se parece a él.» Él dijo: «Soy yo.» 10 Le dijeron entonces: «¿Cómo es, pues, que se te han abierto los ojos?». 11 Él respondió: «Un hombre llamado Jesús hizo barro, me ungió los ojos y me dijo: “Vete a Siloé y lávate.” Fui, me lavé y he vuelto viendo.» 12 Entonces ellos le preguntaron «¿Dónde está, ese?». Les responde él: «No lo sé.» 13En esto llevan a los fariseos al que antes era ciego. 14Era sábado cuando Jesús hizo fango y abrió sus ojos. 15Nuevamente le interrogan igualmente los fariseos cómo había llegado a ver. Él les dijo: «Puso barro sobre mis ojos, me fui a lavar y veo.» 16 Algunos de los fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, ya que no guarda el sábado.» Pero otros decían: «¿Cómo puede un hombre pecador hacer semejantes señales?». Había división entre ellos. 17 Decían, pues, al ciego: «¿Tu, qué dices en lo referente a tu caso, a saber, que te abrió los ojos?». Él dijo: «Que es un profeta.» 18 Los Judíos no se creyeron su caso, hasta que llamaron a los padres del que había recuperado la vista 19 y los interrogaron diciendo: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es, pues, que propiamente ahora puede ver?». 20Les respondieron sus padres y dijeron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. 21 Pero, cómo es que ahora ve, no lo sabemos; o quién le abrió los ojos, nosotros no lo sabemos: interrogadle a él, ya tiene edad, él hablará de su caso.» 22 Sus padres dijeron eso porque tenían miedo de los Judíos: los Judíos, en efecto, ya se habían puesto de acuerdo en que si alguno confesara que él era el Ungido, quedase excluido de la sinagoga. 23Por eso dijeron sus padres: «Ya tiene edad, preguntádselo él.» 24Entonces lo llamaron por segunda vez, al que era ciego, y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que este hombre es un pecador.» 25 El respondió: «Si es un pecador, no lo sé; una cosa sé, que era ciego y que ciertamente ahora veo.» 26 Le dijeron entonces: «¿Que te ha hecho?» y: «¿Cómo te ha abierto los ojos?». 27Respondió él: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿por qué queréis oírlo otra vez? ¿Por ventura queréis también vosotros llegar a ser discípulos suyos?». 28 Ellos lo insultaron y dijeron: «Tú, discípulo serás del individuo ese; nosotros somos discípulos de Moisés. 29Nosotros sabemos que a Moisés Dios le ha hablado y que Dios no escucha a los pecadores;[2] pero este no sabemos de dónde es.» 30 El hombre respondió y dijo: «Eso sí que es extraño, que vosotros no sabéis de donde es, y que él me haya abierto los ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si uno es religioso y hace su voluntad, a este sí que lo escucha. 32Nunca se ha oído decir que alguien abriera los ojos de uno que había nacido ciego. 33Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada.» 34 Le respondieron y dijeron: «En pecado has nacido tu enteramente, ¿y tú nos quieres dar lecciones?». Y lo echaron fuera. 35 Jesús se enteró de que lo habían echado, se le hizo encontradizo y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». 36Él respondió y dijo: «Y ¿quién es, Señor, ¿a fin de que pueda creer en él?». 37 Jesús le respondió: «Ya lo has visto: es el que está hablando contigo.» 38 Él dijo: «Creo, Señor.» Y se prostró delante de él. 39 Jesús afirmó: «Yo para hacer un juicio he venido a este mundo, a fin de que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos.» 40 Lo oyeron algunos de los fariseos que estaban en compañía de él y le dijeron: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». 41 Jesús les contestó: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como ahora decís: “Vemos”, vuestros pecados permanecen.» Era sábado cuando Jesús hizo barro con la saliva y ungió los ojos del ciego de nacimiento El episodio está enmarcado por la presentación de un «ciego de nacimiento que estaba sentado», según puntualiza el Códice Beza al inicio, y por la pregunta que los fariseos formulan a Jesús, al final: «¿Es que también nosotros somos ciegos?». Hay, pues, varias maneras de ser «ciegos». Del primero dicen sus padres: «Sabemos que nació ciego.» Cinco veces se recalca que nació ciego. Los discípulos tienen claro que fue consecuencia de un pecado originario: «Rabí —preguntan a Jesús—, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?». La respuesta de Jesús es concluyente: «Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él.» Se insiste en que «era un mendigo» y en la pregunta de quienes le habían visto: «¿No es éste el que estaba sentado y que mendigaba?». En el Evangelio de Marcos encontramos un ciego parecido: «El hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba
Domingo I de Cuaresma // Mt 4,1-11 Códice Beza

(673 517) Mt 4,1-11 Códice Beza 4,1Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo. 2Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches,[1] al final tuvo hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: «Si Hijo eres de Dios, di que estas piedras se vuelvan panes.» 4 En respuesta Jesús dijo: «Está escrito, “el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra[2] de Dios.”» 5 Entonces el diablo se lo llevó a la ciudad santa, lo puso de pie en el pináculo del Templo 6 y le dice: «Si Hijo eres de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles dará órdenes acerca de ti”[3] y: “Te sostienen con las palmas de las manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.”[4]» 7 Jesús le contestó: «De nuevo está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios.”[5]» 8 Nuevamente el diablo se lo llevó a un monte extraordinariamente alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria 9 y le dijo: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.»[6] 10 Entonces Jesús le dice: «Vete detrás de mí,[7] Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y tan solo a él darás culto.”[8]» 11 Entonces el diablo lo dejó y hete aquí que se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle. Vete detrás de mí, Satanás Empezamos la Cuaresma comentando las tentaciones a que Jesús fue sometido por el diablo en el desierto. La iniciativa, sin embargo, la había tomado el Espíritu Santo: «Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo.» El Espíritu, que acababa de ungirlo Mesías de Israel, se quiere asegurar de que no se repetirá el fiasco del pueblo de Israel durante los cuarenta años de su paso por el desierto. Mateo lo pone de relieve: «Habiendo ayunado días cuarenta y cuarenta noches, al final tuvo hambre.» Las tres pruebas hacen referencia a tres situaciones de aquel paso por el desierto. La primera actualiza la escena del maná, poniendo en boca de Jesús el dicho de Dt 8,3: «El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra de Dios», donde la palabra de Dios supera ampliamente el prodigio de convertir las piedras en panes. La prueba central tiene lugar en la ciudad santa, donde el diablo «lo pone de pie en el pináculo del Templo» y le invita a tirarse abajo para que demuestre que es el Hijo de Dios llevado por los ángeles para que no tropiece con ninguna piedra. Moisés puso a prueba a Yahvé en la escena de Meribá, golpeando dos veces la roca con la vara (Nm 20,11-13). Jesús contesta al diablo aduciendo aquella misma Escritura: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16). La tercera prueba actualiza la escena del Becerro de oro: nuevamente el diablo se lo lleva a un monte extraordinariamente alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria y le dice: «Todo esto daré si postrándote me adoras.» Jesús no solamente supera la prueba, sino que, según el Códice Beza, invita al diablo a ponerse detrás de él y a emprender el seguimiento como discípulo. Es la misma invitación que hará a Pedro, cuando este se atreva a lanzarle un conjuro para disuadirlo de hablar de su muerte violenta: «Vete detrás de mí, Satanás» (Mt 16,23). El texto usual ha obviado este paralelismo omitiendo «detrás de mí» en la referencia al diablo. El papel que se le atribuye en las tres tentaciones anticipa la manera de pensar de Pedro sobre el Mesías poderoso. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] Notad el quiasmo con el que el Códice Beza da relevancia al número «cuarenta». [2] El códice Vaticano y la mayoría de manuscritos completan la cita: «que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). [3] Sl 90 (91),11a lxx. [4] Sl 90 (91),12a lxx. [5] Dt 6,16 lxx. [6] Este verbo denota un acto de sumisión total. [7] El Códice Beza, avalado por algunos unciales y por la mayoría de minúsculos, así como por muchas antiguas versiones latinas, siríacas y coptas, conserva la expresión «detrás de mí», que la edición crítica de NA28 considera que se trata de una lección influida por el paralelo de Mt 16,23; Mc 8,33, donde esta misma expresión, empleada siempre (Mc 4×; Mt 6×; Jn 3×; Lc-Hch 3×) para indicar el seguimiento de un discípulo, hace referencia a Pedro (!): «Vete detrás de mí, Satanás.» Muy probablemente constaba aquí en el original de Mateo, según el cual el papel atribuido al diablo en las tres tentaciones anticiparía la manera de pensar de Pedro, el líder de los Doce. El texto alejandrino habría considerado que era impropio que Jesús invitase aquí «al diablo – Satanás» a seguirlo. [8] Dt 6,13 lxx.
Domingo VI del tiempo ordinario // Mt5,17-37

671 515) Mt 5,17-19.21-29.31-32a.33-37 Códice Beza 5,17 No os penséis que he venido a anular la Ley o los Profetas. No he venido a anular, sino a llevarlos a su plenitud. 18 En verdad os digo: mientras no pasen el cielo y la tierra, ni una iota ni un ápice de la Ley pasarán hasta que no suceda todo esto. 19 Por tanto, el que suprimiera uno de estos mandamientos tan pequeños, y así lo enseñe a la gente, será tenido por el más insignificante en el Reino de los cielos.[1] 21 Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás», pero el que mate será reo ante el tribunal. 22 Pero yo os digo: el que se aíre contra su hermano sin motivo, será reo ante el tribunal; el que diga ‘insensato’ a su hermano será reo ante el Sanedrín; pero el que le diga ‘renegado’ será reo de la Gehena del fuego. 23 Por tanto, cuando estás a punto de presentar tu ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, 24 deja allí, delante del altar, tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. 25 Sé benevolente con tu adversario cuanto antes mejor, mientras aún vais de camino, no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez te entregue al guardia y te metan en la prisión. 26 En verdad te digo: No saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo. 27 Habéis oído que se dijo: «No cometerás adulterio.» 28 Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer casada con el deseo de poseerla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. 29 Si tu ojo derecho te es ocasión de caída, arráncatelo y tíralo lejos de ti¸ es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros y no que tu cuerpo entero sea lanzado a la Gehena.[2] 31 Se dijo también: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. 32a Pero yo os digo: el que repudie a su mujer, fuera del caso de una unión ilegítima, la empuja al adulterio.[3] 33 También habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso», sino que «cumplirás al Señor tus juramentos.» 34 Pero yo os digo: No juréis en absoluto; ni por el cielo, que es el trono de Dios, 35 ni por la tierra, que es el escabel de sus pies, ni por Jerosólima, porque es la ciudad del gran Rey, 36 No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes hacer que se vuelva blanco o negro ni un solo cabello. 37 Limitaos a decir: ‘sí, sí’ o ‘no, no’; todo lo que se dice de más es cosa del Maligno. Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero yo os digo… Jesús, utilizando una serie de cinco antítesis (la semana próxima leeremos las dos últimas), quiere dejar bien claro que no ha venido en absoluto a anular la Ley mosaica, sino «a llevarla a su plenitud». Presupone que sus oyentes judíos, y más concretamente sus discípulos, ya se saben de memoria los diez mandamientos, y no piensa recitarlos. Por muy pequeños que sean, todos se han de respetar para hacer posible la convivencia humana. Plenamente consciente, asume el papel que tuvo Yahveh en el Sinaí y se dispone a matizar una serie de aspectos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pero yo os digo…», aspectos que podrían quedar olvidados, poniéndolos al nivel de la concreta persona humana. El primero al que hace referencia: «No matarás» es el que menos se respeta y que ocasionó que la mayoría de las Setenta naciones, a las que Dios ofreció su proyecto, lo menospreciasen. Todo el entorno gira alrededor del hermano. Desde la infancia me quedó muy gravado el primer consejo: «Cuando estás a punto de presentar tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí, delante del altar, tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve a presentar tu ofrenda.» El segundo es sobre el adulterio: «Todo el que mira a una mujer casada con el deseo de poseerla, ya ha cometido adulterio con ella en su interior»; la referencia al repudio es una variante posterior. El tercero hace referencia a los juramentos, que él rechaza de raíz: «Pero yo os digo: no juréis en absoluto… Limitaos a decir: ‘sí, sí’ o ‘no, no’; todo lo que se dice de más es cosa del Maligno.» Subraya tres cosas: veracidad, que vuestro sí o no sean sí o no; sinceridad, que el sí o el no de la boca se corresponda con el sí o el no del corazón; solemnidad, subrayando con la repetición que hay suficiente con la afirmación o negación, sin tener que recurrir a un juramento, que podría comprometer a la divinidad. Los juramentos los carga el Maligno. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] La mayoría de los manuscritos, excepto los códices Beza y Sinaítico, han incorporado: «20 Pero el que los cumpla y enseñe esto, será tenido por grande en el Reino de los cielos. En verdad os digo que, si no sobrepasa vuestra justicia a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos.» [2] Nuevamente la mayoría de manuscritos presentan esta incorporación: «30 Y si tu mano derecha te es ocasión de tropiezo, arráncatela y tírala lejos de ti¸ es mejor para ti que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea lanzado a la Gehena.» Ved el paradigma completo (mano – pie – ojo) en Mc 9,42-48, resumido por Mt 18,8-9. En el presente contexto, tan solo tiene sentido la referencia «a tu ojo derecho», siendo la acción de «mirar a una mujer casada con el deseo de poseerla» la que es causa de adulterio. [3]
Domingo V del tiempo ordinario // Mt 5,13-16 Códice Beza

(670 514) Mt 5,13-16 Códice Beza 5,13 «Vosotros sois la sal de la tierra: ahora bien, si la sal se vuelve insípida, ¿con qué será salada la tierra? No tiene vigor para hacer nada, a no ser para ser lanzada afuera y ser pisada por los humanos. 14Vosotros sois la luz del mundo: no puede ocultarse una ciudad colocada en la cima de un monte; 15 tampoco se enciende una lámpara de aceite para ponerla bajo la medida de áridos, sino más bien sobre el candelabro, para que brille para todos los que se encuentran en la casa. 16Dejad que empiece a brillar así[1] vuestra luz a la vista de la humanidad, a fin de que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.» Todos los que son sal y luz conservan el planeta tierra e iluminan a la humanidad El pasaje que leeremos hoy forma parte del Sermón de la Montaña, inmediatamente después de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Jesús sube al monte, dejando al pie a la gran multitud que se había congregado, y se sentó como maestro y se puso a enseñar a los discípulos que se le habían acercado. Hoy somos nosotros los que nos hemos acercado y él, siempre presente, nos imparte la misma lección. Ahora bien, estos «vosotros» ya no son aquellos discípulos judíos a quien Jesús se dirigía como el Mesías de Israel que releía la Ley en forma de bienaventuranzas en lo alto de «el monte» sin nombre, que actualizaba el Sinaí, en el mismo monte en que, al final del Evangelio, convocó al resto de Israel, los Once, que habían perdido su representatividad, y les envió a todas las naciones a hacer discípulos suyos (24,16-20). Ahora somos nosotros aquellos a quienes continúa dirigiéndose, todos los seres humanos, sin hacer distinción entre ju-díos y paganos. De la misma manera que los Doce perdieron sus credenciales porque su «sal se había vuelto insípida», a nosotros nos podrá pasar lo mismo si no vigorizamos la sal con la que hemos de salar la tierra, para que nuestro planeta recupere el verdor inicial que le otorgó el Creador. No podemos ocultar en los recintos sagrados la luz de la que somos portadores y no hacerla brillar para que «ilumine a todos los de casa». Jesús no habla de templos ni de miles de personas que se aglomeran, sino de un sencillo «candil» donde hemos he colocar nuestra lámpara llena de aceite, así como de «casas» donde habitan personas. Pues, ya es hora, de que dejemos que empiece a brillar nuestra luz a la vista de los humanos, a fin de que viendo nuestras obras buenas alaben, en consecuencia, al Padre celestial. Se trata de una sintonía, sin palabras, que El Espíritu creador hace resonar por todo nuestro planeta azul. No tiene necesitad de repetidores ni de grandes redes sociales ni tiene bits que se puedan medir. Es la armonía que solo podemos percibir con los sentidos interiores. Josep Rius-CampsTeólogo y biblista [1] El imperativo aoristo de tercera persona del singular en griego tiene valor ingresivo.